Publicación 2013 

 

 

Escribir es un acto volitivo, por momentos una catarsis y casi siempre la búsqueda de uno mismo. Quienes alguna vez intentaron poner por escrito sus sensaciones, volvieron invariablemente a ceder ante ese medio de expresión. Escribir es también la búsqueda del otro, llegar al otro: el lector.  La publicación de un texto es la concreción de esas dos metas. Este espacio esta dedicado para que los talleristas puedan llegar al lector a través de la publicación de los trabajos producidos durante las clases.

Estas publicaciones se llevarán a cabo bimensualmente como producto de nuestras "Convocatorias de autores". Todos los miembros del taller podrán presentar en éstas convocatorias los textos que se hayan producido y trabajado en las diferentes clases.

Se aclara que estos cuentos se publican tal como nos los mandan los autores, no se le realiza ningún servicio de corrección. Está en la responsabilidad de cada uno el material trabajado. Nuestra responsabilidad y objetivo es estimular a la buena redacción para lo que siempre se necesita un minucioso trabajo de corrección y reescritura por parte del autor ;)

La redacción

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Otros Pasos
(Nivel 1-Clase 25)

 

Escucho los pasos de él. Avanza por el pasillo. Son pasos que pesan, son pasos pensados, se acerca. Retengo la respiración y sostengo con fuerza el revólver en la mano. Abre la puerta. Asoma su cuerpo enorme y fofo. Huelo su miedo, oprimo el gatillo y le disparo en el pecho, brota la sangre y cae.

Estoy en una sala angosta de paredes grises descascaradas, no hay ventanas, un tubo proyecta la luz sobre la mesa y las dos sillas duras de plástico. Gritos, golpes de bandejas y platos llegan desde la cocina, anticipan la hora de la cena, cortan el silencio de la sala. Ella está sentada esperando mi llegada. Tomo asiento y la miro.
El rostro como de piedra caliza, pálida, las arrugas en las comisuras de la boca, parecen marcadas con cincel. El pelo azabache tiene unas hebras blancas. Se frota las manos, como buscando que una consuele a la otra. Me mira, percibo el dolor y el reproche en su mirada. Se le contraen los músculos e instintivamente se echa hacia atrás, se aleja de mí, como si yo fuera un animal peligroso. Escucho su voz, entrecortada, agitada, como si la fatiga le oprimiera el pecho. Me hace preguntas que no puedo contestar. Nada tengo para decirle.
No me perdona que haya matado a su marido. Ella no sabe que él me acosaba. Ella no sabe que dos veces me violó. Yo era como un animal acorralado y temeroso, el corazón me estallaba, el pulso se aceleraba en mis sienes y me tapaba los oídos para no escuchar los pasos pesados y pensados de él, cuando se acercaba a mi habitación como un depredador en busca de su presa.
Ella no sabe que no le conté por vergüenza y por temor a que no me creyera. Ella no sabe que también sentía odio hacia ella por su incapacidad para percibir el peligro o el engaño, por vivir en una burbuja de fantasías de cuentos de hadas, aséptica a la vida real. Después del fallecimiento de mi padre, su miedo a la soledad y desprotección la llevaron a unirse a ese hombre despreciable. Al matarlo, yo maté la falsa felicidad de ella.
Finaliza el horario de visitas. Se incorpora lentamente como si el cuerpo le pesara. La miro alejarse. Avanza con pasos penosos. Su cuerpo diminuto, la espalda encorvada lleva el peso de su marido muerto y su hija asesina. Desaparece por la puerta, la única puerta por donde entran los que se pueden ir. Reprimo el llanto, se me seca la garganta. Camino por el pasillo, siento la mirada del guardia en mi nuca.
Escucho mis pasos, son pasos que pesan, pasos pausados, pensados, pisados, en el pasillo largo y oscuro, presagian soledad y confinamiento. Me abren la puerta y entro en mi celda.

 

Ana Lazo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aprender a volar
(Clase 22 – Nivel 1)

 

Ana llegaba a la pista y sus ojos pequeños y rasgados en su carita redonda de niña con cuerpo de mujer, no disimulaban la felicidad cuando sacaba los patines del bolso, su madre le ayudaba con prisa porque Ana no sabía esperar. Con los patines puestos, saludaba abrazando uno a uno  a sus compañeros y cuando ingresaba a la pista, su risa escandalosa contagiaba  de buen humor a todos, siempre aportaba un clima de alegría.
Ana escuchaba con atención al entrenador quien le ayudaba cuando hacía alguna figura, su preferida era la paloma, agachaba su cuerpo, levantaba una pierna  y extendía sus brazos hacia ambos lados, su preparador la tomaba firme de la cintura y cuando ella estaba segura la soltaba. Entonces Ana era feliz, sentía el viento sobre su rostro y su cabello largo volaba con ella, su madre la seguía con la mirada mientras ella se deslizaba sobre el brillante suelo, le costaba aplicar las técnicas en las dificultades de las figuras a pesar de su perseverancia y dedicación, pero poco le importaba porque la meta de Ana era volar sobre las ruedas que la transportaba a un mundo ideal. 
Para la exhibición final eligió la música de la película de “Titanic”, Ana no sabía de límites ni especulaciones, solo se centraba en la pista y con los ojos cerrados esperaba que la música la llevara.
Pero Ana tenía una salud frágil, y  una semana antes del torneo una crisis sacudió desde su cerebro todo su cuerpo y debieron internarla, su mirada se había quedado detenida sobre su  madre quien vivía solo para ella. El neurólogo, tuvo que aumentar la dosis de su medicación y advirtió que su estabilidad estaba afectada por los remedios y que otra crisis sería fatal.
Ana miraba el almanaque desde su cama, con balbuceos y sollozos insistía en participar del torneo, incluso le pidió a su madre que le trajera el vestido rosa con encaje negro que había elegido para la exhibición. Su madre trataba de distraerla con mil cosas pero ella solo quería patinar.
El entrenador y sus compañeros la visitaron en el hospital y cuando le dieron el alta iban a su casa, Ana vio a su madre hablando  con su instructor, la miraban serios y seguían conversando.
Llegó el día del tan esperado, delegaciones de patinaje artístico de todo el país llegaron a la institución para la competencia. Ana  presenció los números de cada categoría y cuando se acercó el momento de que participaran sus compañeras, se fue corriendo al camarín. Disfrutó los preparativos de su equipo, los trajes coloridos, los rostros iluminados con pinturas brillantes, los movimientos de calentamiento, Ana brindaba su abrazo tierno, indispensable para sus compañeras antes de salir a la pista.
Cuando finalizaron las presentaciones de su equipo, Ana vio acercarse a su madre con el bolso de los patines y en su brazo colgando el vestido rosa con encaje negro, la acompañó nuevamente al camarín y le dijo que debía prepararse rápido.
Después que todos participaron, el presentador anunció un momento especial, las luces se apagaron, un solo reflector  alumbraba el centro de la pista.
El entrenador vestido de gala tomó la mano de Ana y la acompañó hasta la luz central. Ana lo miró a los ojos y esperó que los instrumentos de viento indicaran el comienzo de la canción, ambos se deslizaron sobre el piso iluminado llevados por la música, su entrenador la guió para sentirse nuevamente volar como una paloma con sus brazos extendidos, pero  no la soltó. Ana bailó  con el corazón y cada sonido vibró en su cuerpo.
 Cuando finalizó la melodía ella estaba nuevamente en el centro de la pista, el público se puso en pie, su risa escandalosa no se escuchaba porque los aplausos eran más fuertes, mientras abrazaba a su entrenador alcanzó a ver los ojos vidriosos de su madre. No hubo calificación para Ana porque lo especial no tiene puntaje, ella ya era ganadora.

 

Isabel Porta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La casona
(Clase 19 – Nivel 1)

 

Me encuentro algo desorientada dentro una casa rústica de corte antiguo, de amplios dormitorios y agudos techos de madera. Se dispone en múltiples pasillos laberínticos que comunican los distintos sectores de la casona. Dormitorios intercomunicados entre ellos y enlazados a extensos vestíbulos y livings.
La inquietud se instala solo por un momento, ya que al instante recuerdo que es nuestra nueva casa y, aunque en el fondo no me encuentro muy convencida de esto, concluyo que debo estar pasando por un período de adaptación a la nueva situación y que solo debo tener paciencia para acostumbrarme a ella.
En una de las vastas habitaciones, hay varias camas sencillas de una plaza. Me siento sobre una de ellas, en el centro de la habitación, y observo el alto techo conformado por largos tirantes de madera rojiza lustrada. Cerca de la pared cuelgan discretas telas de araña formando un fantasmagórico decorado. En un extremo alejado del entramado se encuentra una cucaracha solitaria e inmóvil.
Traigo un escobillón, lo elevo hacia la evanescente maraña y me estiro para quitarlas, evitando cuidadosamente no tocar el negro y repugnante insecto del extremo.
Las finas telas van desapareciendo con mis ágiles movimientos. He cumplido mi cometido. Me encuentro ahora entre dos camas y no recuerdo que hayan estado tan juntas al inicio de mi tarea como para dificultarme el paso hacia la salida.
Escucho un inquietante murmullo a la distancia y sobre mi cabeza que llama de forma urgente mi atención.
De entre las grietas de la madera asoma un negro y cerrado mar de cucarachas que avanza impertérrito abarcando toda la superficie del techo.
El lugar de ingreso de la negra lava móvil parece insuficiente por lo que se originan infinitos puntos de ingreso que tiñen de un negro espeso la superficie, produciendo un escalofriante sonido a su paso que inmoviliza de espanto mi espíritu.
Ya no hay lugar para los nuevos e inmundos huéspedes por lo que comienzan a desplazarse unas sobre otras, cayendo hacia el suelo al no encontrar asidero.

Miles de insectos cayendo como una lluvia torrencial e implacable que me urgen a huir, pero me encuentro atascada entre las camas y no puedo avanzar. Las cucarachas comienzan a caer sobre mi cabeza y puedo sentir sus repugnantes patas moviéndose desquiciadas entre mis cabellos. Un grito desesperado se escapa de mis labios pero reprimo al instante su avance. Temo el ingreso de los nefastos insectos por mi boca por lo que solo atino a cubrir con mis manos mi rostro mientras la avalancha avanza…

 

Verónica Etcheverry

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Márgenes
(Clase 17 – Nivel 1)

 

Se levanta pasada la media mañana. Evita esa franja horaria entre las seis y las diez, tal vez porque le hace pensar en una vida ocupada, con trabajo, hijos,  un marido o un amante, en fin, algo que hacer o que esperar. Alicia ya no espera.
Alrededor de las once se pone el batón negro y ese chal con lentejuelas de su madre que usa diariamente como un uniforme. Toma un vaso de agua y se prepara un té con mucha azúcar. Luego mira el armario y toma esa caja de bombones que esconde de sí misma entre el costurero y su ropa interior. Comienza a mirarlos cuidadosamente, como si fuese a tomar una decisión fundamental. Por fin  lo hace. Toma uno y lo disuelve en su boca lenta pero brutalmente. Traga. Toma otro, y otros, presionado cada vez con más fuerza la lengua contra el paladar.
Después se levanta con dificultad. Le pesan las piernas, la panza, el sexo. Se acerca al televisor  y pone en el reproductor de video esa película que ha visto tantas veces. Esa de dos desconocidos que se esconden de noche en los pasillos del subte. Dos que no tienen a dónde ir, que no vienen de ninguna parte. Dos extraños, solitarios, marginales. Dos que se miran, se tocan, se cogen. 
De pronto detiene la imagen en la protagonista. No es joven, tendrá su edad, cerca de los cincuenta. Como ella, no espera nada. Sólo se hunde en el otro, se sepulta. Sí, parece estar muriéndose de placer. Alicia quisiera morir igual. O al menos morir.
Luego se imagina dentro de la película, con los marginales, en el subte. Ella los sorprendería cogiéndose y se acercaría sin decir nada. Primero comenzaría acariciando a la mujer, tan parecida a ella que se confundirían sus enormes curvas en un solo cuerpo desolado e inmenso. Luego, él la tomaría a ella, le dedicaría largo rato a cada uno de sus abismos, colmándolos hasta el derrumbe. Por último la tomaría también a su compañera y sin ninguna mezquindad, la llevaría hasta los bordes para entrar y salir  compulsiva e inexorablemente. Los tres serían uno solo, gritando y gimiendo hasta el día siguiente, cuando algún pasajero los encontraría muertos sobre el andén.

Alicia por fin se ha quedado dormida. Su mano se ha perdido dentro de su ancho batón, y hay varios bombones caídos sobre la alfombra.

 

 

Carolina Brieux Olivera

 
 

 

 

2013
Ana Lazo
Isabel Porta
Verónica Etcheverry
Carolina Brieux
 
 
 

 

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