Publicación 2012 

 

 

Escribir es un acto volitivo, por momentos una catarsis y casi siempre la búsqueda de uno mismo. Quienes alguna vez intentaron poner por escrito sus sensaciones, volvieron invariablemente a ceder ante ese medio de expresión. Escribir es también la búsqueda del otro, llegar al otro: el lector.  La publicación de un texto es la concreción de esas dos metas. Este espacio esta dedicado para que los talleristas puedan llegar al lector a través de la publicación de los trabajos producidos durante las clases.

Estas publicaciones se llevarán a cabo bimensualmente como producto de nuestras "Convocatorias de autores". Todos los miembros del taller podrán presentar en éstas convocatorias los textos que se hayan producido y trabajado en las diferentes clases.

La redacción

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BENJI
(Clase 10 – Nivel 2)

 

            Llegué a mi casa, después de un día de escuela como cualquier otro.  Al entrar busqué a mi mamá en la cocina, donde siempre la encontraba a esas horas del día.  No estaba, tampoco en la sala, me encaminé a su habitación.  La encontré tirada en el piso, corrí a su lado, la llamé pero no me respondió; me puse de rodillas en el piso y busqué su pulso, nada.  Las lágrimas inundaron mis ojos, me levanté y fui de prisa a buscar a la vecina quien no dudó en ayudarme.  Llamamos a emergencias pero era demasiado tarde. Mi mamá estaba muerta.
            Los días que siguieron al sepelio fueron los más difíciles de mi vida, tenía trece años por entonces.  Es verdad que mi madre no había vuelto a ser la misma desde que mi padre falleciera, pero su muerte fue demasiado repentina.  Me encerré en mi cuarto, no quería ir a la escuela, no deseaba las miradas de misericordia de mis compañeros.  Mi hermana intentó muchas veces reanimarme pero falló;  platicábamos poco ya que ella tenía que ir a trabajar, alguien debía pagar los gastos la casa.
            Llevaba tres días encerrada cuando alguien tocó la puerta de mi habitación.  Me levanté con recelo, caminé con lentitud hacia la puerta, nuevamente se escucharon los golpes, tenues pero seguros.  Las manos me sudaban, ¿quién podía ser?, estaba segura de haber cerrado con llave la puerta de la calle, incluso le había puesto el pestillo; si no lo hacía de esa manera mi hermana me regañaba, me decía que era por mi seguridad.  Llegué hasta la puerta y dudé, quizás los golpes no eran aquí sino en el exterior, pero los golpes volvieron a escucharse.
            Tomé el pomo y abrí la puerta con precaución, no había nadie del otro lado, me estaba volviendo loca, me dije.  Estaba por cerrarla cuando escuché una voz chillona que me sobresaltó:

- Hola Meche, ¿puedo pasar y acompañarte por un momento?

Miré con rapidez hacia el lugar de donde provenía la voz, no podía creer lo que estaba viendo; tomé un mechón de mi pelo alborotado con mi mano izquierda y lo puse detrás de mi oído antes de asentir.
Frente a la puerta había una criatura extraña de piel pálida, tenía cerca de un metro de estatura y  unos ojos saltones que me miraban con curiosidad; llevaba una bufanda roja enroscada alrededor de su pequeño cuello, la nariz era larga y le sobresalían las orejas puntiagudas.  Abrí la puerta pensando que mi imaginación me estaba jugando una broma.  Aquel ser extraordinario entró en mi cuarto.
Nos sentamos sobre la cama, no dejábamos de observarnos.  Por alguna razón, dejé de tener miedo y le pregunté expectante:

- ¿Quién eres y qué haces aquí?

Aquel ser me explicó que era un duende y que a menudo me visitaba, nada más que yo no me daba cuenta.  Me dijo que en esa ocasión su visita se debía a mi tristeza y que por eso se dejó ver, me aseguró que mi madre era feliz donde se encontraba.  Le creí.  Le toqué las mejillas con las yemas de mis dedos, quería asegurarme de que era real.  Su piel era suave aunque estaba llena de arrugas, sentí un calor extraño en el pecho, no pude evitar sonreír y agradecerle su visita. 
En cuanto llegó mi hermana, le platiqué todo lo sucedido, escuchó con atención.  Noté que sus cejas se elevaban un poco y sus ojos se llenaron de lágrimas.  Me abrazó y me dijo que le daba gusto que tuviera un nuevo amigo.
Regresé a la escuela al día siguiente, estaba tan emocionada de haber conocido a mi duende que se lo dije  a mi mejor amiga, la cual se quedó callada.  Antes de salir de clases me llamó la directora de la escuela, quería hablar conmigo, me preguntó cómo me sentía.  Insistía en preguntarme si no había tenido alguna visita especial por esos días, le conté lo de Benji, mi duende.  Cuando me escuchó, la directora también se quedó callada y una sonrisa extraña se posó sobre sus labios; me dio un sobre cerrado y me pidió que se lo entregara a mi hermana. Aquel sobre era un citatorio para mi hermana, nunca supe qué fue lo que platicaron el día que se entrevistaron.  Al llegar a casa mi hermana me dijo que era importante que mantuviera algunas conversaciones con una persona que iba a ayudarme a sobrellevar la muerte de mi madre, era psicóloga.
Tuve varias entrevistas con la psicóloga.  Entendí que debía guardar para mí sola las visitas de mi duende, si es que no quería pasar gran parte de mi tiempo encerrada con una doctora que creía que mi comportamiento era anormal.
Pasaron los años y mi hermana tuvo una hija, nunca dijo quién era el padre.  La verdad es que nunca me importó, aquella niña nos cambió la vida. 
Siempre he tenido visitas, en ocasiones es un duende en otras algún hada, sé que hay quien dice que estoy loca porque hablo sola.  Los pocos pretendientes que se me han acercado, huyen sin remedio, dicen que no soy normal.
Ha pasado el tiempo y cada vez que me miro al espejo no puedo evitar sonreír al ver a una mujer de casi cuarenta años, con una mirada enigmática que atrae, tengo muchos amigos, claro, con ninguno hablo del mundo que ellos no pueden ver; porque entonces me quedaría sola de nuevo.
Debido al aumento de gastos ocasionados porque mi sobrina ingresó a la escuela, tuvimos que cambiarnos de casa el mes pasado, la renta era mucho más barata que la anterior.  Desde que llegamos a la nueva casa he  sentido una energía peculiar, es como ingresar a otro mundo.  En el exterior está la vida normal, en donde soy la pelirroja loca.  En el interior, el mundo maravilloso que conocí a los trece años, las largas pláticas con duendes y hadas con los que comparto anécdotas, café y pasteles. 
Mi sobrina tiene cinco años cumplidos, es la alegría de la casa.  Desde que nació me turno con mi hermana para cuidarla.  Hemos buscado trabajos de tal forma que nunca la hemos dejado sola.
 Hace unas horas llegué un poco tarde del trabajo, me fui con unos amigos a tomarnos un café.  Cuando llegué mi sobrina ya estaba dormida, mañana tiene que ir a la escuela.  Mi hermana me estaba esperando en la cocina, al verla, me di cuenta de que algo no marchaba bien, le pregunté:

- ¿Qué pasa?

- Mira el dibujo que hizo tu sobrina.

Miré el dibujo.  En la hoja blanca había dibujado un ser pequeño de ojos saltones con una bufanda roja alrededor del cuello.  Sentí que me mareaba, me senté en la silla más cercana, me quedé sin palabras; mi hermana me dijo suplicante, con lágrimas en los ojos:

- No quiero que vuelvas loca a mi hija, por favor, con una loca en la familia es suficiente. – y salió de la cocina dando un portazo.

Lloré amargamente, como hacía tiempo no lo hacía.  Después de llorar, me enjugué las lágrimas y sonreí, me paré y di vueltas con los brazos abiertos; las risas se volvieron carcajadas.  Tenía ganas de gritar, cantar.  Nunca le he contado a mi sobrina sobre ninguno de los seres con los que convivo a diario.  Sin duda aquel dibujo era el fiel retrato de Benji.

 

Alejo García

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La bici
(Clase 7 – Nivel 1)

 

Al hiriente rayo del sol rastrilló las hojas de alcanforero hasta llenar doce bolsas de consorcio, luego, cortó con un machete una ligustrina añeja, leñosa y enorme. La última vez que había cobrado fue por una changuita en enero.
Mientras rastrillaba, Miguel pensaba que aquel cerco estaba tan desastroso como sus sueños. Cuando era chico quería ser veterinario. Su papá era albañil y un día de mucho sol se desplomó de un andamio. La ambulancia llegó a tiempo para labrar el certificado de defunción de los sueños de Miguel.
Desde entonces, la vida de Miguel se convirtió en una sucesión de implacables frustraciones. Ni siquiera Irene, la mujer que lo acompañaba desde su juventud, escapaba al designio que lo perseguía. Cuando conoció a Irene estaba con su amiga, le había gustado mucho más la amiga, pero tuvo que conformarse con lo que la vida le permitía.
Miguel se había acostumbrado a no soñar. Ni siquiera lo hacía las poquísimas veces que encontraba un asiento en el tren Sarmiento para ir de Merlo a Once, aunque en el tren sintiera que su mirada triste estaba cobijada por la complicidad de cientos de almas que disfrutaban la vida sólo de a ratitos.
El vino y el porro eran los únicos amigos que Miguel conservaba de la adolescencia, estaba convencido que desandando el sendero de su vida rencontraría aquellos sueños. Pero las resacas eran cada vez más dolorosas.
Un día Irene le dijo que estaba embarazada y Miguel volvió a hacer contacto con sus sueños. Todas las oportunidades truncas que imaginó para sí mismo, podría brindárselas a su hijo. ¿Y si Dios le daba una nena?, pensó. No importa, se dijo, mientras sea sanita…
El embarazo de Irene le trajo a Miguel trabajos buenos y sólidos. Estaba convencido de que Irene esperaba un varón y que vendría con una panadería bajo el brazo.
Una noche de junio, cuando Miguel llegó a su casa, Irene le confirmó que esperaba un varón. Nunca había abrazado a Irene con tanto amor. Miguel leyó que hubo algún rey Fernando bastante famoso, así que su hijo se llamaría Fernando.
Y Fernando nació, pero desde entonces,  Miguel no volvió a conseguir un trabajo estable. Irene lo alentaba para que consiguiera changas por el barrio, y no tener que viajar tanto, y estar más cerca de Fernando.
Miguel sufría cuando veía la cola paspada de Fernando. Irene no lo cambiaba muy seguido porque los pañales estaban caros.  Y Fernando cumplió cuatro años. En el jardín de infantes prepararon una obra para el 25 de Mayo. El día del acto, Miguel e Irene no pudieron contener la vergüenza cuando vieron que Fernando desentonaba con sus compañeros de aula por lo miserable de su apariencia.
Esa tarde Miguel prefirió tomar mate solo. Se acordó de sus sueños, se acordó de la alegría que tenía cuando supo del embarazo, se acordó de la felicidad cuando se enteró que era un varón y del orgullo que sintió cuando eligió el nombre.
Tenía doce pesos en el bolsillo y se corrió hasta lo del Tuerto para pegar un fasito. Y Miguel volvió a los viejos amigos.
Cuando llegó a lo del Tuerto, se encontró con una hospitalidad inusual. El Tuerto lo invitó a pasar su casa, le convidó un mate y le dijo que quería hablar con él de temas importantes.
Necesito alguien que me haga de mula para traer merca, dijo el Tuerto. No es mucho. La traés en bici y listo. Poco riesgo y buena guita. Al Fernandito le va a venir bien, remató.
Miguel le dijo que no. Prefiero seguir con las changas, se disculpó. Miserable pero tranquilo, lo inoculó el Tuerto. Bueno ya sabés, si en algún momento cambiás de idea me avisás, concluyó.
Ese año, el invierno para Miguel fue duro como ningún otro. No había changas. Llegaba tarde al reclutamiento en todas las obras, y más allá de alguna suplencia mal paga, no encontró un trabajo estable.
Cuando el jazmín amarillo empezaba a teñir y aromatizar el frente de su casa, su vecino don Iruña le dijo que andaba buscando un ayudante para las quintas donde iba a cortar el pasto.
Así pasaron las fiestas. Con poco de todo. Pocos invitados, poca comida, pocos regalos, poco vino, poca alegría y poco amor.
Miguel barría las hojas del alcanforero y no podía sacarse de la cabeza la propuesta del Tuerto. Fernando cumplía cinco años en marzo. Cuando llenó la última bolsa de hojas se decidió.
Cumplió con el pedido del Tuerto, y el Tuerto cumplió con la mitad de su parte. Poco riesgo y buena guita.
Con la ganancia le compró la bici que Fernando tanto deseaba. Una semana antes del cumpleaños de Fernando, Miguel y el Tuerto cayeron presos por tráfico de drogas. Desde la cárcel Miguel llamó  a su hijo que entre sollozos le dijo que como regalo lo quería en casa para soplar las velitas juntos. De paso, le contó que su mamá lloraba al ver la bici nueva. 
Una semana después Miguel se enteró que Fernando había tirado la bici por las montañitas del Acceso Oeste y que le daban diez años de reclusión.
Dos días después firmaron el certificado de defunción de los sueños de Fernando. Miguel había dejado de soñar para siempre.

 

Rodrigo Morán

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desde un trigal amarillo, una blanca montaña
(Clase 20 – Nivel 2)

 

Desde lo alto de aquella “montaña blanca”, el mundo era para los dos, al fin. Así me sentí cuando conocí a Sara. Hasta que supe que la felicidad sólo dura unos breves instantes.
Sara y yo nos habíamos conocido el año pasado en primavera cuando la familia Sucre contrató personal temporario para la cosecha de trigo de su campo. Su piel blanquísima, su negra cabellera, cierto porte de distinción en sus modales, raro de encontrar en mujeres de esos oficios, llamaron poderosamente mi atención desde un principio. Los días sin lluvia, trabajábamos en la cosecha. Los días de lluvia volvíamos todos a nuestros pueblos cercanos. Un día de primavera, bien temprano, Sara me habló en el campo, para decirme algo sobre el trigo, que no entendí demasiado. No había prestado  atención y lo dejé pasar. Pero cuando vi que sus ojos grandes y de color café me miraban fijamente, me sentí hechizado. Un viento suave movía su cabello, entonces,  intenté hablarle. Fue una buena excusa comentarle que el alto cerro estaba nevado, aún en primavera.
_ Mira qué bello es el alto cerro nevado,- le dije con excitación
_ Ah, sí…. claro…. La montaña blanca- dijo irónicamente y sonrió con picardía al advertir  mi estrategia para empezar a hablar de cualquier tema.
Su risa se oía diáfana. Así fue como Sara se apoderó de mi corazón. Era bellísima. Esa primavera  pudimos hablar poco.  A veces, me quedaba absorto, solo contemplando como su negro cabello rozaba el amarillo trigo cuando se inclinaba  para realizar la cosecha. En el granero, había mucho trabajo y casi siempre tenía tiempo de voltear para verla trabajar. Se movía como el  trigo al viento, me sentía libre de observarla. 
En la estación siguiente, durante el verano, nos llamaron para continuar con el trabajo dentro del granero. Había que clasificar el trigo y acomodarlo cuidadosamente por bloques. Por suerte nos había tocado trabajar juntos en el mismo lugar, como en primavera. Apenas encontré el instante, le hablé a Sara. Volví a intentar con el tema de la montaña y entonces le dije:
_ Sara, esta vez, la montaña está más blanca que nunca ¿no?
Sara rió complacida, a carcajadas, al unísono del sonar chispeante de los haces de trigo que se iban apilando.  Luego se sonrojó y me dijo:
_ Es verano y la montaña tiene aún su pico nevado… es hermoso Manuel- y por primera vez pronunció mi nombre.
Me estremecí al ver sus delineados labios nombrarme. Me acerqué y tomé sus manos. La miré fijamente. Temblaba. Sentí su aliento en mi cara. El viento se colaba por la puerta entreabierta del granero. Nuestros labios se encontraron al fin. Mi mano recorrió su largo pelo. Con la otra, bordeé su cintura y dejamos caer nuestros cuerpos sobre un colchón de semillas secas. Estuvimos un par de horas allí, juntos.
Luego de esa mágica tarde en el granero, nunca más volví a verla. En la siguiente temporada de cosecha, en primavera, Sara no acudió al llamado de los patrones. Oí que se había ido a otra ciudad para trabajar en otro campo, junto a sus padres. Si tengo que decir algo de la felicidad, diré que es intensa… como Sara, sublime como sus  labios, pero tan efímera como el calor de su cuerpo entre mis manos.
Ahora, cada vez que miro el cerro nevado, pienso en Sara, y siento que ella también lo mira, desde otro amarillo trigal… Y el viento le lleva desde mis labios su nombre… SA-RA.

 

María Ducha Roca

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dosis de Anfetamina
(Clase 13 – Nivel 1)

 

Centro de Madrid, contaminación, ruidos, coches, alquitranes flotantes, polvo pegajoso y espeso. Allí están sin embargo, en ese banco  ridículo que se inclina sobre el asfalto, tomando un baño de sol urbano y ponzoñoso, mientras la ciudad vibra a su alrededor con el ronquido de los colectivos.
Mueven sus cabezas no más de treinta grados sobre su eje. Permanecen sentados esperando que algún curioso se les acerque y les haga una pregunta mientras el resto, ajenos a ellos, acuden a sus tareas amontonados como rebaño o dispersos como hormigas. Abrigados con gorros de lana, lentes de aumento y con las manos en los bolsillos de sus camperas  ven pasar el tiempo junto a las palomas que, alborotadas, rodean sus pies en busca de migajas. No pertenecen a ningún circo, sin embargo, sus caras parecen caretas, casi un disfraz. Observan cada movimiento de su entorno y, aunque parezcan lejanos, por momentos muestran una leve sonrisa que se pierde en el aire.
Tienen alrededor de noventa años. Nadie sabe quién los pone en ese banco todas las mañanas. Algunos, sin darle importancia al smog de los vehículos y el humo de los cigarrillos, de lejos los ven como simples estatuas de bronce cuya única compañía son los pájaros que revolotean alrededor de sus cuerpos. Petisos, gordos, sus pies no tocan las baldosas de la plaza, permanecen inmóviles e incomunicados como si el viento sellara sus oídos con ruidos estridentes y ante sus ojos corriese la misma película de ayer.
Bocinazos, insultos, saludos, corridas, puertas que se abren, gente que sale de los edificios y otros que esperan el colectivo, una colapsada ciudad que no sabe nada de ellos. El sol se encarga de monitorear las inquietas figuras, las sombras, de ocultar las imperfecciones de las construcciones antiguas, los ruidos, de distraer a la gente de la presencia de ambos y el asfalto, de ignorarlos por completo.
Madrid, empobrecida de sentimiento sostiene la prolongada vida de dos ciudadanos hasta que alguien llegue a buscarlos.
Y cada día una Trafic blanca sin inscripciones alusivas en sus laterales se detiene sobre el asfalto, frente a ellos. Dos personas grandes y jóvenes vestidas de azul bajan, el chofer se queda al volante con el motor en marcha. Los jóvenes de azul  los ayudan a subir por la puerta corrediza del costado, que luego la cierran con un golpe seco.
Mañana, nuevamente la contaminación inundará el espacio bajo el tibio sol. Sin duda ellos estarán otra vez sentados en ese banco ridículo de la ciudad. Juntos volverán a ver con sus ojos lo que posiblemente presuman como un nuevo día que no será otra cosa más que un nuevo y moderno cachetazo social sobre sus almas en la recta final, un nuevo y repetido cúmulo de indiferencia que seguirá desbordando el aire, envolviendo sus vidas.

 

Ángel D. Galdames

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Maldita Marcela
(Clase 8 – 2º Nivel)

 

Era el mediodía y acababa de llegar a casa para compartir el almuerzo con mi familia. Los chicos, Esteban y Mario, estaban jugando en el patio. Pero la casa estaba silenciosa. Oscura. No presagiaba nada bueno. Entré con cierto recelo y llamé a Marcela, mi esposa. Nadie me respondió. La busqué en las habitaciones pero estaban desiertas y calladas.
A esa hora llegó Daniela, mi otra hija, de la escuela y me preguntó qué pasaba.
No sé, contesté. No encontré a tu madre. Vamos a preguntarle a los chicos.
Los dos varones me dijeron que se habían levantado solitos. Mamá no estaba, agregaron.
Volvimos al interior de la casa, buscando alguna  señal. Parte de la ropa de Marcela no estaba y la única valija que teníamos, tampoco. Daniela me señaló con el dedo un papel sobre la cama. Lo abrí. Solo decía: me fui con Fabián. No me busques.
 Fabián era el dueño del boliche-despensa que estaba en la esquina. Nos fuimos con mi hija para allá y encontramos el negocio cerrado. Ya no quedaron dudas. Golpee la puerta con fuerza, varias veces, como tratando de que Marcela saliera. La maldije, la maldije en mi interior. Luego traté de calmarme, por mis hijos.
Al volver los reuní y traté de explicarles lo que pasaba. Qué les iba a explicar, si yo mismo no entendía nada.  Intenté darles un poquito de esperanza, y les dije que estaba  seguro que pronto iba a volver.
Esa noche, en silencio, tiré a la basura lo poco que quedaba de ella. Lo mucho que había en mi corazón.
Una semana después de aquel fatídico día llegaba mamá para hacerse cargo de los chicos y de la casa. Yo no podía dejar el trabajo porque de él vivíamos.
 Hacía ya un tiempo que me preocupaba Daniela. Con sus doce años andaba todo el día vagando por ahí, con las amigas, en bicicleta, o simplemente sentada, durante horas, en la vereda, esperando. Mamá me dijo que la lleve a una psicóloga. La vieja tenía razón, La piba no podía seguir así.
En el hospital conseguí ayuda enseguida. Rocío, la doctora, me citó para un viernes después del trabajo. Por supuesto que fui. Fue clara, me dijo que había que vigilarla mucho a Daniela , porque extrañaba a su mamá y sin ella no quería seguir viviendo. Me descontrolé, pegué puñetazos sobre el escritorio y me largué a llorar maldiciendo a esa perra. Nos había dado un golpe de muerte a todos. Rocío me tranquilizó, me hizo sentar y comenzó a hablarme. Pude desahogarme y eso me hizo bien. Pero si hubiera sabido dónde estaba la maldita la hubiera ido a buscar para matarla. Pero  la amaba, la amaba y la necesitaba. Una parte de mí, a pesar de la rabia y la impotencia,  quería que volviese para abrazarla y besarla, resguardarla entre mis brazos.
Trataba de disimular mi rabia y me esforzaba para que nuestras vidas no se vieran tan afectadas. Cada tardecita les preguntaba a los chicos cómo les había ido en la escuela, si tenían las tareas listas, si habían ido al club a practicar. Los fines de semana trataba de ir a los torneos, relacionarme con algunos padres, hablar de nuestras preocupaciones y de nuestros hijos. Encontraba gran apoyo y también conmiseración. Eso último no me gustaba, quería darle batalla a la nueva vida.
Seguía vigilando a Daniela y veía como poco a poco iba perdiendo su tristeza. De Marcela no sabíamos nada. Tampoco la buscaba.
Empecé a jugar a las bochas y me gustó. Me hice de nuevos amigos y una vez a la semana nos comíamos un riquísimo asado.
Mamá ya estaba grande así que le puse una chica para los trabajos más pesados; era joven y se entendía bien con los chicos, incluso les ayudaba con sus cosas.
Nos llevó dos años salir de esa sacudida y nuestra vida de alguna manera volvió “a la normalidad”.
Un sábado a la tarde, estaba ayudando a mamá y a Daniela con las plantas cuando al levantar la vista vi a Marcela en el jardín.  Epa, miren, les dije. Las dos se dieron vuelta y quedaron tan heladas como yo. Nadie dijo nada hasta que Dani apenas susurró, ¿mamá? mamá.
Marcela avanzó unos pasos y se quedó esperando algún gesto de nosotros.
En ese momento llegaron los varones y cuando la vieron, entre lágrimas y gritos corrieron a abrazarla, a besarla y a  colgarse prácticamente de ella. Mi hija también se animó y corrió hacia Marcela. Todos lloraban, menos yo. Quería matarla. Se había ido y aparecía de la nada. Qué se creía. Tenía ganas de gritarle que se fuera, que no tenía derecho a volver a nuestras vidas como si el tiempo se manejara a su antojo.
Me contuve por los pibes y no dije nada. Entramos en la casa y nos sentamos todos en el living. Ella en el sofá grande y los chicos a su alrededor. La mamá gata y sus gatitos, me dije a mi mismo.
Empezaron las preguntas: dónde estuviste mamá?, nos extrañaste? Contanos, contanos. No escuché nada de lo que dijo, sólo la miraba en silencio. Estaba más delgada, sus ropas gastadas por el uso, la mirada apagada pero sus manos se extendieron, con fuerza, para abrazar a sus hijos. Y los besaba, a uno, a otro, como si el tiempo no le alcanzara, como si quisiera en un instante recuperar dos años.
Entonces me di cuenta que ha pesar del silencio de mamá y el mío era una escena hogareña plácida, alegre, sentida. Traté de escuchar,  mi corazón estaba enojado, como siempre, pero entendía la felicidad de mis hijos. Las madres son irreemplazables.
Podrán ser inconscientes como Marcela, malditas, insensibles, egoístas, pero los chicos no ven esas cosas. Sólo quieren a su madre ahí cerca, para ellos.
Me levanté y me fui a fumar un cigarrillo al patio.

 

Zulma Chiappero

 

 

 

 

 

 

 

Repartidor
(Clase 7 - Nivel 1)


 
  El repartidor desde el amanecer se preparaba para un nuevo día,  aunque no dormía se tomaba por las madrugadas un receso en su tarea. Él  fue enviado desde quién sabe dónde para repartir sueños, pero su labor  se volvió ineficaz por la negatividad humana, que le cuesta creer, que se para en todo lo negativo para acomodar su vida fuere cual fuese su situación. Por esto él tuvo que cambiar su misión en la tierra y comenzó a repartir malas noticias de acuerdo a la negatividad de las personas, para ello comenzó una ardua tarea de clasificación de noticias con el siguiente criterio: cada mala noticia era directamente proporcional a la negatividad de la persona, es decir  que aquella más negativa recibiría la noticia más espantosa Estas se dividían en: Crítica -  muy mala y  mala. La primera hace referencia  a aquellas noticias que no tienen retorno, de las que no te podes deshacer, podes aceptarlas o no pero no cambian; por ejemplo la muerte de un ser querido, contraer una enfermedad letal, un accidente fatal, etc; la segunda agrupa a aquellas noticias que con el tiempo pueden mejorar si la persona mejora, las que son reversibles, esas provocadas por  equivocaciones como por ejemplo: drogarse,  alcoholizarse, ser estafados,  abandonados por nosotros mismos, etc; en la última  se encuentra lo cotidiano, que a largo plazo nos pueden llevar a cambiar de categoría si no lo resolvemos por ejemplo: los pleitos de cualquier índole, la preocupación, la depresión,  ,etc .
El repartidor no estaba contento con su tarea, en primer lugar porque creyó que la misma sería temporaria, consideraba que apenas las personas sufrieran alguna mala noticia  cambiarían de actitud, comprendiendo cuáles son las cosas importantes en la vida, sin embargo recibía nombres que se repetían a diario, como algo casi natural. Le dolía tener que hacerlo, no podía comprender por qué  insistían en creerse desdichados o victimas de cada situación y en segundo lugar  sentía que de tanto repartir malas noticias se volvería negativo.
El trabajaba solo, no quería involucrar a más seres en una tarea tan hostil;  con su mente recibía todo el tiempo nombres de seres negativos y su categoría, entonces esta hacia de receptor y emisor simultáneamente, es decir llegaba el nombre con su categoría y enviaba la mala noticia, como un intercambio energético, como un péndulo que oscila a   la derecha con la misma fuerza que a la izquierda. Cada vez que recibía y emitía decía nadie escapa a la ley. Por supuesto que no hablaba de la ley del ser humano que es obsoleta, sino de la universal por las que fueron construidas todas las cosas en su justa medida. El amor que construye y el odio que destruye, los dos grandes motores del mundo, semejantes y antagónicos. En algún lugar alguien construye y  en otro paralelamente alguien destruye.
Llevaba años en la tierra y a cada instante su tarea se tornaba más y más difícil al punto que ya no tenía tiempo de disfrutar un amanecer, como una máquina su mente evolucionaba con el tiempo generando mayor rapidez en recibir y emitir; parecía interminable ya que  competía con otras mentes que si bien eran negativas, también evolucionaban con el tiempo..Ya  no lo sentía como una misión, sino como  una guerra  sin fin. Un día cualquiera en uno de sus recesos pensó que para ocasionar un cambio tenía que detener lo que estaba sucediendo, se le ocurrió que todo tenía que ver con el ritmo y si él retrocedía el tiempo en la emisión, por compensación se retrasaría el tiempo en la recepción y con ello lograría que las personas recapaciten sobre su situación y de ese modo cambiarían de actitud. Comenzó a retardar la emisión y se sintió feliz al ver que lo mismo ocurría en la recepción.
Al principio de esta etapa todo parecía mejorar, porque de algún modo este retroceso apaciguaba  los momentos de tensión que producía el intercambio.
El repartidor era un hombrecillo parecido a un duende, no humano pero si universal por naturaleza; tan pequeño, más un gigante en inteligencia y en cada uno de sus sentidos.
Pensó que pronto estaría repartiendo sueños, ya que a esta altura las personas estarían cambiando de actitud volviéndose más positivas a causa del retroceso de emisión, no obstante el efecto fue casi imperceptible en comparación de lo que él esperaba. Su felicidad duro poco,  en la tierra ocurrían  toda clase de desgracias, muchas a causa de desastres naturales y otras a causa de la estupidez humana. El repartidor se sentía decepcionado porque advirtió que su labor podría dar resultados, pero estos de ningún modo serían  inmediatos porque las personas  durante milenios destruyeron  los recursos naturales en su afán de avanzar tecnológica y materialmente.
Considero que como parte del universo no se podía quedar observando como un espectador los acontecimientos, sino que debía realizar todas las acciones posibles para revertir cada situación desfavorable, entonces se dijo :- ya mismo tengo que comenzar a repartir sueños a las personas, fue un error ser parte de un castigo absurdo que lo único que lograba era empeorar las cosas; ahora si estaba seguro que si él comenzaba a repartir sueños las personas realmente cambiarían, ya que los sueños van curando las heridas y abren las puertas del alma.
Se fue al centro del bosque, su lugar natural y desde allí  comenzó él a emitir sueños y simultáneamente recepcionó  buenas noticias.
                                             

Martha Alvarez

 

 

 

 

 

 

 

 

La mujer del río
 (Clase 12-  Nivel 1)

 

Era pasada la medianoche cuando se despertó. Unas gotas de sudor le corrían por la frente y el pecho. Se retiró hacia atrás el pelo de tonos claros que caía al descuido sobre su frente. Se incorporó en la cama, era alto y delgado. Su piel  estaba salpicada de lunares. Tenía la frente amplia y la nariz larga. A pesar de que tenía alrededor de cuarenta años, parecía más joven.
Era un ermitaño, vivía solo en una casa rodeada de  plantas y árboles en un lugar cálido cerca  del  río y alejado de la ciudad y su ritmo de vida era diferente al común de la gente.  Pintaba de noche, dormía de día, comía a deshoras. Llevaba una vida espartana, no le interesaba el dinero, subsistía de la venta esporádica de sus cuadros.
Pero, hacía tiempo  que no pintaba. Empezaba un bosquejo y lo deshacía insatisfecho. Se sentía abatido, le faltaba inspiración, su mente al igual que los  lienzos, estaba en blanco.
Esa medianoche, se puso una camisa colorida y unas sandalias,  salió a la noche.   Contempló  la constelación de estrellas esculpidas en el cielo y la  luna llena que iluminaba las copas de los árboles. Era la noche el momento en el cual, él se sentía mejor.
Empezó a  caminar hacia el río. Llegó al muelle. La luna bañaba las ondas del agua con destellos plateados. Le llamó la atención una mujer que  estaba sentada en el muelle con la mirada perdida en el río. Era como un cuadro prerrafaelista. El pelo castaño y abundante le caía sobre los hombros.  Parecía vulnerable y un halo de misterio la rodeaba. La vio incorporarse, caminar, cuando pasó a su lado, la mujer lo miró. Tenía un rostro exótico y emanaba aroma a jazmín. Su tez era blanca, tenía la mirada profunda y  unos ojos grises hermosos. Lucía un vestido de color marfil  holgado para su cuerpo menudo y esbelto, parecía una escultura de porcelana.
Él se quedó ensimismado mirando a la mujer que se alejaba por la calle bordeada de árboles. Movido por un impulso, apresuró el paso para alcanzarla; la siguió hasta que la vio entrar en un jardín con un camino de piedras que daba a la entrada de una casa blanca de puertas y ventanas azules. La mujer  entró cerrando la puerta tras de sí. Él permaneció parado indeciso, sintió deseos de llamarla pero no se atrevió.
Se volvió a su casa y en el camino, pensó en la mujer.
Como un animal que hubiera despertado de su hibernación,  una sensación acogedora que hacía tiempo no sentía, lo invadió. 
Llegó a su casa. Se sentó en la sala espaciosa donde pintaba.  Miró el caballete con el lienzo en blanco. Deseó fervientemente plasmar la imagen de la mujer del río.  Pero necesitaba verla otra vez, tocarla, sentir su aroma, contemplarla y hacer su retrato. La buscaría hasta encontrarla. Presentía algo trascendente. Se tiró en el sofá y se adormeció. Al rato, la presencia de la mujer del río fue casi real, como  una brisa ligera surgida de la nada, estaba a su lado y  le rozaba la cara. Hasta le pareció oír el sonido suave e ingrávido de sus pasos. Luego, la mujer desapareció le había dejado una sensación de calidez, había despertado en él una pasión casi olvidada,  reprimida y algo estalló en él.
El sol despuntaba  en el horizonte bañando el paisaje de luces doradas e iluminando la sala cuando se despertó.  Se levantó y salió en busca de la mujer. Recorrió el camino hasta la casa donde la noche anterior la había visto entrar.  Cuando llegó, observó más detenidamente el lugar.
Las enredaderas  cubrían los troncos de los árboles y los cercos. Caminó por el camino de piedras desparejas que se movían al apoyar sus pies, en el fondo, había un  estanque con pétalos de flores  que flotaban sobre la superficie del agua.  A medida que se acercaba a la casa, sentía el perfume penetrante de los jazmines. El camino se curvaba  hacia la izquierda donde estaba la  puerta de entrada. Las ventanas tenían las persianas bajas. El canto  de un pájaro, cortó el silencio del lugar.
Sintió la boca seca y el pulso le latía en las sienes. No sabía qué le diría a la mujer cuando le abriera la puerta. Se sentía torpe, temía que ella lo echara. Golpeó a la puerta varias veces. Nadie atendió, se sintió abatido, la esperanza de ver a la mujer se disipó.
A través del cerco que lindaba con otra casa, un anciano canoso y encorvado lo miraba detenidamente,  se acercó y le preguntó por la mujer.
-Ahí no vive nadie-dijo el anciano.
Le describió la mujer que había visto entrar en la casa la noche anterior.
-Eso es imposible, esa mujer murió, apareció ahogada en el río hace un mes,  los familiares después de su muerte cerraron la casa  y se fueron a otra ciudad.
Desolado, con el pecho oprimido, emprendió el camino hacia su casa.
Apenas llegó,  vertió aceite de linaza en un bollón, escogió los pomos de pintura,  presionó los  óleos en la paleta, la sostuvo y escogió un pincel. Sus manos,  se movían rápidamente mezclando los colores y pincelando el lienzo. A medida que pintaba sentía que plasmaba sueños, ausencias y soledades.
Una sensación oculta de tragedia y despedida vibraba en la imagen de la mujer sobre el lienzo. Se apartó los mechones de pelo rubio y se durmió, junto a la mujer, bajo la luz de la luna.

 

Ana Lazo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Panchito
(Clase 23 – Nivel 1)

 

De chico, Panchito caminaba por la calle mirando a las personas a los ojos a la espera de que reconocieran sus cualidades extraordinarias a simple vista. Pero nunca pasaba de dos golpecitos con la mano abierta en la cabeza y con el adulto de turno estrujándole una mejilla al tiempo que le regalaba una ignorante mirada compasiva.
Nadie se daba cuenta de que Panchito convivía con una persona extraordinaria. Aunque para su mamá siempre fue especial, ella era incapaz de reconocer los poderes de superhéroe del amo de la imaginación de su hijo.
No podía volar. Hasta ese momento, sus proezas tenían lugar en tierra firme. En una cancha de fútbol, en una pelea de recreo o cuando viajaba en auto con sus padres. A pesar de que no existía criptonita que pudiera detenerlo.
En sus proezas no era Panchito. Francisco tenía toda la armonía que necesitaba el nombre de un superhéroe. Cada uno de los fonemas tenía el sonido exacto de la proeza. Aunque sólo sonaba ese nombre cuando sus padres y sus maestros lo retaban con una pronunciación que olvidaba la ese seguida de la ce, para cambiarlas por una jota algo aspirada que le desinflaba la imaginación.
Cuando los sábados a la mañana se preparaba para ir a jugar a las bolitas, Panchito se veía de regreso con la bolsita de trofeos ganados en la calle del barrio a sus archienemigos. Pero la suerte nunca parecía estar de su lado. Siempre volvía con la bolsita llena de lamentos ante la mala suerte en la jornada deficitaria.
A la tarde, mientras estaba sólo en su casa, Panchito dejaba lugar a Francisco y repasaba cada una de las jugadas con la diferencia de que Francisco siempre tenía a mano una genialidad que ponía sus triunfos en la categoría de hazaña para conquistar la admiración de sus rivales.
Para jugar a las damas, Francisco era mucho mejor que Panchito, pero el que se anotó en el torneo de la sociedad de fomento del  barrio fue Panchito. Era un torneo abierto, sin límites de edad. Panchito, que tenía catorce, eliminó a cuatro rivales mayores. En semifinales se enfrentó a un hombre que le ganó la partida en el tiempo que fumó dos Jockey largos y encendió el tercero.
Panchito llegó frustrado a la noche a su casa y no pudo evitar revivir el juego. Entonces,  el partido perdido con el hombre que fumaba Jockey fue una lucha en su imaginación llevada adelante por Francisco, que  hasta con el lujo de guiñarle el ojo a su rival después de la última movida. Para rematar: le pidió un Jockey a su vencido.
Panchito creía que algún día la suerte unificaría las dos realidades.
Hasta que al barrio llegó Mauro. Mauro tenía la edad de Panchito y una hermana menor: Paola que tenía una figura que empezaba a dejar atrás la inocencia y ponía en conflicto la niñez con la adolescencia de Panchito.  El día que Panchito la conoció deseó con todas sus fuerzas que la suerte se entrometiera de una buena vez.
Cada vez que Panchito veía a Paola en casa de Mauro estaba seguro de que ella le devolvía una mirada especial y Panchito se sentía especial.  Una tarde, en casa de Mauro estaba Charly,  un compañero de colegio que propuso un partido de vóley de a cuatro en el jardín de su casa. Panchito jugó con Paola y perdieron sin atenuantes con una floja actuación del varón del equipo, que terminó embarrado y humillado por las cargadas de los vencedores. En todo el partido miró a Paola solamente cuando ella tenía la vista en otro lado y no le dirigió más palabras que las necesarias para que el juego continuara sin sobresaltos.
Panchito tenía las manos duras por el barro y sentía las orejas coloradas por el dolor de la derrota. Se despidió con pena y sin gloria y volvió a su casa seguro de que a solas,  Francisco ganaría el partido y recibiría los abrazos y las sonrisas de Paola. Y así fue, en el partido, Francisco salvó varias pelotas con vuelos esbeltos y corajudos, se acercó a Paola para explicarle muy de cerca las técnicas del saque y la ayudó a levantarse cada vez que ella caía. Los rivales eran mejores y el triunfo fue ajustado en el marcador, pero amplio con Paola.

Una tarde, Mauro le anunció a Panchito que dentro de dos semanas haría un baile un su casa y que estaba invitado. Panchito volvió a su casa y se puso a escuchar música romántica. Francisco apareció otra vez. Tenía la ropa de Panchito y porte altivo, triunfante. Francisco era más flaco y más alto que Panchito. Tenía una sonrisa natural y contagiosa. El cabello era castaño, como el de Panchito, pero sin los odiosos remolinos en el flequillo más largo y con una bella caída natural que le daban un irresistible atractivo. Lo imaginaba grácil para bailar y el centro de la pista era su territorio.
Dos días antes del baile, Panchito fue a pasar la tarde a la casa de Mauro. Después de tocar el timbre casi se hace pis cuando vio que Paola le abrió la puerta. Sintió los dos labios de Paola sobre su mejilla derecha y lamentó no haber girado los suyos para poder conocer la textura de la piel de Paola.
Con una sonrisa, ella le propuso que la acompañe a buscar a Mauro hasta la casa de un compañero de colegio. Panchito accedió desbordado de alegría. Caminaba con la vista clavada en las baldosas, rogando para que la suerte dejara aparecer a Francisco.
Alguien dejó una escalera en la calle. Te animás a pasar por abajo, lo desafió Paola. Mirá que trae mala suerte, le advirtió. Era la oportunidad de Panchito, que sin dudas, y convencido de que Francisco pasaría sin titubeos, encaró al pasadizo entre la escalera y la pared. Pasó primero con andar seguro. Con dos pasos había desafiado su suerte. Paola pasó después, pero por el costado y aunque no lo felicitó por el acto de valentía, Panchito se sintió especial.
El día del baile, Panchito se levantó ansioso.  Le pidió plata su mamá para comprar la Coca que exigía el protocolo a los varones en los bailes. Mientras volvía se imaginó bailando lentos con Paola. Luego, juntos y de la mano irían a buscar un vaso de Coca ante la admiración de todos los asistentes. Esa tarde, Panchito luchó denodadamente contra sus remolinos, y el espejo del baño le devolvió, por primera vez, el peinado de Francisco.
La cita era a las ocho, pero Panchito tenía previsto llegar una hora más tarde. Quería que primero notaran su ausencia y que, luego, celebraran su entrada triunfal.
Camino a lo de Mauro, Panchito volvió a encontrar la escalera apoyada en la pared. Entendió el convite de la suerte. Apoyó la bolsa con la Coca en el suelo y volvió a traspasar el pasadizo entre la escalera y la pared. Lo atravesó con dudas y volvió a buscar la bolsa.
Cuando llegó a la casa de Mauro, tocó el timbre. De fondo se escuchaba la canción Hero de Mariah Carey. Qué hacés Panchito! Qué facha!, lo saludó Mauro. Hoy llamáme Francisco, retrucó mientras llegaban al quincho.
Panchito estaba envalentonado por la música. Un grupo de chicos charloteaba cerca de Panchito, quien oyó con claridad que Paola gustaba de alguien.
Panchito sintió a la suerte y Francisco unidos. Fue hasta la cocina, donde estaba Mauro y le dijo. ¿Qué hacés cuñado? Algo sorprendido, Mauro le devolvió la pregunta: ¿Ya te dijo que sí? No todavía, retrucó Panchito, pero ahora la voy a sacar a bailar y listo. La pregunta de Mauro minó la novel confianza de Panchito, que sintió un hormigueo diferente en la panza. Pese a la duda, eligió creer que Mauro desconocía los vericuetos del corazón de su hermana y que la preguntaba escondía celos de hermano guardabosques.
La pregunta de Mauro retumbaba en la cabeza de Panchito. El ímpetu de Francisco empezaba a borronearse y Panchito buscaba en el fondo del vaso de Coca alguna fisura en aquello que parecía evidente a sus ojos.
Por fin, Panchito juntó coraje. Enfiló hacia la pista y vio difusamente un gesto de Mauro como para que se quedara en la cocina. Cuando Panchito volvió a la pista, vio como Paola bailaba abrazada a Charly, el compañero de Mauro.

 

Rodrigo Morán

 


2012
Rodrigo Moran
Alejo Garcia
Maria Ducha Roca
Ángel D Galdames
Zulma Chiapero
Martha Alvarez
Ana Lazo

 

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