Publicación 2011  

 

 

Escribir es un acto volitivo, por momentos una catarsis y casi siempre la búsqueda de uno mismo. Quienes alguna vez intentaron poner por escrito sus sensaciones, volvieron invariablemente a ceder ante ese medio de expresión. Escribir es también la búsqueda del otro, llegar al otro: el lector.  La publicación de un texto es la concreción de esas dos metas. Este espacio esta dedicado para que los talleristas puedan llegar al lector a través de la publicación de los trabajos producidos durante las clases.

Estas publicaciones se llevarán a cabo bimensualmente como producto de nuestras "Convocatorias de autores". Todos los miembros del taller podrán presentar en éstas convocatorias los textos que se hayan producido y trabajado en las diferentes clases.

La redacción

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La última lidia
Género Romántico (Nivel 3)

 

 

No me cansaba de seducir mujeres! Nadie lo hubiera pensado con solo verme, no soy un monstruo pero tampoco tengo la pinta de estos galancetes de moda. Una nariz más o menos, los dientes desparejos, ojos oscuros, más negro que bronceado. Eso sí, domino el chamuyo, una habilidad nacida de la adversidad. Si no desarrollaba algo para convencerlas, lo que es por la pinta me moría virgen.
Cuando llegué a esa edad en que en la escuela se empieza a considerar a las compañeritas para tener algo, ya me habían puesto muchos sobrenombres. No era Roberto, era “Pipa”, “Negro”, “Piraña”, siempre aludiendo a mis atributos más notables y las pibas lo registraban.
Todo de “onda” según ellos pero, era innegable esa crueldad de los “peques” aún no domesticados para sacar del juego a los rivales, potenciales o reales. No era el único que  recibía esa clase de  golpes, también el “Gordo” Esteban era un “blanco humano” de los dardos de los pibes y otro que ligaba era “Canilla” Pérez. No hace falta decir por qué le decían gordo a Esteban; lo de “canilla” para Mariano Pérez lo siguió siempre, aún después de la operación de adenoides que le permitió controlar mejor los mocos. Al gordo y a canilla los sacaban seguido de la cancha, no podían ofrecer resistencia o lo hacían mal, ineficazmente, lo que hacía arreciar con las cargadas. Las compañeritas “acompañaban”, le hacían el coro a los que tenían la iniciativa y cuanto más lindas y populares en la escuela, más crueles.
A mí me dio por otro lado, ni enfrentarme ni achicarme, diría que me salió “disfrazarme”.  ¿Ponerme una careta de “lindo”? ¡No! Empecé a defenderme, diría que visceralmente, con palabras, nada pensado, aunque algunos opinan que se piensa con todo el cuerpo. Cuando me dejaban un resquicio para hablar comenzaba a construir algún “verso” interesante, algún chiste, al fin les caía simpático a las chicas.
Forzado muchas veces a mantenerme alejado podía observar y darme cuenta de las cosas que las atraían, las hacían sonreír y a veces ¡ponerse coloradas!
Cuando encontraba la grieta por donde filtrarme lanzaba palabras como si fueran señuelos para atrapar alguna presa hasta que percibía la “mordida”, el paso previo para el enganche. Ahí las convencía, derribaba sus defensas.
-Mirá vos Roberto, que conversación interesante que tiene!
Cuando dejaban el sobrenombre para llamarme Roberto era señal de que empezaban a claudicar.
A veces, según la ocasión, el entre era  alguna atención, una flor, un dulce especial, alguna cita “filosófica” y después las palabras. ¿De dónde las sacaba? De todos lados, de otra gente, del cine, las revistas, los libros, internet. Estamos en un mundo de palabras, somos palabras, si no las inventáramos y las trasmitiéramos permanentemente, no seríamos seres humanos. Están siempre ahí y algunos las tomamos, las degustamos, las almacenamos y cuando nos hacen falta las usamos.
Les entraba por ese lado, no por el del más lindo, el más fuerte, el más malo, me estaba convirtiendo en el mejor “chamuyero”, tenía “carisma”. Después, llegado el momento de la acción, me defendía
            Eso sí, nunca pensé en comprometerme y tenía mis razones. Una, el mandato divino, el sentido de la vida: “Creced y multiplicaos, poblad la tierra” que lleva encerrado, para mí, el darle a todas para asegurar la conservación de la especie. Claro, yo adhería a la forma, al modo natural de multiplicarnos, que es bien placentero pero, evitando las complicaciones de la multiplicación. La otra razón para no comprometerme, era el íntimo temor de quedarme “mudo”. No digo sin habla sino que llegara el día en que lo dicho no sirviera para “embellecerme” y quien estuviera a mi lado se diera  cuenta de lo fiero que era o, que un día al despertarse al lado mío gritara espantada y saliera corriendo, dejándome solo…el otro miedo.
            Estaba empujado a perfeccionarme a encontrar más cosas de las que hablar y así de a poco me fui metiendo en otros mundos, los que leía y escuchaba y los que atraía con mi parla, los mundos que me hacían vivir cada una de las mujeres que conocía. Eso mismo hizo que cada vez me costara más relacionarme con mujeres solo divertidas, se me hacían insoportables después de haber conseguido lo que quería. No encontraba “amor después del amor”, quería que desaparecieran rápido.
            No puedo explicar qué pasó, si me llené tanto de palabras sin llenarme al mismo tiempo de otras cosas que me sentía más vacío después de cada una de esas relaciones volátiles que buscaba y empezaba a detestar al mismo tiempo.
            Hasta que apareció el desafío, la hija de una colega de mi madre, profesora de historia que no se convencía con el verso, era distinta. Aceptaba la charla eso sí y por eso traté con todos los temas, la divertía, la conmovía, la interesaba, pero no la seducía. Era parecida a otras, ninguna belleza, pero tenía todo lo que hay que tener bien distribuido y en su justa proporción.
Empecé a tratarla como a todas, no por algo en particular, me gustó de entrada como otras, tal vez un poquito más. Tenía aire de ser compinche, alguna actitud de connivencia con los tipos, el atisbo de que podía ser amiga de uno. La sonrisa también fue un elemento convincente, todas sonríen, pero nada más que con la boca. Cuando a ella algo la hacía sonreír lo hacía con toda la cara. Si me centro en la cara ¿hay algo más lindo que la sonrisa de una mujer? No importan la nariz ni los ojos, que pueden ser grandes o pequeños, tener los pómulos hundidos o salientes, la frente ancha o angosta, pero la sonrisa es capaz de embellecer todo lo demás. Y a mí me parecía que sonreía con toda la cara, es decir, sonreía un poco más o un poquito mejor que las demás. También tenía una voz bien de mujer aunque cuando hablaba marcaba alguna diferencia. Sabía darle a las palabras serias la calidez de una manta en el invierno y cuando nos entreteníamos hablando, su charla era la sombra fresca que en el verano da una pérgola cubierta de enredaderas. 
            Llegué a pensar que era una de esas seductoras que nunca llegan a nada con nadie, que se satisfacen teniendo un séquito de platónicos adoradores. Sabía mantener a raya los intentos por tumbarla, era como un torero, se ofrecía para la lidia y cuando alguien arremetía ciegamente, lo esquivaba y lo dejaba mirando a la tribuna. Algunos atropellaban dos o tres veces hasta que se rendían. Yo estudié los movimientos  de unos cuantos antes de lanzarme, no quería hacer el ridículo. Antes que con ella tuve muchas pérdidas, no siempre se logra lo que se pretende y si uno sabe analizar los fracasos aprende más que de los éxitos. Y aprender con los fracasos de los otros duele menos….
Durante un tiempo nos encontrábamos en reuniones de amigos en común, charlamos en grupo, a veces nos apartábamos y la charla era más sobre nosotros, nos separábamos y nos volvíamos a encontrar. Cuando me pareció que la cosa estaba madura la invité a salir, en realidad nos invitamos mutuamente a ver una muestra de artistas locales en el salón de exposiciones municipal. Nos encontramos y luego de recorrer la exposición tomamos un café en la confitería del salón. Entre los comentarios sobre las obras fuimos introduciendo algunas intimidades conociéndonos un poco más y más la conocía, más ganas le tenía.
La siguiente vez que nos encontramos derivamos la conversación hacia temas gastronómicos y ese fue el pie para invitarla a cenar a uno de los restaurantes de mejor cartel en la ciudad. Esa sería la oportunidad de tener más intimidad en un buen clima para después llevarla a su casa y terminar lanzándome al ruedo, pensé.
            Y fue así, cuando decidí que había llegado el momento hubo una sola arremetida, a fondo, a llevármela por delante, quedar entreverados y revolcándonos en el suelo. No me esquivó, no quedé mirando a la tribuna, sino tirado con ella en la arena.
Me clavó la espada en la testuz y quedé inerme postrado a sus pies, vencido, sin revancha, sin segunda arremetida. Ella sabía lo que hacía, en dos meses nos casamos, o ¿debería decir me cazó?

 

Juan del Pino

 

 

 

 

 

 

 

 

Agonía
Clase 5 (Nivel 2)

 

Paulina estaba muy triste. Tan triste como para desteñir los colores más audaces.
Y lo más doloroso eran sus ojos, su mirada en permanente desconcierto.
La gente rehuía su mirada por temor a desbarrancarse en ese vacío que era un grito intangible pero tan poderoso que calcinaba las entrañas.
No era Paulina la que merodeaba la casa en silencio. Era su propio fantasma, lo que quedaba de ella.
En secreto, en su cuarto, pegaba los trocitos de su vida y su cuerpo y su alma. Con adhesivo transparente los pegaba. Pero de tal modo la habían hecho trizas que siempre le faltaba un pedacito y quedaban los huecos.
Las razones de su pena insondable eran el desamor, el abandono, la humillación.
No iba a sobrevivir sin el abrazo de José, sin el apoyo, sin la muralla de José -gritaba su corazón tullido.
Paulina se había aferrado a José, pero nunca creyó que él la quisiera de verdad, la quisiera solo a ella.
La sombra del engaño, la pesadumbre de la infidelidad fueron creciéndole por dentro como un embarazo interminable, pero en lugar de parir un hijo parió la soledad cuando José no pudo más contra su desconfianza.
La madre de Paulina quería, intentaba, luchaba, pero no era suficiente. Paulina se marchitaba ante sus ojos sin que la llovizna de su amor derramara fertilidad en el desierto de la ausencia.
Paulina sentía que ya no tenía  futuro, no tenía esperanzas, no tenía a José.
Paulina era una pregunta retórica. Una negación contundente era José.
               De nada le valían las palabras de consuelo, el amor a raudales de sus amigos y parientes.
Paulina se iba secando, se iba oscureciendo como un atardecer sietemesino.
¿Cuánto tiempo tarda el dolor en morirse? –se preguntaba Paulina - ¿Lo sobreviviré?

 

Liliana Reinoso

 

 

 

 

 

El último cigarrillo
Clase 9 (Nivel 2)

 

El detective encendió un cigarrillo, el último, y tiró el paquete a un canasto que estaba colmado de flores marchitas. Estiró sus piernas alejando del escritorio la silla donde estaba sentado. Miró el escritorio inundado de papeles y carpetas, en medio dos ceniceros atestados de colillas. Elevó su mirada al cielorraso pintado de humedad y se detuvo por unos instantes allí. Arqueó sus brazos largos y flacos hasta que enlazó sus manos detrás de la nuca, sosteniéndose. Inspiró profundo, retuvo el aire por unos instantes, hasta que lo expulsó bruscamente. Dio una larga pitada a ese último cigarrillo y tomó del escritorio el único portarretratos que había. Lo acercó tanto como su presbicia se lo permitió, y contempló mansamente el contorno del rostro de una mujer rubia, de cabellos ensortijados y ojos claros que a pesar de que hacía dos días había rechazado las flores que ahora descansan en el cesto, le hicieron recordar por un momento aquellos años que compartieron felices, antes de que ella se marchara.
Tosió bruscamente y escupió su denso catarro a las flores marchitas del canasto. Dio entonces otra pitada, calculando que sería la penúltima. Dejó caer el portarretratos al piso, el vidrio sucio que cubría la foto de la mujer rubia se quebró. Su pulso parecía temblar. Se puso de pie, apoyó las manos sobre el escritorio, su cuerpo interminable se mecía lentamente de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Una gota de sudor resbaló por su sien y dio en su rostro cansado. Dio la última pitada del último cigarrillo, abrió el tercer cajón del escritorio y tomó por última vez su revólver. Y por última vez, apretó el gatillo.

 

Roberto Longo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Vampiro Drogadicto
(Clase 22 – Nivel 1)

 


En busca de nuevas sensaciones y después de haber estudiado todo con cuidado decidió por fin actuar. Entró en la casa a altas horas de la noche y la encontró sentada en el escritorio inmersa en un proyecto. La sorprendió al pararse frente al escritorio como una gran sombra. La vio dar un salto, le impactó su cara de hielo, la respiración entrecortada a punto de gritar. Pero antes de que lo hiciera, le enseñó sus afilados colmillos,  levantó la mano hacia ella como lo hace un hipnotista y la desvaneció en un sueño profundo. La movió hasta un sofá junto al escritorio. Luego de unos minutos, ella despertó.
-¡Eres un vampiro o al menos tus colmillos lo demuestran! – dijo agitada.
-Tranquilízate o te mando a dormir de nuevo – le ordenó y cuando vio que la respiración de ella se apaciguaba le contestó con serenidad -así es, y no soy un vampiro cualquiera como los de esas películas de Hollywood, soy más que eso. Yo tengo un gusto especial por las sangres contaminadas por todo tipo de drogas, por eso, busco toda clase de adictos y estoy continuamente en busca de nuevas experiencias.
-Estás diciendo entonces que chupas la sangre de gente adicta a drogas como la marihuana, la cocaína, heroína, morfina, LSD, crack, etc.
Escuchó la pregunta de ella mientras jalaba una silla cerca del sofá.
-Sí -contestó- pero la sangre de los que son extremadamente adictos. Además las drogas que tu mencionas son muy pocas. Mi catálogo es todavía mucho más amplio.
-¿Cómo?  No te entiendo -le dijo ella con una voz apagada.
-Vamos, vamos no me digas que esas son todas las drogas que conoces.
-Pues sí, esas son las que combatimos en mi país para que no lleguen a nuestros hijos, según dice el gobierno federal. Esas son las drogas malas que hacen que la gente se pierda, son las que han provocado la pérdida de valores morales a los cuales enfrenta la sociedad de hoy. Por eso estamos como estamos con toda esta violencia encima.
- ¡Ja, ja, ja qué ingenua eres!- dijo en tono de burla mostrando esta vez sus largos y puntiagudos colmillos -¿Qué no sabes que hay más drogas que esas? Las drogas están por todas partes. Están las drogas legales e ilegales. ¿Tomas café?
-Sí claro, todas la mañanas – le contestó ella más serena, como si de pronto se le hubiera olvidado quien rondaba a su alrededor.
-¿Fumas tabaco?
-Por supuesto, aquí tengo mis cajetillas.
-¿Te tomas tus copitas de vez en cuando?
-Todos los fines de semana.
-Entonces eres una drogadicta más. ¿Y todas esas cajitas llenas de pastillas en aquella repisa qué son?
-Son antidepresivos que me recetó mi doctor.
-¿Y esas otras?
-Son calmantes para el continuo estrés que sufro en mi trabajo. Y algunas otras son somníferos, pues no logro dormir bien.
-¡Por Dios! Mezclas demasiadas drogas- dijo y sus ojos se iluminaron al oír la gran mezcolanza mientras sentía que se le hacía agua la boca.
-Pero no, yo no soy adicta a esas drogas pesadas como la marihuana, la heroína o la cocaína. Esas drogas que hacen que los jóvenes se vuelvan locos y que los lleva a perder el rumbo de sus vidas.
-De qué hablas –dijo de manera brusca, lo que hizo que ella se sujetará fuerte del sofá - la marihuana no es una droga dura y el alcohol sí lo es, encima es legal. Ha matado más gente el alcohol que cualquiera de las otras drogas ilegales y no porque sea ultra nociva, sino más bien por su combinación mortal con el volante, por ejemplo. 
-Pero entonces – le contestó ella nerviosa aunque interesada en el tema -también te chupas a la gente que consume alcohol, cigarrillos, café…
-Café, chocolates, sodas con cafeína, pero te confieso que los que consumen alcohol saben muy ricos, me encanta la sangre con tequila y whisky de los borrachos. Entre más elevada sea la dosis más los disfruto. Aquí en México me he chupado hasta a varios huicholes bajo el influjo del peyote ¡Qué experiencia! Si te contara. Pero repito, lo que busco más, es gente que le entra a las drogas duro y tupido.  Por ejemplo,  hay gente también adicta a la adrenalina y me he chupado a varios ultra-adictos a sensaciones extremas, ¡No sabes que ricura! ¡Huy, si pudieras chupar sangre como yo!
-Vaya, nunca se me había ocurrido que hasta la adrenalina es una droga – le dijo ella mucho más tranquila y metida en la plática.
-¡Oh sí, esos chicos extremos son una delicia, para chuparse los dedos! –enseñó sus dedos largos con sus uñas como clavos lo cual hizo que ella recordara nuevamente ante quien estaba y volvió a aferrarse al sofá. – hay cantidad de sustancias en el organismo que son súper adictivas – continuó el vampiro.
-Pero entonces –dijo ella, esta vez temblando – ¿Vienes a chuparme a mí, por la mezcla de drogas que hago?
-No precisamente- contestó mientras se levantaba de la silla y se dirigía a la ventana- Ya he experimentado con gente como tú que mezcla todo tipo de drogas y no es lo que estoy buscando por ahora. Además tu eres adicta, pero no le das duro, eres una pequeña adicta podría decirse.
Eran ya las dos de la madrugada y el vampiro volteó para ver la foto donde ella estaba junto a su esposo, él de negro y ella de blanco.
-¿Hace cuanto que estas casada? –preguntó mientras continuaba observando la foto.
-Cuatro años, pero pareciera que no lo estamos, él desde hace dos años llega todos los días  de madrugada. Y lo peor siempre llega oliendo a perfume de mujeres. Me tiene toda abandonada, se acuesta con todas las que se le cruzan y para rematar todavía en la madrugada quiere hacerlo conmigo –el vampiro notó que luego de esas últimas palabras los ojos de ella se agrandaron.
-Ahí lo tienes – dijo- ahora ya sabes que vengo por el adicto al sexo de tu marido.
Ella gritó, pero él otra vez  levantó la mano hacia ella como lo hace un hipnotista. A los pocos minutos llegó su marido, estacionó el auto y abrió la puerta. Al entrar lo sorprendió al pasar por la cocina y le clavo sus afilados dientes hasta no dejarle ni una gota de sangre. El vampiro dejó una nota para ella “Este es el primer adicto al sexo que me chupo ¡Y ha sido todo un manjar!”

 

Alexandre Jeronne

 

 

 

 

 

Girando en círculos
(Producción independiente)

 

Fue una mañana como todas, no daba para pensar en lo que después viviría. La pasé despabilándome para ir a trabajar y comiendo algo para acompañar los mates  hasta que me pasaran a buscar. Me sentía pesado, por el guiso de la cena y aturdido por el último cigarrillo de los dos paquetes que me había acabado el día anterior. El viaje a la obra en la caja de la camioneta con sus sacudidas serviría para despertarme del todo a fuerza de sacudidas.
Era la última changa que había conseguido, la mejor en mucho tiempo, la más duradera desde hacía rato. Por un tiempo no tendría que hacerme problema por el empleo y sobre todo tendría guita extra para pasarle a mi ex mujer y que no me haga la vida imposible y sí, también para que mi hijo no tenga que pasar miserias.
Juan saludó al contratista y se acomodó como pudo, apretujado entre materiales, herramientas y otros que como él vivían del trabajo temporario, duro, mal pagado. Nomás llegado del Chaco empujado por la necesidad, hizo de todo hasta que empezó a trabajar de albañil, de peón, bien de abajo. Capaz, en poco tiempo se hizo de los secretos del oficio, aprendió a “leer” planos y enseguida estuvo de capataz, dirigiendo a otros, que para eso tenía el carácter tallado en el monte. En el barrio empezó a tomar pequeñas obras por su cuenta y de los edificios que contribuyó a edificar lo llamaban para hacer cambios y lo recomendaban a conocidos aumentando la demanda de sus servicios. Hasta llegó a contratar a otros para hacer los trabajos que tomaba y que el solo no podía atender. Su vida había dado un vuelco, la bonanza también lo animó a formar una familia.
Por fin llegamos a la obra, el viaje en la caja de la camioneta me estaba  matando. Los baches, el empedrado desparejo, un día me parto al medio. El dolor de cabeza me sigue y me gana un malestar general que no se bien cómo explicar. Pero, no hay otra hay que trabajar con o sin dolor.  Ahí está el capanga nuevo, no sabe ni la mitad de lo que yo sé del trabajo, pero manda y vigila y si no cumplís, de nuevo la calle. Habrá que ver como me le escapo aunque más no sea un rato a la mañana, hay momentos en que no puedo con el ritmo, me tiemblan las manos y las patas y me tengo que esconder para reanimarme.
Casi sin darse cuenta entró en un torbellino de obligaciones que al tiempo que lo estimulaban lo desgastaban. Había logrado lo que pocos de su clase, una holgura económica que nunca había tenido, casa propia aunque en barrio humilde y hasta otra propiedad que se ocupaba de ir mejorando para sacarle algún rédito. Sin embargo desde hacía un tiempo había ido decayendo su  buena estrella.
Hoy toca revocar encerrado entre las paredes de ladrillos pelados calentados por el sol y sumergido en el aire saturado de polvo. Una pared tras otra, un ambiente tras otro, mirando la hora que no pasa nunca, y sintiendo la garganta cada vez más seca, deseando que se acabe la jornada enjuagarme la cara, sacarme la transpiración del cuerpo y huir rápidamente. Pensar que no hace mucho trabajaba sin parar aquí y en mis propias obras y ahora no puedo trabajar dos horas de corrido ni por asomo. Necesito parar y tomarme algo más que un descanso, solo así puedo seguir el ritmo del trabajo.
Su vida había dado un nuevo giro, esta vez en sentido inverso. Pasó de pobre en el monte a pobre en la ciudad, con una breve escala  en la “pequeña empresa”. Nadie se explicaba el porqué de esa caída habiendo estado tan bien. Sin embargo, era como si estuviera atrapado en un remolino, cada vez se acercaba más al centro de un hoyo que amenazaba tragárselo irremisiblemente.
Por fin terminó el día de trabajo, ahora llegó el descanso y la descarga. ¿Cuándo empecé con esta rutina? Una tarde que para sentarme nomás entré al boliche y pedí un trago. Nos sé si de cansado, o porque lo deseaba o por  qué, pero al tomar se me desvanecieron las penas y pedí otro y otro. Después lo necesité cada tarde durante un tiempo, más adelante al mediodía y después no veía la hora de llegar aquí al bar y tomarme un trago.
A la mañana siguiente Juan probó sacarse la pesadez y el dolor de cabeza  tomándose una ginebra nomás al levantarse. Al rato salió como todos los días aunque no llegó a encontrarse con el patrón. Se detuvo en el boliche para ver si con otro trago se daba un empujón más fuerte. Fueron una tras otra las copas que lo voltearon sobre la mesa.  Había llegado al mismo centro del remolino, solo le faltaba hundirse rápidamente.

 

Juan José del Pino

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La silla y la cama vacía
(Clase 19 – 2° nivel)

 

Entré en la vieja casa. Crucé el comedor oscuro. Dejé atrás la mesa grande y rectangular rodeada por las sillas pesadas, dueñas de un rojizo inconfundible. Abrí la puerta que siempre estuvo pintada de azul profundo y siempre chirriaba como el mar. Me encontré entonces con su dormitorio. Me senté en la silla junto a la cama. Aquella que usaba cuando lo acompañaba en los largos coloquios que lo tenían acostadoya enfermo. Él siempre vestía un pijama que decía ser su preferido por el color marrón rojizo que tenía.  Yo respondía que se mimetizaba con los listones de madera del suelo.
Siempre el mismo paisaje, las dos sillas, una para sentarse, la otra para sostener mi portafolio y mi abrigo. Los pequeños cuadros que parecían querer escapar de las paredes para zambullirse en la cama, junto al viejo que los había creado años atrás. Su ropa desprolijamente colgada y las puertas eternamente cerradas. Una, la más azul, daba al estudio. Escenario de las creaciones del viejo que si bien incursionó en la pintura, la música fue su vida, su modo de expresión principal. Y su género fue el tango. Clásico, por supuesto. Con sus compases duros y poesía emocionada. Esos que innumerables parejas bailaron cuerpo a cuerpo, en esa suerte de danza sensual, a veces melancólica, a veces desgarradora.
No me atreví a pasar al estudio. Y me quedé sentado, en la silla, junto a la cama angosta. Contemplé cada detalle, mientras olía la soledad del ambiente. La voz del viejo parecía escucharse, o sus tarareos de próximas creaciones. Siempre tenía una melodía en sus labios, siempre una frase colorida. Sin embargo, ahora abruma el silencio. Ese que da la ropa tendida, las puertas cerradas y la cama vacía. El cuarto inmóvil parece apagarse lentamente, como se apagó la larga vida del viejo, mi más antiguo paciente.
Me dejó, como no tenía familia, su casa como herencia.
Me dejó su música, sus conversaciones y los instantes compartidos.
Me dejó solo en su cuarto.
Me dejó.

 

Roberto Longo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Héroe
Clase 8 (nivel 2)

 

Su mirada subió lenta por la ventana abierta, se posó en las ramas de los árboles movidas por el viento frío, tendió una raya imaginaria hasta el cielo nubloso, regresó a la otra esquina de la ventana, bajó en diagonal al punto de origen. Sintió el sudor frío en las sienes.
Como él ahora, sus antepasados habían participado en batallas históricas, lo había investigado, incluso algunos eran descritos como héroes, aunque nunca se sabe, la propaganda bélica crea héroes donde no los hubo , el que encontraron con un cadáver en los hombros, muerto por una metralla aérea, del que se dijo que trató de salvar la vida de un compañero, quizá sólo usó al herido para cubrirse de los aviones. Honores post-mortem.
Había perdido el hilo, no sabía de qué hablaba ella, hacía rato que no entendía nada, sólo sabía que era un soldado en una batalla, una de esas confusas, como la de Waterloo, donde un antepasado le tiró a todo lo que se movía, el lodo le llegaba a las narices, sólo veía caballos, bayonetas, un cielo nubloso, hasta que se dio cuenta de que le gritaban en su propio idioma y que había diezmado a su propio batallón. Ella también le gritaba, siempre le gritaba, él era un héroe que podía resistir esos embates y más, pasar días sin salir de su biblioteca, metido en sus libros, en esa selva intelectual en la que le crecía la barba, mientras las carnes enflaquecían, pero el mundo necesitaba esos héroes, seres únicos que piensan lo que los demás no pueden por estar atareados en sus vidas diarias, en sus vidas prácticas, en sus vidas sin heroísmo.
Su mirada volvió a trazar rayas, líneas imaginarias por la ventana, por el paisaje urbano, por las cortinas, los muebles, sintió el vacío existencial que se sentía en la familia desde hacía siglos, lo había investigado, sus antepasados llevaban diarios íntimos, lo habían anotado, “depresión” no alcanzaba a describir el vacío existencial que se sentía en la familia desde hacía mucho, y no sólo en las batallas históricas sino también en las batallas diarias, en las caseras, en las urbanas, en las de las calles de barro y luego en las asfaltadas y después en los puentes que fueron llenando la ciudad y más tarde sobre las ruinas de los puentes que los terremotos habían destrozado y después en las ciudades subterráneas que se construyeron cuando la radiación invadió el mundo y finalmente en la ciudad reconstruida cuando fue posible volver a vivir en la superficie...

-¿Me estás escuchando? – volvió ella a preguntar por tercera vez.

Él no respondió, se había perdido en la historia, en sus recuerdos, en los recuerdos que no eran suyos, pero eran de su familia, eran los de los diarios íntimos que él había leído, que él había estudiado, se volvió a perder en las rayas, los trazos que la mirada trazaba, pero esos trazos no estaban ahí, eran imaginarios, y él tampoco estaba ahí, su mecanismo de evasión lo protegía de los embates, de las bombas aéreas que él esquivaba, en su mente, en su recuerdo, en los recuerdos de los otros, de los muertos, de los combatientes de trincheras, de terrenos lodosos, de bayonetas, de arcabuces, de catapultas, de incertidumbre, era un sobreviviente del fin del mundo radiactivo frente a una esposa enojada, en rabia, encabritada, fuera de sí, que lo incriminaba de cosas que no importaban, de cosas de la vida diaria que no era su vida, porque su vida también era heroica, como la de sus antepasados, sólo veía su boca, era grande, a veces le veía las amígdalas, por supuesto las tapaduras de los dientes que alguna vez recibieron el embate de las caries, los dientes también eran sobrevivientes de batallas bacterianas y él trazaba líneas, rayas, hilos imaginarios entre las caries y las amígdalas que salían de la boca y trataban de detener las manos que subían y bajaban y las gotas de saliva que ella le escupía en su furia.
Era un héroe que vivía con un dragón, soportaba los ataques de fuego detrás de su armadura. Sí, la evasión era su armadura, su biblioteca era su castillo, sus libros eran los vehículos que lo transportaban lejos de esta furia que también era necesaria porque lo traía de vuelta al mundo práctico, al de todos los días.

-¿Me estás escuchando? – volvió ella a preguntar por cuarta vez.

-Claro, mi amor, estoy de acuerdo, lo siento, no volverá a suceder...

 

 

Alain Arnaud

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un Hombre
Clase 4 (Nivel 1)

 

Recogió las últimas pertenencias de su antigua oficina, miró el cuadro con la foto de su familia y con remordimiento la guardó en la caja, apagó su cigarrillo sin terminarlo, arrojando a la basura el cenicero atestado.
Los ojos curiosos de sus ex compañeros y la opresión en su pecho no indicaban otra cosa que un estrepitoso despido, un hombre como cualquiera, pero sin nada más que perder, acaso los treinta mil dólares de su indemnización. Ya no era dueño de aquella hermosa casa donde  formó su familia, ni de aquel lujoso auto que lo reconfortó por varios kilómetros. Quizás por la pena de haberse derrumbado, o la culpa de haberles prometido cambiar y no lograrlo, poco le importaba que su esposa y sus dos pequeños hijos  lo esperaran en aquel departamento rentado.  Salió con la mirada perdida, no saludó ni escuchó a nadie hacerlo, cuando respiró el húmedo aire de la ciudad se dio cuenta que ya estaba en la calle, ¿y ahora qué…? se preguntó, y al no encontrar respuesta actuó impulsivamente. Luego de guardar la foto de su familia en un bolsillo tiró todo lo demás. Era normal en él desempeñarse por impulsos incluso compulsivos, como aquellos que lo llevaron a enviciarse con la adrenalina de una mano bien jugada, con el ruido de los dados entre sus dedos,  al mirar la bola girar por sobre la ruleta y con las mismas palpitaciones que un futbolista profesional patea un penal definitivo, esperar que cayera en el número elegido.
Aunque quería que terminara su adicción incontrolable que lo había llevado a esa situación, sin nada, tan solo muchas promesas rotas a quienes lo amaban e incluso idolatraban,  maldijo una vez más vivir en Montecarlo y tan cerca del casino. De pronto, se le ocurrió que esa podría por fin ser la última vez, su última jugada. Caminó hacia el casino,  con desesperación, obsesionado por pisar nuevamente la magnífica alfombra del hall central, antesala de ese hermoso infierno que lo había arruinado, acariciaba los billetes de la indemnización en su bolsillo, sin permitirse arrepentimiento alguno, quemaba los cigarrillos salvajemente.
Al llegar, cientos de sonidos se mezclaban, con algunas sonrisas y muchas lágrimas de los miles de jugadores, que habían elegido aquel destino “salvador”. Compró los treinta mil dólares en fichas, eligió la ruleta más cercana y apostó todo al colorado, mientras sentía que dejaba en el tibio paño hasta la sangre. El croupier giró la ruleta fuertemente,  lanzó la bola, el suspenso de ese instante le revolvía el estómago, pensó en cambiar su apuesta cuando escuchó, “no va más…” La bola caía y rebotaba, la rueda parecía detenerse, de pronto todos los números parecían negros, sintió como si un puñal se le clavara en los pulmones, contuvo la respiración hasta que, todos susurraron y el oyó: “Colorado el doce”. Exhaló todo el aire contenido, había duplicado su apuesta, por lo que ya inmerso en su vicio no dudó en dejar todas las fichas en el mismo color. Otra vez la bola saltando, otra vez la misma angustia, el mismo sentir y otra vez “colorado el doce”.  Tenía en su poder ciento veinte mil dólares y se convenció de apostarlo todo al color negro, un pálpito, una premonición. Toda la mesa prestaba atención a su desempeño, incluso algunos curiosos se acercaron. Al  ver la bola lanzada nuevamente, un escalofrío le corrió por el cuerpo y sin pensar se adelantó al tirador,  sacó cuarenta mil de color y lo apostó rápidamente al número cero, escuchando al dejar las fichas, “no va más…” Cerró sus ojos con fuerza, imploraba, en eso se escuchó un griterío en la mesa y el croupier que dijo “Cero”. Había acertado y había ganado más de un millón de dólares, todos lo abrazaban y felicitaban, no lo podía creer, hasta el personal de seguridad del casino tubo que acercarse. Tres bolas lanzadas cambiaron su vida, sin embargo, él era el mismo que había entrado al casino. Quizás alguien peor, porque aunque era dueño de un millón, también era responsable de otra promesa rota; una nueva traición a la confianza de su familia. No quiso seguir jugando, acompañado por muchas personas fue a cambiar las fichas, le hablaban de una deducción de impuestos, le sacaban fotos, le pedían autógrafos, todo era irreal y él solo quería el dinero.
Le entregaron un cheque con la increíble suma de poco más de un millón de dólares, le ofrecieron llevarlo a su casa, pero él tomó el cheque,  con una mezcla de sentimientos que lo acongojaban, mitad euforia mitad tristeza y prefirió caminar. En una mano el cheque en la otra la foto de su familia, caminó sin prisa pero sin pausa, quería llevarles el dinero y prometerles una vida mejor, proponerles mudarse hacia algún pueblo tranquilo, llevarles una solución definitiva.
Llegó a la puerta del edificio, miró el séptimo piso y vio los haces de luz resplandecer por las ventanas, no tomó el ascensor, prefirió la escalera y por primera vez contó los ciento cuarenta y siete escalones. Respiró una bocanada de aire que lo tranquilizara pero no podía, su mano temblorosa apenas pudo abrir la puerta, dentro de la casa, en la sala, lo aguardaban su mujer y sus hijos, no pudo entender cómo ellos lo estaban aguardando con amor y se lo hicieron notar con abrazos y sonrisas, un suave olor a salsa casera salía de la vieja cocina, lo estaban esperando con ansias, como si lo mereciese, pensó. No pudo hablar, solo disfrutó de ese instante, una lágrima contenida lo llevó hasta el único dormitorio que tenía el departamento, dejó el cheque sobre la cama y sin soltar una palabra salió disparado y subió los tres pisos hasta terraza. Mientras el viento jugaba con su cabello grasoso, sintió amargura por pagarle a sus seres queridos con esas acciones.
Él ya no importaba el dinero, aquel dinero les serviría, a sus hijos, a su esposa. Se acercó al borde de la terraza y abrazando el viento  se dispuso a saltar al vacío.
Por detrás, su esposa lo abrazó quitándolo del borde, cayeron al piso de la terraza mientras escuchaba a sus hijos llorar. Los cuatro se abrazaron, la mano del más pequeño sostenía el cheque, la mujer se lo sacó y lo rompió en varios trozos, los lanzó hacia el viento, demostrando una vez más, que él era lo importante y necesario en sus vidas, ningún dinero lo reemplazaría. Bajaron los tres pisos todos juntos y en silencio, una nueva vida comenzaba.

 

 

Leonardo Rodríguez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gotas de Lluvia
Clase 23 (Nivel 2)

 

Dos gotas de lluvia viajan sobre una gran nube impulsadas por el viento, en algún momento aciertan a pasar por encima de un hermoso bosque. Las gotas comentan: “mira que precioso musgo cubre el suelo del bosque, se ve mullido tanto que invita a dejarse caer.”
También miraban que a través de las copas de los añosos árboles se filtraban brillantes rayos de luz creando un lugar de ensueño.
El viento que impulsa a las nubes hace que se formen caprichosas formas en el firmamento y las dos gotas siguen viajando en una extravagante nube de formas cambiantes.
Las gotas hablaban entre sí discutiendo cuál de  ellas sería la primera en caer, calculando el lugar donde lo harían pues el viento quizás las llevara lejos,  al desierto tal vez.
En su plática una de las gotas dijo que si caía en el desierto procuraría caer encima de una roca y allí se quedaría como una gota y con el tiempo convertiría el lugar en un oasis para mitigar la sed de los viajeros.
Así discurrían las dos gotas todavía montadas en la nube que las había llevado tan lejos que llegaron al desierto.
La noche negra y profunda de eternidad como un obscuro beso a la vida llegó, silente y fría, la nube apenas se movía con pues el viento era tan débil que todo estaba calmo.
Una de las gotas de lluvia se desprende de la nube y cae sobre una roca. No  hay música ni sonido es simplemente una noche en total abandono.

Pasará una angustia febril de siglos hasta que esa gota sea parte del oasis llamado “El Rocío”

 

Rubén Gamboa   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Presidente
(Clase 2 Ciencia Ficción – Nivel 3)

 

La Presidenta escuchó que tocaban la puerta de su despacho. Sin levantar la vista de la pantalla de su escritorio, y mientras su dedo índice reordenaba la agenda contenida en esa pantalla, con voz dominante indicó
-              Pase.
Su esposo ingresó en la sala, se acercó y la saludó con desgano.  Ella se sorprendió porque su seguridad siempre avisa la llegada de cualquier persona.
Él se sentó a su la lado, y con voz neutra dijo
-              Tenemos que hablar, es urgente.
-              Decime
-              Quedate tranquila, pero en estos momentos tu marido está en otra Galaxia. Fue trasladado y tomé su cuerpo, momentáneamente claro.
-              Dejate de pavadas, ¿de qué querías hablar?
-              Recordás el alerta por un objeto penetrando el espacio aéreo en la zona de despegue de las naves espaciales, seguramente.
-              Si claro, lo recuerdo.
-              Bueno, ese era mi arribo a tu planeta. Me traslado en forma de energía vital, necesito una masa que me contenga en este planeta, con una gravedad tan pobre como la que hay aquí, y el cuerpo de tu marido fue la elección, pues me permite llegar a ti tranquilamente. En cuatro horas, millones de wawas (así nos denominamos) llegarán al planeta para controlarlo. Necesitamos un hábitat, pues nuestro asteroide estalló, y la Tierra es lo más semejante por la concentración de oxígeno y nitrógeno, indispensables para nosotros.

Tardó unos instantes la Presidenta del país más poderoso en reaccionar.
-              Quiero que concentres la mayor cantidad de gente posible en un punto, para que sea más sencillo la apropiación de los cuerpos.
-              Es lo más absurdo que he escuchado en mi vida.
-              No tenés alternativas. Concentrá a la población de las grandes ciudades, a las Fuerzas Armadas. Tomaremos sus cuerpos. Te prometo que seguirás con vida, vos y la cantidad de cuerpos que no necesitemos.
-              Jamás haría algo así.
-              Insisto, no hay alternativas.
Concentró el hombre su mirada en la computadora personal que estaba sobre el escritorio. Increíblemente, el aparato comenzó a elevarse de la mesa donde se encontraba, y cuando se hallaba a unos quince centímetros de altura, comenzó a desprender coloridas luces, hasta que se incendió. La Presidenta quedó atónita.
-              Señora, considere que puedo permanecer unas cuantas horas en estado puro, sin necesidad de tomar ningún organismo humano. Por lo tanto, para ustedes soy invisible, y a menos que alcance grandes velocidades, no puedo ser detectado por ninguno de sus obsoletos aparatos que emiten rayos, radiaciones, ni qué mencionar radares. Es decir, podemos destruirlos sin que siquiera se enteren de nuestra presencia.
-              Entonces por qué me pide que concentre a la población.
-              Para seleccionar rápidamente a los más aptos. Depende del cerebro básicamente, qué capacidad del mismo fue dañada a causa de esa costumbre que ustedes tienen de mirar por horas esos aparatos que emiten imágenes 3D y que encuentran divertido. Eso daña estructuras corticales, pero no se han dado cuenta de eso. Nosotros podemos advertirlo y en caso de lesión, no es apto para que nuestra energía reemplace los neurotransmisores y la sustancia gris del encéfalo humano. Nos lleva algún tiempo, que puede resultarnos perjudicial, pues no podemos vivir en estado puro en esta atmósfera terrestre. Si se resisten, combatiremos, claro, y nuestra ofensiva será demasiado para ustedes. Pero dañaríamos cuerpos, y no  podemos permitir eso. Reúna la gente, le prometo su supervivencia y la de su entorno. Sabemos que por su marido, hace años que no siente nada, y que es sólo una cuestión protocolar vuestra convivencia. Esto se lo comento para que entienda que es muy sencillo para nosotros saber lo que piensan. Es más, sería absurdo que oprima esa tecla para que acuda seguridad. Me demandaría menos de un segundo (que lento pasa todo para ustedes) modificar la temperatura interna de los guardias, lo que provocaría la muerte instantánea. No hay cuerpo humano capaz de vivir con 100° centígrados de su medio interno. Apenas soportan los 40° centígrados y se sienten muy mal.
La Presidenta, desoyendo estos comentarios, oprimió desafiante el botón de pánico. Cinco segundos transcurrieron hasta el arribo de dos integrantes de la seguridad. No bien traspasaron el umbral de la puerta, se desplomaron sobre el piso sintético de la sala. Estaban muertos, increíblemente.
Ella entonces retrocedió  para sentarse en un pequeño sillón.
-              Sé lo que está pensando, señora. Tomar esa emisora de rayos no le servirá de mucho. Imaginemos por un instante que logra su cometido y me mata. En realidad, estaría destruyendo un cuerpo, que perteneció a su marido. ¿Sabe qué haría yo? Tomaría el suyo en menos de medio segundo. Espero que entienda su situación y a lo que me refería cuando le decía que no tiene alternativas.
Ella se sentía desbordada. No podía siquiera pensar sin que su marido, o lo que sea que hubiera dentro de él, se enterara. ¿Cómo proceder? Dejar la mente en blanco resultaba absurdo, no resolvería la situación al no encontrar respuesta. Y cualquier idea que se presentaba, sería desbaratada por ese ser que ni siquiera precisaba mirarla para conocer lo que pensaba.
-              ¿Cómo me garantiza que no tomarán mi cuerpo?

Los wawas rápidamente tomaron todos los cuerpos humanos. No distinguían edad o sexo, ni siquiera el estado del cerebro, como había escuchado la Presidenta. Indudablemente eran muchos más wawas que humanos, por lo que no querían desperdiciar cuerpos en una matanza. Toda la población mundial fue tomada por estas energías, pero aún faltaban cuerpos y numerosas energías quedaron sin hábitat. Por eso partieron todos rumbo a otro planeta, más amigable que la Tierra en lo que respecta a condiciones atmosféricas.  En él, los wawas tomaron los cuerpos de la escasa población que, sumados a los terrícolas, colonizaron aquel planeta.
Luego de la invasión la Presidenta quedó sola con sus fantasmas. Deambuló por semanas,  era la única habitante sobreviviente de su propio mundo. Cada noche, la atormentaban feroces pesadillas. En ellas, un extraño ser golpeaba su puerta. Lleva tres meses de soledad, de silencio, de pesadillas. Se preguntaba por qué no tomaron también su cuerpo. Temió enloquecer.
La mujer ahora está sentada en su casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los otros seres han muerto. Golpean la puerta.

 

Roberto Longo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El grito
(Clase 20 – Nivel 2)

 

No sólo ella gritaba – boca bien abierta, ojos grandes, lengua de fuera, cejas en la parte superior de la frente – también lo hacían las rocas gigantes, llenas de pesadumbre, gritaba la montaña afligida, los cuervos silbaban su tristeza, el único árbol del desierto se veía intranquilo y el desierto mismo expandía su zozobra con su maleza, su arena, sus colores, porque los colores estaban vivos: el azul intenso del cielo gritaba y las nubes muy blancas resonaban su desconsuelo, el blanco que tenía bocas nubosas, con dientes nubosos, barbas nubosas, el blanco agitado, por el grito, claro, y el amarillo de la arena era casi anaranjado, rojizo, se veía triste, por el grito, o más bien angustiado, tan inquieto con sus torbellinos morados, angustiados como el verde de los nopales, un verde azulado, a veces lleno de sombras oscuras, sombras café sosas y negras, y los nopales con esas espinas que debido al grito se veían más afiladas, más largas, se volvían uñas, espadas, lanzas y los nopales eran soldados que portaban las armas y herían, pero se laceraban a sí mismos, con sus propias armas, la desgarraban a ella, que gritaba, y el grito era lo único que existía, porque todo gritaba, en esa angustia, todo resonaba alrededor de ella en esa intranquilidad, en esa desesperación.
El grito retumbaba, la montaña respondió. Los labios de la mujer estaban partidos, pálidos, la piel de su cara desgarrada y a través de las grietas se podían ver purulencias verdosas. Su cara era verdosa, verde pálido que tendía al amarillo pálido, con manchas marrón, sombras en cada desnivel de los rasgos, ojos de zombi, también amarillosos, de un amarillo hepatitis, un amarillo bilioso. El grito duró un segundo y una eternidad.
Sus manos eran garras que arañaban el aire, que era una masa visible, no un gas sino un moco que las manos desgarraban. El cuello de la mujer era un árbol nudoso, una ceiba de raíces estiradas al límite, un conjunto de amarres tensos, en el punto de rompimiento donde todos los colores se mezclaban, colores angustiosos, intranquilos, colores que gritaban su desesperación, se peleaban entre sí, el rojo con el azul, éste contra el amarillo que el rojo quería convertir en anaranjado en un acto de violación.
Después de ese grito eterno, creador del mundo, nació de nuevo la esperanza, bueno, mejor dicho, el sosiego, una tranquilidad de ésas que ya nos permiten llorar, y para ello se rodeó de un gemido donde la acompañaba el zumbido melancólico de la abeja, un graznido patético y un ladrido familiar. ¿Un ladrido?
Eso la sorprendió y olvidó su pesar: el perro la había seguido hasta allí. Se acercó, acurrucó contra su pierna y gimió bajito. Su gemido era como un rechinar. Ella lloró bajito, el perro la acompañó con un aullido. Se fundieron en un abrazo.

 

Alain Arnaud

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El capítulo 21
(Clase 7 – 2° nivel)

 


No, no, no – me contestó – A las mujeres las tienes que domesticar.
¡Qué! – le dije a mi compañero con cara de no entender nada – ¡Domesticar!… ¿Qué eso no es de animales?
Mi compañero me miró con una sonrisa que denotaba gran experiencia en el tema. Estábamos sentados en el piso fuera del salón, era la hora del primer receso de aquel miércoles, uno de esos días maravillosos en que el sol se para magnifico en el cenit como un gran Dios y hace que las nubes desfilen como en una pasarela, mostrando todo tipo de formas que los niños suelen convertir en figuras conocidas. Pero no sólo en el cielo había un desfile de belleza, lo había por todas partes, el verde predominaba por doquier, como un tapiz que anunciaba la grandeza de la vida misma. Árboles por aquí, árboles por allá, pájaros cantando a todo volumen la gran fiesta de ese hermoso día de primavera. Ni parecía que nuestra preparatoria tuviera puertas y butacas todas rayadas, ni que faltaran vidrios en las ventanas y persianas, ni que el suelo estuviera lleno de goma de mascar. Había feromonas en el aire estoy seguro de eso, pues todo olía a flores y yo quería revolcarme en ellas.
-¿Quieres conquistarla sí o no? - dijo mi compañero mirándome con seriedad.
-Sí – contesté casi con un grito.
-Entonces ponme atención – continuó - ¿Recuerdas el libro de “El Principito”?
-Sí, sí lo recuerdo, una maestra nos hizo resumirlo en la secundaria y terminó haciéndonos odiar ese libro. ¿Además qué me puede enseñar un libro con un tonto niño rubio, una flor, un volcán, un zorro y todas esas fumadencias para niños de pre-escolar?
-La flor – dijo mi compañero en voz baja, como si se tratara de un secreto – simboliza a una mujer. ¿Recuerdas cómo la rosa empezó a hostigar al Principito con su vanidad un poco quejumbrosa, no te ha hostigado así alguna niña que hayas pretendido?
Sentí que esa relación con la rosa había embonado de manera precisa con mis experiencias pasadas con féminas. De pronto todo a mi alrededor se había esfumado, sólo escuchaba la voz de mi compañero, quien continuó platicándome el capítulo donde el zorro le exponía al Principito qué es domesticar. Siguió relatándome más pasajes del libro. Yo había leído más de dos veces aquella historia y jamás lo había visto de la manera simbólica en que mi compañero me lo explicaba.
Esa misma tarde después de comer salí disparado de mi casa rumbo a una librería, compré el libro y en la noche ya lo había leído una vez más.
En la quietud del domingo siguiente, por la tarde, después de mi décima lectura casi tenía memorizado el capítulo veintiuno donde el zorro enseña el significado de domesticar al Principito. Mientras miraba hacia la calle por la ventana de mi cuarto recordaba más o menos la explicación del zorro:
“Significa crear lazos, tú eres un niño parecido a otros cien mil niños, no nos necesitamos mutuamente y yo soy un zorro parecido a otros miles, pero si me domesticas seremos únicos el uno para el otro y nos necesitaremos”.
Continué enfrascado rememorando todo el capítulo como si se tratara de una fórmula secreta para hechizar a aquella dulce niña de ojos color miel que había conocido en la clase de inglés.
No recuerdo cómo fue mi encuentro con ella. En mis primeras clases jamás la percibí. No sé si yo me senté a un lado de su lugar o ella del mío, si ella me sacó plática o yo a ella, pero recuerdo muy bien que en un receso me atrapó. Sí, literalmente me atrapó, fue como caer en un pozo profundo lleno de pétalos de rosas con todo tipo de esencias que lo hacen sentir a uno suspendido en el tiempo mientras uno escucha el latir fuerte de su corazón ¿Fue una trampa? ¿Usó sus encantos como armas para hacerme caer y fui su presa? No lo sé.  Había caído, y ahora quería estar con ella y seguir empalagándome de la miel de sus ojos y de ese je ne sais quoi. Para lograrlo tenía un plan, un gran plan y estaba en el capítulo veintiuno de “El Principito”: mi plan era domesticarla.
A partir de entonces, mi clase de inglés se convirtió en el ritual que el zorro explicó al Principito. Todos los días iba puntual a las clases y trataba de que pasara lo mismo que el zorro aleccionaba “Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, ya desde las tres comenzaré a estar feliz. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. Al llegar las cuatro, me agitaré y me inquietaré; ¡Descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes en cualquier momento, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón... Es bueno que haya ritos”. Así que siempre llegaba puntual a la clase.
Pero mi plan no fue tan perfecto, porque un día al llegar la hora mi corazón comenzó a agitarse y comencé a inquietarme como el zorro mencionaba, pero después habían pasado quince minutos y mi corazón estaba completamente triste y a la media hora sentía que se me había hecho un enorme nudo en la garganta, cuando de pronto ella apareció, y descubrí como el zorro dijo, el precio de la felicidad, con algunos baches desde luego.
Al ver que mi plan de domesticarla no se estaba ajustando a lo del zorro decidí averiguar dónde vivía. Aproveché el receso y en nuestra habitual plática descubrí que era vecina y vivía a unas cuadras de mi casa. Todo eso fue una gran noticia para mí, pues podría con comodidad visitarla, si ella me lo permitía. Platiqué con ella de mis intenciones, traté de no ser muy evidente y le dije que había algunos tópicos de la clase que no entendía. Ella accedió a que nos viéramos para aclarar mis dudas. Forcé las cosas para que nos encontráramos dos días por semana y a la misma hora, pues tenía que convertir esto en un ritual como el capítulo veintiuno indicaba.
Y así pasó un mes, por las tardes yo caminaba unas cuadras para llegar a aquella casa de color lila que jamás antes había notado. Una pequeña casa de una sola planta, con un pequeño cancel negro con formas onduladas, una cochera para un auto siempre ocupada sólo por una gran cantidad de macetas. Una casa en medio de dos enormes casas que lucían por su exuberancia, allí vivía mi compañera de inglés, que sin saber qué tipo de pociones usaba, me hacía sentir enormemente bien con su compañía.
Recuerdo cómo me aclaraba en unos minutos algunas de mis dudas ficticias y después terminábamos hablando de miles de temas sin sentido alguno, yo sólo quería mirarla y estar a su lado. Había momentos en que contemplaba sus ojos que parecían resplandecer como un par de gotas de miel bajo el sol y entonces pensaba, pronto te domesticaré, crearemos lazos y seremos pareja. Al pensar en eso sentía cómo mi corazón batía como un tambor que guiaba a un gran regimiento de mariposas que aleteaban en mi estómago.
Pasaron unas semanas más y yo seguía con el ritual, platicábamos de miles de temas sin sentido alguno y seguía contemplándola como si fuera un dulce paisaje de primavera, lleno de flores y frescura. Para ese tiempo creí que ya la tendría domesticada. Pero decidí insistir una semana más.
En ese período de casi tres meses, cuando volvía del colegio, pasaba frente a la casa de mi compañera que quedaba por el camino de siempre. Reflexionaba y me decía, cómo es que nunca había notado esa casa y ahora no puedo dejar de verla. Había algo en ella, algo que no podía describir con palabras lo cierto es que brillaba más que el sol de aquella floreciente estación y me recordaba un pasaje de “El Principito”:
“Pero, si me domesticas, mi vida resultará como iluminada. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los demás. Los otros pasos me hacen volver bajo tierra. Los tuyos me llamarán fuera de la madriguera, como una música. Y además, ¡Mira! ¿Ves, allá lejos, los campos de trigo? Yo no como pan. El trigo para mí es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Y eso es triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. ¡Entonces será maravilloso cuando me hayas domesticado! El trigo, que es dorado, me hará recordarte. Y me agradará el ruido del viento en el trigo...”
Seguía inmerso en el pasaje y pensaba, ahora su casa me ilumina, parece tener luz propia, su color lila brilla como un pequeño sol. Debo haberla domesticado, me dije.
Finalmente llegó la semana en que estaba decidido a dar un paso y declararle mi amor a mi compañera de clase de inglés, quien ahora hacía sentir toda mi vida iluminada con un brillo divino. Sabía que no tardaría en llegar a la clase o que a más tardar llegaría a la mitad como otras veces. Pero pasaron los minutos y seguía sin aparecer.
 Pasó la hora de la clase y jamás llegó. Por dentro tenía sentimientos que me provocaban un vacío profundo, como si un agujero sin fondo me estuviera absorbiendo. Por donde volteara todo era oscuro y negro. Mi esperanza era verla por la tarde como lo habíamos estado haciendo últimamente.
Toqué varias veces el timbre, abrí el cancel y toqué a su puerta, jamás abrió nadie. Sentía mi pecho apretado como si alguien presionara mi corazón con su mano. Sentía que perdía el aliento y que todo se derrumbaba a mi lado. Jamás le pedí su teléfono. Sabía muy pocas cosas de su familia. Me había enfocado tanto en la miel de los momentos compartidos, que jamás profundicé en conocerla más como persona.
Toda esa semana la pasé mal, fueron varios días de lágrimas que parecían anunciar una temporada de lluvias, empañando aquella hermosa primavera en la que me había sumergido. “Es tan misterioso el país de las lágrimas” Recordaba la frase de “El Principito” mientras me encontraba yo mismo en ese país. En toda la semana no se presentó a clases y por las tardes cuando iba a su casa tampoco la encontraba. De pronto, sentí vergüenza, sentí que sólo me había ilusionado, sentí que había construido un castillo en el aire, que no había logrado nada. Me dije que era una estupidez todo eso, embobarme así nada más. Tomé, molesto, el libro y lo guardé en un cajón. Me dije a mí mismo que me dejaría de tonterías y pondría los pies sobre la tierra.
El tiempo pasó y seguí sin verla en las clases de inglés, dejé de ir a buscarla, sentía algo de furia por haberme dejado llevar, así que me propuse centrarme en mis estudios. Y así fue durante varias semanas. Pero cada vez que volvía a pasar por la casa lila, ésta brillaba aún más, no lo podía creer, era espectacular. Mi sorpresa fue aún mayor, cuando una motoneta de color lila dobló por una esquina para luego pasar frente a mí, parado junto a la casa. La motoneta también relumbraba. Miré hacia otro lado, todos los colores lilas parecían resaltar como si tuvieran luz propia, ropa, sombreros, zapatos, carros, casas, cualquier cosa que tuviera un color lila o que se acercara, resplandecía de manera especial, como esos ojos amielados lo hacían, y ese je ne sais quoi se apoderaba de mí y me sumergía en un sueño celestial. Me quedaba horas contemplando las cosas color lila y me producía un placer indescriptible, de verdad era asombroso.
Pocas cosas supe de ella, como que unos de sus familiares muy allegados se habían muerto y por algunos problemas económicos la familia tuvo que irse de Guadalajara. ¿Por qué no luche por ella? No lo sé, quizás por miles de razones triviales… orgullo, pudor, miedo, no lo sé, lo que sí sabía es que un color que solía serme indiferente y totalmente insignificante en mi vida, de pronto resaltaba como el trigo dorado, ese que hacía al zorro recordar los cabellos color oro del Principito o como las estrellas que hacían recordar al Principito que cualquiera podría ser el asteroide donde vivía. Desde entonces, yo también tengo algo especial que ilumina mi vida.

 

Alexandre Jeronne

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Línea Divisoria
(Clase 9 – Nivel 2)

 

 

            Armando dijo adiós desde la ventana de la camioneta que se alejaba por el camino, estaba por amanecer.  Las lágrimas no le dejaban ver las caras de sus padres y de su esposa, algún día volvería.  Tomaron la carretera nacional rumbo al aeropuerto de Guadalajara, eran dos horas de camino.  El conductor intentó entablar una conversación, no pudo, todos iban tristes por la despedida. Eran cuatro hombres y dos mujeres, las mujeres eran hermanas y una de ellas iba con su esposo, la otra era soltera.
            El avión salía a las nueve de la mañana rumbo a Tijuana.  En el trayecto al aeropuerto Armando seguía pensando en su esposa, en sus padres, en todo aquello que dejaba atrás.  Debía trabajar duro para regresar pronto y darle una mejor vida a su hijo que venía en camino.
            Llegaron al aeropuerto sin ningún problema.  Se anunció la salida del vuelo en el que iban a abordar.  El avión despegó rumbo al DF y transbordaron del DF hacia Tijuana.  
            En Tijuana, al bajar del avión se fueron inmediatamente al hotel en el que se hospedarían.  Caminaban juntos, siempre mirando en todas direcciones, aquella era una ciudad peligrosa.  Se comunicaron con la persona que los iba a cruzar por la frontera entre México y Estados Unidos.  Lo intentarían al día siguiente, el pollero pasaría por ellos a las cinco de la mañana.
            El pollero llegó puntual, todos iban abrigados, a esa hora del día hacía bastante frío.  Contrataron un taxi que los llevó a las afueras de  la ciudad, los dejó frente a la línea divisoria entre ambos países.  Era la primera vez que Armando intentaba cruzar la frontera, las manos empezaron a sudarle.
            Cruzaron con rapidez.  Descansaban aproximadamente cada media hora. Intentaban cubrirse del sol pero los arbustos y cactus que crecían por esas tierras eran demasiado pequeños.  El pollero iba siempre adelante, mostrándoles la ruta, parecía que había pasado por aquellos lugares infinidad de veces.  Caminaron durante tres horas, el sol ya calentaba con fuerza, llevaban diez litros de agua que estaban por agotarse.
            De repente apareció un policía que resguardaba la frontera, les apuntó con un arma de fuego pidiendo que se tiraran al suelo.  Así lo hicieron, los subieron a la patrulla a los empujones.  Al poco rato estaban encarcelados, con otras personas que también habían capturado.  A las tres de la tarde del mismo día la celda ya estaba llena.  Los llevaron de regreso a la línea divisoria, cruzaron caminando rumbo a México, Armando ayudó a una señora que caminaba con dificultad.
            Al día siguiente lo volvieron a intentar.  Esta vez no tuvieron ningún contratiempo.  Al atardecer estaban hospedados en un hotel de paso, en la ciudad de Las Vegas, donde durmieron.  Por la noche volvieron a emprender el viaje, esta vez no descansaron hasta llegar a la ciudad de Chicago.  Armando perdió la cuenta de las horas que habían pasado, perdió la cuenta de la cantidad de personas que subieron y bajaron en el medio de transporte en el que iban.
            Llegaron a Chicago por la mañana.  Estaban todos doloridos por haber estado en la misma posición durante tanto tiempo.  Fueron bajando de a uno, hasta que llegó el turno de Armando. Su hermano lo recibió con un abrazo, comida y un baño caliente.  Pagaron la cuota al pollero por haberlos ayudado a cruzar. Ese día durmió doce horas sin despertar.
            Armando encontró trabajo a la semana de haber llegado a Chicago.  Trabajaba en la construcción de sol a sol.  Descansaba todos los domingos.  Todos los domingos le hablaba a su esposa con la que duraba horas en la línea, siempre hablaban de las novedades que traía el primer embarazo.
            La hija de Armando nació un trece de marzo.  Armando recibió la noticia en su celular.  Estaba extasiado por la noticia.  Ese día organizó una fiesta en casa de su hermano para festejar.  Se emborrachó como hacía tiempo, brindó y volvió a brindar por el nacimiento de su hija.
            Le echó más ganas al trabajo para regresar pronto a su casa.  En la temporada de invierno, cuando el trabajo en la construcción escaseaba, se buscó otro trabajo de medio tiempo en donde lavaba trastes.
            Al año de haber llegado a aquel país desconocido, éste ya no lo era tanto. Terminó de pagar las deudas y pudo ver más cerca el momento en el que se encontraría con su esposa e hija.  Cada vez que pensaba en su hija una felicidad inmensa se adueñaba de su ser.  Le empezó a enviar dinero a su esposa para que lo ahorrara y le comprara a su hija lo que quisiera.
            Tres años después de su llegada a Estados Unidos, Armando decidió regresar.  Había logrado ahorrar lo suficiente como para pasar una buena temporada con sus seres queridos.   Se compró una camioneta para el viaje y regalos para su esposa, su  hija y sus padres.  No le dijo a nadie de su decisión.  Les llegaría de sorpresa.
            Llegó a su casa en México cuando pardeaba la tarde.  Le dio un gran abrazo a su esposa y un beso lleno de ternura.  Su hija lo rechazó cuando Armando intentó abrazarla.  No lo conocía.  De cualquier manera Armando abrazó a su hija y no pudo evitar que las lágrimas de alegría corrieran por sus mejillas. Por fin, estaba en casa.
            Por la noche, Armando hizo el amor con su esposa con todas las ganas que se había guardado en todo ese tiempo.  Notó a su esposa algo distante pero pensó que era por todo el tiempo que no la había tocado, sexualmente volvían a ser unos desconocidos.
            En la madrugada unos ruidos extraños despertaron a Armando.  Buscó a tientas a su esposa pero no estaba en la cama.  Se levantó, los ruidos provenían del baño,  caminó apresurado,  entró con rapidez y encontró a su esposa con la cabeza en el lavabo, estaba vomitando.
            Armando intentó abrazar a su esposa y ésta levantó la cara bruscamente.  Se encontraron las miradas reflejados en el espejo, ella parecía asustada.  Sin saber por qué, Armando también sintió miedo. Ella sonrió amargamente dio media vuelta y ya sin el espejo de por medio: “estoy embarazada, tarde o temprano te ibas a enterar”,le dijo, y esquivó la mirada de Armando. 
Armando le dio un golpe a la pared, sintió la sangre correr por su puño y salió de la casa antes de hacer cualquier estupidez.  Se sentó en las escaleras de entrada y dejó que el frío le quemara la espalda.
            En el interior de la casa se oía el llanto de su hija.  Suave se oyó también el llanto de su esposa que seguía parada en medio del baño. Armando sentado en las escaleras sin saber qué hacer, no pudo derramar una sola lágrima.   

 

Alejo García

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mandamiento

Producción independiente

 

Me los había aprendido de memoria en la escuela, donde la religión sobrevolaba todas las materias por menos espirituales que fueran. Mierda! Había algunos fáciles de cumplir pero otros…qué trabajo me daban! Y me siguen dando. Unos los tenía interiorizados por la educación familiar de tal manera que respetarlos me salía naturalmente. De chico ni sabía de qué se trataban otros, que luego aprendí a violar de grande, “no consentirás pensamientos ni deseos impuros, no cometerás actos impuros, no codiciarás los bienes ajenos”. Pero hay uno que siempre me resultó difícil cumplir porque enseguida aprendí que era más frecuentemente violado que aceptado y que era mejor esquivarlo que respetarlo.
Vivía mejor haciendo de cuenta que no existía, al principio con culpa, mucha culpa, después cuando le encontré justificaciones múltiples para el “bien común”, aprendí a vivir en infracción.
A esta costumbre de las justificaciones contribuyeron en mucho las permanentes “escuchas” en casa, detrás de las puertas o cuando no me dormía lo suficientemente rápido. Había mucha vida social y política en casa, reuniones, charlas, sobremesas y gente que iba y venía. Al otro día se contradecía todo lo que escuchaba, el bueno era pícaro y el pícaro más que malo, amistad convertida en sociedad y la sociedad  en individualidad.
¡No mentirás! Que ironía, sobre todo porque el primer gran engaño descubierto provenía del mismo lugar en que me mandaban no infringir la ley: los Reyes. Después los demonios que amenazaban mi existencia si no comía, si me tocaba o no dormía la siesta, demonios que por supuesto  nunca aparecieron, porque no eran verdad.
Cuando hacía una macana y confesaba haberla hecho recibía mi castigo, así que rápidamente aprendí que sin dejar huellas que probaran mi autoría podría zafar..
Más aprendía cuando otros trasgresores me echaban la culpa de algo que yo no había hecho porque eso me enseñó a dar vuelta la taba y, a veces, hacía maldades para que las culpas y el consabido castigo recayeran en los demás. Así muchas veces, increíblemente, ganaba laureles con mis padres, mis maestras o mis vecinos.
La calle y la escuela contribuyeron bastante para que aumentara mi afinidad hacia el ocultamiento y las agachadas. Con ellas las maestras justificaban sus preferencias  por los chicos de familias acomodadas, transformándolas en supuestas virtudes que esos chicos no tenían. Lo sabía porque yo era uno de los beneficiados, y terminé de reforzar mi conducta en base a ellas. A veces, decía que había estado enfermo cuando no hacía las tareas o que mi hermanito había roto algún útil que debía llevar y había olvidado.
Con el tiempo se volvió un hábito, hasta con mis compañeros de escuela, a quienes les negaba que tuviera golosinas que comía a escondidas. Si me sorprendían haciéndolo, les decía que me las había dado otro.
Me tentaba verlos pelear entre ellos y a veces trastocaba la verdad para que se enfrentaran. Daba vuelta alguna opinión, la sacaba de contexto y la volvía punzante
-Che Juancito, Carlitos anda diciendo que sos un cagón y que un día de estos te va a partir la cara-
Y Juancito lo buscaba al otro para pelear, a veces sin intentar aclarar los supuestos dichos. Así a la salida del colegio, rodeados por el resto de la clase que los azuzaba cambiaban golpes hasta la “primera sangre” que a alguno de los dos le saliera por nariz.
Cuando en grupo hacíamos alguna travesura y nos descubrían no dudaba en culpar a otro. Sabía que aunque se defendiera, la duda evitaría represalias.
En la adolescencia, en las horas muertas del secundario aprendí a jugar al “Truco”, a poner “cara de póker”, a copiarme con el celular y a enfermar a parientes para esquivar obligaciones. Corría con la ventaja de saber que serían condescendientes solo para mantener el trabajo, sin alumnos no hay profesores y hasta me beneficiaban algunos prejuicios de moda: mejor los adolescentes en la escuela que en la calle. Aunque en la escuela no aprendiéramos nada o aprendiéramos a no aprender y hacer como si aprendiéramos. La peor fue llamar el día que teníamos un examen diciendo que la mujer del profesor había sido internada. Todos sospecharon de mí y tuve que cambiar de escuela, así aprendí a refinar la forma eludir la verdad.
También fue la época de cambiar falsas informaciones por sexo, no es civilizado plantear “te tengo ganas” y nada más. Nadie piensa en casarse a los dieciséis, tener hijos y trabajar, aunque a algunos les tocan las tres cosas juntas y así les va. En realidad muchas veces era un intercambio de invenciones, no había engañados y lo hacíamos sin culpa, casi como si nos dijéramos la verdad. En general, la pasábamos bien ambos, en la pareja ocasional, no abunda el compromiso. Las veces que me creían desaparecía por un tiempo y así evitaba las posibles venganzas de amigos o hermanos mayores de las víctimas. Tampoco aparecía ninguna que me hiciera cambiar el rumbo como para ser sincero y olvidarme de esquivar esa ley.
Internet resultó de mucha ayuda muchas veces en la facu, monografías, publicaciones y demás, “bajadas” de la red y re-escritas a mi manera para ir avanzando. Mínimo esfuerzo y la mayoría de las veces con buen resultado.
Más adelante empecé a incursionar en política, casi un mandato familiar al que le había escapado por comodidad. Ahí la experiencia anterior me vino como anillo al dedo. Podía saber cuándo trataban de engañarme y a mi vez engañar a los demás prometiendo cosas de improbable cumplimiento. Sumaba seguidores y ampliaba mis posibilidades de crecimiento en la agrupación.
Hasta que hace dos meses conocí a Mariela, un ángel de ojos claros, sonrisa tierna y cuerpo esbelto. Me olvidé de todo, fue la imagen del comienzo de un proyecto, del camino a la felicidad, del encuentro de la verdad. Su voz suave y clara hacía su discurso tan transparente como sus ojos. En estos dos últimos meses nos fuimos conociendo, ella a mí con la manera sutil de indagar de las mujeres, refinada por su encanto. Yo a ella a través de sus preguntas, patinando sobre la cornisa de mis respuestas. Deseos, intereses, compromisos, principios y valores desfilaban cada día que nos encontrábamos. Le creía y desconfiaba, más de mí que de ella. ¿Cómo sostener el hilo de una relación que requería sinceridad, corazón abierto, lealtad? Nunca lo había hecho en mi vida y pensé que con ella podría. Había hecho temblar mi estantería.
En algún momento se me pasó el embelesamiento inicial y con él las ganas de serle sincero siempre, como un tributo al amor. En dos meses volví a ser el ladino de siempre y a no creer ni en mí mismo. Terminamos de común acuerdo, nos despedimos. Mariela era demasiada verdad para toda una vida, no lo pude soportar.

 

Juan José del Pino

 
 
Servicio gráfico para presentaciones y publicidad

2011
Juan José del Pino
Liliana Reinoso
Roberto Longo
Alain Arnoud
Leonardo Rodriguez
Rubén Gamboa
Alexandre Jeronne
Alejo Garcia

 

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