Publicación 2010  

 

 

Escribir es un acto volitivo, por momentos una catarsis y casi siempre la búsqueda de uno mismo. Quienes alguna vez intentaron poner por escrito sus sensaciones, volvieron invariablemente a ceder ante ese medio de expresión. Escribir es también la búsqueda del otro, llegar al otro: el lector.  La publicación de un texto es la concreción de esas dos metas. Este espacio esta dedicado para que los talleristas puedan llegar al lector a través de la publicación de los trabajos producidos durante las clases.

Estas publicaciones se llevarán a cabo bimensualmente como producto de nuestras "Convocatorias de autores". Todos los miembros del taller podrán presentar en éstas convocatorias los textos que se hayan producido y trabajado en las diferentes clases.

La redacción

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Iniciación
(Nivel 1 – clase 10)

 

Acá no es bueno ir a contramano de lo que anda… poca escuela, fútbol, faso, y de tanto en tanto laburos con o sin caño y…tiempo, mucho tiempo. Es peligroso ser distinto o débil y no hay muchas otras formas que ir de punta para tener algo de lo que hace falta. La vida es dura…afuera barro, chapa, cartón y alambre, adentro frío, goteras, humo y hambre. Yo estaba en la edad en que la locura abunda ahí nomás, saltando el cordón de algunos códigos aprendidos para no pasar apuros. La edad de correr riesgos, bardear, hacer maldades y dejar de ser gil para pasar a ser alguien en el cambalache.
Hacía tiempo que pensaba en como pegar el salto buscando distintas formas, haciendo planes, ensayando. Estaba cansado de ser solo un segundón que recibe lo que sobra y más cansado de hacer changas por derecha que no te dan ni para un pancho.
Tenía señaladas dos o tres casas que parecían accesibles para hacer algún trabajo, en un barrio cerca de donde yo paraba, lejos de la yuta. Zona de casas viejas con paredes de ladrillo y revoque, techo de chapas, pintura gastada, con algún terreno de fondo, de gente grande, de entrada fácil y salidas varias, con calles abiertas y ligadas a caminos para rajar rápido a un lugar seguro. Algo de plata encontraría y si no, lo que consiguiera para vender o quedármelo.
Habría de ser una noche con alguno que me secundara, al fin de cuentas cuanto menos riesgo mejor. No me debían ver y alguien debía estar preparado para sacarme rápido, la sombra sería lo más adecuado. La visera me taparía la facha de los que me cruzaran de ocasión o los que pudiera encontrar adentro, hasta que los redujera.
Aquella, la noche de mi primer trabajo solo, salí dispuesto a todo, con un revólver que había alquilado, una linterna y un fierro que usaría de palanca si tenía que forzar alguna puerta o ventana. Lo pasé a buscar al Miki que vivía a unos metros de casa y ya lo tenía hablado. El tenía una motito bien cuidada para el rescate, la misma que usaba para hacer algunos mandados pagos, legales y de los otros. Miki daba para eso, no aspiraba a más, nadie se lo pedía, ni el podía. Algo le faltaba, no tenía todas las cartas en el mazo. El viejo se había ido cuando era chico y con la madre comía salteado. Creo que ni se daba cuenta de muchas cosas de las que hacía, pero para campana y trasporte servía, al menos eso creía yo.
De una de las casas me habían batido que los viejos salían  y volvían tarde los sábados cada tanto, parece que visitaban a algún pariente o algo así y a esa fuimos. Miki quedó a la espera como habíamos convenido, yo salté el cerco bajo que había al frente y me mandé al fondo por el pasillo del costado para buscar algún lugar por donde entrar tranquilo. Llegué a un patio donde una puerta y una ventana eran las dos posibilidades que ofrecía la casa. La ventana parecía más fácil y con algo de esfuerzo la abrí con el fierro, lo dejé a un lado y me tiré adentro, alumbré con la linterna que llevaba en mi mano izquierda mientras en la derecha sostuve el “caño” que había alquilado. Me quedé quieto en silencio, no vi ni escuché nada raro y seguí.
Pude ver apenas que estaba en la cocina, con la linterna recorrí y alumbré de lástima una mesa chica, cuatro sillas, heladera, un televisor viejo, un colgante del que abrí las puertas y vacié  varios frascos. Siempre puede haber algo escondido que no sea lo que dicen…fideos, yerba, azúcar…nada, había de eso nomás.
Fui para adelante por un pasillo alumbrado por la luz que temblaba de la linterna y entré en la habitación. No había nadie y respiré aliviado, podía laburar tranquilo, seguro que algo encontraría.
Un ropero, una cómoda con espejo, la cama, dos mesas de luz con sus veladores y la ventana a la calle con la persiana entreabierta arriba, así que bajé la linterna lo más que pude.
Abrí el ropero y entré a tirar todo al piso buscando algún sobre, alguna caja con joyas o guita y…nada. Corrí las sábanas y levanté el colchón esperando encontrar algún paquete y tampoco había nada. Abrí el cajón de la mesa de luz y en eso, se me apaga la linterna y no hubo caso de que volviera a prender. Seguro se había quedado sin pilas, pero yo necesitaba alumbrarme. Pensé que si prendía alguna luz fuerte se vería de afuera y entonces agarré una pilcha oscura y se la puse encima de la pantalla al velador para que no alumbrara de más y usarlo de linterna hasta donde diera el cable.
Manoteé unos pesos y un reloj que había en el cajón y me los puse en el bolsillo del pantalón. Dejé el velador en la mesita y pasé por arriba de la cama hasta el otro lado y cuando llegué y giré para abrir el cajón de la mesa de luz  me vi reflejado en el espejo de la cómoda sin reconocerme y casi tiro un cuetazo antes de darme cuenta. Prendí el velador de ese lado y lo tapé igual que al otro. En el cajón que sería de la vieja había algunas cremas, unos mangos y algunas joyas con piedras que también embolsé y ya me iba para otro ambiente cuando, vaya a saber por qué, explotó la lámpara del primer velador que había tapado haciendo un fogonazo importante.
Del susto me di vuelta de golpe y enganché el cable del otro velador que se destapó y con la sacudida también explotó. Ahí ya no aguanté más, me volví para la cocina y cuando ya había saltado la ventana y estaba yendo para la calle alcanzo a ver al Miki que arrancaba la motito y salía disparando.
En ese momento pensé que se habría asustado al ver desde afuera los fogonazos y se decidió a rajar dejándome en banda y lo putié en silencio.
Cuando llegué al cerco del frente vi el parpadeo inconfundible de una “lanchita” de la gorra que empieza a doblar la esquina y me tiré al suelo para esconderme y rezar que no me vieran. Ahí me avivé ¡Por eso se fue el Miki!
Acurrucado contra el cerco no sabía si quedarme, arrastrarme, o salir corriendo, si empuñar el fierro o tirarlo lejos. La cosa es que empecé a temblar sin poder contenerme mientras los reflejos alumbraban cada vez más arriba mío hasta que por fin se fueron alejando y me pude levantar, aunque las patas me temblaban. Salté el cerco y primero caminé como si nada y después empecé a correr como si me siguiera el diablo hasta que me tranquilicé un poco.
Ya en casa saqué de los bolsillos lo que pude manotear en el apuro, puteando entre dientes. Suerte que no me crucé a nadie porque recién ahí pude cambiarme el pantalón que me había ensuciado del susto. Me serví un vino, y el reflejo de una luz sobre la copa en  mi mano temblorosa revivió el parpadeo del patrullero de hacía un rato. Me pregunté cuando volvería a sentir coraje para mandarme solo de nuevo, y el vino me lo clavé de un trago. Ojalá me olvidara pronto de esa noche de terror.

 

Juan José del Pino

 

 

 

 

 

 

 

Impunidad
(Nivel 1 – clase 1)

 

Yo lo intuía, lo sabía. Pero con mi tendencia masoquista seguía sosteniendo aquel castillo sobre la arena. Por eso, cuando no te encontraba, cuando no podía comunicarme con vos, una angustia gigante me atenazaba.
Me faltaba el aire, temblaba ante el timbre del teléfono, imaginaba que te habías muerto.
Después, un pocillo de tu voz, calmaba mis latidos crepitantes por unos días, por unas horas.
Tanto te atosigué con mis temores que terminaste dictando mi sentencia.
Y fue tal el dolor-aguijón-acero caliente en mis entrañas que no tuve más remedio que matarte para que los demás no sintieran pena por mí, mujer marginal, poema en el cesto de papeles, solitaria deambulando bajo la lluvia.
Y me sentí feliz, porque cometí el crimen perfecto: soy una asesina impune. Nadie puede condenarme porque vos seguís vivo.

 

Liliana Reinoso

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un golpe de suerte
(Nivel 1 – clase 2)

 

Se Dejó caer pesadamente  sobre el sillón de su escritorio, abrió el cajón, y observó detenidamente. En su interior estaba su Colt 38 Special. Lo tomó, y sacó una por una sus balas mientras el invierno danzaba locamente en  agonía de la tarde. El tiempo había transcurrido en minutos que parecieron horas. Perdida la mirada en el arma mientras su mano automáticamente  accionaba el gatillo. La adrenalina iba en aumento,  esto lo asustaba cada vez más. La  muerte se presentía en cada rincón oscuro de la casa. Dejó el arma sobre el escritorio, y en actitud nerviosa se levantó de su sillón, recorrió con la mirada cada rincón de su despacho y como ave de rapiña, su mirada se posó sobre la botella de whisky escocés. Se sirvió un vaso y, con pasos lentos, se arrimó a la ventana. Dejó correr en libertad su mirada sobre la fronda decadente del invierno. El viento arrastraba las hojas muertas como la vida había arrastrado la suya. Desde la ventana  observó la arboleda que rodeaba la casa, y más allá, la serranía y los llanos con esos caballos recorriendo su libertad por los campos.
Nunca imaginó que estaría en esa situación. Situación limite. Después de haber sido un acaudalado estanciero, hoy la deuda era tan grande que le quitarían todo. Después de un año integro de malas políticas sumado a las inclemencias del tiempo y créditos duros, la usura golpeaba su puerta.
Volviendo sobre sus pasos recorrió el trayecto desde el amplio ventanal hasta su escritorio. Se paró frente al arma dubitativo, temblorosamente tomó el revolver, y con un esfuerzo tremendo lo apoyó en su cien derecha y disparó. Como un rayo pasó por su mente uno a uno sus esfuerzos sus logros y sus fracasos. El estallido del vaso de whisky que cayó de su mano izquierda sonó como un trueno en sus oídos y lo trajo de nuevo a la realidad… En su mano el arma vacía que había descargado antes de tomar la decisión.

 

Juan Carlos Cirigliano

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La mujer de blanco
Clase 2 Género Fantástico (nivel 3°)

 

Marta se acercó a la ventana del comedor  diario y corrió con un dedo las delicadas cortinas que cubrían los vidrios empañados por el frío de afuera. .Este enero en París es especialmente riguroso,pensó..Adentro se estaba bien, la calidez del ambiente le ayudaba a recomponer sus pensamientos.  Apoyó la cabeza en el marco húmedo de la ventana y suspiró profundamente; miró casi sin ver el movimiento de la calle y se acomodó el cabello detrás de las orejas. Ese gesto mecánico y rutinario le producía cierta placidez que en estos momentos necesitaba  imperiosamente.El silencio de la casa pesaba sobre su cuerpo como si fuese una piedra gigante; los ecos de las antiguas voces aún colgaban de puertas y ventanas. Giró sobre sí misma y se dirigió al primer piso .Los escalones de madera rústica chirriaron en su parte media y Marta trató de hacer el menor ruido posible. Se había puesto una par de chinelas de piel suave y una bata blanca que acompañaba sus movimientos delicados y lentos. La luz de la tarde de invierno apenas si entraba por las persianas entornadas y la calma de la casa hacía propicio el pensamiento y el recuerdo. A medida que ascendía iba acariciando el brillo opacado del pasamano y se tomaba de él como si fuese una tabla salvavidas , un reaseguro de sus vacilantes pasos. Sabía que debería llegar al rellano del primer piso y desde allí dirigirse por el oscuro pasillo al fondo del mismo. Debería hacerlo ahora y sobre todo trataría  de abrir la puerta  del cuarto del fondo.Encaró con más decisión que coraje  y sintió que las fuerzas la abandonaban. Igual siguió el camino marcado por la pequeña luz que iluminaba el ambiente.  Ya cerca de la puerta extendió la mano temblorosa y trató de tomar el enorme picaporte dorado que apenas se veía en la semi penumbra del anochecer.Abrió despacio casi sin tocarla , muy lentamente, la pesada puerta. Dio el primer paso.Cerró.Adentro la estaban esperando.
            Una luz tenue de color ambarino con reflejos rosados iluminaba el centro del recinto y dejaba el resto del cuarto casi a oscuras. Justo debajo del foco estaba ubicado el sillón de pana azul y enormes apoyabrazos. Marta caminó despacio hacia el asiento y al llegar a él se quitó en un solo movimiento calculado la bata blanca que la cubría. Su cuerpo quedó expuesto en la totalidad de su  etérea armonía ; se soltó el cabello y lo dejó caer sobre su espalda. Se sentó primero y luego se recostó elevando su vista hacia el foco de luz que la iluminó casi amorosamente. Ni la cara ni el cuerpo de la mujer delataban su edad; suspiró profundamente y esperó.
Una voz suave, que no se podía ubicar en ningún rincón, pero que estaba en todos lados  le dijo casi en un murmullo:
-Has tardado mucho esta vez, Marta. Me alegra ver que sigues hermosa como siempre.
-Sí Michell he demorado mi regreso.
-Ya sabes que siempre te estoy esperando.¿ No querías encontrarte conmigo?
- No, no quería. Estoy cansada . Ya no quiero repetir lo mismo de tantos años.
-Pero sabes que si me abandonas yo no puedo subsistir. Es necesario que lo hagas.
-No me importa. Ya no me interesa que será de ti.
-Eres desagradecida . Sabes que es mucho lo que me debes.
-Todo te lo pagué con creces. He dedicado  mi vida a devolverte los favores.
-La vida , me debes,te lo recuerdo.Una vida muy especial.
Marta volvió a suspirar y preguntó cansada:
            -¿Quién es ahora?
            -Se llama Paul; se reúne los sabados en el Café Lumiére y …..
Marta casi ni escuchó las instrucciones ; sabía que siempre se repetía la misma ceremonia. Mientras La Voz le murmuraba lo que debería hacer cerró los ojos y voló con sus pensamientos a otros tiempos , a otros mundos .
La voz monocorde y baja fue reemplazada por voces de niños, fuertes,risueñas, descontroladas . Las voces inundaron sus recuerdos  y a través de ellas viajó en el tiempo a los años….¿ Cúantos años han pasado?  Solo vió que las vestimentas eran distintas, más gráciles ,más claras. Aparecieron otras figuras y otras voces. Sus padres, sus abuelos , los criados y los amigos. La casa se iluminó, las cortinas se corrieron y las risas rebeldes se oyeron en los jardines, en las paredes y en la cocina perpetuamente prendida. Se vio a sí misma sentada sobre el césped del parque y tomando una manzana perfumada de la cesta que había preparado su madre para la merienda de los cinco hermanos que  precedían a Marta en orden de nacimiento. Ella era la sexta hija y la única mujer ; sus cinco hermanos mayores la trataban como un varón más y nunca le dejaron hacer uso de ninguna prerrogativa femenina. Ella jugaba a treparse a los árboles, a correr carreras con sus caballos de madera, a luchar con invencibles espadas imaginarias y a vencer enemigos tan ilusorios como sus fantasías. Su madre trataba de enseñarle las más elementales nociones del cuidado de una casa,pero Marta prefería el descontrol de los juegos que le proponían sus hermanos.
-Ay Marta, algún día deberás prepararte para cuidar de esta  casa. Eres la única niña y las tareas de una mujer no deberían serte tan indiferentes. Debes prepararte,- le decía diariamente su madre.
Marta no escuchaba y corría detrás de los furiosos caballeros que luchaban contra los dragones milenarios de sus cuentos nocturnos.  No imaginó nunca que la vida la obligaría a tomar otros caminos.
Recuerda ese verano ,especialmente ese en que las cosas fueron trágicamente diferentes. El calor agobiante sofocaba las voces infantiles especialmente a la hora de la siesta. En la galería se recostaban los criados y en las húmedas habitaciones del primer piso los niños trataban de dormir. Los padres les habían prometido una golosina si dormían un rato,en realidad sólo para quitarlos un poco de la intensidad del calor. También les habían prometido que irían todos en grupo al estanque de la casa vecina y jugarían hasta el anochecer . La excitación por esas promesas no les permitían conciliar el sueño y competían en calcular cuántos segundos estarían con la cabeza debajo del agua para ganarles a los otros niños. Las risas se confundían con los desafíos y bravuconadas.
Fue en el verano de 1909, ahora recuerda la fecha exacta .Hay años y circunstancias que no pudo olvidar nunca. Entonces, recostada en el sillón se dio cuenta de que habían pasado mas de cien años. ¿Es posible que ya tenga ciento diez años?  se preguntó.Se miró las manos y su tersura la asombró como siempre.
Entrecerró los ojos nuevamente.El estanque era una especie de pileta cuyo caudal estaba contenido por chapas metálicas plateadas que brillaban con los rayos impiadosos del sol y hacían resaltar aún mas el verde del agua fresca . Ese agua servía para el divertimento de los niños pero también para el riego de los huertos y los jardines. Toda la trouppe de jóvenes se metió casi al unísono al grito de enloquecidos entusiasmos. Eran doce niños de distintas edades pero todos unificados en un solo objetivo: divertirse y reírse hasta el cansancio mas profundo. No recuerda cuantas horas estuvieron haciéndolo; entraban y salían del agua constantemente y parecían no cansarse nunca. En su centésima inmersión Marta saltó  desde el borde del estanque junto a  su amiga Ethel y ninguna de las dos se dio cuenta  de que debajo del agua Pierre su hermano más chico estaba jugando a aguantar sin respirar tal cual lo habían programado durante la siesta. No lo vio y saltó.  Las cabezas de ambos hermanos chocaron y el ruido que produjeron sirvió para que las risas y las voces de los otros niños callaran repentinamente y el más terrorífico silencio cubriera todo el paisaje. Marta sintió que su cabeza estallaba del dolor y lo último que vio fue a su hermano Pierre que se hundía a su lado. No pudo tomarlo de la mano, no pudo hacer nada. Se hundieron irremediablemente.Su último pensamiento antes de desmayarse fue para su madre para pedirle perdón por no cuidar a sus hermanos como tantas veces se lo había rogado.
El funeral de ambos niños fue tan doloroso y tan difícil de soportar que su propia madre no pudo acudir a él; no podía levantarse de la cama y así permaneció durante días y meses en un estado de inmovilidad tal que muchas veces parecía estar ella misma muerta . Por su propia voluntad  no estaría en este mundo la pobre señora muchas veces proclamaba.
Marta desde el cielo de los niños adonde había ido a pasar ese trance hacia el más allá desconocido veía todo lo que pasaba en su casa con sus padres y sus hermanos. Quería decirles que no sufrieran mucho, que ella estaba bien,pero no podía hablarles, no encontraba la forma de hacerles llegar el consuelo que su familia necesitaba. Entonces adoptó la costumbre de cubrirse con una bata  blanca lo poco que iba quedando de su cuerpo y con eso y un poco de coraje empezó a pasear por los lugares donde había sido tan feliz: la casa, el jardín,la huerta y especialmente su propio cuarto ,donde por ser mujer le habían dado el privilegio de dormir sola durante su vida en la tierra.Abría sigilosamente la pesada puerta y se quedaba dormida en su misma cama o jugando con sus muñecas.
Una tarde se había recostado en el mismo sillón donde ahora su cuerpo se encontraba y escuchó una voz suave y melodiosa que la saludaba y la invitaba al diálogo.
- Marta,¿me oyes?
-Sí,sí, ¿quién eres? Contestó casi contenta  esa primera vez de poder hablar con alguien.
-Soy Michell, el ángel que te han asignado en el cielo.
- Oh! ¿ Michell?
-Si quieres podemos ayudarnos a sobrellevar esto lo mejor posible.
-¿Cómo es esto de ayudarnos?
-Yo te daré un poder  para que puedas cumplir ciertos deseos  y tú deberás conseguirme otras cosas que ya te diré.
-¿Un intercambio?¿ Es eso?
-Así es, un intercambio que nos beneficia a ambos.
-¿Cómo?
-Se que tienes un dolor muy grande por no haberte ocupado del cuidado de la casa y de tus hermanos. Tú no tienes la culpa de nada,pero igual puedes hacer algo .¿ O  crees que nada puedes hacer por ellos.?
-¿Y no es así?
-Podrás hacer mucho. Cuidarlos y protegerlos de cualquier peligro .Acompañarlos en sus días y sus noches para que nada les pase,bueno en fin todo lo que antes no pudiste hacer por tu  familia.
-¿Y como haré?
-Te quedarás en esta casa para siempre y la cuidarás como ya te he dicho. Yo también me quedaré en ella y es aquí donde te pediré el favor del que te hablé. Primero quiero decirte que te concederé un poder sobrenatural : podrás atravesar las puertas y las paredes como si fueran sólo aire y así llegarás a cada uno de los rincones de esta casa sin dificultad. Nadie te verá pero estarás en todos lados vigilando a tu querida familia.
-¿Y qué deberé hacer a cambio?
-Deberás ir a buscar a los hombres y mujeres que han cumplido su tiempo en la tierra y traerlos acá  conmigo para el examen final antes de partir.
-¿Pero como haré para saber a quién traerte?
-Yo te diré donde y cuando serán los tiempos de cada uno. Sólo serás mi mensajera .Mi eterna mensajera celestial.
Marta aceptó el pacto. Lo aceptó aún con el cansancio que ello le producía. A cambio se le concedió la suerte de nunca separarse de su familia. Marta los acompañó hasta los últimos minutos de cada uno de ellos y su familia supo siempre que ella estaba allí,cercana.
 Se despertó sobresaltada y se cubrió el joven cuerpo con la bata blanca. Salió a la calle a cumplir con su misión y después de caminar unas cuadras entró al Café Lumière.  Se dirigió sin vacilar hasta Paul que sin asombro se tomó de su mano y la acompañó hasta la casa;siempre había sido así a lo largo de todos esos años;cuándo llegaba el momento las almas  se entregaban pacíficamente. Esa tarde de enero en París entraron y subieron por la gastada escalera. .La luz de encima del  sillón estaba prendida.
-Qué extraño –dijo  Marta avanzando cautelosamente-Qué puerta mas pesada!
La tocó al hablar y se cerró de pronto con un golpe-
-Dios mio! Dijo el hombre- me parece que no tiene picaporte del lado de adentro.Cómo nos han encerrado a los dos!
-A los dos no, a uno solo- dijo Marta.
Pasó a través de la puerta y desapareció.
Se había acostumbrado a esa rutina .Quizás Paul tuviera la misma suerte que ella tuvo .
Marta volvió a ubicarse en la ventana del comedor y con suave gesto limpió el vidrio empañado para poder ver mejor para afuera. Se hundió en sus recuerdos y  pensó que Michell tiene razón cuando le dice que ella le debe mucho.

 

Dionisia Vidoz

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El revólver
Clase 2 (nivel 1)

 

Puso el revólver encima del escritorio, lo vació, solo había 5 balas. Sentado, meditativo, fingiendo empeño estuvo haciendo caer el percutor hasta que empezó a declinar la sosegada tarde de invierno. Una y otra vez el dedo en el gatillo y él agazapado en el centro del silencio con las bocinas lejanas balanceadas sobre el río. Y su mente negándose a pensar en ella, en cómo había arruinado su vida. Cómo con su largo y abultado cabello negro lo había cegado. Lo había envuelto con su andar felino y con su penetrante voz lo había persuadido.
Esa mañana, ella había llegado a la oficina con un sobrio tapado negro, debajo del tapado sólo tenía un vestido insinuante, casi insultante. Con el cabello arremolinado avanzó hacia él, envolviéndolo con besos agobiantes y caricias furtivas. Él no había podido escapar, estaba entregado, rendido a sus encantos. No pensó en nada, su mujer no contaba. Con su mente en blanco se dejó llevar y se hamacó en los brazos de ella hasta extasiarse. Entonces ella le murmuró algo al oído y se fue, como siempre, dejándolo solo, con el sabor amargo de la culpa, del engaño; entonces él supo que debía tomar una decisión y dejar de verla o se volvería loco. Pero no podía. Cómo hacerlo si solo con recordarla su piel se estremecía.
Luego del almuerzo, tomó el revólver, colocó las 6 balas en el tambor y salió. Al principio, vagó por la ciudad sin rumbo, finalmente decidió cruzar el río y llegar a destino, Libertad 3524. Ahí estaría ella, por la hora bañándose (siempre lo hacía al llegar del trabajo, antes de tomar su merienda). Sacó la llave del bolsillo, entró y fue directo al baño. Sin decir una palabra disparó. Ella cayó en el acto, sin vida. Luego salió de allí, cruzó la ciudad atestada de bocinas, sirenas y gritos de gente enloquecida en una ciudad furiosa, después volvió al silencio de su oficina.
Puso el revólver encima del escritorio, lo vació, solo había 5 balas…
Ya en la oscuridad atormentadora de la noche, ella volvió con el sobrio tapado negro, debajo sólo tenía un corsé de encaje. Lo encontró sentado, meditabundo, como agazapado en el silencio que sólo se interrumpía con el ruido del tambor girando una y otra vez y ella rompiendo ese silencio intermitente preguntó:
–¿Ya lo hiciste
Él, sin decir palabra, levantó su mirada, luego levantó su mano y disparó a la cabeza. Ella también cayó sin vida.
Volvió a poner el revólver encima del escritorio y sacó 3 de las 4 balas que quedaban. Giró el tambor y se disparó. A la mañana siguiente, la policía encontró un revólver, dos cadáveres y solo 3 balas encima del escritorio. Además de un manojo de llaves y una nota que decía:

 

“La sexta bala la encontraran en el cadáver de mi mujer en Libertad 3524.”

 

Cecilia Orphanos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Papá Noel
Clase 20 (1° nivel)

 

Seguro que mamá duerme, así que si camino en puntas de pie por la galería voy a poder escaparme sin que se entere. Ya está. Llegué al patio. Corro y de un salto me siento en la hamaca. Le pido al viento que me empuje fuerte, fuerte, así llego a las nubes y remonto vuelo hasta la casa de Papá Noel. En el buzón colorado como mis cachetes cuando digo mentiritas, meto la carta que escribí esta mañana.
Desde acá veo el trineo, dispuesto para la carrera que tendrá que correr a fines de diciembre para llegar a todas las casas de los chicos buenos del planeta.
Mi amiga Paula, que tiene dos años más que yo, me contó que en una noche de luna llena ella lo vio bien clarito. Y no iba solo, me dijo. Lo acompañaban dos ayudantes, uno en bicicleta, meta tocar timbre y otro en patineta, cantando villancicos. Claro, pobre Papá Noel, sino no podría con todo, ya está viejito y es muy gordote.
En la carta le pido una calesita para poner en mi jardín y subirme y dar vueltas como en molinete y sacar la sortija mil veces porque no me canso y quiero otra vuelta más, otra vuelta más, otra vuelta maaaaaaás. Ay, me agarró vértigo y vengo a los piques de cabeza al suelo. Pero entre las nubes que se agitan como las olas del mar aparece una escalera plateada llena de lucecitas que se prenden y apagan. ¡Igualito que el árbol de Navidad! Con una pirueta de equilibrista la agarro en el aire y después de balancearme un poco empiezo a bajar rapidito por los escalones.
–Abuela, abuela Lina. Vamos, despiértese que ya tiene el desayuno. Vamos, vamos, no se haga la sorda. Tiene que tomar el tecito y las pastillas para el dolor de piernas.
¿Quién es este estúpido que gira alrededor de la cama? Flaco estúpido. Vos no sos Papá Noel, sos un flaco estúpido que me hace tomar porquerías. Qué dolor de piernas si recién me bajé una escalera a toda velocidad. Nunca vas a subir a mi calesita, nunca. Porque vos sos grande y malo. 

 

Liliana Reinoso

 

 

 

 

 

 

 

 

Hogar y calle
Clase 20 (nivel 2)

 

Todas las mañanas salía aliñado para la escuela, impecable, a cumplir el trámite. Allí entre el aprendizaje de los números, la lectura y la escritura, armábamos los programas para el resto del día. Los planes eran para después de completar el trabajo escolar en casa y antes de ser llamados para la merienda. Aún para después de la merienda, siempre había algo que podía ser albergado por la calle, el barrio, casi siempre alegrías entre amigos.
Sin embargo esa tarde fue distinta. Una sensación incómoda en el estómago me subía de a ratos a la garganta. Teníamos un enfrentamiento futbolero con el equipo de otro barrio. En aquel tiempo era una localidad distante, casi desconocida, así exagera el espacio la edad de la niñez.
Eran casi extraños, otra tribu, del otro lado de las vías del tren, que aún llegaba arrimando productos al puerto. Venían de la parte nueva del pueblo, de los terrenos que se ganaban al gran bañado y separaba las lomas, al oeste, del primer asentamiento, cerca de la costa, donde vivíamos nosotros. Iba a ser una parada brava.
Los del otro equipo, tenían fama de “duros” más que de hábiles para los amagues y gambetas. Nosotros nos creíamos de juego más sutil y estilizado, “inteligente” si se quiere. Nos permitía “gozar” al adversario, sentirnos poderosos teniendo la pelota y manejando el juego. Dominar al adversario, someterlo, era parte de nuestra diversión, nos hacía sentir en otro nivel de humanidad, de otra clase social.
            A la hora señalada nos encontramos en el “campito”,  vestidos para jugar, más o menos todos iguales, aunque no vistiéramos las mismas camisas y pantalones. Tratábamos de parecernos, distinguirnos del otro equipo vistiendo al menos colores parecidos, sin olvidar el calzado, con tapones hechos de suela, para afirmarnos en la tierra pelada de tanto trotarla tarde tras tarde, casi todo el año.
            Mientras jugábamos entre nosotros en el centro de la cancha fueron llegando los rivales, y se amontonaron en otro extremo, lejos de la posición que ocupábamos. Después de los acuerdos del caso comenzó el juego que, de a poco, fue convirtiéndose en lucha por ganar palmo a palmo, el terreno del contrario.
            Bien avanzado el partido, cuando transpirando habíamos consumido el “acolchado” de los nervios y la prudencia se había convertido en algo lejano, hubo una jugada innecesaria. Para nosotros, un lujo, para ellos una ofensa.
– ¡Mirá que no vine a pasar vergüenza! La próxima “sobrada” te enrosco de una patada- Murmuró con rabia y apretando los dientes el defensor de ellos que había quedado desairado por nuestro delantero.
– A mí me gusta jugar así. Si no la podés agarrar, compráte una- Le espetó como respuesta nuestro compañero, sin darse  cuenta, o no, de que le revolvía, al otro, la herida y superaba el límite del aguante.
No pasó mucho tiempo para que se encontraran de nuevo y, al primer amague del nuestro, voló una patada feroz con destino a la rodilla. Quizá un reflejo casi animal ante el peligro, hizo que el nuestro pudiera esquivarla un poco, aunque recibió el impacto algo más abajo.
– ¡La puta que te parió, negro de mierda!- Le gritó y se le fue a las barbas y atrás el resto.
Casi todos con furia incontenible, sacamos a relucir lo que tenemos de bestias en situaciones en que las normas aprendidas, desaparecen. Con el correr de la pelea que se inició alguien cayó al suelo y fue pateado sin miramientos. El ulular de la sirena de un patrullero, tal vez alertado por un vecino, inició la disparada. El desconocido rival quedó allí, inmóvil, sucio y ensangrentado.
Tenía su imagen aún en mi cabeza cuando llegué a casa y me refugié en ese rincón de la sala donde me apostaba para pensar, haciendo que veía televisión, leía o escuchaba música. Estaba asustado por lo que podía pasar con el que dejamos lastimado, y con la policía, pero más profundamente por la aparición de esa bestia que nos habita. Una bestia que se soltó fácil de las correas puestas en casa y la escuela y.… una pregunta latiendo en mis sienes: ¿volvería la bestia?

 

Juan José del Pino

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El último rostro
Clase 4 (nivel 1)

 

El mar intenso de azules golpeaba inclemente la preciosa costa, arreglada por los más reconocidos paisajistas de Europa. Por esas calles pasaban una vez por año los bólidos de  Fórmula 1. El estacionamiento permanecía repleto de elegantes  y costosos vehículos. Así, impetuoso e imponente, el casino de Montecarlo parecía ser el centro de la prosperidad del mundo.
¡Si el jugador gana, la casa pierde!, dijo Helmut, casi gritando y sin inmutarse. Luego tomó con su mano derecha la lapicera y miró por la ventana. El jefe y subjefe de seguridad permanecían en silencio. La oficina ubicada en el último piso del lujoso casino brindaba una vista inigualable. Helmut volvió la mirada a su escritorio. Allí estaba la carta que había recibido de la casa central expresando su preocupación por la disminución en la rentabilidad de su casino. Pero el ya conocía cual era el problema. Los informes preliminares de Klaus, investigador experto que había contratado, daban cuenta de grandes sumas “ganadas” por unos pocos jugadores. No más de cinco, le había dicho. Pero aún no había detectado el método fraudulento utilizado. Helmut miró nuevamente a los encargados de la seguridad y les dio instrucciones precisas sobre el uso del nuevo y sofisticado sistema de vigilancia. Luego se despidió de ellos con frialdad y volvió a mirar hacia la ventana. El era un hombre robusto, alto y de buena presencia. Sus empleados le tenían temor. No tanto por el trato hacia ellos sino por algunos rumores, historias oscuras que se escuchaban de él.  Al mirar por la ventana la hermosa costa, recordó cuando él se dedicaba a la seguridad en su patria. Era una sociedad igualitaria, sin lujos ni fe. ¡Los métodos eran duros pero también la época era dura!, pensó, intentando justificarse. Trató de evadir la aparición de los rostros del pasado. Esos que lo perseguían en las noches. Era necesario un escarmiento para evitar que otros siguieran ese camino, razonó.  Con la lapicera hizo unos garabatos en un papel. No eran garabatos en realidad. Eran símbolos. Sonrió, dubitativo, ante ellos. Luego reflexionó sobre su situación. Pensó que si fuera tan culpable lo habrían perseguido y encontrado. Se sintió seguro con ese pensamiento. Unas horas después se fue a su habitación. Vivía en el hotel del casino. Antes de dormir acercó el teléfono al borde de la mesa de luz.

La noche y el glamour del lugar invitaban a entrar al casino. La puerta parecía remedar la entrada a una gran ciudad de la antigüedad. Bañada en oro, anunciaba sueños de grandeza y victoria. Allí el sofisticado sistema de vigilancia instaurado filmaba con detalle y nitidez cada rostro y lo enviaba a una central que analizaba posibles  fraudes. Pero ciertas  cosas no podían descifrarse. Helmut, como si tratará de encontrar algo, pasaba largas horas todos los días mirando esos rostros que entraban. Los rostros desencajados de los adictos al juego. Los rostros maqueteados de los seguidores de Narciso. Los rostros ilusionados de los amantes de Mamón. Los rostros de hombres descontrolados buscando lujuria y lascivia. Los rostros perdidos de mujeres vacías dispuestas a entregarse por dinero. Los rostros tristes de los míseros  millonarios con vidas sin sentido. Los rostros con pasados oscuros y sangrientos. Rostros de viento y arena. Rostros de trampa y engaño. Los de la malicia y los de la injusticia. Los ilusionados por los espejismos. Los de perdedores perdidos que buscan en el lugar equivocado. Esos del bullicio y la algarabía pasajera. Todos entrando para unirse en la sinfonía de la vanidad. Mirándose con desprecio unos a otros. Menospreciando al mundo y a sus propias vidas.

Esa noche las mesas llamaban cual sirenas cautivando e invitando a los jugadores. Las fichas fluían de unas manos a otras. A las 23 hs todos escucharon los gritos de emoción de aquella mesa. Hubo una sinfonía de aplausos. Muchos se acercaron para ver de qué se trataba. Uno de los rostros festejaba. De esos rostros que habían entrado por la puerta. La que estaba bañada en oro. La que invitaba a entrar al casino. Hacia allí se dirigió el afortunado. Por ella salió victorioso y exultante hacia su casa. El jefe de sala llamó inmediatamente al teléfono de Helmut y le informó este hecho. El escuchó y colgó sin decir palabra. Le costó dormirse. Eran nuevamente los rostros. Pero al final lo consiguió.
El teléfono sonó nuevamente a la 1 de la mañana. La voz oscura de Klaus le informó que no había certeza. ¡No importa!, exclamó Helmut fríamente, y agregó: Da lo mismo. Servirá de ejemplo. Luego colgó el teléfono. Ya no pudo dormir.
A la mañana, como era habitual, le trajeron el desayuno a la cama. Se tomó su tiempo para disfrutarlo. Al llegar a la oficina miró por la ventana. Desde un Mercedes negro Klaus lo saludó con una seña sutil. El respondió con el mismo gesto. El auto se marchó. Sobre su escritorio el periódico, austero y objetivo, publicaba en la parte inferior de la tapa el siguiente título: “En la noche, un hombre, en Montecarlo, fue al casino, ganó un millón de dólares, volvió a su casa y murió en extrañas circunstancias”. Se veía en él una foto con el rostro ensangrentado de la víctima.  Helmut tomó su lapicera e hizo unos garabatos en un papel. No eran garabatos en realidad. Eran símbolos. Sonrío, dubitativo, ante ellos. Sentía mucho sueño. Y los rostros volvieron a aparecer. Desfilaron ante él. Los del pasado, los que entrababan al casino, el de la victima de la noche. Todos ensangrentados, mirándolo, condenándolo. No hay paz, se repitió varias veces. Luego abrió la ventana y se arrojó al vacío.

 

Daniel Heissemberg

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Genocidio
Producción independiente

 

Los hombres llegaron justo antes del amanecer. Lo supe porque recién había cantado el gallo de Aaron, ese que canta justito cuando está por despuntar el alba. Vinieron en grandes camiones gritando y vociferando. La mayoría de nosotros todavía no se había despertado. De hecho los pequeños aún dormían todos. Eso lo puedo asegurar. Recuerdo los ruidos, los chirridos del metal de los vehículos, los gritos amenazantes de los hombres. Fue en ese momento que me oriné encima. Supe en ese momento lo que era el miedo. Las piernas me temblaban, quería decir algo pero ningún sonido salía de mi garganta. En medio de la oscuridad adivinaba el movimiento de los cuerpos de otros que como yo tratarían de escapar a su destino. Los ruidos seguían. Nuestra intranquilidad inicial transformada ya en pánico iba en aumento. Luego los ruidos cesaron. Todavía era noche cerrada. Alcancé a ver a los hombres reunidos alrededor de un fuego que habían encendido. Reían y bebían como si nada fuera a pasar. Pero nosotros sabíamos. Desde hacía un tiempo que venía escuchando las historias de “eso”, pero siempre pensé que eran cosas de viejos fantasiosos. Camiones que vendrían a buscarnos al clarear el día y que luego nos transportarían a un lugar rodeado de alambres de púas y edificios con chimeneas. “Nadie sale vivo de allí”, decían los mayores. Los jóvenes nos reíamos. “Deliran” pensábamos, “están seniles”. Pero ahora la historia de los viejos estaba aquí delante de nuestros ojos, modificando nuestra vida para siempre. Comencé a intuirlo cuando el día anterior vinieron a separarnos, los viejos por un lado, los jóvenes por otro, las embarazadas o con hijos pequeños estaban mas alejadas, las otras en un sector aledaño. Ahí supe que iba a ocurrirnos “eso”. Creo que los demás también. Se veía en sus miradas. Terror, desolación, angustia. Algunos lloraban bajito. Nadie decía nada. Pero eso fue ayer. Ahora estábamos esperando que los hombres dieran el siguiente paso. No tuvimos que esperar mucho. Ni bien amaneció apagaron el fuego y a garrotazos comenzaron a arrearnos hacia los camiones. A los gritos, a las patadas. Aterrados tratábamos de escabullirnos, pero todo era en vano. Siempre aparecía un hombre armado que nos indicaba a los golpes el camino. Muchos de nosotros tropezaron y cayeron en medio de orines y defecaciones. Yo no había sido el único. Ahora todo era un caos. Los gritos de los hombres, nuestros gritos, los golpes, la sangre, los empujones. El dolor. El miedo. Finalmente ya con el sol alto del mediodía todos estuvimos cargados en los camiones. Todos no. Las madres con sus hijos y las embarazadas quedaron en su lugar. No las tocaron. Todavía no era su turno. Entonces comenzó el largo viaje. La sed. Todos de pie apiñados en el bamboleante camión. Gritábamos pidiendo por un poco de agua. Los hombres no se daban por enterados. El sol. La sed. La opresión. Por un momento me vi nuevamente niño, jugando sobre la fresca hierba. Mas allá mi madre me observaba con ternura mientras amamantaba a mi hermanito. Fueron tiempos felices que duraron muy poco. Ya casi adolescente comencé a escuchar las historias. Esas que nunca creí. Esa que estaba viviendo. Me despertó un fuerte sacudón del camión. No supe cuanto tiempo había durado mi ensoñación pero debieron haber sido horas. Ahora estábamos entrando a un predio cercado por alambre de púas. Enormes edificios con altas chimeneas se veían por doquier. Había mas hombres esperando nuestra llegada. Los camiones se estacionaron y abrieron las puertas. A los golpes nos hicieron bajar. Muchos se cayeron. Los hicieron levantar a las patadas. Tuvimos que correr hasta llegar a un lugar amplio y cerrado. Cuando todos estuvimos dentro cerraron las puertas. La oscuridad. Nuevamente el miedo sofocándonos. Este el fin que contaban los viejos pensé. Pero no. Fuertes chorros de agua nos mojaron de arriba abajo. Ahora teníamos frío. Tiritábamos por el frío y por el miedo. Finalmente el baño cesó. Abrieron otra puerta más pequeña y uno por uno nos obligaron a caminar por un pasillo. Angosto. Frio. Húmedo. El miedo se olía. La muerte también. Sentí mis pies mojado y miré el piso. No era agua, era sangre. Mi tensión aumentaba con cada paso. Sabía que iba a morir. Todos lo sabíamos. Pero seguíamos avanzando. A veces alguno se frenaba y comenzaban los golpes. Fue al dar vuelta un recodo que vi el final de la historia que los viejos nunca pudieron contar. Porque la presentían, pero no la conocían. Un hombre presionó con un extraño artefacto la nuca del compañero que me precedía, luego otro rápidamente con un enorme cuchillo le seccionó la garganta. Un tercero le introdujo un gancho en un muslo y la máquina que giraba en lo alto lo elevó y se lo llevó dejando tras si una estela de sangre. Todo duró unos segundos. Mi asombro era tan grande que no tuve tiempo de pensar siquiera que ahora era mi turno. Creo que solamente alcance a decir débilmente: “mmmuuuu……”.

 

Liliana Mammato

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Manos
(Clase 2 Nivel 1)

 

Sabrá Dios cuántas veces mis yemas se desplazaron por este teclado para difundir verdades que pretendían ocultarse, al amparo de algún poder corrupto, de un interés mezquino. Otras tantas veces impulsadas por un amor, crearon poemas intensos para mujeres ya olvidadas. Cuántas veces mis yemas dibujaron siluetas apetitosas, como preámbulo de alguna noche de derroche amoroso. Manos que me dieron todo. Manos, otras, que me quitaron todo. Desde aquellos ya lejanos primeros artículos en el periódico de mi pueblo, hasta los libros prohibidos por incomodar a algún interés desmedido. Mil caricias en el pequeño y delicado cuerpo de la mujer que amé de verdad, que vibraba ante mi mirada, y estallaba cuando en su cuerpo me internaba. ¿Cuántas veces intentaron callar mis verdades? Tantas amenazas, tantas advertencias no pudieron silenciar a mis manos. Y cobardemente se llevaron a ella, mi compañera de luchas, mi amante y consejera. Por eso, desde aquella noche lluviosa de agosto, en la que entraron en casa, es que busco su cuerpo y denuncio a los saqueadores de mi mujer y de mis sueños. Mis manos son pequeñas, y por más que transiten curvas milagrosas, ahora están tristes. Mis manos son prolíficas a través de las letras, en certeros ataques al poder, y me dan la tranquilidad de conciencia que ellos no tienen. Mis manos me dieron todo pero otras manos me quitaron todo.

 

Roberto Longo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Puerta giratoria
(Nivel 1 – clase 15)

 

Dudé mucho antes de hablar con mi madre. El problema con ella es que nunca me escucha. Llevamos toda la vida viviendo juntas y pienso que nunca hemos sostenido una conversación de verdad. Apenas algunos tontos intercambios de pareceres y observaciones, nada que permita introducirnos en profundidad en algún  tema. Mi madre desconoce todo de mi vida, de mis ideas y de mis sueños, y parece vivir muy satisfecha en esa ignorancia, casi diría que la fomenta y alimenta. Por mi parte reconozco que poco sé de ella, más allá de sus eternas quejas sobre  problemas económicos y nimiedades varias. Desde que mi padre decidió dejarla, harto probablemente de su pertinaz indiferencia y sus constantes reclamos, la casa ha quedado a la deriva, como su vida, y ella se ha hundido cada vez más en su derrota, atenta sólo a vanos detalles, mientras todo se hunde indefectiblemente a su alrededor. Desde hace meses con mi novio, Gustavo,  venimos planeando mi partida. Pero está claro que no puedo irme así como así, sin hablar con ella, al menos para avisarle; y desde hace meses nunca encuentro el momento para abordarla. Tampoco estoy segura de qué voy a decirle. Anoche discutí nuevamente con Gustavo. Él no cree que yo sea capaz de enfrentarla, de decirle que me voy, de dejarla. Yo le dije que me sentía plenamente capaz de hacerlo y que sólo estaba esperando que ella estuviera un poco menos triste, un poco menos metida para adentro, sumida en sus fantasmas y en sus dolores.  Gustavo no tiene razón, porque ese momento finalmente llegó; por eso esta mañana me armé de valor y la encaré cuando ella leía un viejo periódico, con una taza de té, ya frío, entre sus manos.
- Tengo que decirte algo importante - le dije, sin saludarla.
- ¿Tiene que ser en este momento? ¿No ves que estoy ocupada? - Me contestó con su habitual gesto contrariado.
- Sí, ahora. - Afirmé,  intentando poner un tono firme a mi temblorosa voz.
- ¡No entiendo cómo te las ingeniás para ser siempre tan inoportuna! - En ese momento me miró. Algo en mis ojos le anunciaba acaso lo que se avecinaba.
-  Bueno, te escucho, ¿qué pasa? - Me preguntó con su consabida irritación.
- Me marcho de esta casa.
- ¿Qué dijiste? - Me preguntó y en ese momento me di cuenta de que  por primera vez en muchos años, quizás en su vida, me había escuchado y que su pregunta era una manera de ganar tiempo, de detener lo inevitable.
- Lo que oyes, contesté.
- ¿Justo ahora se te ocurre la idea de marcharte de casa cuando más que nunca es necesario el aporte de todos para seguir a flote? Además yo no puedo ayudarte, apenas si puedo con las cuentas de esta casa... - Ahora la voz de ella sonaba más bien exasperada, poniendo (como es habitual) al dinero en el centro de sus preocupaciones.
- No, no te preocupes que no voy a pedirte dinero -  Le aseguré.
- ¿Adónde te vas? ¿Dónde pensás vivir y de qué? - Me preguntó. Tal vez pensó que debía mostrar algún tipo de interés, una pizca de preocupación.
- Todavía no lo he decidido, estoy un poco confundida. -  No quería darle detalles, si  algunas cosas ni yo misma las sabía...
- No te entiendo... me venís con que te vas y ahora no sabés dónde ni cómo. Si querés hablamos con tu padre y vemos si podemos encontrarte algún trabajo, algo que te ayude a mantenerte hasta que sepas qué querés hacer... - Alegó, siguiendo con el simulacro de la preocupación materna.
- No, gracias, no necesito esa clase de ayuda - Mi voz sonó seca. 
Debí imaginar que metería a mi padre en esto. Lo que menos quería era que él se metiera en mi vida, donde  nunca quiso estar. Por eso  di la vuelta y corrí  hacia la puerta, no podía tolerar más preguntas ni tontas sugerencias, quería alejarme rápido de esa casa oscura, de ese barco que se hundía cada vez más, de esa deriva hacia la nada que era  su vida y a donde no quiero que se dirija la mía.
Cerré la puerta con fuerza, con mil pensamientos en mi mente, enojada por su superficialidad, por su falta de atención y cariño, por la amenaza implícita en la mención a  mi padre. Corrí calle abajo, bajo la lluvia, como quien corre hacia su libertad...Me sentí liviana, tranquila. Gustavo pensaría en todo, dónde acomodarnos, cómo mantenernos, por eso no tenía nada que temer. La lluvia se adueñó de mi cabello, corriendo por mi cara como lágrimas, mi corazón corría junto conmigo mientras imaginaba a Gustavo esperándome con el abrazo listo y el camino marcado. Di vuelta  la esquina con el último aliento y tuve que abrazarme a mis rodillas para mantenerme en pie, mientras buscaba su gesto y su refugio, mientras mi mente intentaba comprender su ausencia, mientras la vida me devolvía, cruel e irremediablemente,  al mismo sitio  donde yo pensaba que había  huido para siempre...

 

María Cecilia de los Santos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Otra historia de amor
(Nivel 2 – Clase 3)

 

Mil naves avanzaban con la proa mirando a la guerra. En ellas viajaban cientos de miles de hombres valientes. Muchos desconocían que, a partir de las hazañas que protagonizarían en los diez años que tendrían por delante, iban a quedar en la historia para la eternidad, que sus nombres se recordarían por siglos y siglos en el futuro, un futuro repleto de máquinas que no podían ni siquiera llegar a imaginar, su condición de héroes.
Primero vino el desembarco, después fue el tiempo se sitiar la ciudad. Allí, de a poco, los hombres fueron viendo morir frente a ellos a otros hombres durante nueve años.
Después vinieron días y días con sus noches en los que no ocurrió demasiado, o al menos nada de importancia que merezca ser incluido en este relato.
La década fuera de los hogares comenzó a hacerse sentir en el cuerpo de los guerreros, pero más que nada en sus corazones. Uno de ellos, el hijo de un rey que iba a morir gracias a que una flecha enemiga le atravesara el talón, decidió alejarse de la batalla debido a la discusión que mantuviera con el rey de la ciudad situada en la llanura de la Argólida, en el noreste del Peloponeso. Las tropas se alteraron; cada uno de los soldados, excepto uno al que llamaban Oileox, un muchacho alto y delgado como una vara, con el cabello ondulado y rebelde, tan negro como la misma noche. Él no necesitaba ningún semidios que le infundiese confianza. Él había venido a buscar algo más que honor. Él había subido a una de las mil naves que avanzaban por amor.
Cuando el hijo mayor del rey de la ciudad asediada luchó hasta morir con el comandante de los Mirmidones, el revuelo fue de tal magnitud que nadie notó al joven de aspecto tímido que se coló detrás de los muros de la ciudad, que sería incendiada para dar fin a la lucha por un puñado de hombres a las ordenes de otro rey, un rey que pasaría mil peripecias para conseguir ver de nuevo su reino y disfrutar del amor de su reina, pero esa, esa es otra historia… 
No era la primera vez que Oileox había recorrido ese trayecto. Un año después del desembarco, valiéndose de los servicios de los Ojeadores, un clan que vendía sus artes en el mundo del espionaje tanto a uno como a otro bando, le hizo llegar a Telmanida, su amada, una carta en la que le hacía saber que estaba allí y que había venido por ella, para llevarla lejos de la esclavitud en la que vivía como criada de la reina.
Los jóvenes se habían conocido en una fiesta que reunió a todos los reyes de la península. Oileox, hijo de Oilemox, el famoso cocinero real, fue el encargado de servir los platos. Y  apenas posó la vista en la mujer cuyo cabello recordaba al fuego y cuyos ojos parecían las almendras más tiernas, supo que nada ni nadie lo mantendría alejado de esa mujer.
Al llegar a los aposentos de la reina, encontró a Telmanida sentada bordando. Supo que su majestad había tenido que ausentarse un momento, pero que volvería en cualquier instante. Oileox la abrazó, la besó y le explicó su plan.

Es el año 2007, en una calle céntrica de alguna de las grandes ciudades de la península las personas caminan. Caminan para ir al trabajo, caminan para ir a la escuela, caminan para hacer compras y algunas solamente caminan por caminar. Entre los miembros de este último grupo está Silvia, una mujer cuyo cabello recordaba al fuego y cuyos ojos parecían las almendras más tiernas. Tenía el pasatiempo de mirar a la gente por la calle o cuando viajaba en el colectivo. Disfrutaba imaginando cómo serían sus vidas y siempre terminaba preguntándose si acaso se sentirían tan solos y tan tristes como ella.
Desde chica Silvia había experimentado la sensación de sentirse fuera de lugar en todos los lugares.

—Mira que sos rara vos — le decían de manera alternada una vez su padre, una vez su madre, y de tanto en tanto alguno de sus hermanos o primos.
Buscaba algo, pero le era imposible descubrir de qué se trataba ese algo. No era para nada una persona rara. Era una persona triste. Triste por no poder dar con ese algo que buscaba. Se detuvo a ver una vidriera, en realidad muy poco interesa por las prendas que vestían los maniquíes con toda la intención de convencerla para que las comprara; fue entonces cuando sus ojos se posaron en la figura que se reflejaba en el cristal: era un hombre, más o menos de su misma edad, corpulento y con aspecto de buena gente. Para sorpresa de Silvia los ojos de él también habían encontrado los suyos. Dio media vuelta y sin pensarlo demasiado lo saludó con un “Hola” resuelto, que le fue respondido  de inmediato.
Ninguno de los dos supo muy bien cómo ocurrió pero desde ese momento no volvieron a separarse, fueron tan unidos como los dedos de la mano. Sentían conocerse desde siempre. La vejez los encontró juntos y rodeados de familia. Su hijo los colmó de alegría casándose con una mujer que dio a luz a una niña preciosa, la cual con el paso de los años de los años se transformó en una mujer cuyo cabello recordaba al fuego y cuyos ojos parecían las almendras más tiernas. De la abuela, la nieta no heredó el nombre, pues sus padres la llamaron Telmanida, pero sí ese gusto por mirar a la gente por la calle o cuando viaja en  colectivo. La niña tampoco había heredado el carácter melancólico de su abuela; al contrario, era alegre y muy charlatana. En su larga vida, repleta de aventuras,  que se prolongó  casi por un siglo, se hizo de muchos y muy buenos amigos. El único amor que conoció fue el que le brindó sin restricciones un muchacho alto y delgado como una vara, con el cabello ondulado y rebelde, tan negro como la misma noche, hijo de un cocinero que tuvo que convertirse en soldado a la fuerza cuando en el 2038, en la ciudad situada en la llanura de la Argólida, en el noreste del Peloponeso, se produjo un conflicto armado debido a la escasez de agua.

 

Rodolfo Tornello

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Gran Carcajada Universal
Clase 16 – Nivel 1

 

A mi padre y a mi hijo

—Papá, no te alejes, quiero ver tus pies por debajo de la puerta.
—Aquí estoy, Marco, te estoy esperando.
—Adivina cuál es mi animal favorito.
— ¿La araña?
—No, papá, dije animal, no superhéroe. Te voy a dar una pista: empieza con D.
— ¿Dinosaurio, delfín, dingo...? No doy, hijo, ¿cuál es?
—Ay, papá, te voy a dar otra pista: me acabas de regalar un libro con dibujos... Otra pista: vuela. Otra pista: acabamos de ver una peli.
—No me acuerdo, ¿vuela?, me doy, ¿cuál es tu animal favorito?
—Pues el dragón, papá, obvio.

—Papá, ¿sigues ahí?
—Aquí estoy, Marco, no me voy a ir a ningún lado, te espero hasta que termines.
—Papá, cuéntame un chiste de Pepito.
—La abuelita de Pepito se cayó al piso y Pepito le dijo: "No te voy a ayudar porque ya te chupó el diablo."
—Así no va, papá.
Entonces Marco contó el chiste de principio a fin, desde que se le cayó el dulce a Pepito y la abuela le dijo que no lo recogiera porque ya lo había chupado el diablo.
—Papá, ¿cómo te imaginas que es Pepito?
—Pues un niño normal con cara de pingo como tú.
—Yo me lo imaginaba como un pepino.
—Y ahora, ¿cómo te lo imaginas?
—Como un pepino, ya te dije. ¿Sabes cómo se llama la mamá de Pepito?
—No, ¿cómo se llama?
—Pepina.
—Muy bueno.
—Papá, no te burles, no es chiste. ¿Sabes cómo se llama el papá de Pepito?
— ¿Pepino?
—Claro, obvio. Papá, me da miedo reírme.
— ¿Por qué, Marco?
—Porque me puedo morir.
— ¿Quién te dijo eso?
—Es que dicen que te puedes morir de la risa.

Miguel Ángel pensó: “¿En qué momento se convirtió mi niño adorado en este adolescente cochino y buscapleitos que odia a papá y que ahora está extendido como rey en el asiento trasero de mi coche?”
—Esa idea está perrona —dijo Marco, sin levantar la nariz del dispositivo.
Miguel Ángel lo miró por el espejo retrovisor y preguntó:
—Cuando algo es "perrón", ¿es bueno o malo?
—Ay, jefe, ¿cómo te explico? "Perrón" es igual a "buena onda", "padre", "chido", "de pelos", o como diría mi cuate el Che "sencishamente lindo". ¿A poco no sabías? ¿No que muy maextro de expañol?
— ¿Y cuál es esa idea tan perrona que leíste?
Marco leyó en su dispositivo: “Dios es la Gran Carcajada Universal.”
—Está chida, ¿no? Es de un tal Mozko Nauta. ¿Será apodo o nombre real? Papá, ¿me estás escuchando?
Miguel Ángel estaba concentrado en el tránsito: un microbús se le estaba cerrando.
Marco volvió a leer en su dispositivo. Estaba acostado, con los zapatos sobre el asiento.
—Hijo, ¿te puedo pedir un favor?
No hubo respuesta, Marco se había perdido en su dispositivo.
—Hijo, ¿hijo?, Marco, ¿Marco?, ¡Marco!
—        ¿Qué pasa, por qué me gritas?
—Si subes los pies al asiento, ¿te puedes quitar los zapatos?
—Uy, qué delicadito, como si tu pinche carcacha estuviera limpia... Ta güeno, me quito los zapatos.
Un olor a queso roquefort llenó el espacio; Miguel Ángel tuvo que abrir la ventanilla y sacar la nariz.
El mismo microbús volvió a cerrarse. Miguel Ángel tocó el claxon.
—Aquí dice que si tu papá es un lúser, tú tienes ochenta por ciento de probabilidades de ser un lúser también. Ya me chingué —dijo Marco.
— ¿Lúser? ¿Qué es eso? —preguntó Miguel Ángel.
—Pues alguien que no la ha hecho, que maneja una carcacha como la tuya y tiene una chamba chafa como la tuya. O sea: un fracasado, un perdedor. ¿Sabes que mamá dice que eres un lúser?
— ¿No me digas?
—Siempre anda contando tus fracasos. ¿Y sabes qué? La neta tiene razón. Acepta que eres un lúser, papá.
Miguel Ángel no respondió, conocía mejor que nadie la lista de sus fracasos. El pesero se puso a la altura del coche de Miguel Ángel, el chofer lo miró retador, apretó el acelerador y se le volvió a cerrar.
— ¡Chinga tu madre, muerto de hambre! —gritó Marco por la ventana.
Miguel Ángel tuvo que maniobrar para evitar el choque. Se orilló y apagó el coche.
— ¿Por qué te paras? ¿A poco te da miedo ese micro? Eres un miedoso, papá.
Miguel Ángel no respondió, se bajó del coche, abrió la puerta trasera y dijo:
—Usted y yo necesitamos hablar de hombre a hombre. Venga, le invito una cerveza.
—Pero papá, ¡soy menor de edad!
— ¿Crees que no sé que tomas cerveza y fumas marihuana con tus cuates? Anda, vamos, te invito una cerveza.

Miguel Ángel y Marco se miraban sin hablar, mientras esperaban sus cervezas.
Miguel Ángel pensó: “Sé que he tenido miles de fracasos en la vida: la universidad que no acabé, los negocios que troné, el matrimonio con la madre de Marco que valió madres, los dos matrimonios siguientes que también valieron madres…”
Llegaron las cervezas rubias. Miguel Ángel tomó un sorbo y dijo:
— ¿Sabes qué? No me arrepiento, cada fracaso ha traído una enseñanza.
— ¿Ah, sí? No me digas: ¿no te parece que estás muy viejo para seguir aprendiendo de tus metidas de pata?
Miguel Ángel se dio cuenta que su hijo no estaba maduro para todas las enseñanzas que quería transmitirle. Le hubiera gustado decirle: “Primero que nada he aprendido la humildad, luego a reírme de mí mismo, el humor, y finalmente el amor. Lo importante en la vida no es la lana, ni manejar un carrazo, ni tener una chamba de lujo; ni siquiera tener un doctorado y libros publicados.” Le hubiera gustado decirle a su hijo muchas cosas, pero prefirió callar, no era el momento, prefirió relajarse y disfrutar una cerveza con su hijo.
Marco no volvió a abrir la boca, sólo bebió su cerveza, moviendo los ojos de un lado a otro sin cesar.

A los pocos días, Miguel Ángel murió: lo atropelló un microbús. Juan, el conductor del micro, se había emborrachado después de pelearse con su hijo. Pedro, el padre de Juan, lo ayudó a cruzar la frontera como mojado. Juan se cambió el nombre a John y se volvió predicador mormón. Aportó toda su experiencia de microbusero a la búsqueda interior. Nunca lo atraparon.

Veinte  años después, Marco tendría la misma conversación sobre fracaso y éxito con su hijo adolescente, frente a un tarro de cerveza rubia. Su hijo era demasiado joven para entender. Entonces, Marco escuchó la Gran Carcajada Universal.

 

Alain Arnaud

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Misión en la vida
Clase 5  - Nivel 1

 

Era la tercera vez que bajaba por un vaso de agua. Eran las tres de la mañana. Sus pensamientos eran como remolinos, como huracanes que deambulaban por su mente. Sentía su espalda tensa como una tabla de madera y cuanto más se obsesionaba en buscar la solución, más se tensaba. Miles de imágenes por segundo, eran como el torrente de un río a punto de desbordarse. Era su tercera noche sin dormir. Rogaba por un poco de sueño aunque fuera inducido por una droga cualquiera. Ninguna infusión de yerba le hacía efecto. Miraba la tele y todo le parecía sin sentido, sombrío y triste. Para él el país estaba colapsando. Sentía que su vida había sido inútil y que nunca había hecho algo por su comunidad, algo positivo, que trascendiera.  Unos días atrás había hablado con cada uno de sus hijos, fueron horas de filosofar para encontrarle un sentido a la vida, pero había sido inútil, nada lo alentaba, absolutamente nada, era un vacío que lo aturdía de pies a cabeza. Luego de la conversación con sus hijos, llegaron visitas, familiares, que trataron también de moralizarlo, pero siempre lo mismo, nada contestaba sus interrogantes  ni llenaba sus cuestiones. Decía:
-El mundo está sobre poblado, ese es el principal mal. La gente se aferra a creer que tenemos un problema de valores morales, pero se equivocan. Ustedes creen que existe moral cuando la gente tiene hambre, cuando viven peor que un perro callejero en casas de cartón, viviendo al día y soportando que otras personas abusen de ellos –Respondía a sus familiares que se preocupan por la seriedad con que él se tomaba aquella cuestión social.
 Cuando estaba terminando de beber su tercer vaso de agua, sintió un ahogo y llamó a su esposa, esta alarmada despertó por teléfono a uno de sus hijos para que la acompañara a llevar a su padre al hospital y ver si podían darle algún somnífero potente, ya que ninguno de los del botiquín había surtido efecto.
En el hospital se le atendió de inmediato, y con una potente droga lograron dormirlo. Pero antes de dormirlo dijo unas palabras con alegría:
-Lo tengo, lo tengo, puedo hacer algo por este mundo y no irme como alguien inútil- formuló las palabras como un Eureka. Pero sólo los doctores lo escucharon.
Al día siguiente, al levantarse, parecía una persona nueva. Se le veía un brillo distinto en los ojos. Empezó a conciliar el sueño de manera rápida en las siguientes noches. Todas las mañanas salía temprano de la casa, y un día en que se preparaba para salir su esposa con gran inquietud le pregunto:
-¿Adónde sales tan temprano?
- Es una sorpresa – Contestó rápido – Ya lo verás, es algo que estoy preparando para toda la familia.
 La siguiente semana continuó despertándose temprano por la mañana y salía, hasta que un día habló con su esposa:
-He preparado una fiesta para celebrar nuestro treinta aniversario el sábado cinco del próximo mes, podrás invitar a quien quieras, desde tus familiares hasta todos tus amigos. He rentado un gran salón en las afueras de la ciudad, habrá música para bailar y un gran banquete, te sorprenderás cuando veas el lugar, es magnífico – dijo con una mirada llena de felicidad.
Su esposa recibió la sorpresa como algo totalmente inesperado. Estaba desconcertada, pero a la vez feliz por la gran demostración de afecto de su marido al organizar esa fiesta. Él se había encargado de todos los detalles, sólo faltaba mandar las invitaciones, doscientas cincuenta personas en total.
-Podrás invitar a la mayor parte de tu familia, los Rodríguez, los García, los Morales, todos cabrán y yo invitaré a todos de mi lado también, invitaremos a todos nuestros amigos cercanos – De los ojos de él salía fuego, como si aquello fuera una gran obra.
Una noche, antes de la fiesta, entró el mayor de sus cuatro hijos y le preguntó:
-¿Cómo lograste salir de tu crisis? Estás totalmente cambiado.
-Aquella noche –Contestó su padre, con los ojos fijos sobre su hijo -cuando estuve en el hospital, se me vino a la cabeza el porqué a este país le ocurren cosas tan terribles. Que la gente se esté matando una a otra, no es más que la naturaleza propia del ser humano, entonces, un sentimiento se apoderó de mí y me llegaron reflexiones como: ¿Por qué morimos y nos reproducimos tan rápido? Entonces recordé a las moscas, ellas tienen una función muy clara, que es la de descomponer los organismos y así mismo se reproducen para seguir con su misión. Pues mi conclusión fue que nosotros también tenemos una misión, que quizás a nuestros ojos no sea clara, y quizás esta descomposición social, sea parte de nuestra misión, por primera vez acepté la crueldad del ser humano y eso me liberó como no tienes idea.
Llegó el gran día del festejo programado para las siete de la tarde. Amigos y todo tipo de familiares bailaron, comieron y se divirtieron hasta el cansancio. Entonces en el brindis, él levantó la copa y empezó un discurso.
- Estuve a punto de morir en vida, pero Dios me iluminó y aclaró mi misión y aquí me tienen entre ustedes. Aquí estamos todos. Sabemos por lo que está pasando nuestro país, pero tenemos que saber que cada gota de sangre que se derrama no es en vano, cada asesinato, cada nueva muerte no es más que la naturaleza que nos llevará a un equilibrio que es necesario y por eso los he traído aquí y he puesto veneno en el banquete…-Al decir esto varias mujeres gritaron al ver caer un niño convulsionándose, al que le siguieron más niños, luego empezó un señor, después varias mujeres. Al rato, todo el mundo empezó a caer y a perder el control para luego desvanecerse. Él brindó y también cayó al suelo. Algunos alcanzaron a mandar mensajes de auxilio, así que a los pocos minutos cuando llegaron patrullas y ambulancias, solo unas pocas personas quedaban vivas y fueron trasladas a hospitales, donde luego de unas horas murieron. Nadie sobrevivió.
Un periódico sensacionalista, publicó la nota en su portada: Doscientos cincuenta personas muertas por envenenamiento en una Fiesta.
El artículo señalaba que se había encontrado una nota en el bolsillo de uno de los organizadores de la fiesta, que decía: “He encontrado la iluminación, la solución, pero no está sólo en mis manos, sino en la de muchas personas que ya están actuando en mi país, y en muchos otros lugares del mundo, matar el mayor número posible de personas es la salida para salvar a la humanidad de su escasez de recursos, tenemos que ser menos, algunos no son conscientes de su misión, como las moscas que no son conscientes de su misión de descomponer los alimentos, la diferencia es que yo he sido consciente de nuestra misión, y este es mi obsequio para la humanidad”.

 

Alexandre Jeronne

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“619”
Clase 12 – nivel 4


¡No quiero morir afuera! ¡No quiero ser del viento! ¿Quién va a recoger mis pedazos si me alcanzan las bombas?
Ya no soporto el frío. Domina mi cuerpo, no siento mis pies. Estos cueros de ovejas me van a servir de abrigo, sólo tengo que envolverme bien…
El viento es helado, violento, prepotente. Igual que ellos. Nunca deja de soplar. Quiso arrastrarme con él, pero no pudo. No puedo dejar de temblar. Tengo hambre. El hambre duele, carcome las tripas, no deja pensar. Extraño a mi mamá…
Tengo miedo. No soy tan fuerte como el viejo... Este galpón ajeno en esta isla lejana será mi tumba. Papá, por qué no venís a rescatarme como cuando me subía al ciruelo… Me encantan las ciruelas. Teníamos un árbol en casa…Eran amarillas, muy dulces…Me subía para comerlas pero después no sabía bajar… Cuando mi papá aparecía y estiraba sus brazos hacia mí, yo era tan feliz. Pero esta vez no vino a rescatarme… Quise ser un héroe, como él lo fue para mí, pero no pude... Después de todo, los héroes sólo sirven para las historietas…
Estoy tan cansado… Ellos no van a tardar en encontrarme. ¿Será la muerte como esta infinita soledad? La soledad te hace sentir invisible, como si no existieras. Quién sabe si así será la muerte…
¿Y ese ruido? Ya vinieron…No, fue el viento. Él los va a traer hasta acá como me trajo a mí…Ya oscureció, no me van a buscar ahora. Tengo toda la noche para tomar coraje…Un tiro en la boca y se acabó todo. Necesitaría que alguien me entierre y ponga una cruz, mi mamá es creyente y va querer rezar sobre mí tumba, aunque tenga que subirse a un avión para llegar hasta este inhóspito sur.
Extraño a mis compañeros. Prometimos estar siempre juntos…Yo los vi morir. Salieron de la trinchera para buscar comida, me quedé cubriéndolos, pero no los pude salvar de la bomba. Tendría que haber muerto con ellos. Ya no soporto el recuerdo de verlos volar en mil pedazos. No quiero vivir un día más con esa imagen en la memoria.
Porque les grité que teníamos hambre y que, por culpa de ellos, la bomba había matado a mis amigos, me estaquearon. Cómo me dejaron las muñecas… No tienen derecho. Yo tenía una buena vida, y ahora soy un desecho de huesos. Si un milagro me hiciera volver, sólo sería un triste sobreviviente, un perdedor y no quiero eso, prefiero la muerte.
619. Mala suerte, me tocó número alto. Tengo amigos que se salvaron de la colimba y ahora ven la guerra por televisión…Y otros están en una bolsa. Alguien tiene que vivir para contar lo que pasó. Ellos no lo van a decir, cuando todo termine. Les conviene el olvido. Que me estaquearon, y me reventaron las muñecas y los tobillos, mientras me moría de frío, tampoco lo van a contar…
Soy un muerto en vida. Un héroe a mitad de camino, una verdad incómoda, un cobarde desertor… ¡No! Cobarde no… Nunca fui cagón. Yo iba a buscar la pelota cuando se caía en la casa de la esquina. ¡Bien que todos le tenían cuiqui a la escopeta del viejo chiflado…!
Tengo hambre…A lo mejor quedó algo en los bolsillos… ¡Un caramelo! Lo tenía en un bolsillito que ni sabía que existía… Esta fue mi vieja, no me dejó ni un bolsillo libre… Me puso chocolates de todo tipo, de taza, con maní, aireado, alfajores, montones de caramelos, un cuadernito y una lapicera para que le escriba cartas, pañuelos almidonados para mi rinitis, una estampita de San Jorge para que me proteja…
Tengo que volver…No puedo morir acá. Tal vez si me escondo…Todos tienen que saber la verdad…Por ustedes amigos… ¡¡¡Soldado Juan Ruiz!!! ¡¡¡Caído!!! ¡¡¡Soldado Ramón Arévalo!!! ¡¡¡Caído!!! ¡¡¡Soldado Cristian Farías!!! ¡¡¡PRESENTE!!! ¡¡¡PRESENTE!!! ¡¡¡PRESENTE!!!

 

Mirtha Herlein

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pesadilla
Producción independiente

 

Apenas se durmió un agudo dolor en el abdomen hizo que se retorciera en la cama. Se despertó en medio de la noche sin poder explicarse qué pasaba, sintiendo como si en sus entrañas, un animal buscara abrirse paso para salir.  La transpiración humedecía su cuerpo al tiempo que un  hilo de frío recorría sus vértebras y sus manos comenzaban a temblar. Buscó encender una luz y no pudo encontrar el interruptor. Estaba solo, no encontraba a Alicia, a su lado, en su lugar de la cama matrimonial. Intentó llamarla pero no pudo articular palabra, apenas emitió un sonido gutural que aumentó su desesperación. Se levantó. No encontraba la puerta para salir a buscar ayuda, la habitación le resultaba extraña.
Hacía años que se dedicaba a los negocios, estaba empinado en su carrera y había llegado a sentirse omnipotente. Había dejado la universidad por una carrera más rápida. Al fin de cuentas, la vida se perfilaba más para el lado de la ganancia rápida que para el del conocimiento y las profesiones formales, solía repetirse. Oportunidades no le faltaron en el reino del mercado, un paraíso de libertades que mostraba muchos atajos hacia la fortuna.
De naturaleza inquieta, con una agilidad instintiva para escurrir el bulto, se ubicaba a resguardo de todo aquello que percibiera peligroso.
Para sobrevivir en su medio había que tener ciertas habilidades, ser ágil al pensar, discurrir amablemente sobre temas espinosos, y aunque resultaran poco claras dar por entendidas cosas masculladas. Mostrar una imagen ganadora, confiable dentro del contexto en que se movía y, por supuesto, resultar agradable para el trato.
Como lo realiza un actor antes de salir a escena, cada mañana se vestía de su personaje, sabía que también su imagen decía cosas de él. Así lo había hecho al comenzar ese mismo día y despedirse de su esposa, para entrar en las penumbras en que realizaba su actividad, donde se hacía invisible y personajes oscuros lo rodeaban.
Ahora, en la oscuridad de la habitación, un nuevo estertor sacudía su cuerpo estimulado por el dolor y su cara se distorsionaba en una mueca horrible.
Quedaba atrás su aspecto simpático, entrador, de personaje adorable, como el de esas ficciones de la industria del entretenimiento tras la que se oculta la capacidad de trasmitir males terminales. Sus acciones daban cuenta de que nada se le escapaba, nada parecía caerle de sorpresa… salvo esto que ahora sentía.
Siempre alerta a todo aquello que pudiera nutrir sus ambiciones ampliaba sus excursiones que se hacían cada vez más aventuradas y temerarias. Saltaba de un lado al otro de acuerdo a las posibilidades, eludía obstáculos, obtenía lo suyo y desaparecía o, aparecía allí donde había promesa de satisfacción a sus insaciables apetencias. La comercialización de productos doble uso -legal y prohibido- le resultaba un negocio muy rentable y más, aunque riesgoso, cuando gran parte de las operaciones las realizaba en el mercado negro. Justamente este último salto, el que estaba recorriendo, parecía tener un destino incierto.
Retorciéndose de dolor, solo, en la cama, cuando su pasado era una película que se proyectaba acelerada en su mente, pensaba que otro ser lo había ocupado y, morbosamente, había dirigido todas sus acciones. Siempre se dio perfecta cuenta de que la desgracia ajena sería en beneficio propio, aunque eso nunca, como esa noche, le revolvió el estómago, solía producirle algún dolor que siempre  sostenía.
Nada ni nadie lo había detenido en su vertiginosa carrera, hasta que llegó el momento en que se presentó lo que parecía la culminación, la cumbre de los negocios, aquel que cerrara un rato antes de dormirse con un festín.
Tal vez haya sido eso, la importancia del negocio consumado tan solo unas horas atrás, que lo estaba carcomiendo. Había estado tensionado todo el día, se había jugado mucho en esa ocasión, la partida había sido importante. Tal vez se descuidó arremetiendo sin medir bien las consecuencias. ¿Alguien había decidido parar en seco sus tropelías y construyó una trampa de la que no saldría? Estas preguntas se hilvanaban en su mente al tiempo que en una horrible contracción le pareció partirse. Y si fuera veneno ese sabor amargo que le pareció distinguir en la última copa de champagne, la del brindis final, se dijo. ¿La invitación a celebrar el negocio con un banquete fue para terminar con su carrera? ¿O para terminar con su vida?
Sintió que las fuerzas lo abandonaban y se deslizó de lentamente de la cama, las cosas giraban a su alrededor, quedó aferrado a la tela de las sábanas que se enredaban en su cuerpo,  mirando el cielorraso tirado sobre el piso de la habitación sin entender nada. Desde esa posición fue sintiendo que el animal en sus entrañas iba cediendo la presión. Volvió a la cama y lentamente la noche y su vida volvieron a estar bajo su dominio. Por fin se quedó dormido.

 

Juan José del Pino

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 
 

 

2010
Juan José del Pino
Liliana Reinoso
Juan Carlos Cirigliano
Dionisia Vidoz
Cecilia Orphano
Daniel Heissemberg
Liliana Mammato
Roberto Longo
Rodolfo Tornello
María Cecilia de los Santos
Alain Arnaud
Alexandre Jeronne
Mirtha Herlein
Juan José del Pino
 

 

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