Publicación 2009  

 

 

Escribir es un acto volitivo, por momentos una catarsis y casi siempre la búsqueda de uno mismo. Quienes alguna vez intentaron poner por escrito sus sensaciones, volvieron invariablemente a ceder ante ese medio de expresión. Escribir es también la búsqueda del otro, llegar al otro: el lector.  La publicación de un texto es la concreción de esas dos metas. Este espacio esta dedicado para que los talleristas puedan llegar al lector a través de la publicación de los trabajos producidos durante las clases.

Estas publicaciones se llevarán a cabo bimensualmente como producto de nuestras "Convocatorias de autores". Todos los miembros del taller podrán presentar en éstas convocatorias los textos que se hayan producido y trabajado en las diferentes clases.

La redacción

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Glóbulos traviesos   

Nivel 1° (Clase 7)

 

 

Histórico, no se tenía antecedentes de un fenómeno semejante. Dos glóbulos, entre  cinco millones de glóbulos rojos de una población emergente, de pronto, aparecían azules; y no solo eso, sino, además, de tamaño mayor. Fue sorprendente, tanto, que puso en alerta a los encargados del Departamento de Control de Calidad del bazo como, por cierto, también, a los mandamases de la médula ósea. La noticia, con carácter de urgencia y vía directa a través del teléfono rojo, llegó hasta el despacho del Ejecutivo, que, en ese momento, se aprestaba a discutir el presupuesto de orden general y por carteras ministeriales, correspondientes al año venidero.
El Presidente, don Rubicundo Rojas Carmín, de los Colorados —partido político único y de vanguardia—, aprovechando la instancia de encontrarse sesionando con su gabinete gubernamental en la Casa Colorada y atenidos a un protocolo estricto, acordaron, por unanimidad, hacérselo saber a los diferentes estamentos del torrente circulatorio. No podría haber sido de otra manera; un hecho de tal connotación no podía pasar inadvertido o ser ignorado por su comunidad.
Con un gran signo de interrogación sobre sus cabezas por no tener una explicación atingente para dicho suceso y más bien respetuosos de las tradiciones inglesas que les fueran legadas por sus antepasados, las «Red cells», en cadena oficial de radio y televisión, forzaron su declaración diciendo que eran descendientes de los glóbulos reales de sangre azul: y merecedores, con el beneplácito del cielo, a llevar una vida libre de responsabilidades, a ser colmados de atenciones especiales y dignos de los placeres más diversos como exóticos. Conclusión que fue aceptada sin oposiciones. 
Las actividades cotidianas de estos nuevos elementos, entonces, transcurrían de lo más placenteras. Despertaban generalmente tarde y tomaban su desayuno en cama; luego de lo cual, eran bañados en tinas de porcelana china con burbujas jabonosas aromatizadas por esencias traídas de la India y vestidos con tules transparentes y gasas tornasoles importados desde Arabia.
Después de este apresto matinal, todo era un continuo entretenerse y degustar de los manjares más exquisitos. Hacían excursiones a la zona de los pensamientos, allá en lo alto del cerebro; disfrutaban observando amaneceres y ocasos sentados en las ventanas pupilares; jugaban a esconderse, aprovechando lo oscuro de las cavidades ventriculares y auriculares del corazón; practicaban canotaje descendiendo por los rápidos y los remansos intestinales; tomaban baños relajantes con aguas férricas y sulfurosas en las afamadas Termas Renales; saciaban su apetito voraz en el restorán “Gástrico” y, en fin, hasta se dormían una siesta reparadora en las bien ventiladas hamacas pulmonares.
Pero la labor específica de todo glóbulo rojo: la de cargar oxígeno y transportarlo hasta cada una de las células del organismo de modo que dispusieran de la energía necesaria para cumplir con sus diversas funciones, esa tarea, poco digna de ellos, era ejecutada por los «súbditos», los obreros sanguíneos.
Éstos últimos habían observado una predilección manifiesta de estos corpúsculos azules por visitar los laboratorios del hígado en donde el farmacéutico preparaba sus pócimas terapéuticas. Acudían a dicho lugar con una frecuencia inusual y, de preferencia, durante las noches o cuando el químico, ignorante de tales incursiones,  se encontraba fuera del recinto. Asimismo, empezaban a experimentar envidia por las atenciones inmerecidas, según ellos, con que eran agasajados estos corpúsculos aparecidos. Y con las venas de sus cuellos hinchadas de bronca, hicieron saber su descontento a los organismos pertinentes. Reclamaban una falta de rigurosidad en el proceso de control de calidad porque no se estaban respetando los estándares internacionales que se habían acordado para la selección y en la admisión de los glóbulos a la sangre. Se incrementaba, por otro lado, el malestar poblacional por la holgazanería permitida a estos glóbulos de ascendencia real. Y los rumores de un origen algo turbio, comenzaban a sonar con fuerza e insistencia.
En cierta oportunidad enfermaron y debieron permanecer en cama por indicación de reposo absoluto. Con una fiebre por las nubes, desvariaban; y los vómitos y la diarrea, profusos, hicieron sus estragos ocasionándoles una deshidratación severa. No toleraban nada de lo que ingerían por la boca, de modo tal, que se les infundía suero a través de sus venas para conseguir alimentarlos e hidratarlos. Permanecían somnolientos y a punto de caer en inconsciencia. Se habían dado una comilona, de padre y señor mío, sin limitaciones y con las consecuencias consabidas.
Se hizo aconsejable internarlos. Los cuidados les fueron extremados. Una guardia roja, con dedicación exclusiva, se mantenía vigilante las veinticuatro horas del día. Los médicos epidemiólogos, ante la sospecha que se tratase de una fiebre tifoidea, habían tomado todo tipo de precauciones, incluido su aislamiento, para evitar así un posible contagio. Se le practicaron un sinfín de exámenes. Y, así, transcurrieron seis jornadas sin que se vislumbrara una evolución favorable. Los afectados se comprometían cada vez más, a pesar, de los esfuerzos esmerados de sus pares.
La mañana del séptimo día, ya inconscientes y agónicos, uno de los celadores notó que iban perdiendo su coloración azul y que sus cuerpos tornaban a un tono rojo deslavado. Tono que con el transcurso de las horas alcanzó a un rojo normal, no cabía la menor duda. Asombrados por este cambio inusitado, pidieron el concurso de diferentes especialistas. Acudieron prestos, entonces, químicos, farmacéuticos, médicos y hasta el tintorero de la lavandería comunal. Con una ampolleta que no conseguía iluminárseles, sobre sus testas, ninguno de ellos aportó idea alguna de lo que estaba sucediendo con certeza; solo daban explicaciones vagas o muy complejas que nadie lograba entender.
De súbito, alguien irrumpió corriendo y gritando con gran excitación ¡Esto podría ser! ¡Esto puede ser! ¡Creo que esto lo aclara todo! ¡Vean! Portaba en sus manos un frasco de azul de metileno y numerosas jeringas desechables, algunas usadas y otras en sus envases aún sin abrir, que había encontrado en uno de los armarios de esos supuestos glóbulos reales de sangre azul.
         
 

 

Eduardo Leiva Vega

 

 

 

 

 

Soledad

1° Nivel (Clase 1)

 

Aquí me encontraba yo, sentada al borde de la ventana con mi taza de café, era una vez más, testigo del acostumbrado ritual personal y pausado que en las mañanas  él utilizaba para liberarse de la resaca de una noche de desvelo.
Él se dirigió  a la cocina, con pasos lentos y pausados. Tenía un caminar suave, como si sus pies flotaran a unos pocos centímetros del piso de madera, aun estaba adormecido y el resto de su ser lo seguía por inercia. Calmadamente, se detuvo por algunos segundos en el umbral de la puerta, con la mirada perdida, como si tratara de recordar qué hacía allí inmóvil. El aroma del café recién colado, lo hizo salir de su ensueño. De manera instintiva, se dirigió a la alacena, tomó su tacita de siempre, la colocó sobre la mesa, vertió café, leche y azúcar, tomó su primer sorbo entrecerrando los ojos, mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro.
Supe de inmediato que la recordaba y no pude evitar que me invadiera una ola de celos y con voz ahogada y casi a punto de llorar, le dije:
  -¿Acaso has olvidado que aun no me he ido? -¿que sigo aferrada a tu piel, a tu olor…? -¿que me niego a ausentarme de tus pensamientos, de tus noches, de tu cama…? -¿Es qué no lo sabes?  -¿Ya no me sientes?
Su silencio me desgarraba por dentro,  sentía como empezaba a desvanecerme, volviéndome una con el viento, con las nubes, con el mundo, invisible. Tenía mucho miedo a desaparecer para siempre de su vida.
 -Por favor contéstame, -le supliqué. Pero  él siguió ausente e indiferente a mi presencia, a mis palabras, a mi sentir.
-No seas cruel, -le dije. Recuerda que puedo atrapar en el aire los pensamientos que se escapan de tu mente,  que sé leer las líneas de expresión de tu rostro, que conozco tu lenguaje corporal, que puedo adivinar lo que dice tu mirada…
¿Por qué no me hablas? –le pregunté, pero él continuaba ajeno a mis palabras, sin mirarme, sin notar mi presencia.
-Creo que empiezo a entenderlo, -me dije. Me está castigando. Probablemente lo merezco por haber permanecido tanto tiempo a su lado. -¿Por qué será que no puede comprender que yo sin él no existo?
-Te necesito, -le susurré.  Y él seguía allí inmóvil, sin mirarme, sin hablarme, con la taza de café en sus manos. Imperturbable, apático a mis ruegos, ignorando nuevamente mi presencia.
-¡ Bébete tu maldito café de una buena vez! –Le grité, para ver si lograba sacarlo de ese estado imperturbable…, pero él seguía insensible, sin mirarme, sin hablarme.
-Sé que la tienes en tu mente, -le dije, - puedo ver como tu rostro se ilumina, con solo pensar en ella.
 Mis ojos se llenaron de lágrimas. Las imágenes de la noche anterior venían  a mi mente una y otra vez.
 -¿Sabes que anoche…? - Le iba a comentar, pero hice una pausa  y callé, ni siquiera tenía el valor de completar la frase.
 El permanecía calmado, en silencio, inalterable… Por un momento se quedó pensativo mirando el contenido de la taza.  Tomó un sorbo y la dejó sin decir palabra sobre la mesa.
Con aire solemne y con lentitud, caminó hacia la ventana, hacia mí.
 -¿Sabes?, -le dije suavemente.-  Este silencio me está matando. Pero parecía que mis palabras se desvanecían al salir de mis labios y al entrar en contacto con el aire. El sonido de mi voz se estaba volviendo inaudible. Me aterré y pensé,  ahora sí, no me va a poder escuchar.
Y seguía a mi lado sin mirarme, con serenidad observaba en silencio la lluvia  caer a través de la ventana. Su rostro estaba iluminado. Una sonrisa se dibujaba en sus labios y enseguida supe que estaba feliz. 
Sentí como un hilo de tristeza me invadía el alma, lo veía a mi lado pero él estaba ausente, inmerso en sus propios pensamientos. Ya no podía descifrar lo que él pensaba. Mi cuerpo seguía aclarándose.  Estaba aterrada, y me preguntaba: – ¿Qué me está pasando?, ¿Por qué mi cuerpo se está haciendo cada vez más borroso? Mis manos se estaban tornando traslucidas. Traté de agarrar la taza de café, pero no pude. – ¡Oh no, que me esta pasando!, pensé.
Entonces encendió un cigarrillo, aspiró profundamente la primera bocanada  con sus ojos cerrados y su cabeza  levemente inclinada hacia arriba.  Sostuvo el humo por unos instantes en sus pulmones y lo expulsó lentamente, dejándose caer suavemente sobre el sillón. Observaba, casi hipnotizado, como la ceniza se formaba en la punta del cigarrillo, pasando de gris opaco a un rojo intenso cada vez que lo chupaba.
Y allí continuaba yo, a su lado, temerosa de mi nueva imagen traslucida y él tan cerca y, a la vez, tan lejos sin percatarse de mi cambio. ¿Acaso era más importante el estúpido cigarrillo que mi transformación física?, me dije. No lo podía creer. Mis ojos se aguaban.
 Entre sollozos le pregunté,
-¿No ibas a dejar de fumar?
Sin contestarme, él volvió a aspirar el cigarrillo, esta vez lo succionó con más fuerza, al punto de casi consumirlo por completo; como restregándome en la cara su decisión de mantenerme ajena a él. Sentí una ola de rabia y miedo que recorría todo mi cuerpo. Sostuvo el humo en sus pulmones unos segundos y lo dejó escapar  de su boca formando anillos de diferentes tamaños.
-¿Es que acaso te estás burlando de mi? – Le grité impotente ante su indiferencia.
Sin contestarme,  tomó una última bocanada, concentrándose en la sensación del humo pasando desde su garganta a los pulmones, luego lo expulsó  a través de los orificios de la nariz. Se levantó, cogió el cenicero y aplastó la colilla. Tomó su sombrero, se lo puso y se dirigió hacia la puerta.
Al verlo alejarse de mí, sentí un intenso escalofrío y en un último intento desesperado por recuperarlo, le rogué que no se fuera, le supliqué que no me abandonara de esa manera. El permaneció quieto un instante y sin decir palabra, abrió la puerta. Cuando estaba a punto de salir, se detuvo un momento, sostuvo la puerta con la mano,  sin cerrarla, pensativo y sin decir palabra.
 Sentí como mi cuerpo se helaba, mis manos estaban temblorosas, mi corazón latía con rapidez, un aire de esperanza iluminaba mi rostro. Sabía que me había recordado, que aun me quería a su lado. Luego, él cerró la puerta con suavidad. Se volteó y con pasos apresurados se dirigió hacia mí, hacia la ventana,  mi respiración casi se detuvo por completo, yo ya lo había perdonado, abrí mis brazos para recibirle;  pero no, el paso a través de mi cuerpo, sin verme, sin oírme, sin sentirme. Se acodó para mirar a través de la ventana la lluvia caer.
Ya sin fuerzas y con el corazón hecho trisas, -le grité,
-¡Toma tu impermeable y márchate!
Y se marchó, bajo la lluvia, en silencio, sin mirarme, sin recordarme.
Así quedé yo, junto a la ventana, con la cara entre mis manos y lloré, mientras sentía como mi  cuerpo se ponía cada vez más ligero, como me convertía una con el aire, con las nubes, con el viento. Ya no tenía forma definida, no podía ver mis manos ni mi cuerpo. Mi nueva condición  incorpórea había vuelto a ser una con la esencia natural de las formas mentales, solo que esta vez, sin dueño, sin autor definido. Entonces comprendí, que ya él no me necesitaba, que ya no nos pertenecíamos.  Sonreí y lo deje en libertad.

 

Mirna Costa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mis noches de Cuarto menguante

(3° Nivel - Clase 3 - Género de Terror)

 

Noches de insomnios, noches de incertidumbre, así eran esas noches de luna de cuarto menguante, noches durante las cuales,  en la vieja casa de campo tuve, que luchar con mi propio yo, con mi propio  fantasma.
Los cajones de la mesita de luz aparecían abiertos, las puertas de los roperos se abrían y se cerraban, una voz ronca que me hacía burla me perseguía en  sueños y me  producía insomnios, su cuerpo, al que siempre pude ver  era muy similar  al mío, mientras que su rostro nunca pude verlo, aunque por comentarios de la paisanada lo imaginé  muy parecido al de un mono o un gorila.
En esas noches, sobre todo en invierno, cuando la luna entraba  en cuarto menguante, él   se aparecía en mi pieza, usaba mi ropa y  hacía de las suyas por el  campo.  Los animales se asustaban corrían sin rumbo y en esas noches muchos animales se morían o enfermaban. Él se aparecía por cualquier lugar no importaba si estaba todo cerrado con llave o traba él abría las puertas o las ventanas y pasaba igual, se burlaba en mi.
Yo no contaba lo que presentía porque  estaba seguro de que me tratarían de loco,  pero el  vivir y el  dormir con esa incertidumbre me daba miedo y a pesar de que eran pocas las noches, en que él estaba ahí, yo deseaba que nunca llegaran esas noches. Porqué él, ese individuo con cara de gorila se apropiaba de mi personalidad y hacía cosas que yo no recordaba y me enteraba por comentarios de la paisanada.
No tenía explicación para dar porque más de una vez vi  que las puertas que había cerrado con trabas y llaves aparecían abiertas como por arte de magia y por las mañanas que sucedían a esas noches   cuando me levantaba sin ganas de hacer nada, era como si la noche anterior, el sueño  me hubiera agotado más que las actividades del día, parecía que en las pocas horas de esas noches de cuarto menguante se me iban  todas las energías. Mi madre se dio cuenta de que algo me pasaba. No había motivo aparente para que  una   vez por mes o mejor dicho una semana cada treinta días, mis energías se agotaran tanto. Mi madre  consultó brujas y curanderas muy de moda en la época que le dijeron que lo mío era normal en todos los jóvenes, en algunos más, en otros menos pero que todos pasábamos por períodos en que  teníamos y sufríamos de parásitos, mal que ella atribuía a todos mis desarreglos físicos .Por eso en esos días me recomendaron tomar  diferentes recetas caseras a base de ajos. Y mi padre que en esas cosas no creía, atribuía  mi decaimiento a esas cosas propias de la intimidad de la adolescencia, según afirmaba con una sonrisa burlona.
 Pero todos lo que me rodeaban terminaban por darle crédito  a la eficiencia  de  las recetas de esas brujas ya  que por lo que fuere  a los siete días todo volvía a la normalidad, las energías, los ánimos y las ganas volvían como por arte de magia y todas las brujas y curanderas sacaban pecho por la solución lograda.
Yo solo sabía que el problema era que ese ser se apoderaba de mí,  consumía mis energías, me quitaba el ánimo y me dejaba sin ganas. Nunca supe qué hacer  cuando el almanaque anunciaba el próximo  cuarto menguante y lo único que se ocurría era prepararme para  sufrir. A pesar de que  mil estrategias pasaron por mi cabeza para combatir el miedo, no puse  en práctica ninguna porque me daba miedo, mucho miedo de que todo fuera peor, que las cosas se me complicaran aún más,  sin embargo era conciente de que  algo tenía que hacer.
Las noches de cuarto menguante, todos en el campo se preparaban para agarrar a ese monstruo  con cuerpo humano que mataba o enfermaba a los animales. Todos los peones coincidían en que aparecía detrás de la luz mala y que desaparecía más rápido que un rayo y que a pesar de los innumerables intentos por nunca  pudieron deshacerse de él. Como consecuencia de ello fueron muchos los que abandonaron  el trabajo en el campo, decían que pesar de ser muy valientes les daba mucho miedo, luchar contra esa cosa, como lo llamaban.
Nadie, salvo yo sabía quién era  ese que atormentaba a todos en noches de cuarto menguante pero ese descubrimiento me costó  muchas noches de insomnio, atar muchos nudos, buscar varias coincidencias. Fue así que una noche no tuve más duda, y cuando lo supe fui por mi cuenta a ver a las brujas y a las curanderas, pero nadie me creyó.
Un día ante mi desesperación le conté a mi padre y como lo había calculado fue motivo para la cargada, lo que aumentó más aún mi preocupación y también mi rabia.
Pasaron los días, los meses y algunos años más. Cada noche en las semanas de cuarto menguante todo era igual  con el agravante de que mis padres sabían todo lo que me pasaba  lo cual hacía más difícil la situación, porque yo quería disimular, quería aparentar que había mejorado mi situación pero no lo conseguía, al contrario, cada vez se me hacía más difícil pelear contra ese que me invadía, cada vez mis energías se consumían más rápido, todo debía terminar lo más pronto posible sino yo terminaría en un manicomio, me decía  ¿ Pero cómo? ¿Qué hacer?  Algo debía hacer para sacármelo de encima , solo debía esperar tener paciencia solo se cansará, me dije en más de una oportunidad.
 Y la solución llegó en el momento menos pensado. Fue cuando mis padres decidieron  vender el campo y nos fuimos a vivir a la ciudad. Allí en mi nuevo domicilio esperé el próximo cuarto menguante pero él esa noche no apareció, ni la siguiente, ni la otra, ni nunca.  Esperé  una y otra vez en mi nueva casa de la ciudad que  en las noches de cuarto menguante mi propio cuerpo apareciera coronado por esa horrible cabeza de gorila pero nunca más, la desaparición fue total. Se había quedado en la vieja casa de campo
Algunas noches de cuarto menguante he llegado a extrañarlo pero con el tiempo estoy tratando de acostumbrarme.
                      

 

Osmar Coronel

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El regalo
(Clase 7 – Nivel 1)

 

 

 

Toda la vida había estado esperando una bicicleta y nunca llegaba.  Año tras año el día de su aniversario terminaba igual, sin el regalo que tan secretamente ansiaba y siempre se iba a la cama con un disgusto que no sabía a quién achacar, si al padre que estaba amargado desde que su madre  abandonara la casa hacía años, a una madre que no existía, a la mala suerte o a los tiempos de postguerra que tan duros se hacían.  Pero cuando llegó el día en que cumplió once años, apareció a la hora de despertarse una hermosa bicicleta a los pies de la cama.  Saltó al suelo de un brinco, se acercó a ella, la tocó dulcemente y encontró un sobre entre los radios de una rueda.  Iba a su nombre así que lo abrió, sacó el papel que había dentro y tembloroso por las dudas y el miedo, leyó “de tu madre que te quiere mucho y no te olvida”.  Ni siquiera fue al cuarto de su padre a contarle nada, salió de la casa haciendo rodar la máquina, llegó al campo y tiró su bicicleta por un acantilado.  Cuando regresó se quitó una lágrima indiscreta que resbalaba por su mejilla porque sabía que tendría que volver a esperar a que alguien real le regalara otra, una que fuera de verdad.

 

Ramón Barriuso Vargas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El puerto del amor
(Clase 14- nivel 4°)

 “El pueblo aún existe, tal como me lo describieron” pensé cuando bajé del micro. Me quedé parada en medio de la ancha calle de tierra húmeda, contemplando el amplio panorama que tenía frente a mis ojos. El pueblo se extiende como una mano, circundado del lado Oeste por los  verdes, espesos y frondosos bosques donde crecen quebrachos y lapachos,  cubiertos por una maraña de vegetación trepadora. Hacia el Este, lo riega  el caudaloso río Paraná que corre majestuoso, hacia su desembocadura, meciéndose en  un oleaje  suave y desafiante a la vez.
Cuando llegué era muy temprano y el cielo se abría  en un abanico de colores áureos. Admirando ese maravilloso espectáculo, mi imaginación se llenó de diminutas figuras de angelitos pintores, que bajaban del cielo, mojaban sus pinceles en las aguas  del río y teñían con sus témperas, el lienzo etéreo. Las pinceladas de rosas, grises, blancos, violetas y diferentes  azules, se reflejaron también en las aguas y subieron formando un prisma de siete colores, que  se arqueó hacia el Oeste, para luego descansar sobre el frondoso bosque, haciendo que el verde del follaje, fuese más luminoso. El sol, que perezosamente  fue despertando de su sueño, me sustrajo súbitamente, sus rayos fluorescentes, se posaron directamente sobre las sencillas casitas de paredes blancas y techos de colores. Las aves, comenzaron a aparecer en bandadas bulliciosas, algunas se fueron hacia el río, en busca de sus alimentos, otras, siguieron hacia otros horizontes.
  En ese pueblo nacido a la rivera del río Paraná, el puerto y el bosque, son las únicas fuentes de trabajo, hacia el puerto, me encaminé lentamente por esa calle ancha de tierra húmeda. El pintoresco pueblo, tiene de un lado los pescadores y estibadores y del otro, los hacheros y los baqueanos innatos,  que caminan seguros  por esos lugares imposibles para inexpertos. Cuando llegué al puerto, me detuve y me apoyé sobre una de las barandillas de resguardo. Los gritos alegres de los hombres trabajadores portuarios, y de los pescadores, que  después de una larga noche en medio del río, llegaban con sus barcas repletas de sus frutos, retumbaron en el silencio matinal.  No trabajaban con penas, ni con ceños fruncidos,  cargaban sobre sus  espaldas los pesados bultos,  algunos subían y bajaban de un barco mercante que ya estaba amarrado, mientras  los otros, descargaban su seleccionada pesca, todos con alegría: “Tal vez, esos gritos, son alabanzas por poder llevar a la mesa familiar, el pan  fresco, de cada día” pensé mientras miraba ese inmenso barco, mole marítima, que estaba amarrado.
“Quizás haya sido este mismo barco el que llegó por primera vez, a este pueblito ribereño” volví a pensar.  Entonces en el mismo puerto, me senté en un banco cercano a la barandilla, de mi bolso, saqué la lapicera, abrí el cuaderno nuevo y comencé a escribir:
Hace tiempo atrás, este mismo pueblo fue cuna de la niña más hermosa, de larga y rizada cabellera dorada y ojos color del impoluto cielo. De facciones y gestos dulces. De piel tersa, rosada y suave como porcelana: ---La niña más hermosa que haya tenido pueblo alguno---me dijo quien me contó la historia:” Sin duda alguna, habrá sido la reina del lugar” pensé.
La niña siempre se llegaba al puerto y pegada a la barandilla, festejaba con algarabía los amarres de cada uno de estos grandes navíos, que llegaban surcando los lejanos mares.
“Algún día, me iré en uno de esos barcos”  les decía con inocencia la niña a los habitantes del pueblo.
El tiempo pasó e inevitablemente, la niña se convirtió en una bella muchachita y no faltó al puerto, ni un solo día. Siguió fiel a su costumbre, festejando la llegada de cada navío. Pero sucedió que un día, promediando la mañana, amarró en el puerto, un barco que nunca había estado allí. La muchacha estaba parada, pegada a la barandilla y de aquel barco recién llegado, vio bajar a aquel marinero. Al pasar  muy cerca, los  ojos color de olivos del fornido marinero, se clavaron embelesados en los ojos color del cielo, de la muchacha bonita. Se miraron y se sonrieron. Esa actitud, fue el ancla que los amarró. Al atardecer de ese mismo día, volvieron a encontrarse y en el mismo lugar.
Así fue que  la historia de la niña y el marinero comenzó a escribirse. Durante los días de anclaje,   se encontraron en el puerto, pegados a la barandilla. Muy juntos y tomados de la mano, pasearon a la vera del río. Cada atardecer  el cuerpo de la niña se volvió una hoguera candente, fuego que era apaciguado en el remanso de los brazos  de su marinero. La muchachita, se convirtió en mujer. El amor, la hizo más bella aún, el perfume de mujer amada, se esparció en el aire. Los besos, caricias y promesas, fueron el corolario de aquellos atardeceres ribereños.
 El último atardecer de pleno amor encontró a la joven aprisionada en los brazos de su marinero y con sus bocas muy cerca, él le prometió que regresaría  y ella le juró que lo esperaría.  Se despidieron en el puerto, junto a la barandilla.
Mientras la muchacha caminaba, su delicado y femenino cuerpo joven aún sentía las caricias expertas de aquellas ásperas manos masculinas, su sangre corrió como lava hirviente.
En complicidad con la noche, las estrellas y la luna, el barco zarpó, llevándose consigo al marinero de espalda morena. Marinero, gaviota de puerto. El barco soltó las amarras y comenzó su marcha lenta sobre las aguas que lo llevaron hacia mar abierto. Hacia ese mar infinito.
Al atardecer, cuando la muchacha volvió al puerto,  solo quedaba el enorme vacío, que el barco había dejado. Su corazón se estrujó.
Esos días junto a su marinero, habían sido efímeros, pero enormemente poderosos.
A todos en el pueblo, la muchacha les decía que el barco, le regresaría a su amado de ojos color de olivos y mirada de fuego. Pegada a la barandilla se esfumaron sus mejores días. Sus ojos, color del cielo, se llenaron de amaneceres y ocasos. Su piel perdió lozanía y sus labios se resecaron. Pasó el tiempo y nadie logró alejarla del puerto. Su larga y rizada cabellera dorada, se blanqueó mirando la lejanía. El tiempo, no le regresó a su marinero moreno. Se secó cual flor al viento. Sola buscó el olvido. Sola, habló con su espíritu. Sola, caminó por la orilla del  Paraná, diciendo incoherencias. En el pueblo comenzaron a llamarla “la loca”.
El destino final de la que fuera la muchacha más linda del pueblo, fue el manicomio. En ese frío lugar,  y hasta el último día de su vida terrenal, siguió diciendo que las golondrinas del verano le regresarían el barco y a su marinero de espalda morena, de mares y de melodías.
Las horas habían pasado vertiginosas, el sonido grave de la sirena del enorme barco, me atrajo a la realidad. Las amarras se soltaron y el navío comenzó su lenta marcha, meciéndose sobre las aguas del río Paraná, buscando el caudal que lo llevara hacia el mar infinito. En mi imaginación ubiqué en ese barco a la niña hermosa con su marinero moreno y me quedé parada junto a la barandilla, mirándolos, hasta que el barco se perdió en la lejanía. Luego regresé caminando lentamente por esa ancha calle de tierra húmeda.

 


Lidia Zamora

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Siempre el techo
 (Clase 4 – nivel 1)

 

El día de su cumpleaños, Antonio no lucía mal con su traje modesto, dada su condición esbelta y sus rasgos finos. Un portero lo detuvo a la entrada del Casino.  Mientras chequeaba su permiso para portar armas, Antonio se quedó unos minutos oyendo la voz de una mujer que leía números.  Sentía el frío del aire acondicionado. Fue entonces  cuando miró la figura de una muchacha que lo hizo pensar en Marlys. Decidió llamarla pero el celular de ella estaba ocupado.   De repente sintió una algarabía en una de las mesas, las personas se abrazaban y celebraban y él comprendió que habían ganado el bingo.
Sus amigos lo encontraron ensimismado cuando lo vieron, y le ofrecieron si quería ir a la mesa con ellos. Él aceptó. Eran tres parejas: Cámely con Alexander, Barcos y Ana Eliza y Jorrés con Liliana. Cada uno lo felicitó por su cumpleaños.
Barcos era siempre el más ganador en las apuestas, pero esa noche no andaba muy bien.
– ¿Viniste solo? –preguntó Jorrés. Antonio hizo un gesto afirmativo.
– ¡Vamos a ver si te conseguimos una pareja! –propuso Jorrés. Antonio se encogió de hombros sin dar mucha importancia al asunto.
– Yo se la consigo –prometió Cámely, que era tal vez la más allegada a Antonio– A los cuarenta años, ya es hora de que al acostarte tengas a alguien a tu lado, y no te eches simplemente a mirar el techo.
– No es necesario –dijo Antonio marcando de nuevo el número de Marlys. La chica atendió, pero por la cara de Antonio parecía que ella no estaba dispuesta a aceptar la invitación.
– Está bien. Entiendo. Buenas noches –dijo Antonio. Entonces, ante la mirada de sus amigos explicó:
– Dice mi no…–Antonio se detuvo– Dice mi amiga, que cuando no se tiene suerte en el amor, se tiene en el juego, y viceversa.
Los amigos echaron a reír y Barcos, poniendo el vaso de whisky en la mesa, estalló con su vozarrón:
– Entonces voy a pelearme con mi mujer.
Antonio nunca había jugado y apenas si entendía algunas de las apuestas. Sin embargo se lanzó a la aventura. Empezó con los dados y casi ganó la primera vez. A partir de la segunda vuelta, empezó a acumular triunfos y ganancias.
– Tiene razón tu amiga, –dijo Ana Eliza riendo– me imagino que te está yendo mal en el amor.
Antonio sonrió y nuevamente se encogió de hombros. Tomó sus fichas con calma, le dio algunas a sus amigos y otra a uno de los trabajadores del Casino. Ante los triunfos, se sintió optimista y llamó de nuevo a Marlys y la invitó a su celebración.
– Estoy ganando. –anunció Antonio a su amada– Espérame y te busco…discúlpame, no lo sabía…
Antonio permaneció unos segundos escuchando el teléfono y luego preguntó:
– ¿Pero pudieras venir aun que fuera un ratico solamente? ¡Anda no te hagas rogar!
El rostro de Antonio era sombrío y finalmente se despidió de su amiga.
Luego pasaron a la máquina de carreras de caballos, y Antonio apostó a un alazán de nombre Dominguero.
– Por Domingo. –dijo alzando el vaso de whisky– Un buen amigo de la infancia.
Dominguero vino desde los últimos lugares para sorprender a todos. En ese momento los apostadores pusieron la vista en Antonio.
En la ruleta Antonio pidió instrucciones a Barcos, quien se tomó la molestia de explicarle lo referente a los colores y los números, para terminar vociferando:
– ¡Es cuestión de suerte!
– ¡Como le va mal en el amor! –exclamó bromeando Ana Eliza.
Antonio ganó la apuesta y el dinero iba acumulándose cada vez más.
Mientras pasaba por varios juegos, Antonio continuaba ganando, sin entender bien las razones de su triunfo. Al final, ya no sabía cuánto había acumulado. Barcos, que conocía los mecanismos para cambiar las fichas en dinero, fue el encargado de contar las ganancias. Quedó boquiabierta:
– ¡Cinco millones! –dijo. Y luego echaron a reír. Antonio sonrió sin hacer mucha alharaca.
– Ríete, –le instó Liliana– ¡Eres millonario!
– Esa, señores, –aclaró Barcos– es sencillamente la característica del buen jugador: frío, calculador, y que controla sus emociones. –Entonces levantó el vaso para brindar, pero antes se corrigió– Más que controlar sus emociones, las esconde. –Y mirando el rostro sonriente de Antonio, le dijo:– ¿No es cierto? Dime la verdad.
– ¡Es cierto! –respondió Antonio esbozando una tímida sonrisa.
– No –dijo jugando Ana Eliza– Lo que pasa es que siempre le ha ido mal en el amor –y todos echaron a reír.
Le trajeron tres maletas repletas de billetes. Entonces Antonio decidió tomar el penthouse del hotel para pasar la noche con sus amigos, y después de que Marlys se negó a acompañarlo nuevamente, y le reclamó por despertarla en horas de la madrugada, Antonio llamó a una dama de compañía.
La chica era morena y esbelta, tal como le gustaban a él. Se llamaba Natalia, y era mucho más joven que todos ellos. Sus amigos comprendieron que era una trabajadora sexual, pero no dijeron nada.
Celebraron con champaña, comieron caviar, conversaron, bromearon y rieron de las ocurrencias de Barcos, que invitaba a Antonio a examinarse la próstata:
– A los cuarenta hay que hacerse esa vaina, –decía con plena convicción– no le tengas miedo.  
– Siempre el techo –sonrió Antonio. Estuvo algunos segundos viendo a sus amigos y luego regresó a su habitación. Se echó en la cama lujosa, que no se parecía en nada a la suya. Automáticamente sus ojos se toparon con el techo.
– Con cinco millones, pero es lo mismo –dijo de nuevo riendo.
Era un techo con muchos adornos y figuras en relieve.  Las formas de las luces lo atraían, le resultaban por demás interesantes
– Pero es lo mismo –repitió Antonio.
Se levantó y tomó las maletas. Volvió a las habitaciones de sus amigos y dejó parte del dinero junto a Natalia y las tres parejas que aún dormían.
Después regresó a la cama y se disparó en la boca.

 

Carlos Mendoza

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sentimiento de culpa
(Clase 10 – 2° Nivel)

 

 

El cuarto de costura tiene las paredes de color azul con profundas grietas causadas por la humedad. Grietas profundas como la culpa, mi culpa.
Durante la mañana se mantiene oscuro y helado, por eso siempre hay un pequeño calefactor junto a los pies hinchados de la Tata que tiembla de frío y lleva una chalina alrededor de los hombros, encima de mucha ropa de lana. Durante la tarde, a partir de las cuatro, el sol entra a raudales por la ventana occidental calentando sin clemencia a la Tata, que suda pero que no se quita su chalina. A veces tengo miedo de entrar en la habitación de costura porque fue ahí donde vi a la Tata llorando.
Mi abuela dice que debemos respetar a la Tata porque ha trabajado ya más de 40 años con la familia. Dice que entró a trabajar siendo una niña, o sea que debe tener alrededor de 50 años o más. Crió a mi mamá y a mis tíos. Manejó la casa, la compra y mandó sobre una cantidad de sirvientes de los que mi abuela casi no se acuerda. Ha amasado y horneado toneladas de pan, tortas y budines. Ha hervido litros y litros de miel de raspadura para regar sobre los sándwiches de queso caliente que dos generaciones enteras han devorado a las cinco de la tarde, a la hora del té, hora en que en la casa de la abuela se toma café. Y si en casa tenemos el mejor café de altura, mejor que el colombiano es porque La Tata lo compra al granel en una tienda del centro, lo tuesta a la temperatura exacta y lo muele en el “molinillo” que perteneció a mi bisabuela.
     —La Tata es hija ilegítima de un pariente mío y de una india pata al suelo que trabajaba en la hacienda de un tío. La pobre tiene unos diez hermanos, todos hijos de indias distintas. El padre de la Tata creía que tenía un harem, pero de puras apestosas—Dice la abuela.
El que la Tata sea pariente nuestro es algo tan vergonzoso que nadie debe enterarse. Mi mamá me hizo jurar que yo no repetiría nunca lo que acababa de oír. La abuela metió la pata, y todos me recriminan a mí, como si yo tuviera culpa de los pecados de los mayores, mi único delito es haber estado presente cuando la abuela confesó esa verdad a mi mamá.
Ahora, que estoy  leyendo “Brigitte Optimista” de Berthe Bernage recostada en mi cama, mientras se oye la lluvia golpetear con fuerza en la claraboya pienso en la Tata y en lo cruel que fui cuando entré en el cuarto de costura y le dije: “Te crees parte de la familia, pero siempre serás una sirviente.” Entonces, la Tata se puso a llorar y el cuarto de costura se llenó de grietas oscuras sobre la pintura azul. Mi tristeza nubla las páginas del libro y me identifico con los adolescentes melancólicos y perturbados de la novela de Bernage. Quisiera ponerme de rodillas y pedir perdón. Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa.

 

Águeda Pallares

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La  Puerta
(Clase 8 – Nivel 2°)

 

 

El hombre de saco negro y ojos oscuros dejó la calle apresuradamente y entró a su casa, cerrando la puerta tras de sí. Estaba agitado y tenía  la cara y las manos sudadas. Ajustó la cerradura, se quitó el abrigo y se sentó agotado en la única silla que había en el cuarto Se tomó la cabeza con las manos y apoyó los codos sobre las rodillas aún temblorosas. Había corrido  mucho y creyó haber dejado atrás a sus perseguidores. En los últimos metros les había sacado suficiente ventaja cómo para perderlos de vista, pensó. Fue cuando apuró la carrera y abrió la puerta que le garantizaba la salvación.  Esta vez si que casi lo agarran; sintió el miedo atragantado en la boca, no estaba a salvo; tarde o temprano “ellos” volverían. Colocó la vieja mesita detrás de la puerta y la trabó con un palo de escoba.  Aún así sus ojos no se despegaban de esa madera vieja y sucia que marcaba el límite entre su vida y su muerte.  Ya se lo habían avisado varias veces o al menos así le había parecido: “los códigos no se rompen y se pagan con la vida”.  El los había transgredido todos. Y ahora el terror había invadido cada centímetro de su piel y cada gota de su sangre que con muchísima frecuencia, abandonaba su rostro. Se había acostumbrado a ese color amarillo-verdoso de su cara y también a la oscuridad pronunciada de sus párpados, tanto como a las pesadillas que a la madrugada lo invadían.  Soñaba con la puerta rota, hecha jirones en el piso, los muebles desparramados  y con “ellos” que entraban a matarlo.  Se despertaba con un agónico grito de terror y se levantaba aún mas agitado. Cuando  salía de su cuarto-prisión lo hacía encapuchado y con anteojos oscuros, aún en los días de calor agobiante porque él sentía que esa capucha lo protegía, le salvaba la vida. Trataba de no asomarse a la calle pero a veces era imposible no hacerlo: algo debía comer y beber. Buscaba las provisiones en los lugares  mas cercanos posible y regresaba corriendo a buscar la protección de la puerta.. En varias oportunidades había intentado huir a otras ciudades u otros barrios, pero adonde se dirigiese se le cruzaba alguno de sus perseguidores. Y volvía a su cuarto oscuro y sucio. Era su único refugio. Al cabo de un tiempo llegó a familiarizarse con este juego de huidas y persecuciones: si ganaba continuaba y si perdía lo mataban. Para distraerse de la  angustiosa espera trataba de imaginar otras posibles formas de vida; no las encontraba. Sólo esconderse y sentir miedo. Se preguntaba que pasaría si ya no sintiese ese miedo y se dio cuenta de que nada había previsto para un futuro sin escondites y corridas.¿ Y si nunca mas lo embargara la emoción del peligro y la agitación de abrir la puerta salvadora? Desde que comenzó esta tortura muchas veces hubiese querido saber por qué no lo mataban de una buena vez. El era demasiado vulnerable y estaba muy expuesto, casi tanto como un pájaro ciego o una fiera acorralada.   Sin embargo ellos no lo  hacían.  A medida que pasaban los días con sus espantosas noches, algo empezó a entender; una inquietante sospecha le fue dominando el alma. Primero fue una sensación de alegría o por lo menos de alivio, pero duró poco. La certeza de estar en la trama de una maquinación diabólica le fue ganando el espíritu; trataba de entender lo que pasaba del otro lado de la puerta y no descifraba el misterio. Sólo sabía que había algo mas, mucho mas. ¿Cómo averiguarlo? Había un solo camino: enfrentarlos; lo de mirarlos de frente era nada más que un deseo no realizable; nunca los había visto y no se atrevería a hacerlo. Lo único que escuchaba eran los pasos apurados que lo buscaban y los latidos desacompasados de su propio corazón. Pero hoy debía comprobar algo. Salió sin la capucha y caminó dos cuadras más para aprovisionarse. No apuró el paso, no corrió, no se agitó. Esperó helado el tiro en la sien como se lo habían prometido tantas veces, o como él lo recordaba. Se detuvo en la oscuridad de la calle casi podía escuchar las dos respiraciones que sonaban al unísono: la suya y la de su ejecutor. Luego, tan claro como si fuese real, un pequeño sonido el de un revolver amartillándose y un grito que le desgarró el tímpano. – Corré  corré, que te mato!  Y él corrió y volvió a refugiarse detrás de la puerta. Se sentó deshecho en lágrimas en la misma única silla. El miedo lo paralizaba. Y ahí realmente se  sintió un títere perfecto, un estúpido manejado por invisibles hilos. El juego estaba claro; se dio cuenta de que sus asesinos nunca lo matarían mientras él siguiese corriendo: si lo mataban ya nada  les quedaría y ellos, quizás, tampoco habían hecho otros planes para una vida sin persecuciones. El único plan de ellos era perseguirlo y el suyo dejarse perseguir.  Se preguntó desconsolado hasta cuándo seguiría la tortura de la incertidumbre.  Y en sus preguntas fue aún más allá: ¿de qué lado de la puerta estaba el Cancerbero?  ¿De qué lado  había prisioneros? ¿Quién era el  gato y quién el ratón? Daba igual, todo daba lo mismo. Espejos contrapuestos, dos caras de una misma moneda.  Ninguno podía existir sin el otro, ninguno escaparía a las amarras que los ataban entre si.  Eran lo que eran en la medida que el otro siguiese en su lugar y jugando su mejor rol. La rueda sin fin del destino irrenunciable  había atrapado a los habitantes de ambos mundos en una trama perversa y perfecta: la incertidumbre de la vida frente a las certezas de la muerte.   Ese día se vistió y volvió a salir; sabía que el regreso sería apresurado y terrorífico. Pero sonrió y abrió la puerta. Salió a jugarse la vida una vez más; ¿qué otra cosa puede hacer un equilibrista  sin red? se preguntó. Quizás hoy  lograse  la certeza que hace mucho esperaba y daría fin a esa macabra ruleta. Tenía que comprobarlo de una buena vez; si los otros no daban el paso decisivo él los obligaría a hacerlo. Se apretó a la pared blanca que separaba su casa del exterior; miró con suspicacia  a cada lado y metió las manos en los bolsillos del saco negro. “Ellos”creerían que estaba armado y lo fusilarían ahí mismo; alguien debía terminar este juego. Se quedó quieto, expectante, aterrado. Casi no respiraba. Sus ojos negros, él pensó, se habían convertido en potentes rayos laser que perforaban la oscuridad que velozmente llegaba  en esta tarde de otoño acalorado. No se movió en cuatro horas. Se hizo de noche y él siguió apoyado contra la blanca pared que resaltaba su magra figura desarmada. Se sintió increíblemente cansado y pestañó varias veces. El sueño lo venció.  Se fue deslizando lentamente, cayó de rodillas y luego se acostó en la vereda sucia y despareja. Se durmió con una calma imposible de creer sabiendo cómo habían sido sus noches anteriores; en paz y casi sin sobresaltos llegó la mañana de sol. Se despertó.
Se tocó la cara y el cuerpo; aún estaba vivo. No lo habían matado; no supo si debía alegrarse o considerarse ya definitivamente condenado a este destino de perpetuo fugitivo. A pesar del calor se calzó la capucha de lana oscura y empezó a correr emitiendo terribles gritos de terror. Dio una vuelta completa a las calles circundantes; cuando estaba por completar la segunda vuelta los volvió a oír; los pasos lo seguían y las amenazas le perforaban los tímpanos. Dejó la calle apresuradamente y cerró la puerta tras de sí. Se desplomó en la desvencijada silla y se tomó la cabeza con ambas manos tratando de no escuchar los gritos de afuera.

 

Dionisia Vidoz

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pretensiones
(Clase 7 – Nivel 1°)

 

Cuando chico, me había convertido en líder de los pibes de la cuadra y buscaba permanentemente demostrar mi capacidad de conducir. Los desafíos superados inflaban mi prestigio.
Aunque hubo una noche en que levantando la vista hacia lo oscuro, me vi como una criatura manipulada y puesta en ridículo por la vanidad y mis ojos ardieron de angustia y de rabia.
En aquella oportunidad les propuse hacer una incursión a la casa abandonada del pueblo. Estaba así desde hacía años. Circulaban entre los chicos del barrio diez versiones acerca de su origen y su estado actual, todas historias fantásticas.
Había sido traída de Inglaterra o Estados Unidos, no era de las de madera y chapa que se construían por aquí sino un chalet de varias aguas, ventanas con postigos y detalles de comodidad y ornamentales que aquí, por razones de costo, no se consideraban en la construcción.
Algunas versiones del origen de la casa tenían que ver con el carácter de “pueblo-puerto” del lugar en que vivíamos que había sido playa de desembarco de marinos de varios orígenes. Entre todos esos orígenes a los ingleses los poníamos en primer lugar, seguramente por haber sido protagonistas de las historias de piratas y barcos fantasmas que veíamos en el cine con tanta fruición.
Una versión decía que había sido habitada durante la colonia por un inglés que había fallecido en circunstancias dudosas y, consiguientemente, había dejado su maldición para perseguir a todos quienes osaran perturbar lo que había sido su hábitat en vida.
Otra  versión que circulaba  era acerca de una mujer, supuestamente también oriunda de aquellas islas, que vaya a saber por qué traición o desgracia, había dejado su alma vagando por la casa para temor y curiosidad de los vecinos.
El caso es que era una prueba de hombría visitarla, sobre todo al oscurecer. No era una exigencia hacerlo a la hora de las brujas, ya de nochecita estaba bien.
Por mi parte, rebosaba suficiencia y ante una insinuación sobre el coraje necesario para explorarla, lancé la invitación.
Después de varias pasadas para estudiar la forma de entrar y, por qué no, de salir apresuradamente si el caso lo requería, planeamos una visita a corto plazo. Así nos recibiríamos de “grandes”.
De afuera no se veía nada extraño, solo desorden, pocos muebles y papeles tirados por todos lados. Una puerta que parecía endeble en  un costado, sobre la galería, podía ser el lugar indicado para entrar. Hubiera preferido el frente, más cerca de la civilización, de lo conocido, pero este no ofrecía huecos.
El día indicado, a la hora señalada, estábamos los cuatro que habíamos confabulado en la esquina, nerviosos pero decididos. Yo, temerario conductor, iría a la cabeza. Me seguirían Beto y Lucho, mientras Tito, a último momento y a duras penas, solo aceptó quedarse de “campana” afuera.
Nos mandamos decididos y comenzamos la exploración. Había varias habitaciones con pisos de pino “Thea” que, al crujir bajo los pies, aceleraban nuestros latidos y aumentaban nuestra sensibilidad al máximo. Para sumar temores, tenían cámara de aire por debajo, lo que habilitaba más lugares para las almas perdidas, según dedujimos en aquel momento.
Encontramos papeles escritos con pluma y tinta y estampillas de vieja data, aunque conocidas, nada importante, ni sorprendente o sospechoso. Cuando estábamos entrando en confianza, ya desprevenidos de cualquier acechanza, se escuchó un largo y lastimoso gemido que nos penetró hasta la médula. Nos paralizamos un instante y, al siguiente, le estábamos pasando por arriba a Tito que bajo el dintel de la puerta asomaba su nariz tímidamente al interior. Una vez en la vereda nos vimos todos enteros, aunque yo me sentía humillado en mi carácter de líder, al haber corrido primero. Se rieron de mí cuando Tito confesó que el gemido había sido el  gozne de la puerta que, oxidado, había lanzado su lamento cuando él la forzó un poco más para mirar qué pasaba adentro.

 

Juan José del Pino

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El desayuno
(Nivel 1° - Clase 1)

 

 

La mujer se había levantado antes de la hora para poder prepararle el desayuno.  Calentó la tostadora, sacó la mantequilla y la mermelada del frigorífico para que se fuera atemperando y preparó dos platos que sacó de la alacena.  Desmontó cuidadosamente la cafetera, la llenó  de agua, abocó el polvo de café en el cacillo y se detuvo a pensar un momento.  Si, se dijo, es necesario hacerlo, ya nunca más, de modo que abrió el frasquito que llevaba en el bolsillo del delantal y mezcló su contenido con el  del café.
Mientras esperaba oír el ruido del café hirviendo,  se sentó a la mesa y, acodándose en el borde,  miró la puerta por donde él tenía que entrar. Llegó,  se hicieron una caricia, un beso en la mejilla, una sonrisa que resultó ser triste y un saludo de buenos días que salió a media voz.

                                       Echó café,
                                       Echó leche
                                       En la taza de café…

No se dijeron nada más, sólo aquel “buenos días cariño” que quedó flotando en la cocina como una neblina demasiado densa para disiparse aunque no lo suficiente como para deshacerse en el suelo.

                                       Echó azúcar
                                       En el café con leche
                                       Con la cucharilla
                                       Lo revolvió

Ella le untó una tostada de pan con  mantequilla y le añadió  aquella mermelada de naranja amarga que tanto le gustaba a él y que compraban en una tienda especializada de alimentos de alta categoría porque era el único sitio donde encontraban aquel sabor inglés, de importación.  Cuando acabó, miró la rebanada de pan como con querencia, esbozó una sonrisa y  la puso delicadamente en el plato de él.

                                        Bebió el café con leche,
                                        Dejó la taza
                                        Sin hablar.

Cuando el hombre dejó la taza sobre el platillo, buscó un paquete de cigarrillos en sus bolsillos y encendió uno.  Aspiró el humo tan intensamente que notó como le atravesaba los pulmones y parecía llenarle el estómago mezclándose con lo que estaba comiendo.

                                         Encendió un cigarrillo
                                         Hizo anillos del humo
                                         Volcó la ceniza
                                         En el cenicero.

Ella le preguntó si no se acababa  el  resto del desayuno,  él hizo un gesto negativo con la cabeza, la miró recorriendo lentamente el  cuerpo de ella desde los pies a la cabeza, le cogió las manos, se las llevó a la boca y se las besó con un cuidado exquisito y entre el velo tenue de dos lágrimas que querían salir de su escondite y recorrer las mejillas vio otras dos en la cara de ella que, en este caso ya libres, sí se deslizaban carrillos abajo.  No supo si avergonzarse o seguir su camino impasible y dudoso, volvió de nuevo a su silla para levantarse casi al instante.

                                           Sin hablar
                                           Sin mirarla se puso de pie
                                           Se puso el sombrero
                                           Se puso el impermeable
                                           Porque llovía

Entonces él notó una punzada en el estómago, aguda, como una puñalada de estilete, fina y corta.  Se puso la mano en la cintura y siguió caminando.

                                            Y se marchó
                                            Bajo la lluvia

Sabía que ella le había puesto algo al café.  Quiso reír cuando recordó  una canción de los años 60, de un tal Antoine, un francés con melena y sin personalidad pero que cantaba “veneno  en el café” o algo parecido y que era una canción incluida en un disco que aglutinaba temas rebeldes y que se llamaban “Las elucubraciones de Antoine”. Intentó hacer memoria.  Hacía días que temía que su esposa  perdonara aquello que, por mucho que dijeran, ninguno de los dos olvidaría y ahora se veía  sin una y sin otra y sin ninguna, sin nadie y sin futuro, sólo, sin esperanza, abandonado, solo dueño de la calle.

                                             Sin decir palabra
                                             Sin mirarla
                                            

Le quería gritar, no te vayas, yo te curaré, ven a mi, le reclamaba, no sé qué haré sin ti, no sé si sabré vivir en soledad, sin tu compañía de tanto tiempo, y tus manos de treinta años en mis manos de treinta años y nuestras noches para siempre ya sin ti…Vuelve…

                                              Y se cubrió
                                              La cara con las manos
                                              Y lloró

 

 

Ramón Barriuso Vargas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Mujer Espectral
Nivel 2° (clase 16)

 

 

La brisa silbaba suave sobre las leves olas del lago. Las sombras se cernían ya sobre las pequeñas cabañas de la orilla. Lago Pedregoso era un pequeño pueblo de la Patagonia  compuesto por unas veinte cabañas de estilo alpino, cada una con su hermoso jardín cuidadosamente mantenido, distribuidas alrededor del lago que daba nombre al pueblo. En el centro había un almacén de ramos generales;  una lancha  llegaba desde Bariloche dos veces por semana con las provisiones y las novedades y una pequeña capilla blanca daba la bienvenida junto al camino que conducía a las ciudades de los alrededores, enormes monstruos turísticos comparadas con este pequeño paraíso escondido entre la profundidad del bosque y la transparencia del lago.
Los habitantes de este pueblito eran en su mayoría familias que habían escapado de la inseguridad citadina, creando desde hacía años una confraternidad muy unida, donde la solidaridad era la virtud primera. Los niños jugaban tranquilos en las callecitas de ripio. Todos se conocían, todos iban a la escuela juntos, en el salón de la capillita, donde la única maestra entre los habitantes de Lago Pedregoso dictaba clases para todos, desde los niños más pequeños hasta los más grandes que debían rondar por los diez o doce años. Los padres trabajaban en las ciudades cercanas, que quedaban a más de una hora, y preferían viajar en sus automóviles todos los días, antes que mudarse a una gran ciudad y resignar la tranquilidad que habían encontrado al mudarse allí.
Pero todo cambiaba al caer la noche: las madres llamaban desesperadas a sus hijos, instándolos a entrar rápidamente en su casa. Los juegos quedaban abandonados, balanceándose sólo al ritmo del ulular del viento  cordillerano. Las puertas de las cabañas se cerraban y eran trabadas. Las luces trataban inútilmente de crear la sensación de que el sol no se había ido del todo. Y entonces, sucedía. El espectro de una mujer de cabello largo que flotaba al viento aparecía en el muelle, caminaba desde el lago hacia el bosque por el camino de pedregullo y luego desaparecía en la neblina de la base de la montaña. Los más antiguos del pueblo contaban que en los comienzos del pueblo un niño se había quedado jugando junto al muelle hasta el anochecer y allí se había cruzado con la mujer espectral. Su madre no había podido hacer nada, más que mirar cómo el fantasma tomaba a su hijo de la mano y se lo llevaba con ella. El cuerpo del niño no había vuelto a aparecer, pese a que habían rastrillado toda la zona, aunque los habitantes de Lago Pedregoso contaban que desde esa noche la mujer de cabellos largos aparecía en el muelle junto al fantasma de un niño que jugaba a su lado.
Un par de turistas habían llegado ese día a visitar a su familia desde Buenos Aires y escuchaban con avidez la historia de la boca del tío Juan, un hombre que hacía años se había mudado a Lago Pedregoso. El relato sólo era interrumpido por el crepitar de la leña en el hogar. El ambiente era cálido adentro contra el helado frío de afuera. Pero nadie se atrevía a  mirar por la ventana. La claridad de la  luna llena se reflejaba en el lago, dando la sensación de crear  un camino entre las profundidades y la superficie. La noche ya se volcaba profunda sobre el pueblo. Los búhos ululaban entre los pinos y el aroma de la trucha asada inundaba el pueblo. Las familias se reunían junto a las chimeneas para contarse todo lo ocurrido durante el día y protegerse del miedo de la noche.
La casa del tío Juan estaba hoy llena de gente, de modo que había más ruido de lo normal y fue en ese momento cuando Agustín, el sobrino de catorce años recién llegado de Buenos Aires, que sentía arder su rebeldía adolescente y desafiar la leyenda contada por su tío, sin que nadie se diera cuenta y muy lentamente, abrió la puerta de atrás y escapó hacia el muelle. Aunque tiritaba de frío, agitó su buzo hacia la casa para que todos se percataran de su hazaña. Pero nadie estaba mirando por las ventanas, a excepción del tío Juan, que se sobresaltó al ver como su sobrino se alejaba cada vez más. Agustín corrió, dispuesto a enfrentarse a la dama espectral para desmentir las historias de su tío, cuando algo lo golpeó en la cabeza. Cayó, atontado pero con sentido aún, y entonces vio una sombra abalanzándose sobre él. El miedo lo paralizó. Quería gritar, pero no podía. Quería moverse, pero el pánico lo dominaba. El frío le helaba la sangre mientras veía una mano pálida que brillaba a la luz de la luna  y se le acercaba. Una sensación de ahogo lo recorrió y se sintió morir. Pudo ver con claridad un espectro de mujer a su lado sosteniendo con firmeza una mano helada alrededor de su cuello. Agustín  oyó pasos que se acercaban. Luego reconoció la voz de su tío, que venía en su auxilio cuando éste gritó: tenía los ojos clavados en la cara del espectro. El tío Juan cayó muerto de miedo en medio del pedregullo, los ojos y la boca abiertos, mirando con terror  la nada. Agustín, que estaba a su lado, respiró por última vez.
  Al día siguiente, una caravana de autos partió hacia Bariloche. Las cabañas quedaron con las luces prendidas, los jardines desolados. Desde entonces cada noche en el muelle una mujer espectral vuelve a aparecer junto a un niño, un muchacho y un hombre que la siguen, caminan por el pedregullo hacia la base de la montaña y desaparecen en la neblina.

 

Claudia Schuardt

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El nombre de Roberto
Nivel 1° (Clase 2)

 

 

Roberto llegó a su casa cuando el cielo empezaba a ennegrecerse y el viento iba trayendo un frío húmedo. Vivía en un departamento pequeño y oscuro en la entrada de la ciudad, cerca del río. El único ambiente estaba amueblado con una cocina sucia y una heladera vieja cuyo motor hacía ruido a latas revolcándose. En el centro de la habitación había una mesa y dos sillas, y contra la pared, una cama con cobijas un tanto pequeñas. Tenía una única ventana que daba al callejón que conducía a la avenida costanera. Desde allí podía escucharse el constante transitar de los miles de viajeros que llegaban a comprar gran variedad de artículos de baja calidad, a muy bajo precio, en la feria del puerto.
En el cajón de la mesa guardaba un revólver de mediano calibre que alguna vez había comprado en un puesto de baratijas que ofrecía, en verdad, poca cosa, pero al cual se podía acceder, gracias a una sutil contraseña, a la tienda trasera custodiada por un hombre enorme y hostil que habilitaba o no, el paso. Para él no había sido difícil, con solo mostrar uno de esos billetes extranjeros lo habían dejado entrar sin demasiada pregunta.
Puso el revólver encima de la mesa y lo vació. Sentado, meditativo, fingiendo empeño estuvo haciendo caer el percutor hasta que empezó a declinar la sosegada tarde de invierno. Una y otra vez el dedo en el gatillo y él agazapado en el centro del silencio endurecido que lamían perros, gatos, las bocinas lejanas balanceadas sobre el río.
Saber que ella estaba con otro le provocaba una gran indignación que no podía llamar “celos”. Él en realidad, no la amaba, no conocía ese sentimiento. Aún así, se sentía traicionado. A pesar de haber aceptado desde un principio las condiciones de la relación, Roberto hubiera querido que fuera exclusivamente suya. Él no era un criminal, pero al fin y al cabo ¿quién era? Al no hallar respuesta decidió que un crimen pasional le daría un nombre: “El Homicida”. “El Asesino”.O mejor aún: “El Redentor”.
Entonces salió a buscarlos. Afuera lloviznaba. Él caminaba lentamente por la avenida costanera hacia el centro de la ciudad mascullando un plan poco definido. En el bolsillo del piloto llevaba el revólver con dos balas.
Recorrió algunos bares, testigos de su rutinaria soledad, sin hallarla. “Seguro, estará revolcándose con el otro en alguna cama de sábanas turbias”, pensó. Preguntó por ella y luego subió por una calle angosta que conducía al barrio de los faroles hasta llegar a una puerta cancel entreabierta que, a través de un pequeño hall, conducía directamente a una escalera alta y estrecha. Intuitivamente entró y subió. En el primer piso había una puerta herméticamente cerrada de la cual colgaba un buzón cargado de sobres y papeles viejos encajados en su ranura, y más allá, otra puerta mal cerrada con una cadena y un candado que permitían ver que allí no había nadie. Siguió subiendo y en el segundo piso se encontró con un cartel mal plastificado colgado en la puerta que decía: “Golpee y espere ser atendido”. Adentro se escuchaban risas, una música de fondo irreconocible y sonido de cascabeles o maracas. Entre esos ruidos, Roberto le reconoció la voz. Estaban de jolgorio.
Esperó sentado en el primer escalón sin golpear. Estaba decidido, hoy conseguiría un título, un nombre, y con suerte, la página de los policiales hablaría de él. Distraído en esos pensamientos se le pasaron rápidamente los siguientes minutos y casi debió apurarse para colocarse al costado de la puerta cuando escuchó que se acercaban para salir.
Al abrirse la puerta, ella despidió a su cliente con una caricia en el cuello y un beso que lo invitaba a repetir la visita y, mirando a Roberto le dijo:
– ¡Hola! No escuché la puerta, pasá.
Él se quedó pasmado y ella no advertía ni de lejos, a qué se debía su visita.
– ¡Qué sorpresa! Creí que preferías que yo te visitara.
Una vez adentro, le sirvió una copa de bebida espumante que había sobrado del turno anterior y susurrándole al oído agregó:
– En unos minutos vuelvo, no te vayas...
Roberto, sentado en el sillón solo atinó a beberse de un trago la espuma y su valor y salió del departamento cuesta abajo sin detenerse.
Al día siguiente, el diario local anunciaba entre sus titulares:

“Un suicida junto al río”

 

Laura Delgado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aquellas botas negras altísimas
Nivel 1° (clase 12)

 

 

Su piel bronceada y brillante sugería una región del planeta llena de vida y de color. No era un hombre muy alto ni demasiado delgado. Sus manos, sugerentes aunque pequeñas, invitaban a las damas. Él no se resistía y lo que es más, las retenía con sus movimientos y sus modales de caballero. Pero esos amores inevitables no colmaban su corazón rebelde. En el fondo, Agustín era un solitario. Pasaba largas horas abstraído, recorriendo otros mundos desconocidos para todos aquellos que lo rodeaban pero  no los compartiría, no pensaba siquiera en hablar de  su rico universo interior.
Cuando Agustín dejaba su refugio íntimo, asistía a lugares poco populares como teatros “under”, salas de cine donde se proyectaban películas independientes o  bares literarios. La gente que frecuentaba esos espacios era gente con gustos bastante exóticos pero no eran como él ni remotamente. El propósito de esas salidas no era social, simplemente buscaba distraerse, claro que no podía evitar conocer gente.
Una tarde de domingo húmeda y gris, Agustín salió a caminar por la ciudad y optó por entrar en uno de esos pequeños cines que frecuentaba. Era un edificio muy antiguo y señorial. El interior invitaba a disfrutar. Sus butacas eran las de antaño, tapizadas con una gruesa pana color bordeau y bastante mullidas a pesar de sus años.
Cuando Agustín se acercó para comprar su entrada, sintió una presencia muy cerca de su espalda. Se dio vuelta y vio a una mujer joven, más joven que él. Ella estaba demasiado cerca  y Agustín se sintió incómodo. Así que dio un paso atrás poniendo distancia entre los dos. Al tiempo que Agustín se alejaba, la expresión de sus ojos era de asombro e incertidumbre. Ella volvió a acercarse y tomó su lugar para comprar la entrada. El desconcierto de Agustín pasó a ser enojo, entonces ahora fue él el que se acercó y dijo:
–  Creo no equivocarme en pensar que ése es mi lugar en la fila.
–  Finalmente logré captar tu atención, disculpame pero… ¿no me recordás? contestó la mujer.
Fijando su mirada en los rasgos de la cara, Agustín trató sin éxito de recordar quien era aquella mujer. Pensó en sus relaciones de pareja casuales que no le habían dejado nada; pensó en antiguas compañeras de oficina pero ningún nombre o identidad acudía a su mente. ¿Quién era esa mujer misteriosa? No parecía tener  mucho más que treinta años, era delgada y usaba el cabello corto y lacio. En ese momento vestía ropa moderna e informal, un jean y un sweater con botas negras altísimas. Agustín la seguía mirando y entonces ella comenzó a hablar, allí en el lobby del cine.
–  Este encuentro no es casual, te estuve buscando durante un tiempo hasta que te encontré. Y elegí este domingo gris para acercarme a vos a riesgo de que no te acordaras de mí. Evidentemente, tus ojos y tu silencio me confirman que no sabés quien soy y esta realidad hace que sea más difícil contarte porque estoy aquí, porque te busqué todo este tiempo.
El tono de voz de la mujer era cada vez más intenso y Agustín se estaba inquietando. Sin embargo ningún sonido salía de su boca, se había quedado mudo.
–  Nos conocimos una noche en un teatro del centro. Vos estabas sólo y yo me senté a tu lado. Comenzamos a conversar en el entre acto y luego fuimos a tomar un café, no puedo creer que no te acuerdes de mí–  agregó ella.
–  Conozco mucha gente y suelo ir a cines y teatros, no puedo recordar a toda las mujeres con las que hablo–  trató de defenderse él.
Pero ella, con sus ojos tristes prosiguió el relato:
–  Lo nuestro no fue solamente una charla y un café. No estoy aquí para conversar una vez más con vos de tus delirios de hombre solitario. Estoy aquí para contarte que hay alguien a quien debés conocer que te va cambiar la vida inexorablemente.
Y a partir de esa tarde destemplada de domingo la vida de Agustín cambió. Cambió  porque desapareció ese vacío que tenía en su corazón. Pensó en dar para recibir. Intentó abrir su universo para dejar entrar por sus puertas a un ser pequeño y frágil de botas altísimas que lo iba a completar.
  

 

Silvina Tauz

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un mundo pequeño
(Clase 17 – Nivel 2)

 

El joven hombre se sentó en el banco de la plaza. Puso las manos sobre su mochila y  respiró profundo. Quiso descansar las piernas en el banco después de una larga e infructuosa caminata. Hacía calor,  pero el joven lo sentía particularmente inaguantable ese día. No había encontrado lo que buscaba. Los avisos clasificados no resultaron como él esperaba. Desanimado, miró al cielo como esperando cierta retribución. Pensó que eran en vano sus suplicas de que algo bueno le sucediese. Giraba la cabeza de un lado a otro cuando pensaba en sus infructuosas búsquedas laborales. En una de esas vueltas sus ojos se clavaron en un periódico que estabaparramado sobre la otra punta del banco. Agarró el diario con vehemencia. Afortunadamente, esas hojas contenían  avisos clasificados del día de la fecha que no había  leído. El joven advirtió un aviso que le interesaba, pero debía presentarse antes de las 14 horas y el lugar del aviso quedaba lejos de donde estaba. Hacía mucho calor a esa hora del mediodía y no soplaba ni una pizca de viento que permitiese aligerar el aire. Sacó un pañuelo. Su cara estaba humedecida por las gotas que le caían constantemente desde la frente. Al pasar el pañuelo sobre su cara,  cerró los ojos, al abrirlos vio  que una joven se había sentado a su lado. Se la podía ver agitada. La joven le habló.  _Qué calor, ¿ no?,- dijo con voz  gastada por el cansancio.
Él atinó a asentir, con la cabeza.  Luego le habló._ Dígamelo a mí que en un día como éste estoy buscando trabajo!.
_ No me digaaa, - le respondió la mujer pasando sus delicadas  manos sobre su frente mojada.
_ Yo siempre ando con más de un pañuelo, por las dudas… ¿vio?, uno no sabe si le van a tocar días como éste…,- dijo el joven al tiempo que le ofrecía un pañuelo limpio que sacaba de su mochila de cuero. Ella lo aceptó y le agradeció con efusividad. El calor aumentaba a medida que el rajante sol se acomodaba verticalmente sobre sus cabezas. Ella le contó que tenía que  llamar urgente a la grúa porque su automóvil se había descompuesto y lo había dejado a una cuadra. Desafortunadamente, su celular estaba descargado, agregó la joven y no había podido encontrar un teléfono público en la cuadra que había caminado hasta la plaza.
_  Se ve que por el calor los negocios están cerrados!, ningún teléfono!.. vaya suerte la mía!,- y la voz de ella sonó abatida.
_ Vaya, ... mire que mundo chico éste… yo soy mecánico, así que si quiere puedo echarle un vistazo a su auto!,- le dijo el joven complacido.
_  Por supuesto, con gusto-  dijo ella con una sonrisa, devolviéndole el pañuelo con amabilidad.
_ ¡El mundo es un pañuelo!..,- remató el mecánico al tiempo que ambos estallaron a carcajadas emprendiendo la marcha hacia donde la mujer había abandonado su automóvil.
Caminando cuesta arriba, el hombre pensó, que si podía hacer funcionar el automóvil, tal vez la joven lo podía alcanzar hasta el lugar del aviso. . “El mundo es un pañuelo…”, pensó con entusiasmo lentificando sus palabras mientras las vociferaba hacia sus adentros. El sol saturaba el aire penetrando hasta en el pavimento,  pero el calor, esta vez, no le importó.

 

María Florencia Ducha Rocha

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un mundo de cristal
(Producción independiente)

 

Un nuevo día en soledad y en soledad recibo la noche triste y agotado. Me dejo caer en un sillón, refugiado en la penumbra. La noche, oscura y silenciosa y ese silencio de la nada, es el que penetra hasta mi alma. La espesura de la oscuridad, envuelve mi oquedad. Enciendo la lámpara y esa tenue luz, logra apenas dibujar un círculo simétrico. Y mi soledad. Esa soledad, que se ha hecho mi inseparable compañera, en silencio se sienta a mi lado. No hablamos, ¿Para qué hablar? Si ya nos hemos dicho todo. Ahora solo la percibo. Me reclino contra el respaldo del sillón y cierro los ojos, prefiero no ver. En ese estado relajado, trasciendo a mi mundo de cristal. Es en ese mundo, donde vuelvo a encontrarme con mi mujer amada. La miro y son sus ojos que me iluminan, siento una brisa suave sobre mi rostro y esa brisa llega a mí, impregnada de su perfume. Extiendo mis manos y me parece sentir su piel tibia bajo mis caricias y escucho su risa que resuena cual melodía celestial. Su figura sutil y sensual, se bambolea. Y nos miramos sin hablar ¡Cuantas cosas hablamos, sin decirnos palabras! Cuantas promesas nos decimos, sin nada prometernos. De repente, su figura etérea, sutil y sensual se va esfumando. Desespero por retenerla, pero la inmensidad la va atrayendo lentamente, hasta que desaparece. Quedo inerme con mis manos extendidas, repletas de frío vacío. Grito su nombre, me retuerzo de la desesperación y un dolor agudo traspasa mi cuerpo, llega hasta mi alma. Todo ha desaparecido, solo, he quedado parado en medio de un círculo luminoso. Me aquieto y miro a mi alrededor, como un cristal, ese, mi mundo se ha roto. En la quietud como todas las noches, ese espurio me hace feliz. Es tan solo una nimiedad, todo se ha disipado ¡Me niego a regresar! Me niego porque tengo miedo de enfrentar al silencio, a la oscuridad y a la soledad. Me niego, porque comprendo que ellos, son mis enemigos.

 

Lidia Zamora

 

 

 

 

 

 

 

Sin corazón
(Clase 22 – 1 Nivel)

 

Mi misión en la vida es complacer a mi jefe. Cada mañana cuando comienzo mis tareas intento mejorar de una manera u otra mi accionar. Conozco a la perfección a todas las personas que se relacionan con el Sr. Pérez Córdoba: a sus colegas, a sus amigos, a sus hijos, a su esposa y a su amante. Ningún detalle  queda librado al azar. Mi atuendo debe lucir impecable cada día, un empleado de confianza de mi jefe se ocupa personalmente de comprar y mantener en estado óptimo todos mis trajes y calzados.
El señor Pérez Córdoba es abogado y trabaja en la firma que él mismo  fundó hace quince años. Yo estoy con él desde hace un par años. Incluirme en su vida fue una sabia decisión de su parte porque él solo ya no podía cumplir con cada una de las facetas de su vida. Y entonces llegué yo con conocimientos legales muy superiores a los suyos, con una puntualidad envidiable y por sobre todos mis atributos  cabe destacar mi falta de sensibilidad: no tengo corazón.
Una mañana de lunes me preparaba para asistir a una de las tantas reuniones que debía presidir mi jefe y a la cual decidió enviarme en su reemplazo cuando recibí un llamado telefónico. Era él que me decía que debía encontrarme con su esposa al mediodía para almorzar con ella ya que él vería a Emilia, su amiga. Le indiqué que así lo haría y corté.
La Sra. Pérez Córdoba era elegante y muy educada. Cuando entré al restaurant donde se había reservado una mesa para nosotros, la vi. Lucía un vestido con flores grandes que le sentaba bien y estaba bastante maquillada para esa hora del día.
- Hola, amor.- me dijo.
- Hola, ¿cómo estás? Le contesté al tiempo que le besaba los labios.
Fue un almuerzo tranquilo, hablamos de cosas triviales. Luego, la llevé a la casa de una amiga como me pidió y regresé a la firma.
El señor Pérez Córdoba se comunicó conmigo durante la tarde para interiorizarse de las actividades que yo había desarrollado, incluido el almuerzo con su esposa. Le comenté los detalles y una vez más me dijo que no podía vivir sin mi ayuda. Sus palabras no son importantes para mí, no necesito muestras de aprecio. Simplemente cumplo con mi trabajo.
Al día siguiente, mi jefe me convocó para que viera a Emilia. Él tenía otro encuentro. Le pregunté si sería prudente ya que nunca había tenido contacto directo con ella. Conocía, por supuesto, toda la información relevante acerca de sus gustos, su trabajo, sus amistades, pero acordamos que un primer encuentro sería aconsejable para evaluar otras posibles intervenciones.
El bar donde vería a Emilia era un lugar muy sofisticado, con luz tenue, con mesas pequeñas vestidas con manteles de colores pastel y un ambiente reservado. Ese lugar era el que el Sr. Pérez Córdoba elegía para encontrarse con ella porque no era frecuentado por abogados conocidos ni otras personas de su círculo de amigos. Esa noche cuando llegué, busqué con una rápida mirada pero Emilia todavía no estaba en el bar. Estaba seguro de reconocerla aunque sólo había visto fotos de ella. Mi jefe me había proporcionado  mucha y variada información sobre ella y eso me daba cierta ventaja a la hora del encuentro. Me ubiqué en una mesa para esperarla.
Minutos más tarde, se acercó Emilia acompañada por un mozo. Sin emitir palabra alguna se colgó de mi cuello efusivamente y me besó. Luego nos sentamos.
-  Vine decidida a pedirte algo- me dijo.
- ¿De qué se trata? le pregunté.
- Quiero que me prometas que vas a hablar con tu esposa, que le vas a pedir el divorcio.
Mi rostro no expresó ninguna emoción porque así yo soy, no tengo corazón. Eso la enfureció y comenzó a gritar. Traté de calmarla y le dije que así lo haría. Se tranquilizó y la convencí de que lo mejor sería llevarla a su casa. Ella accedió porque estaba muy nerviosa y necesitaba descansar.
Era la medianoche cuando llegué a la oficina. Abrí la puerta que llevaba a mi cuarto e inmediatamente me conecté. Trabajar de Sr. Pérez Córdoba es fácil para mí pero necesito cargar mis baterías, detalle que deben resolver los ingenieros que crean  clones sin corazón.


  
Silvina Tauz


 

2009
Eduardo Leiva Vega
Mirna Costa
Osmar Coronel
Lidia Zamora*
Ramón Barriuso Vargas
Carlos Mendoza
Águeda Pallares
Dionisia Vidoz
Juan del Pino
Claudia Schuardt
Laura Delgado
Silvina Tauz
María Florencia Ducha Roca
 

 

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