Archivo 2008  

 

 

Escribir es un acto volitivo, por momentos una catarsis y casi siempre la búsqueda de uno mismo. Quienes alguna vez intentaron poner por escrito sus sensaciones, volvieron invariablemente a ceder ante ese medio de expresión. Escribir es también la búsqueda del otro, llegar al otro: el lector.  La publicación de un texto es la concreción de esas dos metas. Este espacio esta dedicado para que los talleristas puedan llegar al lector a través de la publicación de los trabajos producidos durante las clases.

Estas publicaciones se llevarán a cabo bimensualmente como producto de nuestras "Convocatorias de autores". Todos los miembros del taller podrán presentar en éstas convocatorias los textos que se hayan producido y trabajado en las diferentes clases.

La redacción

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAMA DE PIEDRA
(Clase 24 – 2° nivel)


De piedra ha de ser la cama, de piedra la cabecera,
la mujer que a mi me quiera me ha de querer de a de veras.
¡Ay, ay, ay, corazón! ¡Porque no amas!

 

 

  La duración de  ese amor  fue de una fracción de segundo o quizás abarcó toda la eternidad, sólo sé que ese amor fue más mío que de él.
Yo estaba encerrado en una cárcel. No existía en ningún lugar del universo alguien que pudiese destruirla, al igual que la cama de piedra que albergaba en su interior.
Para  él, aquella cárcel, y aquella cama   eran  frías,  profundas y hechas de una piedra inalterable que le eran familiares y atractivas, lo hacían latir de pasión, para mí, aquella cárcel era de piedra y de acero indestructible, aunque estaba segura que habría algo que podría desintegrarla, nada ni nadie podía atravesar  las paredes frías tan frías como  témpanos  desgarrados.
En los siglos de una existencia que creí única  y extraordinaria yo tenía la seguridad de que semejante construcción sólida y rígida por momentos inmensa y por momentos más diminuta que un átomo, podía desintegrarse inesperadamente cuando encontrara los ojos de ella clavados en los míos, para comenzar a  trasladarme a otros puertos y a otros mundos conocidos e imaginados. Por el contrario él tenía la seguridad de que al encontrar aquellos ojos, la cárcel de placer  o infortunio junto con aquella cama de piedra, lo abrazaría de un modo inconmensurable, para destruir para siempre y de una sola vez la posibilidad de la  libertad  para volar en un interminable tiempo suspendido y convertir aquel lecho inerte  en un refugio celeste de  enamorados de todas las galaxias existentes y por existir que yo por el contrario anhelaba pero era incapaz de construir y sentir.
Así comencé a darme cuenta de  que yo no estaba sólo, él estaba en mí y yo en él, a pesar de que éramos uno solo y de que entre los dos estaba  también ella, sin darse cuenta de que la amábamos desde diferentes dimensiones y amaneceres, con historias y con futuros iguales y a la vez contradictorios.
Así la habíamos encontrado, dentro de las hojas de un cuento de hadas, detrás de un árbol, sobre un puente, enigmática en un edificio de vidrios espejados y presa de un dragón con llamas de fuego  y cola de dinosaurio porque así la habíamos soñado, quizás yo más que él. Los dos la amábamos de la misma forma, pero de diferentes maneras, de eso no teníamos ninguna duda, uno en la luz para bailar en la libertad y el otro en las sombras celoso de todas las miradas.
Mi conjetura fue errónea, en ese delirio de amor, ya que para mí todo estaba urgido de fatalidad. En las horas desiertas de la noche crecían mis pensamientos y las miles de conjeturas formaban una gran tela de araña en mi mente  por su amor y por la angustia de encontrar la muerte de su indiferencia, en cambio para él, lo razonable no tenía sentido y avanzaba sin interrupciones y aún sin poder mirar sus ojos y sabiendo que era  delito quererla, disfrutaba al sentir que podía cerrar  todas  las puertas de aquella cárcel para vivir o morir abrazado a ella en la  mágica cama de piedra.
Yo me preguntaba una y otra vez ¿Dónde se separan y dónde se unen los cuerpos, las mentes  cuando uno ama, el ser es uno solo, se vibra por separado…?
Todo estaba en el castillo y en los laberintos de los jardines tornasolados que yo había construido y que él disfrutaba, quedándome yo mismo prisionero de mi propio destino y de mi propio sentir.
Yo sabía que el tiempo debilitaba los recuerdos  pero él no se daba por vencido y  esa locura de amor no correspondido para él, se transformaba en mí en una tortura permanente que me arrastraba para seguir viviendo y muriendo, para quedar eternamente encerrado por la mujer  de aquellos ojos que tenía dueño, y que no nos pertenecía.
Ya no podíamos vacilar…, nuestro destino no estaba en la tierra junto a ella, yo lo podía ver, él en cambio lo podía sentir. Debíamos morir para poder estar sin estar, dentro de  su historia, de su espacio, de su ser.
Los ojos de aquella mujer que nunca nos vio, nos quitó el amor,  nos quitó los sueños por soñar, las hazañas por realizar, la existencia de nuestro tiempo, y tal vez la vida que se confundió con nuestra muerte.
Con dolor decidimos regresar a nuestra orfandad de amor, y al vacío….
Yo me dormiría para soñarla, él  en cambio, dejaría de latir para matarla…   

 

 

Fernanda Cabrera

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Demasiado tarde
(Clase 6 – 1° nivel)

 

 

 

  No abrió el sobre, lo hizo girar entre sus dedos, un expreso escrito a máquina en uno de cuyos ángulos se leía, en grandes letras azules, la palabra urgente. Con indiferencia lo dejó sin abrir entre los planos que se amontonaban sobre la mesa, lo urgente en aquel momento era repasar esos planos del edificio del Banco Central, que esa misma noche asaltaría.
Hall de entrada, pasillos, despachos, cámaras de vigilancia y la ubicación de la caja fuerte estaban allí señalados.
Nunca había robado nada, no era un delincuente ni un asesino, pero la desesperada situación en la que se encontraba lo había impulsado a tomar tan arriesgada decisión, los acreedores lo acosaban y no encontraba otra salida.
Estudió detenidamente los dibujos de los planos durante todo el día, a las veintitrés horas salió a la calle en una noche sin luna, ideal compañera para cometer cualquier delito. Condujo su coche hasta las cercanías del Banco, lo estacionó en una calle oscura y siguió su caminó a pie, a esa hora la ciudad estaba desierta y silenciosa.
Se cercioró de tener todo lo necesario; los planos, las herramientas para taladrar y un revólver que no pensaba usar pero que le proporcionaba seguridad.
La casa lindante al Banco estaba en venta, deshabitada. No encontró dificultades para entrar  y de inmediato  se puso manos a la obra. La medianera no ofreció resistencia a su taladro, practicó un boquete en ella y se introdujo por el hueco.
Cuando triunfante asomó su cabeza por el otro lado del agujero, vio las piernas de alguien, un pie se movía como marcando un compás y el otro estaba quieto en el suelo, pertenecían al guardia nocturno del Banco que lo esperaba con una porra en la mano.
_Levántese inmediatamente y ponga sus manos en la nunca_ le exigió el guardia.
Siempre fue de reflejos rápidos, de un salto se puso de pie y decidió contradecir aquella orden, sacó el arma y lo apuntó con ella , su revólver imponía más respeto que la porra del guardia, le arrebató a éste las esposas que colgaban de su cinturón, se las puso en las muñecas y lo tomó como rehén.
Seguro de sí mismo increpó al guardia:
_Condúzcame hasta la caja fuerte y a usted no le pasará nada_ le dijo.
El guardia se puso a caminar lentamente por un largo pasillo, luego giró en otro, y en otro, aquello parecía un laberinto infinito hasta que desembocaron en una pequeña sala vacía.
Se dio cuenta de que había sido engañado, seguramente antes de que el guardia lo sorprendiera al salir por el agujero de la medianera, éste había avisado a la policía, pensó, calculó someramente el tiempo que había pasado y era bastante, con o sin botín ya no podría huir de allí sin ser apresado, Apoyó la espalda en una pared de la sala, se deslizó hacia abajo sobre ella y se dejó caer, derrotado, abandonó el arma en el suelo. Sólo quedaba esperar, sacó entonces los planos arrugados de su bolsillo para volver a estudiarlos y comprender en que punto había fallado, entre ellos apareció un sobre escrito a máquina en uno de cuyos ángulos se leía, en grandes letras azules, la palabra urgente.
En aquel momento tenía todo el tiempo del mundo para leer.
Sacó la carta del sobre, estaba dirigida a él, a medida que avanzaba en la  lectura se detenía en los párrafos que llamaban su atención:
“Estimado……. lamentamos comunicarle el fallecimiento de su tío…….que deja a usted como único heredero de toda su fortuna….  valorada en 7……… pesos”.
A lo lejos se empezaron a oír las sirenas de los patrulleros, se acercaban al Banco y a él.
Por cada cero que contaba en la cifra escrita en la carta, una sirena se sumaba.
Los ceros fueron ocho, las sirenas también.

 

Estela Gomez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Más de un millón escondido en el placard
(Clase 4 – 1° nivel)

 

  La mañana se presentaba muy movida en la oficina, él le había dado franco a su secretaria, por consiguiente,  recibía todas las llamadas telefónicas sin ningún  tipo de filtro, menos mal que ese día no se atendía al público, pensó, porque con las llamadas telefónicas no podría haber atendido a nadie. La mayoría de la gente que llamaba lo hacía en referencia a las actividades comerciales  diarias de la oficina, pero unas de esas tantas llamadas lo alteró, le cambió el semblante, le cambió el tono de voz, entonces contestó, a los gritos, “ como me venís a apurar de esa forma, si yo siempre te cumplí, no me podés pedir ahora que junte semejante cantidad de dinero para mañana, porque salvo que gane la lotería es casi imposible cumplir con los que me pedís de un momento para otro” luego hizo silencio, esperó alguna repuesta pero solo escucho el tac- tac, el tono del teléfono cortado.
Las horas pasaban, y a medida que eso sucedía, él parecía estar más nervioso, más ansioso, con mucha incertidumbre, había llamado a varios de sus conocidos para tratar de juntar el dinero pero lo que había conseguido no le alcanzaba.
 Se quedó durante un buen rato pensando, volvió a  tomar el teléfono, pero ese llamado no fue para pedir dinero, solo fue para saludar a su señora y a sus hijos que se habían ido a pasar unos días de descanso a la montaña, les dijo también que al día siguiente iría por ellos.
Se levantó de su sillón detrás del escritorio, se dirigió a un lateral de la oficina, corrió un cuadro, abrió la caja fuerte, sacó unos cuantos pesos que estaban allí guardados, y los introdujo en el bolsillo superior interno del saco, cerró la caja fuerte, caminó unos pasos, salió de la oficina bajó el ascensor y ya en la calle buscó su vehículo en la cochera y pareció salir sin rumbo. Pero no, el rumbo ya lo tenía pre establecido como en la mayoría de sus días, o sea que se dirigió al Casino, pero ese día no fue al de su ciudad, sino que hizo algunos kilómetros de más y fue al de una ciudad vecina.
Recorrió los kilómetros  con mucha tranquilidad, estacionó casi al frente de la misma puerta del casino. Ingresó y se dirigió hacia la ventanilla a comprar fichas y luego lentamente buscó un lugar en la mesa de ruleta más alejada de  la puerta de entrada, le pidió el color más caro al Cupier y repartió las fichas sobre el paño coronando la segunda docena, y tras eso una seguidilla  de  aciertos de plenos debido a que le cantaron correlativamente   colorado el catorce, colorado el veinte tres, en dos oportunidades colorado el diecinueve y  negro el veinte,  todos de la segunda docena para después errar dos tiros seguidos,  cambiar las fichas de color por las de chances  y dirigirse a otra mesa donde volvió a cumplir con el rito, luego de mirar el techo con una ficha en la mano, pidió color y volvió a escuchar que le cantaran una seguidilla de números de la segunda docena como hacía tiempo no le sucedía. Más tarde volvió a perder  dos bolas seguidas, observó que las fichas acumuladas eran varias, lo que implicaba haber ganado una interesante suma, optó por cambiarlas en la mesa , para luego sí dirigirse nuevamente a la ventanilla que estaba a la entrada , pero esta vez a cobrar. Esperó un rato hasta que le trajeron en efectivo algo más de un millón de pesos que era la cifra ganada, lo distribuyó en los diferentes bolsillos del pantalón y saco y con paso más apresurado del que tenía al entrar se retiró. Al llegar a casa se lo notaba  feliz, contento por esa importante cantidad de dinero ganada que le permitiría cancelar todas sus deudas y guardar algún resto para disfrutar con su familia, pero era ella, el futuro de su familia lo que le preocupaba, porque él no sabía, no tenía la certeza de no volverse a endeudarse por culpa de una ruleta,  de una partida de pase inglés, o de una mesa de pocker. Él sabía que era muy difícil porque ya lo había intentado otras veces sin resultado positivo. Una  vez en su casa, retiro el dinero de todos sus bolsillo, despató una botella de Vino espumante, se sirvió una copa se sentó en el sillón del living y contó una y otra vez el dinero, sin poder creer la cifra que había ganado, un millón ciento cincuenta y tres mil pesos.Mientras seguía bebiendo buscó una bolsa de papel guardó todo el dinero y lo escondió en la parte alta del placar del dormitorio que compartía con su esposa. Bebió otro vaso de vino espumante, escribió un par de cosas en papeles diferentes  buscó unos sobres guardó cada una de las hojas escritas en  un sobre diferente, luego de cerrarlos  uno por uno, escribió en el lomo de dos el nombre de cada uno de los hijos y en el tercero el nombre de su amada esposa, se volvió a sentar en el sillón, puso las manos sobre su rostro, lloró desconsoladamente durante unos minutos, tomó el revolver que había traído del placard del dormitorio, era una pistola calibre 32  se la puso en  la sien, y sin meditarlo,  con toda la seguridad y tranquilidad del mundo apretó el gatillo, y casi en el mismo instante se desplomó hacia al otro lado del sillón sin vida. Sobre la mesa,  las tres cartas en las que pedía perdón por dejarlos para siempre, pero también con las que les sugería que supieran invertir y no despilfarrar el más de un millón de pesos escondido en el placard del dormitorio. A y sus hijos les recalcó que se alejaran de los juegos de azar, porque la suerte no existe.

 

Osmar Coronel

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Carta al presente
(Clase 23 - nivel 1)

 

 

Anoche, fue una noche diferente, la adrenalina me impidió  descansar, me impidió dormir,  todo producto de esa ansiedad que me va carcomiendo y no puedo controlar,  esa ansiedad que fue en aumento desde hace tres meses cuando ellos mi familia, mis padres, mis hermanos  me informaron que estaban gestionando y preparando el regreso después de veinte años de exilio, veinte años  que  por una cosa u otra estuvimos sin vernos, sólo conectados por cartas, por  teléfono, a veces hasta intercalamos  algunas fotos.
Hoy llegan, después de tanto exilio, yo siento  escalofríos por todo el cuerpo.Sé que aún  falta mucho para llegue el vuelo, pero ya hace varias horas que estoy en el Aeropuerto y a pesar de que falta un buen rato para que llegue el avión,  siento que  más fuerte que los motores ruge mi emoción y cada vez que los escucho corro a averiguar si ese es el vuelo. Los espero con tanta emoción que no me importaría estar acá en el aeropuerto durante días, porque el premio es demasiado importante, que difícil es darle valor a lo que siento   porque  ellos son mi familia, mis padres,  mis hermanos,  aunque no los conozca, y no me conozcan. Una lágrima borronea mi mejor recuerdo, o el único, ese de cuando yo era muy pequeño  y estaba internado en el hospital, y ellos debieron  irse por esas cosas de la política que nunca entendí bien, y me abrazaban y  lloraban y según dicen yo con mi manito decía chau y me quedaba en  brazos de la abuela,  sin saber, ni imaginar que esa sería la ultima imagen por años .Y  después mis sonrisas con las de la abuela cada vez que recibíamos una carta y sobre todo  cuando esas cartas eran acompañadas por  fotos, se imaginan como nos poníamos, sobre todo yo, que ya me había recuperado de esa larga enfermedad que me tuvo a mal traer en mi infancia,  me sentía muy  orgulloso de mis padres que vivían lejos,  y a quienes creía héroes. Pero también sentía orgullo por mi abuela que me cuidaba  con muchos mimos y consentimientos, aunque también sufría, y yo a pesar de que no entendía bien como eran las cosas también cuando fui creciendo me sentí exiliado y abandonado en mi propia casa.
Más de una vez, pensé en irme a vivir con  mi familia,  pero no podía dejar a la abuela sola, porque primero ella era la que  me cuidaba  y después a medida que pasaron los años fui  yo quien cuidaba a ella, nos complementábamos muy bien. Pero plata para ir a visitarlos no había Ya que  solo alcanzaba para subsistir, si ellos querían venir tenían que correr muchos riesgos, hasta podían poner en peligro sus vidas.A veces en esas noches de nostalgias pensaba, si valía la pena haber corrido tantos riesgos, pero eso  ahora ya no importa, ahora no sé si mis brazos van alcanzar para dar un abrazo semejante a cada uno, no sé quien será el primero, de lo que si estoy seguro es de que todos lo recibirán.
Mientras mi corazón  sonríe solo y mi presente levanta vuelo, mientras que la realidad viene descendiendo en ese avión que trae consigo más de veinte años de desencuentros
por culpa de la política que provoco el exilio de mi familia, pienso que ahora eso ya no importa porque ahora es hora de disfrutar y recuperar el tiempo perdido, aunque sé que  lo que nunca podré recuperar son esas vivencias, las perdidas vivencias en familia, sobre todo de mi infancia.

 

Osmar Coronel

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diario de un encierro
(Clase 15 - nivel 1)

 

 

Hace más o menos una semana, caminaba por la calle más  tranquila del pueblo pensando en mi decisión de mudarme de la ciudad. A la distancia divisé, tirado en el suelo, un libro. Al acercarme, escuché unas voces que susurraban, pidiendo que las liberara. Cuanto más me aproximaba al libro, más fuerte se escuchaban las voces.  Cuando me incliné, para tomarlo, las voces eran ya insoportables y cuando lo levanté y lo abrí, cesaron.
Era un diario íntimo algo viejo y desgastado con sus páginas amarillas, lo abrí y leí:

Día 1:

No se cómo ni por qué estoy aquí. Esto es una oscura habitación húmeda y por lo que apenas puedo tantear, estoy rodeado por cuatro paredes de piedra y vigas de madera algo mohosas. La única luz que tengo proviene de una grieta que hay en una esquina del techo, uso esa luz para escribir en este diario. Lo único que tengo es este lápiz y este cuaderno para pasar las horas.

Día 2:

Unas gotas de lluvia, que se filtraban por la grieta, me han despertado de mi largo sueño. Soñaba que una puerta se abría y una luz me cegaba, luego de cruzarla me hallaba en, un hermoso campo verde, con flores amarillas y rojas; y yo corría libre a través de las plantas.
Ya despierto del sueño, empecé a caminar por la habitación y descubrí una puerta. Mi mano empezó a recorrerla, mientras bajaba por la madera, me encontré con un frío metal. Mis labios temblaban ¿Al fin sería libre? ¿Podría salir de esta habitación, entrar a mi lugar soñado?
Mi mano siguió bajando por el metal, pero no había nada, ninguna perilla ni cerradura.
Día 3:

Ya con mis ojos acostumbrados a esta oscuridad, pude ver entre las sombras, una niña de largos cabellos y blancas ropas, sentada en un rincón, acurrucada. Intenté que me dijera quién era, por qué estaba aquí, cuánto hacía que esperaba, pero no me respondió.

Día 4:

Hoy traté nuevamente de derribar la puerta, pero no lo conseguí. Ya agotado y tumbado en el piso, escuché un susurro  lamentoso proveniente de la niña, que me preguntaba si quería irme. Obviamente le respondí que sí, pero ella sacudió la cabeza.
-¿Por qué quieres salir?-me preguntó.
-¡¿Por qué?! Pues porque...porque...porque este lugar es horrible-contesté  irritado por la tonta pregunta y por la ya inevitable sensación de encierro.
-Entonces sal, nadie te retiene
-¡Pero la puerta no se abre, no hay manera de salir!
-¿Quieres que te ayude?
-No necesito esa clase de ayuda, sería en vano.
-Si en verdad quieres salir, yo te puedo ayudar, pero no te podrás arrepentir
-¡Anda, inténtalo!
Ella se acercó a la puerta y con solo tocarla, ésta se abrió. Yo  salí corriendo hacia la encandilante luz que provenía de la puerta abierta. Al fin sería libre, pero en el instante en que atravesé la puerta, ésta se cerró y unas cadenas en forma de serpientes, se acercaron hacia mí y me envolvieron de pies a cabeza.
Ahora tengo encadenados los pies, el brazo izquierdo y la cabeza. Solo me queda mi mano derecha para poder escribir mis últimas palabras, para que todo aquel que lo lea pueda conocer y evitar mi gran error.

Luego de leer este diario, quedé sorprendido, preguntándome  por qué había llegado hasta mis manos. Al cerrarlo, las voces empezaron a gritarme que no cometiera su mismo error. Las voces eran insoportables, pero de repente, se detuvieron. Nunca más me fui de mi ciudad.

 

José F. Lombardo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Detective
(Clase 9 - nivel 2)

 

 

 

El  detective llegó caminando, prendió un cigarrillo, el último, y tiró el paquete a un canasto repleto de flores marchitas. Le pareció que el día  soleado y la caminata, habían hecho que sus dolores de espalda  cesaran, por el momento se sentía bien como hacía mucho no le pasaba.  Observó donde estaba  y  se dijo a sí mismo. 
“Mira hasta donde caminé, ¿pero por qué carajo hasta acá?”  Aunque  no le dió demasiada importancia,  caminó  unos cuantos pasos más,   se sentó en un banco al que el sol acariciaba tenuemente y se dispuso a descansar.  Mientras  terminaba de fumar  contempló unas tumbas, ubicadas no muy lejos de donde él estaba y  pensó “¿como será la muerte? ¿Qué  pasará despues? ¿Que será de las almas? ¿Quedaran etéreas y en el limbo?”
Trató de imaginarse a  sí mismo, muerto, dentro  de un cajón con la mortaja cubriendo su cuerpo, se pregunto qué sería de él en ese momento. Siempre  había  querido saberlo.
Terminó el cigarrillo, se respaldó y estiró las piernas, mientras sentía la tibieza del sol la somnolencia se apodero de él
Empezó a transitar una especie de  sueño, se vió volando sobre sí mismo, observaba su viejo cuerpo, le pareció pequeño, más de lo que siempre había creído, estaba avejentado, canoso, con los dedos manchados por la nicotina, al igual que el bigote. Mientras se miraba lo invadió una sensación de soledad, notó que en ese instante ya no le quedaba nada, ni siquiera aquel vehiculo que era su cuerpo, que aunque poco cuidara, era suyo,  entonces notó cuanto lo apreciaba. Decidió investigar, mirar  su organismo, una vez adentro, vió sus pulmones, aun había humo en ellos, las paredes estaban recubiertas con un alquitrán  pegajoso, una de las paredes tenía una aureola blancuzca, se preguntó si eso sería un cáncer. El olor era nauseabundo, eso lo ahuyentó, pasó por el corazón, le pareció una cosa recubierta de grasa, no vió que se moviera, aunque eso no le extrañó, y ya  no tuvo  ganas de ver más.
Cuando salió todo estaba iluminado, el sol brillaba, su cuerpo parecía dormir plácidamente en el banco donde lo había dejado, entonces se dispuso a recorrer el lugar, sobrevolar las tumbas, pero todo era soledad, sintió que la tristeza embargaba el lugar, se preguntó si siempre sería así, y por qué no veía a nadie, siguió preguntándose una y otra vez, ¿donde están las almas de los muertos?, ¿porqué no se ven?, o será que soy yo el que no puede verlas.
Regresó donde estaba su cuerpo, notó que dos mujeres ancianas lo miraban, y cuchicheaban, pensó, ¿creerán que estoy muerto?, sonrió,  las observó por unos instantes, se acercó y las saludó, ellas no le contestaron,   solo se dieron vuelta y se alejaron. Él las siguió mirando, mientras ellas caminaban, pero luego  las vió desaparecer al llegar a  unas tumbas.  Se sorprendió, tuvo miedo, por primera vez sintió temor,  comenzó a intuir que era lo que  le estaba  pasando,  entró nuevamente en su cuerpo, trato de despertar, no pudo, lo volvió a  intentar varias veces,   sin resultado.   Se preguntó si esto era solo un sueño,  se preguntó también, ¿por qué  había podido verse desde arriba? ¿Por qué pudo ver a las ancianas y entrar en las tumbas? ¿Por qué le era tan fácil entrar y salir de su organismo. Y después de muchos por qués, resolvió salir nuevamente de aquel cuerpo. Sobrevoló el banco donde se hallaba sentado,  vió aquel cuerpo inerte, frío.  Entonces lo supo. Y se dijo  Así será mi eternidad  Lo invadió una gran pena,  y  lloró desconsoladamente.  

 

 

Oscar Regis

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gol en contra
(Clase 20 - nivel 1)

 

 

Camina de un lado al otro. La espera ansiosamente. Hoy se define cómo sigue la relación.
Mientras camina fuma. Se asoma a la ventana abierta para soplar el humo hacia afuera.
Decide hacerse un café, pone la pava en la hornalla, raspa un fósforo, dos, tres, están húmedos, maldito clima, murmura, el cuarto enciende. Pone una cucharada de café en la taza, dos de azúcar, unas gotas de agua y bate al ritmo de su ansiedad. Suena el timbre, corre a atender, no es ella. No quiere colaborar con ningún bono contribución, cuelga el portero ofuscado. Vuelve a su taza, el agua hierve, termina de preparar el café.
Pone música con la esperanza de calmarse un poco, busca entre sus discos, se  caen un par, los levanta rumiando una palabrota. Encuentra uno de Vangelis, lo pone en el equipo, sigue caminando alrededor del sofá.
Hace quince minutos que tendría que estar acá, piensa. Y recuerda también que el último encuentro había sido tortuoso, discusión y más discusión. Ella que sí, él que no y de ahí no salían. No podía entender por qué a ella se le había metido en la cabeza la loca idea de convivir, si estaban tan bien así. Además apenas tenía treinta y cinco años, un pibe todavía, se dice.
Prefirió bajar para ver si venía, como siempre el ascensor no funcionaba, toma aire y baja los cuatro pisos de un tirón. Agitado llega a la vereda. Enciende otro cigarrillo, trotecito hasta la esquina, trotecito hasta el palier. ¿Cuánto tiempo más va a tardar esta mujer?, se preguntó. Tenía varios argumentos para convencerla de que esperara por lo menos un año más antes de irse a vivir juntos, la amaba pero quería disfrutar un tiempo más de su soltería. No viene, se dijo, sube otra vez los cuatro pisos salteando escalones. Marca el número telefónico de ella, quiere saber por dónde anda. Llama, llama…por fin atiende:
_ ¿Hola?
_ Hola nena, ¿qué pasa que no llegás?
_ No tengo apuro.
_ Mirá vos… Pero quedamos en que venías ahora.
_ Si estás apurado vení vos. Chau.
Corta un poco descolocado. Se da cuenta de que va a tener que reforzar sus argumentos porque la cosa viene difícil.
Busca las llaves del auto, no las encuentra, arriba de la tele no están, arriba de la mesa tampoco, por fin las encuentra colgadas en su lugar. Baja corriendo, sube al auto, en diez minutos estaré allá, piensa. Mientras maneja reflexiona sobre su temperamento ansioso, si no lo controla pronto, lo va a matar.
Llega, sube. Ella lo recibe con una sonrisa en la boca y un test de embarazo con dos rayitas bien marcadas en la mano derecha.
Vencido se deja caer en el sillón, acaba de olvidarse por completo de todos sus argumentos anti-convivencia ensayados hasta el cansancio frente al espejo.

 

Mirtha Herlein

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El circo llegó al pueblo

(Clase 16 - nivel 1)

 

Las  Tablitas era un pequeño pueblo de tardes silenciosas, donde nada parecía perturbar  la tranquilidad de su gente, pero ese otoño sería diferente. 
Sus angostas  calles se habían vestido de fiesta  a la espera de la ocasión, y daban paso a la algarabía que ya se dejaba sentir; porque el Circo de “Don Seguro” había  llegado al lugar para  convertirse en el gran acontecimiento.
Eugenio, un hombre que lo tenía todo en cuanto a bienestar se refiere, vivía sólo, y con frecuencia se sentía muy aburrido.  La vida se había vuelto rutinaria luego de la muerte de su amada esposa, con la que  había compartido los últimos treinta y cinco años. Nada  extraordinario le había sucedido desde aquel día en que le diera el último adiós.
El Circo de “Don Seguro”, parecía tener una especie de magia para la gente del pueblo, pero esto ocurría por la monotonía  a la cual estaban  acostumbrados en aquél lugar.  Tal situación le daba un brillo especial al  acontecimiento,  atrayendo  cada vez más  a los curiosos.
Eugenio no era la excepción, así que se vistió de prisa; cambió sus viejas zapatillas por los clásicos zapatos de domingo, acomodó su delgada  corbata y  hacia el Circo se dirigió.
En realidad no le interesaba demasiado el espectáculo, pero tenía curiosidad por ver tanta variedad de  animales. Ya de camino, pensó que si iba por  la parte de atrás, podría  observarlos más de cerca; era una fantástica oportunidad, así que apuró el paso y no se detuvo hasta llegar.
La gran carpa de color naranja, era la más grande que había visto; tenía  luces y banderines de colores, que atravesaban  la calle de lado a lado.
Los vendedores ambulantes se amontonaban en la entrada; ellos también querían disfrutar del  espectáculo.  La música no lograba apagar las risas y el asombro era un punto y coma entre la euforia y el alboroto.
Al llegar, Eugenio vio a  “Don Seguro”, un hombre regordete de mejillas rosadas, que daba la bienvenida agitando un sombrero, al tiempo que anunciaba a viva voz, que la función   estaba por comenzar.  Pero la intención de  Eugenio no era entrar al circo; había llegado hasta allí con el  afán de ver a los animales, así que hizo caso omiso de aquel anuncio por parte del dueño del Circo y caminó por el costado de la carpa, en dirección a la parte trasera. Grande fue su sorpresa cuando vio a aquel animal de enormes dimensiones; un viejo y amigable elefante que intentaba soltar su pata amarrada a una  cadena de gruesos eslabones.
Eugenio siguió buscando con la mirada y sus ojos se detuvieron  frente a la jaula de un viejo león  con pocos dientes, que era la estrella del circo y esperaba turno para   salir a escena. 
Los más inquietos eran los monos, toda una familia de simios que se preparaba para hacer de las suyas. Eugenio se sintió como un chiquillo recordando anécdotas fantásticas, casi se olvidó de su edad, montó una pierna por el alambrado que separaba la carpa de las jaulas, para acercarse aún más a aquellos chillones que no paraban de hacer monerías. Buscó en los bolsillos y decidió compartir  sus golosinas con esos deliciosos personajes.  Comió un caramelo y partió los tres restantes; se acercó un poco más  y luego de un breve monólogo con los monos lanzó los trozos en forma de lluvia, hacia adentro de la jaula. La simpática situación pronto se transformó en un caos. Los monos saltaban de un lado a otro y gritaban frenéticamente, hasta que  entre la confusión y el apuro  por alejarse de aquel lugar, Eugenio movió involuntariamente la improvisada tranca de la jaula y los cinco monos  escaparon  en una loca carrera, rumbo quién sabe adonde. De igual forma se alejó Eugenio, que lo único que deseaba, era salir de allí lo antes posible. 
Agitado y con el último aliento llegó a su casa. Podía imaginar claramente lo enojado que estaría “Don Seguro”. Decidió entonces que lo mejor sería acostarse y dormir, como para olvidar lo sucedido. No resultó así; las preguntas se apilaban en su mente  y  los pensamientos fluían  más rápido de lo que era capaz de razonar. Pensó por un momento, que si lo habían visto  ya habrían dado aviso  a la policía y pronto lo vendrían a buscar.
Las horas pasaban y  no podía dejar de pensar en el lío en que se había metido. Sintió vergüenza. Se consideraba un hombre de pocas palabras y  reputación intachable, pero ésta vez, el destino le  estaba jugando una mala pasada. ¿Qué más le podría ocurrir? quizás  al salir de su casa, los vecinos, los mismos que tan cordialmente siempre lo saludaban,  ahora lo señalarían con el dedo convirtiéndolo en el comentario del día.  Pensó en los monos  de “Don Seguro”; sueltos por el pueblo, cuál no sería el desastre qué habrían causado.
Las horas transcurrieron  y el sueño no acudió a la cita. Eugenio lucía demacrado y  se encontraba sumido en sus pensamientos, cuando el sonido del timbre lo sobresaltó; dudó unos instantes y finalmente  se dirigió hacia  la puerta.  Allí aguardaba un hombre bien alineado, vestido como para una boda, con un maletín que descansaba a su lado.   No lo conocía, pero lo tranquilizó saber que  no era “Don Seguro”, el dueño del Circo.
- Buenas tardes ¿Señor?    - Preguntó el hombre de traje
- Eugenio, me llamo Eugenio.    
- Tranquilo Eugenio, solo voy a hacerle unas  preguntas. Seguro  sabe lo  qué  vengo a decirle.
- Supongo, creo que sí.  - Respondió avergonzado Eugenio
- ¡Claro amigo! En pueblo chico el chisme corre ligero,“seguro” se va a alegrar al saber  - Exclamó
el hombre.
- Si, ya lo sé, mire no fue mi...,  en realidad yo no tengo...,
- Por eso vine Eugenio; para que la tenga. Sabemos que la vida no es fácil.
- Bueno, basta de vueltas. - Increpó Eugenio - tal vez podamos llegar a un  arreglo.  
 - ¡Eso quería escuchar!  Mire amigo, soy hombre de negocios pero si el negocio no es bueno,    inmediatamente lo liquido.
- No, no, no. - Replicó Eugenio -  Dígame que debo hacer ¿“Seguro” no lo sabe?
- Claro que sí Eugenio, “seguro” sabe negociar; le voy a vender  la mejor aspiradora    que haya visto en su vida.
Porque el hombre de traje oscuro era  solo un vendedor ambulante, pero  Eugenio no lo sabía y así  entre excusas y confusiones, le compró el electrodoméstico.  El hábil vendedor, reconoció de inmediato la presa fácil y siguió intentando su casual y exitosa estrategia.  
-“Seguro” estará  feliz   con   esta compra - le dijo al pobre Eugenio -  pero la satisfacción puede ser mayor si  también  compra la enceradora.
Inmediatamente Eugenio le explicó que no necesitaba encerar porque  sus pisos estaban plastificados, pero el vendedor insistía
- Vamos hombre,  - el vendedor no cejaba -  algún día cambiará los pisos; “seguro” lo quiere así.
- Bueno, si  así lo quiere Seguro podría hacerlo; déjeme también la enceradora.
- Me gusta la gente práctica.  ¿Sabe qué trabajo da encerar manualmente?  Además si   no  compra la enceradora, deberá esforzarse, hacerlo por mano propia y “seguro” lo liquida.
- ¡No por favor! dígame que más le puedo comprar. – Se angustió Eugenio
- Bueno, tenemos un radio grabador, ventiladores de techo, estufas, platos  de postre, el manual del buen vendedor, agujeros para colador, tablitas para  el  asado, en fin…
El pobre Eugenio le compró todo hasta quedar sin un peso, pero su tranquilidad valía eso y más.   Esa noche durmió plácidamente y hasta tuvo bonitos sueños.
Al día siguiente, aún no despierto del todo, se sentó en la cama; sacudió la cabeza como para acomodar sus pensamientos y experimentó el alivio de haber dormido tranquilo.  Observó  a su alrededor y  vio  un centenar de cajas de todos los tamaños; pero  su  tranquilidad y su reputación no tenían precio, por lo tanto se sintió complacido.
Miró su reloj, se vistió despacio, calentó  agua y como todas las mañanas, salió a tomar mate a la puerta de su casa. Allí estaba su vecino que le hizo el siguiente comentario:
- ¿Vio Eugenio, ese vendedor que andaba ayer por el pueblo vendiendo de puerta en    puerta?  Quería vender de prepo el  sinvergüenza; algún que  otro tonto debe  haber    caído porque al rato, andaba de copas con tal alboroto,  y le contaba a todo el que    se acercaba, el éxito de sus ventas.
Eugenio escuchaba con mucha atención y sin terminar de entender aquel relato preguntó a su vecino:
- ¿Usted se refiere a un hombre alto, de traje oscuro, qué hablaba mucho?
- Claro amigo, uno que vendía aspiradoras y que se yo cuantas cosas más.
- ¿Pero a ese no lo mandó “Don Seguro”, el dueño del Circo? - Balbuceó Eugenio -
- ¡Qué va vecino!  Ese es un forastero vaya a saber de dónde, que vino en busca de algún cándido que creyera en su palabrerío y le comprara  lo que  vendía.  Y hablando del Circo, ¿Escuchó esta mañana en la radio lo que pasó  con los  monos? ¡Qué barbaridad, todo un  desastre!  Andan buscando al responsable.


                                                                                            
Vivian Casasco

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El sueño

(Clase 4 - nivel 1)

 

 

 

         Desde que era muy joven, casi un niño, los sortilegios del juego o de los juegos en general  lo habían encandilado. Lo habían atrapado en una agónica forma de vivir sus días siempre relacionados con el azar y  la fortuna. Cada signo, cada detalle que cotidianamente se presentaba él lo relacionaba con números y cábalas que debía jugar para probar suerte: los boletos de los colectivos, las chapas de los autos, las terminaciones de las facturas. Y los sueños. Principalmente los sueños. Cada sueño tenía su significado y él de algún modo lo encontraba: edades, fechas de casamiento, aniversarios. Encontraba códigos cabalísticos a todo aquello que de un modo u otro lo conducía a jugar: ruleta, quiniela, cartas, bingos. Había recorrido un larguísimo camino de juegos y de fracasos. Inexorablemente perdía. Aún ganando, en contadísimas ocasiones, siempre terminaba perdiendo, porque la tentación de seguir jugando era tan fuerte que seguía probando y perdiendo, incansablemente. Así llegó a esta pensión de mala muerte que hoy habitaba y que apenas podía pagar semanalmente con la ayuda por cierto escasa de su hermano que hacía lo que podía con este loco del juego, como solía llamarlo. Siempre le repetía lo mismo. “Vos vas a terminar como papá; te lo digo por tu bien. Terminála con la timba; ya perdiste todo; tu mujer no te puede ni ver y tus hijos apenas si te conocen.” El le decía que si, que lo iba a intentar pero volvía a jugar inevitablemente. No podía escapar. La tentación lo doblegaba. El pozo de su angustia era cada vez mas profundo, pero no podía salir.
            La imagen de su padre, jugador empedernido, que se pegó  un tiro en la cabeza cuando él era apenas un niño no alcanzaba para hacerlo cambiar de vida; no quería cumplir con la profecía de su hermano porque en realidad era un cobarde y le temía a la muerte, pero ganas no le faltaron en muchísimas ocasiones. Sin embargo siempre un número esperanzador lo sacaba de su deseo de muerte y lo llevaba de nuevo a probar fortuna. Y la rueda de la mala fortuna volvía a girar.
            Sus días pasaban entre el café, el diario con el resultado de las carreras, el cigarrillo y sus largas siestas inquietas .Sus noches en realidad no le traían  descanso y cuando lograba conciliar el sueño, ya de madrugada, no había ningún alivio a su eterna obsesión de números y cábalas salvadoras.
             Sin embargo en la  última semana había tenido un sueño que se repetía noche a noche y que milagrosamente lo hacía sentirse algo mejor: se veía a sí mismo frente a un enorme y lujoso casino entrando con su mejor traje de etiqueta. Era recibido con toda amabilidad por los mozos y croupiers que lo ubicaban casi con obsecuencia en su mesa preferida. Y noche a noche en su sueño aparecía un solo número y un solo color: colorado el 36. Así igual cada minuto de cada noche, desde hacía casi siete noches. ¿Cuál era el mensaje de ese sueño? pensaba. ¿Debería probar suerte de nuevo? ¿El Casino de sus sueños y su sueño mismo se harían realidad?   Colorado el 36, siempre el mismo. Era su edad, eso es verdad se dijo, pero tantas veces había jugado a su edad y a la de todos sus familiares, amigos y conocidos. Y nunca había ganado nada importante. ¿Y si probaba una vez más? ¿Una última vez? Una sola vez, lo juraba sobre el recuerdo de su padre. Su viejo, al que nunca había podido olvidar, ¿qué le aconsejaría?, se preguntó. Qué harías vos en mi lugar? murmuró buscando una respuesta. Nunca ganamos nada, viejo, pero siempre me decías que había que seguir intentando. Viejo decime algo, te necesito tanto. Te gusta  colorado el 36?
                Pensó con más ansias que  su padre de verdad le estaba mandando un mensaje cifrado o casi mágico; el número de su edad, su color preferido, la ruleta girando al compás de las luces multicolores. Todo encajaba perfecto; no podía dejar de escucharlo, era el anuncio del cambio de suerte; estaba seguro de que el camino hacia la tan ansiada riqueza  tardíamente llegaría a su vida de una buena vez. Ya no lo dudó: iría al encuentro de la fortuna que su padre donde quiera que estuviese le estaba mandando a manos llenas.
                      Aunque dudaba o temía jugarse hasta el último centavo que su hermano le había dejado para la comida de la semana, se vistió y salió apresurado de su horrible cuarto. El olor ácido del cigarrillo lo acompañó hasta la calle y aún después de caminar varias cuadras no lograba sacárselo de encima. Eran dos vicios que lo acompañaban desde siempre y a los cuales era adicto desde muy joven: el juego y el cigarrillo. En ese orden. Ambos vicios por él reconocidos habían hecho de su persona, en otro tiempo algo elegante, esta especie de andrajo humano de ropa grande y ojos desorbitados. Se pasó las manos por el saco, el pelo y las solapas. No creía que en el Casino adonde se dirigía lo recibirían como en el sueño, pero estaba seguro, esta vez si, que lo despedirían como a un señor. Su cábala no iba a fallar; volvería con mucho dinero y cambiaría su vida para siempre. Era mucho el tiempo que estaba esperando esta revancha y lo lograría.
                           Las salas estaban iluminadas como nunca. Se dirigió sin titubeos a la primera mesa; el crupier le cambió sus pocos pesos por un montoncito de fichas. Un pequeño montoncito, era verdad, pero ya se haría mas grande, pensó. La transpiración le goteaba por las sienes, sentía la camisa empapada debajo del saco, los ojos clavados en el giro de la bolilla lo hechizaba sin remedio. Se decidió y coronó el bendito 36 sobre el colorado brillante de la mesa. Sentía que se moría, de verdad se estaba muriendo de nervios. No escuchó el número cantado; un codazo en las costillas le anunció que había salido el 36.No retiró ni una sola ficha; dejó que se multiplicaran solas. Otra vez el 36. Y otra vez y otra. Así hasta que le anunciaron que había ganado un millón de pesos. Lo ayudaron a contar las fichas y a cambiarlas por dinero. Era un autómata. No sentía, no escuchaba, no respiraba. Se dejó conducir  hasta un taxi y balbuceó la dirección de la pensión. Llegó y colocó todo el dinero sobre el sucio acolchado. Se desplomó en la cama con un jadeo entrecortado. Y empezó a llorar como un niño asustado, como un loco, como un animal perseguido. Entre gritos y sollozos se preguntó: ¿Ahora que hago? Viejo, vos que harías?
                        Se desvistió y apoyó la cabeza sobre la almohada en la misma postura que tenía de niño cuando se dormía sobre el pecho de su padre. Lo había logrado, él y su padre lo habían logrado por fin! Quiso dormir y una inquietud creciente lo empezó a desvelar ; se dio cuenta en pocos segundos de que algo no funcionaba; algo fallaba, su alegría no era tan grande  y el miedo, casi pánico lo dejó helado. Y entonces sintió un enorme vacío de emociones, de ilusiones, de dudas. Ya no tendría  que esperar nada.  Su plan estaba completo, realizado. Sus caminos tan tortuosos, tan vacilantes hasta hoy estaban cerrados. Lo único seguro es que no podría permitirse el lujo de volver a jugar; nunca mas debería arriesgarse a perderlo todo. Y sintió que así su vida no tendría sentido. En cuestión de minutos escribió una larga carta a sus hijos pidiéndoles perdón por todas sus ausencias y dejándoles el dinero ganado entre el abuelo y él. Ese dinero era lo único que podría darles.
                        Cargó el revolver que tenía en el cajón de su mesita de luz y al que tantas veces había acariciado en sus delirios de perdedor; ahora sería diferente, se dijo, no se repetiría  tal cual el destino trágico de su padre; él se iría como ganador y  todos lo comprenderían así.
                       Acercó casi con alivio el arma a su  pecho y disparó sin error. Los billetes colocados sobre la cama apenas si se movieron por el impacto.
                

Dionisia Vidoz

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La  silla  vacía

(Clase 21 - nivel 2)

 

 

Rodolfo entró una vez más, como casi todas las noches, al bar “Policarpo”. Allí encontraba un buen refugio para sus desgracias, sus males y amarguras. Una vez más huía de su casa, de sus pocas cosas, de sus silencios atroces y de sus angustias. Una vez más, sabía, con total seguridad, que allí lo esperaría una silla vacía. Su silla. Su compañía. Su mundo. Una silla silenciosa y comprensiva. Con ella, se tranquilizaba y podía pasar horas y horas, contándose su propia vida, su propia historia.  Con ella, lograba vaciar su espíritu cargado de pesares y luego, volver a su cama, agotado, ebrio, pero liviano, con más libertad y también conseguía sentirse menos prisionero de sí mismo. Y así lo hacía casi todas las noches: Ocupaba la silla vacía y compaginaba su pasado.
Se sentó y pidió un vino. El aire húmedo, pesado y turbio, le ayudaba, como siempre, a sentirse acompañado por otros, los pocos y callados parroquianos a su alrededor. Las paredes desnudas, con apenas algunas manchas de humedad no colaboraban en alegrar el ambiente, lo transformaban en aburrido y monótono en sintonía con los sentimientos de Rodolfo. Sólo los interesantes y extraños dibujos de las vetas de las maderas del piso, solían, a veces, distraerlo y sacarlo del profundo aislamiento al que lo inducía la silla y la bebida. La luz melancólica, con tonos ocres y pálidos grises, le permitía vislumbrar siluetas amigas y la del dueño que recorría mesa tras mesa, con vasos, vinos y cervezas.
Pocos hablaban, apenas se escuchaban unos murmullos lejanos y monocordes, que le facilitaban a Rodolfo, penetrar en su interior y llorar sin mostrarlo. Repasó, una vez más, sus amores, sus pocos y frustrados amores. Las mujeres que se relacionaron con él, no habían permanecido a su lado y las lesiones fueron sumándose y los tiempos acortándose. Él se sabía responsable, él se sabía imposibilitado de dar, de amar. No podía. Las heridas se fueron haciendo cada vez más profundas, hasta que el corazón se bloqueó para el cariño ajeno.
Apoyó una mano sobre el respaldo de la silla, como agradeciéndole su compañía y comprensión. Sabía que esa silla entendería sus fracasos permanentes en el trabajo. Su mala suerte o sus repetidas incapacidades y contradicciones, fueron la causa de que lo despidieran de todas las fábricas donde había trabajado como peón. Por una razón o por otra, siempre fue descartado del plantel. Eso era, pensó, descartable. Y sin dinero no podía ser feliz: Se justificaba, pero en lo más profundo de sus pensamientos, Rodolfo, se sentía único responsable de su inerme y desamparada vida, de sus congojas y desgracias.
Pidió otro vino, otros vinos, sabía que una vez más intentaría ahogar en alcohol todos los males del universo. “Esta vez lo lograré”, pensó. Otro vino, otra caricia a la silla amiga. Era la única que entendería como él había llegado a vivir de la caridad de otros, como subsistía con lo mínimo y a veces con lo ajeno, como había llegado tan abajo, tan a lo primitivo y básico. Rodolfo sabía como y porque: Por él mismo, por desesperación y desorientación. Él sabía que al estar perdido y abandonado, era difícil ver el rumbo correcto e intentar recorrerlo. Él lo sabía por haberlo pasado y repetido muchas veces  y se lo explicó a la silla.
Sin familia, sin amigos, sólo, sentado, en el bar “Policarpo”, repasaba su vida, con intensidad y sin esperanzas. Hizo el balance total y dio negativo, muy negativo. Ésta vez, la silla no lo alivió, no lo vació de sus problemas. Seguían allí, bien adentro, aferrados, ocupaban todo su ser.  Pidió otro vino. El interés por vivir se alejaba junto con sus deseos de continuar sentado en la silla. Se paró y la vio vacía como en tantas otras oportunidades, cuando llegaba al bar a altas horas de la noche. No sabía si volvería a verla vacía y a sentarse en ella. Acarició con especial ternura el respaldo de su amiga a modo de despedida. Salió del bar y se sintió rodeado y acorralado por una noche hosca. Más tarde encontró la negrura total.

 

Amadeo Belaus

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Rosas de ilusiones

(Clase 23 - nivel 2)

 

 

El ocaso fue la hora marcada en tu camino, la hora en que sin saberlo, encontraste el amor inocente y verdadero. El ocaso, siguió siendo la hora en que el éxtasis los envolvió y cada día esperabas a tu amada, con un ramo de hennas y rosas de ilusiones. A trasluz, del tenue fulgor del crepúsculo, se los vislumbró tomados de la mano caminando juntos y enamorados. Hicieron de ese amor, una catarsis interior. Y las huellas de ese amor, se marcaron a fuego, en tu corazón. Atravesando el corazón, llegaron hasta tu espíritu.
La hora del ocaso, también se convirtió en tu sino. Fue la hora en que lentamente, la vida de tu amada se deslizó de entre tus manos. Apretaste tus puños, tus dientes crujieron y tus músculos se tensaron. Desvalido te quedaste ante su partida sin regreso. Te desangraste en besos, como ahora en llanto.
Ahora es como en un sueño, y más allá de los sueños, la ves tan cerca, como lejana.
Transportaste a los colores del ocaso, la figura imaginaria de tu amada. Y hablás con tu único amigo, inseparable amigo, tu corazón.
En las pinceladas de colores, distinguís a tu amada, a veces nítida, a veces difusa. Su inocente imagen se bambolea. La ves como si fuese una niña, jugando con las estrellas. Y vos, la ves tan cerca, como lejana. Una diadema de henna, rodea la cabeza de esa sutil imagen femenina y entre sus cabellos, se asoman tímidos pimpollos de rosas. Ves a tu amada muy cerca de la luna. Esa luna, que cada noche aparece vestida de brillos, para recibirla majestuosa. Y vos y tu corazón, solos y padeciendo. Derramando en cada ocaso, ríos de lágrimas. Gritando en las noches oscuras, el dolor que los desgarra.
“Todavía no me abandones, quedate conmigo” gritás al infinito. Todavía no comprendés que su luz fue demasiado radiante, para este mundo imperfecto.
“Vivamos juntos, esta alucinación” le decis a tu corazón. Y comenzás a juntar rosas, humedecidas de rocío.
“Juntos hemos compartido su amor” volvés a decir en tu locura. En aquellos ocasos donde la vida fluía, no había a espacios vacíos. Sonetos y preludios resonaron en el aire, en cada risa, en cada beso, en cada instante que vivieron juntos.
¡Cuánta pena y cuanto dolor, sentís al saber que ya no te queda nada!
Nada queda en la oquedad, que es hoy tu vida.
Dejá de soñar, muy pronto amanecerá. Será una nueva aurora, un nuevo ocaso y un nuevo final.
Con los ojos entristecidos, ves la imagen desaparecer, detrás de los nuevos colores áureos.
Emprenderás por tu senda intentando olvidar a la mujer amada, que hoy ya no está. La mujer amada que solo persiste en esa figura imaginaria, que vos mismo creaste.
Buscarás aturdirte en mil cosas distintas, confundiéndote en espurios de amores efímeros.
Enjugá tus lágrimas, reanimá tu corazón desfalleciente, los rayos del sol, ya aparecen como delicadas cascadas de perlas.
Ponete de pie, es hora de partir. La imagen de tu mujer amada, ya se ha esfumado.
Pero no te das por vencido y vacilante y sin querer, mirás de frente al horizonte y la saludás.
Solo el eco de la voz del silencio sideral, te responde.
Un estertor te sacude, un torbellino te envuelve y las lágrimas que corren por tu rostro, ruedan hasta la arena, convertidas en flores de hennas y rosas de ilusiones.

 

Lidia Zamora

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Oblivión

(Producción independiente)

 

 El Señor Rafael Castillo, director de la Biblioteca de música, había trabajado  hasta las diez de la noche. Estaba exhausto. Antes de abandonar la oficina, se sirvió un pocillo de café. Pensó que sería el último del día.
 Nadie lo esperaba en su casa .Estaba separado desde hacía varios años, y sentía que sus hijos lo habían olvidado.
Desconectó las computadoras y las luces de la oficina. Apagó  los calefactores, se puso el abrigo, recogió el paraguas, conectó la alarma y cerró la puerta de calle. Antes de que retirara la llave,  alguien  detrás suyo en la vereda, dijo:
-Señor Castillo, perdone, sé que es muy tarde, pero necesito que me ayude.
El director se sobresaltó,  dio media vuelta y vio a un hombre aproximadamente de sesenta años con el pelo entrecano  y dos entradas pronunciadas en la frente. Usaba anteojos,  vestía  ropa oscura .La campera de cuero le apretaba el abdomen.  Su aspecto general era elegante y  pulcro.
-Disculpe director-insistió el hombre- Necesito una partitura. Yo vengo siempre, ¿no  me reconoce?
A Castillo le extrañó,  la familiaridad con que el aparente usuario le hablaba. Creyó conocerlo. Trató de hacer memoria, no pudo recordar el nombre de esta persona que lo miraba con ojos suplicantes.
-Sé que es tarde, pero sólo me llevará unos minutos localizar la pieza musical que estoy buscando. Por favor, Señor Castillo,  la necesito para ensayar con el octeto que dirijo.
Al director le inspiró ánimo y curiosidad  la vehemencia con la que aquel hombre le pidió  las   partituras. Dudó en atenderlo, pero el aspecto del supuesto músico le daba confianza. Tenía casi la seguridad de haberlo visto en otras oportunidades.
Abrió nuevamente la puerta, se apresuró a sacar la alarma, prendió las luces y le preguntó qué número de usuario tenía y qué melodía necesitaba.
-Mi número de usuario no lo recuerdo, le doy mi documento. Suelo venir cuando la biblioteca está tranquila. Pocos me ven, paso horas aquí  adentro.
Castillo localizó la ficha y sin leerla, la dejó sobre el escritorio.
-Bien, dígame ¿Qué tema busca?
-Sinceramente, no  recuerdo cómo se llama el tema-respondió.
-Pero, ¿Sabe  al menos  quién es el autor?
-Mire el tema es de Piazzolla y es una melodía tan hermosa que parece sacada de los jardines de París. Expresa la soledad, pero  no es el que se llama  Soledad, expresa la vida y la  muerte, pero no es Adiós Nonino, si uno cierra los ojos ve ángeles, pero no es La muerte del Ángel, la verdad es que no recuerdo el nombre.
Castillo lo miró  y dijo:
-Sí, que macana, yo tampoco  sé cual será, y eso que soy fanático de Piazzolla. Tiene temas muy especiales.
El usuario continuó:
-Comienza muy despacio, apenas el bandoneón hace sonar algunas notas, lo acompaña el piano de fondo y el violín va tomando fuerza. Da la sensación de que el alma queda desnuda y no puede disimular la tristeza .Apenas sube la fuerza  en algunos compases y luego desaparece, sin floreos, como algo que ya no está, que se fue, que no existe. Sólo queda la sombra de lo que fue o la nada, ¿Se da cuenta? -dijo el usuario con  pasión monacal.
-Quizás conozca esa melodía,  es un tema especial para usted ¿verdad?-dijo Castillo.

 

-Si, por muchos motivos…, sé que cuando la encontremos, también usted tendrá razones como yo para disfrutarla.
-Voy a examinar todo el archivo de Piazzolla y las cajas con obras inéditas que no están registradas todavía, estoy seguro de que la vamos a encontrar.
Después de un rato y mientras el usuario recorría las estanterías silbando con exactitud María de Buenos Aires, la operita  de Piazzolla, Castillo dijo:
-Lo felicito por ese tema que silba, es una de las grandes creaciones del Maestro también. Creo que encontré lo que está buscando.
Con mucha seguridad sacó de la caja la pieza que lleva por nombre: Oblivión.
El usuario la tomó entre las manos, la cara se le inundó de una alegría sorpresiva, los ojos taladraron los vidrios de los anteojos. Miró la partitura y  miró al director. Estaba subyugado por el hallazgo.
Alzó la voz y dijo:
-¡Esta es la pieza, justo ésta¡ .¿Cómo lo supo usted?
-Porque es también una de mis preferidas. Cuando la escucho mi alma deja escapar los fantasmas, de las voces de amigos  y de algunos familiares, que ya no me llaman- dijo Castillo con tristeza.
-Sabía que tenía que venir a verlo, ésta melodía representa mucho para mí, pero sé que para usted también, ¿Verdad?
-Más de lo que cree.
-Anótemela por favor Castillo,  me tengo que ir a ensayar con el grupo. Gracias, en unos días la devuelvo.
-Espere, quizás necesite algún otro dato suyo.
-Todos mis datos están en la ficha - dijo mientras cerraba  la puerta.
Rápidamente el director, buscó la ficha que tenía arriba del escritorio y leyó:
Usuario Nº 0108
Nombre: Astor Pantaleón Piazzolla
Fecha de nacimiento: 11 de marzo de 1921
Lugar de nacimiento: Mar del Plata
Domicilio: Alberti 1521.
Por detrás  de la ficha escrito en color negro  decía: Fallecido
Castillo se sentó. Se sirvió una taza del café  que la máquina conservaba a una temperatura aceptable. Buscó en la computadora todos los datos del material consultado por Piazzolla. Un dolor fuerte de cabeza y de cuello, lo perturbó aún más. Pensó que se había quedado dormido, que estaba muy estresado y que lo sucedido lo había soñado. Terminó el café, apagó nuevamente todo, puso la alarma y cerró la puerta. Al subir al auto, prendió la radio. Sin apartar de la cabeza todas las imágenes de aquellos momentos, escuchó que el locutor decía: “Hoy se conmemoran  los quince años del fallecimiento del Maestro Astor Piazzolla, por eso  para no olvidarnos de él, queremos hacerles escuchar el tema: Oblivión, interpretado por el octeto que él dirigía.”
Castillo  no se sorprendió. Continuó manejando .Escuchó aquél tema tan especial que lo hacía cobijar  recuerdos  perdidos en su memoria.
Por la mañana muy temprano, observó la calle solitaria y silenciosa.
Abrazó  aquél delirio desopilante, que quizás la mente, le había construido la  noche anterior. Mientras se ponía la campera para dirigirse a la biblioteca dijo en voz alta:
-Gracias Astor, por no olvidarse de mí.

 

Fernanda Cabrera

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Choclo
(Clase 6 – nivel 1)

 

Vino del campo. Caminaba con las piernas abiertas, pisando con todo el pie a la vez, como si todavía sintiera bajo el zapato la tierra removida de los surcos. Le decían el Choclo, porque tenía la cara llena de granos. Era feo, feo de veras. Tenía la nariz brillante y el pelo pajizo, veteado en cualquier parte con mechones que iban del colorado al rubio. El cuello parecía hundido entre sus hombros, pero aún así tenía aire de cordero, o de pájaro una cruza entre cordero y pichón de alguna cosa. No era tonto, sin embargo era quizás algo peor: nada fácil de explicar entonces. El símbolo o la parodia de lo que a esa altura de nuestro bachillerato nos estaba haciendo falta en el Colegio Nacional, cuarto año mixto.
Hernán lo decidió por todos, ni bien lo vio. Fue un lunes de mayo. Hernán había llegado a clase en la segunda hora y se detuvo en seco en el marco de la puerta. Lo miró, pestañeó y miró a los demás. Volvió a mirarlo fijamente y dijo:
- Perdón ¿Eso qué es?
Todos lanzamos una carcajada feroz. Todos, menos Julia. El Choclo se puso más rojo de lo que era y apretó los puños pero luego se levantó y extendió su manaza:    
- Buenos días che. Me presento: Soy Juan José Gutiérrez, nuevo alumno. Esto que ves acá, es una medallita de la Virgen de Caacupé, que me regaló mi madre. ¿A esto te referías, no?
Hernán no se achicaba nunca pero creo que esa vez, el tamaño del Choclo, hizo que titubeara y extendió su mano también.           
- Soy Hernán, muy linda la medallita.
Las carcajadas se cambiaron a un silencio insólito en el aula. El Choclo no le soltaba la mano a Hernán y éste se iba poniendo pálido. Julia reaccionó:
- Bueno, chicos, dejen las presentaciones para después que ya está por entrar el de Matemáticas.
A partir de ese momento, Hernán se declaró el peor enemigo del Choclo, no sabríamos nunca si porque lo había humillado demostrándole su fuerza y su falta de miedo o si porque Julia, al salvar la situación de alguna manera había tomado partido por él. Ella era la chica más linda de cuarto año, y sin temor a equivocarme, también del Nacional. Su belleza no radicaba precisamente en su cara o su cuerpo que no eran especialmente hermosos, sino en una delicadeza innata que la hacía parecer un ángel. Su buen trato, su sonrisa permanente, la suavidad con la que hablaba y se movía por el aula, hacía que todos la consideráramos especial, pero Hernán estaba loco por ella y no sabía cómo hacer para que Julia lo aceptara, porque ella, con toda la dulzura que la caracterizaba lo esquivaba permanentemente.
Hernán, sintiendo de antemano que el Choclo podría desbancarlo de su posición de líder del curso y también quitarle la chance de un acercamiento a Julia, empezó a hostigarlo pero, contrariamente a su estilo hasta ese momento, comenzó a hacerlo a escondidas. La mayoría pensaba que era porque tenía miedo de recibir una trompada en plena cara de un rival que era mucho más alto y fornido que él; sólo unos pocos creíamos que era porque, sabiendo que el Choclo lo vencería, quedaría desacreditado ante Julia. Pero, como fuera, el Choclo se sentó sobre chinches, “extravió” sus carpetas más de diez veces ese año, tuvo que cortarse el pelo por unos chicles “magnéticos” que eran exclusivamente atraídos por su cabellera rojiza, recibió constantes impactos de proyectiles de papel húmedo y tizas y miles de cosas aún más humillantes que no vale la pena contar. Hernán se ensañaba más por el hecho de que el Choclo parecía no darse cuenta de nada o, mucho peor, prefería ignorarlo. Todos pensamos que Hernán en algún momento claudicaría por aburrimiento o que por fin el Choclo le daría una paliza, pero nunca imaginamos lo que pasaría. 

Se acercaba el baile de fin de año y todos estábamos eligiendo pareja entre todas las chicas del Nacional. Por supuesto, todos sabíamos que Julia le estaba reservada a Hernán, como había pasado desde primer año sin ningún tipo de discusiones. Era el único momento en el año en que Julia parecía disfrutar de la compañía de nuestro amigo, ya que ambos eran excelentes bailarines. El Choclo ni siquiera intentó buscar pareja; a quienes preguntaban les explicaba que no podía bailar “ni siquiera un minué” porque sus piernas eran demasiado chuecas y su cuello hundido no le permitía moverse. El comentario llegó a oídos de Julia, quien de muy buen modo se ofreció a enseñarle. A ella nadie podía decirle que no, así que arreglaron para que El Choclo fuera todas las tardes a casa de Julia a practicar. De más está decir que Hernán casi explota al enterarse y decidió tramar su venganza. Si hubiéramos sabido lo que intentaría, seguramente lo hubiéramos detenido pero Hernán se volvió retraído, callado, se apartaba de todos en el recreo y se quedaba solo en un rincón del patio mirando fijamente al Choclo, como queriendo provocarlo, pero  el Choclo era conversador, ocurrente, amable, tanto que incluso había empezado a caernos simpático.

La noche estaba cálida, así que decidimos quedarnos afuera. Hernán y Julia abrieron el baile, como siempre, pero a él se lo veía tenso. Cuando empezó “oficialmente” la fiesta, Julia se acercó al Choclo y lo invitó a bailar. Todos los rodeamos. Con más voluntad que gracia, él empezó a moverse y todos los aplaudimos a rabiar y hasta les saqué una foto. Todos aplaudimos, menos Hernán, que se había escondido en un rincón oscuro, con una copa en la mano. Quise ir con él, a consolarlo, a hacerle ver las cosas de otra manera pero su mirada me asustó. Además, vi que el Choclo y Julia estaban tan felices que preferí quedarme a compartir un buen rato con ellos. Esa no era noche para tragedias…hasta que llegó el Falcon verde. Bajaron seis hombres con armas, preguntaron por El Choclo Gutiérrez. Es él, señaló Hernán.  Ese momento lo recuerdo en cámara lenta y en silencio, un absoluto silencio. La sonrisa del Choclo se congeló, cuando los hombres comenzaron a golpearlo. Julia intentó defenderlo, pero la golpearon a ella también y la dejaron tirada, sangrando. El Choclo no llegó a defenderse, su mirada revelaba que no entendía nada de lo que había pasado y entendía todo lo por venir. Lo arrastraron hasta el Falcon y escuché su último grito llamando a Julia, que intentaba incorporarse. Nunca más lo volvimos a ver. Tampoco a Hernán, aunque sé que él estuvo trabajando en una oficina de gobierno durante la dictadura y luego se fue a Estados Unidos, a trabajar como economista en el Fondo Monetario Internacional. Julia estuvo golpeando puertas durante meses junto a los padres del Choclo, tratando de encontrarlo, hasta que una mañana de mayo entraron en su casa y se la llevaron a ella también. Estaba embarazada, hay quienes dicen que del Choclo, pero no supimos nunca más nada de ella ni de su hijo. Tampoco volví a ver al resto de mis compañeros del Nacional, ya que mis padres prefirieron cambiarme de colegio, para evitarme “malas compañías”. Recién hoy, al nacer mi primer hijo, pude escribir esta historia que durante años me esforcé en olvidar. En un sobre, junto a esta hoja, guardo una foto en blanco y negro del baile del Choclo y Julia y una medallita del la Virgen de Caacupé que recogí del piso la noche del baile cuando todos se habían ido.

 

Claudia Schuardt

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Oscuridad
(Clase 21 – Nivel 1)

 

             Hormigas, la verdad parecemos hormigas, se dijo Raúl mientras descendía por la escalera del subte para regresar a su casa. El día era agobiante, el calor de casi treinta y ocho grados en esa tarde de primavera los había avasallado a todos. La gente bajaba en una hilera, en dos ,en tres; interminablemente los empleados de los bancos, los operarios, los vendedores de los comercios seguían bajando. La boca del subte los tragaba, los deglutía y en un proceso casi metabólico los iba eyectando en cada una de las estaciones que recorría. Es una ceremonia cotidiana, ritual, imprescindible. Y aquella tarde las expresiones de hastío y descontento se multiplicaban por cientos, por miles; nadie estaba feliz de recorrer esa especie de corredor de la muerte acalorado y sediento de sangre humana. Raúl se secó la transpiración de la cara con el último pañuelo de papel que le quedaba y con un suspiro resignado se apoyó sobre la puerta del vagón donde acababa de subir a los empujones. A su lado se ubicó una jovencita con un portafolio y un celular; no paraba de hablar ; por lo que decía ,Raúl dedujo  su profesión: secretaria de un estudio de abogados. Pasaban las estaciones y ella de acuerdo al ruido que hacían los frenos del subte levantaba o bajaba  la voz. Todos se enteraron que al Dr. Ruiz le habían rechazado un escrito sobre la sucesión de los Fernandez, clientes del estudio desde hacía muchos años. Raúl pensó que él no podría nunca hablar de su trabajo en esa especie de tribuna pública ; además su profesión se lo impedía. Era policía retirado y en la actualidad trabajaba como custodio de un banco;siempre llevaba el arma reglamentaria debajo del saco y sus comunicaciones eran para pedir ayuda en el caso de notar algo extraño entre los clientes. El celular privado no lo usaba nunca. Levantó la cabeza por encima de la marea humana y vió venir por el pasillo a un ciego pidiendo limosna. Se abría paso con dificultad y golpeaba el piso con un bastón para anunciar su presencia. Los pasajeros se corrían un poco y luego volvían a estrechar filas obligatoriamente. Las ventanillas estaban abiertas pero el aire era irrespirable; todos rogaban que en cada estación no se demorara mucho, para que volviera entrar algo de esa especie de viento caliente, pegajoso, nauseabundo, que llegaba desde afuera. El ciego avanzaba y avanzaba. Raúl pensó que quizás seguía avanzando a puro codazo porque no veía la cantidad de gente que iba descolocando a cada nuevo paso. Al ciego no parecía importarle mucho la marea humana; el “gracias” después del sonido de las monedas en su mano parecía ser lo  más importante en su vida. Los demás lo tenían sin cuidado.
                        A Raúl tampoco le importaban demasiado las otras personas; a la secretaria permanentemente conectada al celular menos. Estaban ya en la estación Pasteur; aún faltaba hasta Federico Lacroze, pero igual cada vez menos. El ahogo colectivo era terrorífico. Los olores, la transpiración y los bufidos habían creado una especie de hermandad en la desgracia que en cierto modo los solidarizaba. La máquina arrancó con un chirrido alarmante; Raúl escuchó con atención y reconoció el ruido de frenos desarticulados. Los conocía muy bien. El tren paró. Las luces se apagaron. Un silencio de muerte, de miedo y de asombro bajó sobre cada uno de los prisioneros del vagón. Las puertas no se abrieron. .Pocos segundos de silencio sepulcral y luego el grito. Desmesurado, enloquecido, aterrador. Todos gritaban a la vez; nadie se escuchaba. No había forma de poner orden; los que estaban cerca de las puertas o las ventanillas trataban de abrirlas a los golpes; la oscuridad les impedía ver donde golpeaban. Cualquier cosa servía: carpetas, celulares, instrumentos, nada daba resultado. Estaban  cerrados, ahogados y ciegos; el caos era total. Las voces parecían salir de las profundidades de la tierra y perderse en los confines de túneles oscuros y amenazantes. Por encima del infierno el ciego seguía pidiendo limosna; la empleada seguía hablando y haciendo una crónica del suceso y Raúl sintió el ahogo de su indomable claustrofobia. El hábitat cotidiano de su trabajo era una cabina blindada  No lo podía soportar, si seguía un minuto mas se moriría, pensó. Arrancó  de su cintura el arma reglamentaria, golpeó con más fuerza el vidrio de la puerta que se quebró en mil pedacitos; se abrió paso por encima de cuerpos ya caídos en el suelo del vagón. Sacó media pierna afuera y se dejó caer del otro lado, sobre el cordón del oscuro túnel. Empezó a caminar, a correr, a respirar. Casi no giró la cabeza y al rato dejó de  escuchar  las voces. Antes de alejarse hacia la luz mortecina de la próxima estación miró para atrás un segundo. El único que trataba de ayudar a salir a los demás era el ciego que no parecía aterrado frente a la oscuridad.

 

Dionisia Vidoz

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La presentación
(Clase 13 – 2° nivel)

 

 

 

El día que finalmente la conocí en persona me quedó más claro que el agua de que su misión en esta vida era meter cizaña y qué bien lo hacía.
Estábamos conversando los cuatro de nimiedades y de buenas a primeras ella dijo: “Te hiciste una cirugía en la nariz ¿no?” Y yo le respondí, haciéndome la graciosa, que la naturaleza me había proporcionado una nariz perfecta. Ella hizo una sonrisa de compromiso mientras que los hombres rieron con ganas. Me adjudiqué el primer round.
El segundo podría decirse que fue un empate técnico pues cuando me dijo “pero las tetas sí te las hiciste”, no tuve más remedio que aceptarlo aunque no me costó nada porque estaba tan orgullosa de ellas que nunca había negado que esa cirugía había sido mi mejor inversión de los últimos tiempos.
La velada continuó con la charla amena aportada por los hombres pero como era de esperar no tardó en llegar el tercer embate: “¿Cuántos años tenés? ¿Cuarenta no? Me imagino que no te casarás de blanco, ya estás grande para eso…” Me había dado un golpe bajo y dolía. Mi sueño siempre había sido casarme de blanco, entrar a la iglesia del brazo de mi papá y que todos admiraran mi maravilloso vestido de novia con una cola imponente. En algún momento dudé en hacerlo por mi edad pero todas mis amigas e inclusive mi familia me habían convencido de que debía cumplir mi sueño.
Yegua, pensé y decidí atacar. Le dije: “¿Duele mucho aplicarse el bótox?” Ese round fue para mí porque se puso colorada de la bronca y me respondió “ni idea, yo nunca me puse, no lo necesito”
Pedimos otra botella de champán, nosotras nos dedicamos sólo a escuchar la conversación de ellos, luego hicimos el último brindis y cuando pensé que el combate había finalizado, la muy arpía dio su estocada final: “Supongo que tu padre, como es la tradición, va a pagar una fiesta como Dios manda ¿no?” Ella sabía perfectamente que mi familia era de condición humilde y que la fiesta sería modesta y la pagaríamos mi novio y yo para ser justos y así ninguna de las dos familias se tendría que hacer cargo de nada.
La muy desgraciada se retiró triunfante y yo me quedé con un nudo en la garganta. Pero lo peor vino después cuando mi novio me preguntó sin siquiera haberse percatado de lo mal que la había pasado: “¿Y? ¿Qué te pareció mi mamá? Divina ¿no? Es una verdadera Diosa mi mami…”
No pude contestarle, no me salían las palabras. Una única pregunta rondaba en mi cabeza con una fuerza sumamente inquietante: ¿Vale la pena casarse con semejante hijo de su madre?  

 

Mirtha Herlein

 

 

 

2008
Fernanda Cabrera
Estela Gomez
Osmar Coronel
José F. Lombardo
Oscar Regis
Mirtha Herlein
Vivian Casasco
Dionisia Vidoz
Amadeo Belau
Lidia Zamora
Claudia Schuardt

 

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