Archivo 2007

 

 

Escribir es un acto volitivo, por momentos una catarsis y casi siempre la búsqueda de uno mismo. Quienes alguna vez intentaron poner por escrito sus sensaciones, volvieron invariablemente a ceder ante ese medio de expresión. Escribir es también la búsqueda del otro, llegar al otro: el lector.  La publicación de un texto es la concreción de esas dos metas. Este espacio esta dedicado para que los talleristas puedan llegar al lector a través de la publicación de los trabajos producidos durante las clases.

Estas publicaciones se llevarán a cabo bimensualmente como producto de nuestras "Convocatorias de autores". Todos los miembros del taller podrán presentar en éstas convocatorias los textos que se hayan producido y trabajado en las diferentes clases.

La redacción

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAMINO HACIA LO DIFUSO

(Clase 11 - Nivel 1)

 

 

 

Horizonte de pasividad, piel y sensibilidad.

Y acá estoy, sentado en el auto, sobre la banquina de la ruta, con el motor apagado, las agujas acostadas en el panel de control y la resignación encendida. Miro al costado y una laguna inmensa posa para mí. Tiene bruma, una bruma pesada que tapa casi todo. Sólo un árbol desnudo en primer plano, como un frío espejo completa el cuadro en tono de grises. El espejito exterior muestra la cinta asfáltica, recta, inmóvil, con sus líneas blancas en los bordes, perdiéndose en el infinito.

Bajo la ventanilla lentamente para acodar mi brazo izquierdo sobre el borde del vidrio. En realidad quiero refrescarme un poco, total, mucho no tengo para hacer. La humedad toma contacto con mi cuerpo, lo siento en la piel. La bruma parece envolverme como una fastidiosa película gélida, algo pegajosa que penetra en el auto sin permiso, invadiendo cada rincón del habitáculo.

Junto al árbol, unos desordenados pastos altos sobresalen del suelo cerca del borde de la laguna. No hay viento, ni pájaros, ni tráfico; miro a través del parabrisas y nada, por el espejo retrovisor, lo mismo, todo está detenido, estático, menos el diminuto sonido del reloj del tablero que marca las cinco de la tarde.

Apunto nuevamente hacia la izquierda y me imagino un entorno diferente, sin bruma, con sol, lleno de gente que aprovecha la laguna haciendo deportes náuticos, carpas con lonas de colores sobre los pastos desordenados, barriletes jugueteando con los vientos, garzas blancas haciendo vuelos razantes sobre el pelo del agua en busca de alimento y autos que van y vienen sobre el asfalto. Pero el escenario es otro, crudo, vacío. La absoluta soledad es la única protagonista que tengo en frente. Y lo más triste es que no es la primera vez que me pasa. Ya en dos oportunidades estuve parado en la banquina de una ruta, incomunicado. Recuerdo la última vez, años atrás, el paisaje era distinto, sin laguna, ni bruma, fue en tierras patagónicas donde la vegetación estaba compuesta de matas bajas, sin árboles, todo seco. Y pensar que me había jurado que sería la última vez, que nunca más me quedaría sólo en medio de semejante oquedad. Pero así es el hombre... repite el tropiezo como si la memoria no existiera para determinadas cosas.

La bruma ya me es familiar. Mi piel se adaptó a esa adherente y particular humedad, como una especie animal en extinción que debe mutar para sobrevivir. La laguna casi no se ve, dejó de posar para mí, adivino donde está, me guío por el árbol desnudo. Vuelvo a espiar por el parabrisas, del mismo modo por el espejo retrovisor; todo sigue igual, menos el diminuto reloj del tablero que ahora marca las siete. Podría pasar un auto, un micro, alguien a caballo, pero no. Mi brazo, sudoroso se está acalambrando. Lo apoyo sobre la pierna y cierro la ventanilla. El motor sigue apagado, las agujas del panel de control siguen acostadas y mi mente también se vació. Se viene la noche, el frío, más humedad y los grises se oscurecen.

Quiero salir del habitáculo pegajoso. Abro la puerta y noto que mis piernas no conducen al resto del cuerpo, están rígidas, como incrustadas al piso. Logro levantarlas y ponerlas sobre el asfalto. Me separo de la puerta que dejé abierta. Me siento un mojón haciendo juego con el árbol desnudo ubicado al otro lado de la ruta, un mojón con los números borrosos que, esté o no esté, da lo mismo. La puerta abierta de mi auto me invita a subir, a apoyar de nuevo mi espalda en el asiento. Contemplo las agujas acostadas en el panel de control y el reloj del tablero que anda por las ocho de la noche...

Miro al costado y la laguna inmensa desapareció, también los desordenados pastos altos, y el árbol desnudo, y la cinta asfáltica con sus líneas blancas en los bordes, y la bruma pesada, ya no están... 

Horizonte de pasividad, resignación y oscuridad que me acompañan en este momento, mientras repito la misma pregunta docenas de veces: ¿Por qué no habré cargado nafta en el último surtidor?

 

 

Eduardo Schapiro 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ESCENA

(Clase 25 - Nivel 1)

 

 

 

Pasó tres veces por delante de mi ventana
Viste de sport, muy prolijo.
Aparentemente  busca algo o a alguien.
Mira los árboles, continúa caminando .Lleva papeles en la mano.
El muchacho saca un plano, del Barrio
Lo mira  de un lado y lo da vuelta.
Lo veo caminar ahora por la vereda del frente, mira para todos lados, como si esperara ordenes.
Otros vecinos también lo observan con asombro, desde lejos.
Los reflejos de los televisores de los departamentos se apagaron, sé que están mirando todos al muchacho que da vueltas y vueltas, mirando los números de las viviendas.
Él parece no tener  miedo, está en la calle, nosotros, detrás de los vidrios y las cortinas, mirándolo.
Comienza a llover torrencialmente .Sonríe, esperaba la lluvia. Mira hacia un lado, a otro, y también a los árboles.
El muchacho busca algo en el plano del barrio, que no encuentra.
La calle no está iluminada a pesar de que recién  empieza a oscurecer. La tormenta apagó los últimos rayos de sol.
Hace mucho frío, él se frota las manos. Esta mojado. Mira como esperando ordenes.
Suena el teléfono, mis vecinos me avisan que escondidos, también lo miran.
Lo seguimos observando en penumbras.
Para de llover.
El rostro del muchacho denota gran preocupación y se endurece  con el correr de los minutos.
Abre  nuevamente el plano, mueve la cabeza.
Habla por el celular.
No encuentra lo  que busca, se le nota en los ojos, hasta parece que corren  lágrimas por sus mejillas.
Agita los brazos.
La calle parece desierta, pero da la sensación de que espera órdenes.
Los árboles lo inquietan.
Toca el timbre del portero del edificio de departamentos, que está frente a mi ventana. Habla por el portero acaloradamente Se sienta,  en el escalón del palier de ese edificio.
Llora y se toma la cabeza con ambas manos.
Se calma, mira hacia un lado y a otro.
Nadie pasa por esa calle.
Parece que han cortado el tránsito.
Mis viejos amigos vecinos y yo, continuamos mirando la escena, desde la oscuridad.
A cincuenta metros, él, ve una chica forcejeando con la cerradura de una casa, y se le ilumina el rostro.
Se pone de pie, grita Isabel varias veces, corre hacia ella, saca algo del bolsillo que brilla intensamente con una luz que lo ilumina en forma sorpresiva. Parece un anillo.
La chica se da vuelta, lo mira con  asombro, y queda extasiada ante la presencia del muchacho que  cruza la calle con los brazos abiertos.
Con espanto observo que por el medio del asfalto aparece un coche de los nuevos, color rojo a toda velocidad, frena, casi sin ruido, sobre el muchacho que se queda inmóvil, de pie, como una fotografía, y con una sonrisa plena.
Un grito ensordecedor de “Corten”, nos hace reaccionar.
Bajan de los árboles varios cameraman y sonidistas.
Se encienden cientos de luces.
Todos aplauden mientras ella se acerca y lo abraza.
Los dos comentan,” Esta vez salió todo a la perfección”.
Ahora, levantan la mano y saludan a todos los vecinos que observamos sigilosamente y en penumbras detrás de las ventanas.
Las luces y un enorme cartel de frenos de aire comprimido, no nos permiten ver el festejo.

 

Fernanda Cabrera

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Puntos de vista

(Clase 10 - Nivel 1)

 

 

Y pensar que no querían comprarte el celular con cámara incluida. Como si lo hubieran adivinado, pendejo. Pero insististe, te pusiste cargoso y hasta extorsionaste con lo del fallido regalo de Navidad. Hacerle eso a tu vieja, refregarle lo del regalo, fue  una guachada mayor. Pero te dio resultado, tu vieja se sintió culpable por haberse equivocado de muñeco en Diciembre y te compró el celular.  Ahora, a los 8 años, estabas a la par de tu hermana de 16, con ese celular brillante que le mostraste a los chicos del barrio tratando de disimular un poco tu alegría desbordante. Lo de fotografiar a tu hermana se te ocurrió un poco después.

Hacía poco que la espiabas cuando se vestía y una vez te habías animado a treparte desde el jardín a la ventana del baño mientras se bañaba. Pero era un riesgo demasiado grande, incluso alguna vez estuviste casi seguro de que ella te había visto, y  la cosa no te daba mayores satisfacciones, ni siquiera entendías bien por qué lo hacías. Tenía el encanto de lo prohibido, pero más allá de eso era una aventura intrascendente que te dejaba con la sensación de arriesgarte por nada. Sé que eso cambió cuando lo dijiste sin querer en un cumpleaños. Alguien había hecho la pregunta, y vos dijiste que sí, que habías visto a una mujer desnuda. Cuando te apretaron para que digas a quién, dudaste. Pero al mismo tiempo te diste cuenta de que no tenías salida, nadie iba a creerte otra cosa, las opciones eran tu mamá o tu hermana. Y dijiste la verdad, porque no te hubieras animado a mentir con semejante cosa metiendo a tu vieja en el medio.  Así que tiraste la respuesta y viste cómo el grupo se te subordinaba de inmediato: incluso chicos mayores te miraron con admiración. Claro que sabías que tu hermana era linda, aunque nunca lo admitieras. Para vos la belleza todavía tenía que ver únicamente con ojos celestes y cabellos rubios. Sólo recientemente habías empezado a fijarte en el resto del cuerpo, en los pechos en general y  en las tetas de tu hermana, grandotas y paradas,  en particular. 

Cuando los chicos te pidieron detalles, una prueba, sentiste que pisabas arenas movedizas. Porque la prueba la tenías ahí mismo, en tu celular. Pero mostrar las fotos podía ser igual a pasar de ídolo a degenerado, y además iba a ser imposible que ninguno hablara y que el asunto no llegara incluso a oídos de tu familia.  Te decidió la apuesta con Hernán, el líder natural del grupito. Porque él también había percibido tu respuesta como una amenaza, y quiso recuperar terreno. Entonces te había desafiado, se te había reído en la cara tratándote de mentiroso, de pendejo mentiroso.  Tuviste la lucidez de no darles el gusto demasiado pronto; de repente te diste cuenta de que el resto asistía  mudo al diálogo entre Hernán y vos y te gustó ese poder repentino. Y además, ya tenías la prueba que te pedía Hernán, ese grandote Hernán de 12 años que de repente parecía asustado y en el fondo se le advertía que ya te estaba admirando también.

 Así que te quedaste callado y con una sonrisa, y los dejaste que se agrandaran, que te cargaran entre todos hasta que apareció la apuesta. Primero  escuchaste lo que querías oír, que había varios que se morirían si veían una foto de tu hermana en bolas, que darían no se qué por verla.

Por fin le dijiste a Hernán, mirándolo sólo a él, fijamente:

- ¿Qué apostamos?

 

Me dijo Juan que le hizo gracia cuando le contaste esta parte. Más allá de la indignación y las ganas de cagarte a trompadas, esta parte le había dado risa a Juan. Porque te imaginó inflando el pechito contra el del otro nene, con apenas 8 años y haciendo apuestas que incluyen minas en pelotas. Claro que Juan nunca iba a decirte ésto. Pero sigamos.

El tiempo que te demoraste hasta hacer la apuesta, te dio la posibilidad de ver todo en pespectiva: ibas a mostrar una prueba, una sola, pero no en ese momento y no a todos. Ibas a mostrarle una foto a Hernán, pero no directamente del celular sino impresa. Eso iba a dejar por lo menos  dudas acerca de cómo la habías conseguido. En caso de que a Hernán le importara eso, claro. En caso de que a Hernán le importara más eso que ver a tu hermana completamente desnuda, en la cama y con las piernas abiertas, como posando.

Así que habías ganado la apuesta, 10 pesos y un juego original para la computadora. Pero por sobre todo habías ganado prestigio, el propio Hernán se encargó de ponerte por las nubes. Y a tu hermanita, claro.

Después de eso no hubo más apuestas. Pero sí hubo más fotos y muchos pedidos para ver “la” foto, y a algunos se la mostraste a cambio de algo. Nadie supo que tenías más de cincuenta fotos. Ni siquiera Juan.

Hablando de él, nunca entendimos qué fue lo que realmente te pasó, por qué de repente tuviste un cargo de conciencia insoportable con Juan. No tenías ningún remordimiento con tu hermana, pero con Juan sí. Te torturó la culpa hasta que se lo contaste. Debe haber sido muy difícil para vos, porque apreciabas mucho a Juan, y él a vos, era el novio de tu hermana desde hacía años y siempre te trató como si fueras especial, a pesar de la diferencia de edad. Así que un día lo llamaste y le dijiste que querías verlo, solo. Hacía meses que andabas con el celular y casi no podías creer las fotos que habías conseguido de tu hermana. Juan se preocupó, porque te notó angustiado de veras. Y cuando le contaste lo lastimaste mucho, porque le parecía terrible lo que estabas haciendo, pero vos te quebraste en un llanto desgarrado y entonces Juan se dio cuenta de que se te había ido de las manos, que el juego perverso se te había vuelto en contra de repente, que te mezclaste en cosas demasiado jodidas para tu edad. Y Juan tuvo que calmarte, apenas pudo retarte un poco y decirte que bueno, que él mismo iba a encargase de arreglar todo con tu hermana, porque tu hermana tenía que saberlo, era mejor eso a que se enterara por otro lado. En cuanto pudo apaciguarte un poco te hizo prometer que todo se terminaba ahí, incluso borraste las fotos delante de Juan. Fue lo mejor, viéndolo ahora a la distancia.

Porque a mí también el asunto se me había ido de las manos, y ahora estaba Juan. Pero desde la primera vez que te pesqué fotografiándome supe que jugábamos con fuego. Yo también me sentía estremecida cuando sabía que me estabas espiando, y adivinaba que mis fotos andaban torturando a tus amiguitos, esos mismos nenes que me miraban y enrojecían cuando venían a casa, y a mi me gustaba.

 

 

Sergio Muzzio

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ensordecedor zumbido

(Clase 2 - Nivel 1)

 

   Puso el revolver encima del escritorio y lo vació. Sentado, meditativo, fingiendo empeño estuvo haciendo caer el percutor hasta que empezó a declinar la sosegada tarde de invierno. Una y otra vez el dedo en el gatillo y él agazapado en el centro del silencio endurecido que lamían perros, gatos, las bocinas lejanas balanceadas sobre el río.
   Un ensordecedor zumbido lo atormentaba. Una estridente pregunta lo abrumaba: ¿matar o…? La situación lo superaba, y el ensordecedor zumbido y la estridente pregunta lo perseguían.
   Sentado en su silla de ruedas, filosofaba acariciando un revolver vacío, mientras miraba de reojo las balas. Decidió cargarlo. Seguía pensando dentro de esa habitación cerrada, dentro de esa solitaria casa, mientras acariciaba el revolver con el cargador ahora lleno.
   Una parálisis de la cintura hacia abajo lo mantenía en esa silla de ruedas. Y el ensordecedor zumbido continuaba atormentándolo. Y la estridente pregunta lo abrumaba. Manipulaba el revolver, lo acariciaba y lo miraba desde distintos ángulos.
   Se decidió a poner fin a esa eterna vacilación. Agarró con firmeza el arma. Miró fijamente un punto negro que había en el armario frente a él. Ya no había nada que pensar; ya había meditado demasiado.
   Comenzó a disparar. Seis balas destrozaron el armario que estaba dos metros frente a él. Y el ensordecedor zumbido aún lo atormentaba…
¡Mosca de mierda!, gritó –ya voy a comprar veneno en aerosol.

Gonzalo Figueroa
10.04.2007

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Palabras más, palabras menos

(Clase 20 - Nivel 1)

 

 

Abrió los ojos en cámara lenta.
Se pasó la mano por el rostro y al primer intento de salir de la cama llegó a la conclusión, estaba más cansado que cuando se acostó. De un tirón trató de arrancarse los pantalones largos que le habían fastidiado el sueño, pero no hubo caso. Miró la hora. El mediodía iba quedando atrás. Seguramente se había dormido a eso de las tres o cuatro de la mañana, mientras leía esa antología de poesía alternativa que se asomaba entre las sábanas.
Tomó el libro. De las páginas cayó una hoja de cuaderno mal arrancada. Sí, una semana antes había estado garabateando… ¿ideas, frases para la historia, versos?, hasta que el papel se convirtió en uno de los tantos carteles que indicaban la localización, el hallazgo de un poema digno de relecturas. 
Cada vez que el corazón te grita, no sabés que hacer con tus oídos, entonces corrés desesperada, y posás pidiéndo ayuda. Y te parece que todos escapan, que nadie te escucha. Como si estuvieras atrapada en una cámara con viejas fotos que cortinan tu alma, que apagan tus ojos.
Se levantó y escuchó el único mensaje que había en el contestador. Era Alejandra. Esta vez, en lugar de hablar, lloraba. Se había peleado con su última víctima y era, lo que se dice, El final. Ella lo sabía, estaba segura, por eso se sentía así, por eso necesitaba tanto charlar, apoyarse en  alguien.
Pasó el mensaje por segunda y tercera vez. Aunque por momentos se quebrara y sonara mal, adoraba esa voz, y trataba de encontrarle polizones, mensajes dentro del mensaje principal, como cuando de chico daba vueltas las cintas de los casetes para hallar el registro, los fascinantes gruñidos del mismísimo Satán.
Volvió al papel. Tal vez, ahora, lo que había escrito tenía algún significado. Buscó una birome y, de pronto, se encontró sumergido.   
La ciudad se desvanece a los pies del sol, y el sol describe y desnuda la belleza de la tarde. Y lamento que el sonido de estas palabras en tu mente esta vez sea todo lo que puedo andar para estar cerca tuyo. Pero más lamento que hoy estés en un rincón viendo los días como desde la ventana de un tren que se arrastra hacia un túnel, hacia la noche de tu mirada.
Salió del trance agotado, agitado como si saliera de abajo del agua. Resopló y guardó la birome en el bolsillo del jogging donde desde hacía meses había un pañuelo. Intercaló el papel entre las hojas del libro como si fuera un mazo de cartas. Fue al baño. Bajó la tapa del inodoro y lo apoyó ahí.  Se miró al espejo. Giró la canilla y se sujetó de ella. Observó correr el agua durante unos segundos y se mojó la cara. Tal vez sería bueno afeitarse, pensó, pero enseguida recordó que no tenía sentido, que la barba ya no aguijoneaba los besos de nadie. Sí, era adictivo. Pensar en ella era una cuestión física, sensorial. A pesar del tiempo transcurrido seguía sucediendo, en especial por las noches, al apagar la luz, al dejarse caer sobre el colchón y flotar sobre aquel perfume que insistía en atravesar sábanas.  
Se secó, tomó el libro, se sentó sobre la tapa del inodoro y comenzó a buscar El hechizo, un extraño poema que decía que más allá de las especulaciones de algunos entendidos, el olvido sí existía. Y podía conseguirse de muchas maneras: quemando una foto, rociando un colchón con vinagre, cambiando de casa, bombardeando una ciudad… incluso, si uno pronunciaba la palabra clave, podía comprarse en ciertos kioscos y farmacias de barrio.
Sacó la birome como si fuera un arma, y de nuevo le apuntó al papel señalador.
Es así, gracias a vos lo aprendí, hay marcas que siempre van a estar, como el pinchazo de la vacuna que tenés en el glúteo, como el lunar en tu cara, el tatuaje en mi brazo, como los anillos en el tronco de un árbol, hablándonos de los años.
Tomalo como quieras, pero tal vez sea cierto eso que dicen que las agujas del reloj van moviendo lentamente el dolor, hasta que deja de doler. Yo ya lo pasé, por eso creeme que un  día de estos las alas te van a volver a crecer.
Cuando el impulso se agotó, salió del baño, esquivó ropa del piso, movió un par de sillas, dejó el papel y los poemas sobre una de ellas, abrió el placard y se abrigó con lo primero que encontró. Fue hasta la mesa, movió botellas, vasos y envoltorios de galletitas hasta que dio con las llaves. Salió, apretó el botón y esperó que el encargado del edificio se tomara su tiempo para liberar el ascensor. Dos pisos más arriba lo aguardaba Tyson, el rottweiler histérico que cada mediodía se encargaba de pasear porque su vecino, envuelto en el opio de la rutina laboral, no podía.
Una vez de regreso, en su departamento, se rascó la barba hasta que sintió ardor.  Colocó en el equipo un CD de Los Rodríguez y se acostó sobre la cama. Estuvo un rato largo con los ojos clausurados, entonces llegó aquella canción que sobre el final lamentaba: “una carta te di, que nunca escribí, que nadie leyó...”
Se incorporó.
El precio de seguir viéndola era muy alto.
Recogió el libro y el papel de la silla, se sentó, apoyó la antología sobre sus piernas y encima colocó la hoja.
Ya no volvería a usarla para marcar ninguna página.
Ya no volverían a usarlo.
Sobre la otra cara de la hoja, comenzó a escribir el final de aquello que, ahora lo sabía bien, era el borrador, una carta que, por efecto inverso de la canción, alguien sí iba a leer.
Lo siento mucho, ojalá pudiera decirte algo que de verdad te sirva, pero estas cosas son así. Me despido. No te molesto más con esta nada que aborrezco. Con esta rara sensación de distancia. Con esta Luisa Delfino que fui  y que intento no ser. Sólo quiero que sepas que creo que hay que andar con un poco dignidad. Es decir, no hacer pendejadas, no morir en cada frase, no desesperar más de lo lógico, y no arrastrarse, y no sangrar ante cualquiera. Y respetar al otro, y a su presente. Y no confundir a quien supo amarte. Es decir, no forzarlo. Sobre todo eso: si lo dejaste no enviarle señales.
Dejar el egoísmo de lado. Cuidarlo.
Aunque cuidarlo, Alejandra, signifique no verme nunca más.

 

Marcelo Vertua

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Susana nunca se equivoca

(Clase 9 - Nivel 1)

 

 

Usted enseguida va a pensar que no sé lo que hago, que no sé lo que digo, en fin que no sé nada de nada. Mire no se haga demasiado problema en realidad ella tampoco supo nunca  muy bien de qué se trataba y sin embargo todo el tiempo hizo de cuenta que sabía, que entendía. Y sí, yo también pensé “Susana no se equivoca”, y así nos fue. Primero con la casa, claro usted no está enterado de nada, además no tiene por qué, la hipoteca sabe, sí la bendita hipoteca, la misma que hace un tiempo mandó a la lona a más de cuatro, bueno esa misma famosa hipoteca nos hizo mierda en menos de un año. Sí es cierto, Susana no tuvo la culpa de la devaluación, ni del cambio de moneda, ni de todas las cosas que vinieron después, pero fíjese que yo le dije, y no solamente yo porque que no me haya hecho caso a mi vaya y pase, pero mire que se lo decía todo el mundo, “en moneda extranjera no Susana”, “los verdes, mejor debajo del colchón”, pero ella nada, cómo si fuera especialista, como si el mundo dependiera de sus decisiones y nada más, hizo lo que se le dio la real gana. Y la verdad, qué quiere que le diga, en cierta forma el mundo dependía de las decisiones de ella, al menos el mundo que yo conocía, y lo peor del caso es que así vivimos durante mucho tiempo. Claro que cuando las vacas están gordas nadie lo piensa mucho y cualquiera puede darse el lujo de elegir, y sí es cierto, yo me di varios de esos lujos. Mirá que te hablo de lujos, lujos eh, te puedo tutear, no te importa no, bueno como te iba contando, que me daba el gusto de  elegir entre Pinamar o Punta del Este, para darte un ejemplo, o entre ir al cine o ir al teatro y terminar yendo a los dos lados porque uno no sabía con qué quedarse, y para rematarla nos íbamos a comer afuera, igual pagábamos la hipoteca qué me contás, que lo que es ahora, mirá lo que son las cosas, hipoteca de por medio, hasta el cable tuvimos que cortar, bah, lo cortaron de la central por falta de pago, y no vayas a creer que todo se lo debemos a la maldita hipoteca, que va, si fuera eso hasta me darían ganas de reírme mirá lo que te digo. Y es que en el medio fue lo mi suegra,  la pobre es pensionada, sabés,  y viste lo que son las coberturas médicas para los pobres viejos, qué querés que te diga, dejarla morir no era lo más humano aunque fue lo primero que se me ocurrió, pero Susana que si no sabe, hace de cuenta que sabe, me dijo “mirá Alberto la ponés a tu cargo y se acabó”. Y claro qué te parece, la puse a mi cargo nomás, total eran unos pesos más de descuento a fin de mes y en ese entonces la hipoteca todavía se pagaba sola. Bueno, como te iba contando primero fue la operación de mi suegra que por suerte zafamos, pero las desgracias no vienen solas viste, así que enseguida empezaron los problemas en el laburo. Primero fue  el recorte de sueldo, y bueno hubo que agarrar lo que venía “la mano no está para que te hagas el loquito”, me decía Susana, y como Susana nunca se equivoca, me quedé en el molde. Pero ahí no paró la cosa, al mes hubo reorganización de personal, y yo hacía ole por acá, ole por allá y me la venía salvando hasta que un día el jefe de personal me dijo “el trompa te quiere ver”, cagamos pensé, te juro que en ese momento se me aflojaron las piernas y la puta madre que los parió, me dije, si estuviera Susana sabría qué carajo decirle al tipo este que quién sabe con la que me va a salir. Y me salió con el despido nomás. Así que esa noche me fui para casa con el telegrama debajo del brazo. Y ahí empezamos a hacer agua por todos lados. Te juro que nunca la había visto así a Susana, nunca, y mirá que hace una punta de años que estamos casados, y mira que hubo veces que la pasamos fulera, como la vez que lo operamos al nene más chico de apendicitis, o la vez que la nena más grande se había perdido en el club y creímos que se había ahogado en la pileta,  y la flaca siempre firme, siempre sabía qué decir, qué hacer, pero esa noche, me acuerdo que se sentó en un sillón y se agarró la cabeza entre las manos y lo único que hizo fue llorar, no dijo una sola palabra. “Qué lo parió” me acuerdo que pensé si Susana no sabe qué decir, esto es el fin del mundo, y me dolió, la gran puta ahí sí que me dolió en el alma haber sido siempre un “pelotudo alegre”, como me decía mi suegra, porque al fin y al cabo le tuve que dar la razón a la vieja que después de la operación se había quedado a vivir con nosotros, la guacha a veces la emboca con lo que dice y esa noche la peor de mi vida mirá lo que te digo, me lo dijo más de una vez, y colaboró, eso sí como siempre, porque cuando se trata de colaborar mi suegrita es mandada a hacer, y esa noche sí que  colaboró, y como nunca, para mandarme al muere qué te pensás, pelotudo de acá, pelotudo de allá, y mi mujer que lloraba y los chicos que lloraban, colaboró de lo lindo. Al final  Susana se fue a la cama sin comer y  los chicos siguieron llorando y no paraban de preguntar “qué pasa, qué  pasa”, “nada” contestaba después la vieja de mierda. “Nada”, pensaba  yo “casi nada”, de la noche a la mañana me había quedado sin laburo, Susana se había quedado sin palabras, y esa noche fijate que hasta sin ganas de comer me había quedado, pero igual se me ocurrió que después de todo todavía me quedaba una familia, los chicos llorando, mi mujer tirada en la cama, no te voy a negar que era un panorama de mierda pero era mi familia qué joder, ah, también estaba la hipoteca colgada y una vieja a cuestas que  lo único que hacía era  murmurar por los rincones que ese pelotudo de mierda que era yo no servía ni para espiar. Y después con la malaria que se nos vino encima, qué querés, cualquiera empieza a hablar gansadas y a cualquiera le pasa eso de no saber ni siquiera lo que uno está por hacer, por eso te pido disculpas mirá, si hace falta me pongo de rodillas, pero además del gobierno que últimamente tiene la culpa de todo, te digo más, para mí la culpa, la culpa es de Susana que desde ese momento  ya no la tuvo tan clara, o si querés mejor de mi suegra que me hinchó las pelotas hasta decir basta o de los chicos, mirá si te parece le echamos la culpa a los pibes, porque y en eso tiene razón mi suegra, cuando se ponen cargosos no hay con qué darles y ahí un poco de culpa tengo yo en el asunto, porque nunca les di una buena zalipa, pero ahora es tarde,  y fijáte que hace rato que los estoy escuchando déle pedirme cosas todo el tiempo, dele decirme que tienen frío en el invierno y que tienen calor en verano, como si yo tuviera la culpa de haber perdido la casa, pero quién les explica lo de la hipoteca me querés decir, sí ya sé que a vos la crisis te agarró igual que a cualquiera pero todavía te quedan los zapatos, viste, y la campera que está buena y el reloj que ya sé que es lo único que tenés del viejo que se te fue hace rato, ya me lo dijiste unas cuantas veces, no me vas a contar a mí lo que son las obras sociales, mirá si te digo que de algo estoy contento es de no tener ninguna porque la que está que trina es la vieja de mierda que no puede conseguir los remedios para el corazón, pero con ésa ya ni hace falta nos va a enterrar a todos, que la parió , tiene como noventa pirulos y no se cansa de andar todo el día por los rincones diciendo que soy un inútil, que no sé cómo no me da vergüenza, que ni para pedir sirvo. Y es cierto, qué querés que te diga, pedir me cuesta un huevo, por eso dale, dame lo que tenés encima y terminemos de una vez, un peso, dos, no importa, lo que tengas, no la tarjeta no hermano, no me sirve, efectivo dame el efectivo. Qué decís, el arma, ah, no te hagás problema está descargada, querés que te diga más, entre nosotros es del pibe más chico que ya no la usa, la madre dice que los chicos no deberían jugar con revólveres, y esas cosas a veces todavía las tiene claras mi mujer, como hoy a la mañana temprano cuando encontró este chiche tirado y “tomá”, me dijo,  “usála para algo pelotudo”,  y aunque últimamente no la viene pegando la pobre Susana, en casa, todos preferimos hacer de cuenta que ella sabe lo que dice, que ella sabe lo que hace, por eso dale, no te hagás el difícil que no me queda otra, dame lo que tenés encima y vos por tu lado y yo por el mío, y hacemos de cuenta que Susana nunca se equivoca.  

Roberto Pereyra

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Señora Uxbridge


(Clase 6 - Nivel 1)

 

Me siento al sol a beber gin. Son las diez de la mañana. Domingo. La señora Uxbridge está por allí con los niños. La señora Uxbridge se encargó de la casa, la cocina y cuida de Meter y Louise.  No podría haberlo hecho sin ella. Luego de la muerte de Mary Ann apareció misteriosamente. Sus referencias eran impecables. Mi mente estaba confusa. Su presencia empujó la tristeza fuera de la casa. Los niños la adoran. La casa luce impecable. La señora Uxbridge hace muy bien su trabajo. ¿Sino como podría estar aquí cómodamente sentado al sol con un gin en la mano?. Nada es ya posible sin la señora Uxbridge. Trabaja los siete días de la semana. La señora Uxbridge no tiene familia ni amigos que visitar. Nuestras vidas están en sus manos desde hace un año. Noto que los niños se han callado. Me parece raro. Los supongo mirando la televisión. Intento incorporarme para ir a investigar.  Un tremendo mareo me vuelve a la reposera. Junto fuerzas y me incorporo. Otro ruido. Más fuerte. A continuación un grito sordo. Los niños, pienso alarmado. Y llamó a la señora Uxbridge. Me siento cada vez peor. Debió ser el gin bebido al sol. Nunca antes me había pasado. Apenas puedo subir los tres escalones del porche. Entro en la casa, y a través de una niebla que me invade veo a los niños tirados en el piso. Alrededor de ellos se agranda un charco de sangre. Levanto la mirada espantado, y allí está la señora Uxbridge. Lo último que alcanzo a distinguir es el cuchillo de cocina ensangrentado en su mano derecha. La señora Uxbridge me mira. Me desplomo. Un hilo de sangre comienza a salir de mi boca. Un último pensamiento es ahora una certeza: Nuestras vidas siempre estuvieron en sus manos

Liliana Mammato

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Carta a un hijo que vuelve
(Clase 23 – Nivel 1)

 

“Para ser abierta cuando el avión esté llegando a Ezeiza”, decía el sobre.
Y el hijo obedeció. Aunque su padre fuera casi un extraño para él, de hecho por su culpa se había ido. Aunque el viejo nunca lo reconocería. Sabía que durante su ausencia su padre siempre les había dicho a los amigos que su hijo había elegido el exilio.
La campanilla anunció el tan esperado “ajustarse los cinturones”. Estaban llegando luego del cansador viaje. Entonces con la  ansiedad de tantos años de zozobra, abrió el sobre, y comenzó a leer:

“Miro para atrás y veo dos historias.
La primera: Estoy junto a tu madre viviendo tu infancia y tu adolescencia.
Recuerdo tus éxitos en los estudios. Nunca te lo dije, pero estaba y estoy orgulloso de ello.
Luego el destino sacó trágicamente a tu madre de nuestras vidas. Eso marcó un antes y un después. Sé que siempre me culpaste de su muerte. Espero que hayas recapacitado.
La vida te habrá enseñado que a veces las cosas no son como uno quiere.
Vos, adolescente, te refugiaste en tus amigos para mitigar la pena
Yo me sentía muy solo. Luego apareció Lucía  ¿Qué podía hacer yo? Y comenzó la segunda historia.
Sabía  de antemano que los treinta años de diferencia no presagiaban nada bueno, pero estaba solo y necesitaba a alguien, la necesitaba a ella. Ella, solo necesitaba mi dinero y mi estilo de vida.
No me importó. No me importaste. Quisiste advertirme. Yo estaba sordo y ciego. Lucía llenaba mi vida. Creí, o quise creer las cosas horribles que dijo de ti.
Te eché una mañana. Juré no verte más. Te desheredé. No me importó nada. Lucia llenaba toda mi vida.
Pero las cosas cambian cuando el dinero se acaba. Porque un día se acabó. Y ya no la vi más. Se fue tras el renombrado cirujano plástico que había hecho todas sus cirugías y que yo había pagado con mi dinero, con tu dinero, con el dinero de tu madre. No merezco tu perdón.
Quedé en la más absoluta miseria, viví de la limosna de los pocos amigos que me quedaron.
Supe de tus éxitos por ellos. Lloré noches enteras. Amargas lágrimas de arrepentimiento. Si tan solo te hubiese escuchado.
Luego me recompuse. Mi capacidad para los negocios estaba intacta. Recuperé lo que fue mi fortuna .Y más aún. Mis amigos me ayudaron. Les debo todo. Por ellos supe que tu esposa es francesa, que tenés dos hermosos hijos, que la vida te sonríe en Paris.
No soy digno,  ni siquiera de que pienses en mí. Pero me escribiste. Veo la mano de Juan, mi abogado detrás de todo esto. No en vano sos su ahijado.
Me escribiste. Me perdonaste. Venís con tu familia a buscarme,  y no lo merezco, y siento que mi corazón estalla de alegría.
Hoy llegan ustedes, después de  tanto exilio. Estoy en el aeropuerto
Más fuerte que los motores ruge mi emoción. Los espero.
Una lágrima borronea mi mejor recuerdo. No se si mis brazos han de alcanzar para un abrazo semejante. Mi corazón sonríe solo y mi presente levanta vuelo.

Liliana Mammato

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hojas amarillas

(Clase 1 - Nivel 2)

 

 

Era otoño cuando la escribió. ¡Cómo olvidarlo!
La encontré por casualidad, está igual que cuando la dejé entre las hojas de este libro. Quizás está más amarillenta que la que describen en una novela o en una película, pero la tinta con la que fue escrita está impecable.
Solas se ponen amarrillas. Las que guardan recuerdos, saludos a familiares o recetas.
Pero ésta, aunque amarilla, es distinta a todas  por el secreto de amor que encierra entre sus líneas.
En este siglo de la informática los mail no se ponen amarrillos, simplemente están, se guardan en archivos, en soportes o desaparecen, pero no se ponen amarillos.
Tampoco conservan el perfume, no guardan la energía de la persona amada,  y aunque pueden revelar los secretos de los amantes, sólo se pueden tocar o leer en hojas extrañas, sin el amor del amado.
¡Cuántos años han pasado! , Ya ni me acuerdo. No quiero que mi mente me diga cuántos, me da igual. ¿Para qué, con qué fin saberlos? Quizás sean cincuenta o quizás setenta.
No importa el tiempo en esta clase de secretos, porque estos secretos son siempre eternos.
Nadie se enteró de lo nuestro.
Él ya no está. Siempre me pedía  que no  revelara lo nuestro.
No lo hice, no lo haré. No tiene sentido.
Qué deleite conservar después de tantos años a través de dos siglos algo tan bello para mi corazón, que no sabe de fechas gregorianas o mayas, él  y nuestro secreto siempre tienen la misma edad.
Recuerdo que al recibirla me olvidé que el mundo estaba en guerra. ¡Dios cuánto lo amaba!
Los dos éramos muy jóvenes, pero también muy valientes.
Estas hojas amarrillas como las de los árboles en otoño, están llenas de amor, llenas de la vida que se ha ido precisamente para poder permanecer por siempre.
Vuelvo a leer las palabras escritas en estas hojas que el tiempo no borró y siento que mi memoria y mi corazón se ponen de acuerdo para evocar aquel amor secreto, de amantes  locos y apasionados que nunca murió.
Sin darme cuenta me paro, dejo el libro, apoyo la hoja amarillenta en mi pecho, siento que mi cuerpo se agiliza, mis manos deformadas por la artritis se enderezan y mis rodillas endurecidas por la artrosis, bailan al compás de Pégate de Riky Martin que en este momento mi nieta escucha a través de la computadora, me río, ella ríe, me abraza, baila conmigo y me pregunta:
¿Abuela por casualidad, estás enamorada…?

 

Fernanda Cabrera

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mariposas en la cama

(Clase 10 - Nivel 2)

 

 

Bien podría ser cierto que el amor fueran mariposas en la cama.
También podría ser cierto que esa tarde fatal no hubiese existido. Pero todo es real.
Es real la puerta de mi dormitorio que en este momento está abriéndose lentamente, para dejar que tu silueta se recorte sobre el negro vacío de aquello que hay detrás de la puerta y yo casi ni recuerdo. Son reales tus gestos que se han hecho  tan medidos, tan tuyos, tan para complacerme, como todo últimamente.
Antes no, antes era distinto.
Cuando te acercabas todo vacilaba, me temblaban las manos y si estaba de pie la tierra era un carrusel y las piernas se aflojaban y mi cuerpo perdía peso y mi voz era un susurro y tu risa un mundo entero.
No puedo ver tu rostro cuando te dirigís hacia la ventana, pero escucho tus pasos. Tus pasos serenos, resignados, callados. Todo es silencio últimamente.
“Por favor podés correr las cortinas”, te digo, y siento que algo ha cambiado. Mi voz sigue siendo un susurro, y vos sonreís, pero tu risa, tu risa ya no resume el mundo.
Movés hacia un costado el pesado cortinaje azul y de pronto, el día se rebela y un sol casi insolente castiga mis ojos. Yo me dejo castigar. “Es un día muy hermoso”, o algo así, acabás de decir  mirando  hacia la calle.
“Sabés...” quisiera agregar pero callo. Sabés, pienso, a veces estoy tentada de asomarme a la ventana para esperar tu regreso. Luego caigo en la cuenta de que para mí no hay ventana, simplemente un cuadrado de cielo quizás celeste, tal vez grisáceo, algunas noches hasta doloroso.
“No sé cuántos años se demore la vida”, me gustaría decirte, pero creo que este retazo mío de voz no lograría hallar el modo de convencerte de que lo más importante es volver a sentir mariposas en la cama.
“Quién lo diría luego de la tormenta de anoche” agregás casi inmutable sin dejar de mirar hacia la calle.
“La noche o el día, qué más da” pero sólo lo pienso, no voy a cargarte con ninguna otra frustración. Si supieras que ahora el insomnio ya no es cosa ajena. Si vieras la noche como yo la veo. A veces, la melancolía acelera los latidos de mi corazón, lo sé porque la cabeza me estalla. En esos momentos busco tu mano. Mi pensamiento la busca. Vos mejor que nadie sabés que sólo mi mente intenta acercarse. Y no creas que no lo consigo. La imaginación es dúctil y suele obedecernos cuando ya nada nos queda. Y no hablo de tu cuerpo, si no sencillamente de tus dedos enlazados en mis dedos, apretando sin fuerza, conteniendo sin demanda, esperando sin apuro. Luego, con el desvelo incrustado en la noche, la tristeza atrincherada en la memoria, el miedo agazapado en el alma, yo recuerdo. Porque ahora sólo recuerdo. Reminiscencia y nostalgia de volver a sentir mariposas en la cama.
Ahora tu figura se dibuja sobre el cristal de la ventana y tu sombra avanza sobre el edredón rosado, avanza lentamente hacia mí. Puedo ver tu rostro. . . y tu sonrisa. . . Intentaría preguntarte si no hiciera tanto tiempo que no te lo pregunto. Tus ojos me miran, ahora son tus ojos los que han dejado de resumir el mundo.
Antes no era así. Antes las manos buscaban las formas, antes las bocas descubrían la dicha, el gozo, el dolor, el llanto.
Tus labios se mueven. Creo que estas a punto de regalarme una de esas frases tuyas que últimamente me buscan pero no me tocan. Tus palabras ya no son deseo. Hoy son “mis” silencios, son el resonar apagado y presuroso, llegan a mí como el sonido de un reloj envuelto en algodón, por eso ni siquiera me rozan, sólo se enroscan, se retuercen, se apelmazan, se mueren.
“Qué tengas un buen día”, dicen tus labios luego un beso seco y distante casi contradice ese pequeño discurso prefabricado.
“Gracias igualmente” voy a contestarte, pero callo. Conversar es un recuerdo, otro proyecto inútil. Tal vez debiera dejar de esforzarme pero lo malo de esta situación es que ahora no elijo.
Desde aquella tarde, la del accidente, te he cedido el privilegio de manejar mi vida, tu vida, ¿nuestras vidas?
“Hasta la vuelta” quizás antes te hubiese contestado. Ahora callo. Y es que últimamente no hago más que esperar  estoica, serena, obstinadamente. “Voy a seguir intentando” me gustaría gritarte. Pero callo. “Aunque  los médicos no hagan otra cosa que tratar de convencerte de que mi cuerpo ha perdido la sensibilidad, no temas” sería bueno decirte. Y sin embargo callo. Tu espalda se pierde detrás de la puerta del dormitorio, allí donde casi ni recuerdo que otro mundo existe. “No temas. . .”, y me gustaría que me oyeras, pero desde aquella tarde, desde el accidente fatal, desde hace tanto. “. . .bien podría ser cierto que un día de estos me despierte y sienta mariposas en la cama” quisiera murmurar. Pero callo.

 

Adriana Ferrero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Silencio

(Clase 5 - Nivel 1)

 

 

   Después de hacer el amor, abrazados, él le susurraba frases cariñosas que expresaban sus sentimientos más profundos.
   Acostado boca arriba y con la sábana que lo cubría hasta la cintura, cruzó su brazo derecho por la espalda de ella y le acariciaba el cuello. Con su mano izquierda se sostenía la nuca, su brazo formaba un triángulo isósceles con su cabeza. En esa posición, miraba el reflejo de ellos dos en el techo espejado.
   Ella, en posición fetal, apoyaba su cabeza en los pectorales de su compañero. La improvisada almohada latía lentamente. Estaba muy cansada; sus ojos se cerraban y ella no hacía nada para impedirlo.

   En el pasillo, mientras ella se estaba por ir, él la despidió con un último beso en la boca.
   - Mañana voy yo a tu casa, mi vida –le dijo acariciando con su mano izquierda el contorno de la cara de ella. Esa cara que estaba recién lavada porque hacía un rato se le había corrido el maquillaje.
   - Te voy a estar esperando –susurró, y salió.
   Cruzó la calle nerviosa, mirando hacia abajo. No era la primera vez que lo hacía, pero seguía sintiendo la misma sensación que hace un año. Lo mismo que siente un chico de seis años que sabe que rompió un florero y su mamá todavía no se dio cuenta.

   Por fin, ella estaba dormida sobre el pecho de su compañero. Él se escurrió sigilosamente como una serpiente al acecho. Apoyó en la almohada la cabeza de su amor, y la tapó hasta el hombro con la sábana. Usando sólo la luz que la luna enviaba a través de los postigos de la ventana, se vistió. Descolgó el teléfono y apagó el celular para que ningún ruido la despertara. La contempló unos segundos y suspiró. Sacó $100 de la billetera y se los dejó al lado del velador.
  
Ella llegó a la puerta de su casa. Tenía la ropa arrugada y el corpiño desabrochado. Traspiraba  frío. Miró hacia todos lados, y entró en su casa. Cerró la puerta, y miró, a través de la mirilla, la casa de enfrente. Suspiró, y fue a la habitación a cambiarse.

   - Buenas noches, que descanses, mi amor. Susurró.
   Él caminó despacio hasta la puerta, pisando suavemente, sin hacer fuerza como si caminara sobre vidrios rotos, y salió.
   Subió a su auto y volvió a su casa. A su esposa le pidió perdón por haberse demorado en la oficina y tuvieron sexo.
 
  Él no le dijo donde había estado. Ella no le contó que había hecho el amor con el vecino. Y los dos fueron felices con el silencio propio y el ajeno.

 

Gonzalo Figueroa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un soplo renovador

(Clase 7 - Nivel 1)

 

 

Es casi mediodía de un miércoles soleado y Cristina se siente encerrada en la oficina de contaduría donde trabaja desde hace años, siempre con el mismo jefe, que es muy serio y parco. La relación entre ellos es distante pero educada y respetuosa.
Sentada frente a su escritorio, teclea la PC, controla el debe y el haber de cada cliente, para ella son sólo números y más números, sólo sumas y restas. Se siente como una prisionera entre gruesos barrotes y para colmo, la única ventana de la oficina, está alejada de ella, y no le permite ver el espléndido sol que alumbra afuera. Su lugar de trabajo, está apenas iluminado, casi en penumbra y como sonido de fondo, sólo se percibe el murmullo de las voces de sus compañeros.
De repente aparece el jefe, sonriente, cosa que sorprende a todos y les comunica que por ser el día de su cumpleaños, los invita para ésa misma noche, a tomar unas copas en el pub “El encuentro”.  Nadie lo puede creer, sospechan no haber comprendido la propuesta y entre risas, aclamaciones y aplausos, escuchan al jefe que dice que no se trabaja más, que todos se pueden retirar a descansar y a prepararse para la reunión de ésa noche. En menos de quince minutos, la gran oficina queda a oscuras y en pleno silencio.
Cristina no lo duda un instante, se iría, aunque sea por algunas horas, a su refugio, a su casita de fin de semana, para encontrarse con Boby, su idolatrado dálmata.

Dentro de la casa y afuera, en el jardín salvaje, Cristina respira con ansias de libertad, allí es ella misma, sin hoscas ataduras que confundan sus sentimientos. Vive pura, sin límites terrenales. Allí se sabe no observada y vuelca su alma hacia la expansión.
Corre y salta a la par de Boby, con quien se conecta en unión profunda con sólo  mirarle los ojos transparentes y vitales. Percibe y acepta agradecida la comunicación fluida, verdadera y sana que nace entre ellos. Saben ambos que el amor los une y el cariño desborda, no necesitan hablar, ni emitir sonidos, con sólo abrazarse, se dicen todo.
Se persiguen jugueteando como niños y ya agotados, reposan extendidos  sobre el  césped generoso, entibiado por el sol primaveral. Uno acostado al lado del otro, con la respiración agitada por el correteo y los brincos  payasescos ofrendados entre sí, reciben el ardiente y amoroso abrazo del sol. El pulso de ambos corazones se acompasa, se aquieta melodiosamente y hasta parece que Boby le sonríe, es entonces cuando ella le corresponde con afecto cristalino.
Cristina descansa, se abstrae y trata de encontrar las diferencias conceptuales entre felicidad y libertad. Las busca con alegría en la parte oculta del universo, pero no las halla, sólo comprende que ella, en ése momento, es libre y feliz.
Desde abajo de un manzano, ven el cielo azul nítido mientras algunos cardenales multicolores vuelan como notas musicales en las alturas no tan lejanas. El amplio paisaje es armonioso y pacífico, está completo de extrema pureza. Ella, en abstracción casi plena, detecta que las yemas y brotes del manzano están a punto de eclosionar y en los sublimes y diminutos pimpollos ya asoman los pétalos con tintes nacarados. Mientras acaricia a Boby, visualiza con nitidez y júbilo que un nuevo ciclo se inicia, que nace un soplo renovador.
El sol prosigue su éxodo, ya algo más pálido, más frío, dando así asomo al crepúsculo, para terminar con el dulce descanso de Cristina. En horas más, volverá a los duros compromisos acompañados por los fríos saludos y a las sonrisas hipócritas. Ella regresará a la maldita rutina con su amarga melancolía, a la plena desaparición de la verdad deseada.
Saluda durante breves minutos a Boby, trata de no demostrar tristeza, entra en la casa, se ducha, luego cuelga la bata en el perchero que está a los pies de la cama. Sabe que pronto, cuando vuelva a ser libre y feliz, de nuevo la necesitará. Enseguida sale del cuarto y cierra la puerta con llave.
Dentro de la casa, la paz, con seguridad, aguarda su regreso.

 

Amadeo Belaus

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NADA DE NADA

(Clase 20 – Nivel 1)

 

Sentados juntos, uno bien cerca del otro, tomados de las manos e inmóviles, dejamos transcurrir nuestro ser. El tiempo está ausente en ésta reunión. El reloj de pared, a nuestras espaldas, marca sonoros tic tac, tic tac, tic tac, pero sus agujas negras y acusadoras, están inanimadas. ¿O nos parece? ¿O es lo que deseamos? tic tac, tic tac. Tiempo nulo. Un leve y externo sonido, algo ronco, como una resonancia de la vida que nos agobia, ingresa por el ventanal y es lo único que se suma al tic tac,.
            El tiempo está consolidado, casi estático. Estamos sumergidos en esa nada, la negación del hacer, del avanzar, del estar,  del ser. ¿Qué hacer, cuando no se puede hacer nada? ¿Qué hacer para que la vida no avance? ¿Qué hacer, para que no vuelva a amanecer?
            Con ella, tomados de la mano, lo intentamos, pero las respuestas huyen, se alejan, nos desconocen. Todo sigue igual, inmutable. Todo es nada, es quietud absoluta. Ella está, es, pero no lo sabe. Respira, pero no reconoce. Miro el reloj y solo escucho el accionar de la cuerda metálica. Es como si las agujas estuvieran fijas, detenidas y el péndulo dorado, brilla, acá, allá, acá, allá, acá, allá, aunque pareciera mantenerse inactivo como clavado en la vertical absoluta del cero. Todo es igual, idéntico. Nada progresa ni cambia. Nada de nada. ¿O es lo que deseamos?
            Uno junto al otro, nos acompañamos, nos unimos, nos sentimos. Ella gira muy poco y me mira con sus ojos entrecerrados, por el cariño que a borbotones aflora de ellos, entonces sonríe y me dice : “Ud., es un buen amigo”
            Tomados de la mano, en silencio, solos, aislados, acariciándonos, me doy cuenta de que la nada, es puro amor. Es amor pleno, neto, que se nutre y vive en nosotros. La nada no es tiempo inanimado, es amor en acción. Y es lo que deseamos.
            Ella, mi madre casi centenaria, se prepara para sumergirse con delicadeza y dignidad, en el espacio vacío y claro de la nada, donde el transcurrir no existe y donde no hay contornos. Donde el tiempo y la luz se unen para cobijar al amor.

 

Amadeo Belaus
25-09-07

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Baños de noche

( Clase 12 - Nivel 1 )

 

Si un día llevé la piel blanca y lozana que brillaba en las mañanas diáfanas de inigualables soles y brisas frescas, hoy llevo grietas y algunas manchas sobre mi cara, y en ella una boca curtida de inexorables y solitarias noches en las que resuena algún que otro nombre de mujer.  En esos ecos como  gritos contenidos, desahogo en trozos,  su irreversible ausencia. Mis manos pequeñas pero fuertes  nada han podido construir, ni menos aún podrán trazar nuevos finales. Y aunque pequeñas mis manos pegan como el acero. Golpearon en aquellos días y agotaron el sol que resplandecía sobre mis finos cabellos dorados  que hoy empalidecen grisáceos bajo la luz de la luna. No es que no tenga piernas, pues las tengo, es que ellas no me han llevado a ninguna parte. Hoy también pesan las nocturnas horas  de bares y burdeles, de lunas llenas en las que solo se dibuja la figura inasible de ella. Hoy, baños de noche sobre mi piel  iluminan piadosamente mi rostro y me embriagan hasta caer desvanecido en algún que otro banco de cualquier plaza en donde se sientan junto a mí  los  borrascosos recuerdos de un tiempo inerme, un tiempo que hecho añicos busca recomponer sus piezas rotas, y con él espero en vano que ella vuelva.

 

Florencia Ducha Roca

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Moisés entre el polvo 
(Clase 6- Nivel 1)     

 

 

Se quedó largo rato viendo a los niños de la vecina, corriendo a esconderse entre las matas de zacate, más lejos, por la laguna, hasta que los perdió de vista. Después se metió en la casa, despertó a su marido y le avisó que se iba. Ya era tarde. La esperaban desde hacía una hora. Le dio un beso en la nuca. Nico apenas si reaccionó y se volteó del otro lado para seguir durmiendo.
Salió al camino de tierra y lo recorrió durante media hora hasta dar con la carretera. Ahí esperó el camión que la llevaría a la ciudad, de regreso a la casa de doña Rosa. El fin de semana se le había hecho tan largo que el sueño intranquilo le había impedido dormir bien.
            La casa se veía desde tres cuadras antes. Era una calle empinada, pero caminar durante toda su vida le había hecho pantorrillas fuertes. Llegó al enorme portón y tocó el timbre. La voz a través del interruptor se confundía entre los llantos que había extrañado durante el fin de semana.
            —Soy yo, señora: Juana.
            La puerta se abrió. El jardín era amplísimo. Los gritos del niño a lo lejos la obligaron a apurar el paso. Entró en la casa finalmente. Pasó por el comedor sin advertir el desorden, luego la sala, hasta alcanzar las escaleras. La nitidez de cada lamento hacía que el recorrido pareciera más largo. En el pasillo los pasos se volvieron zancadas. Corrió hasta la habitación. La señora Rosa hacía muecas de desesperación. El niño Rogelio, sentado sobre la cama, estiró los brazos hacia Juana. Sentirlo pegado contra el pecho le regresó la tranquilidad. Salieron de la habitación. El llanto del niño se desvaneció gradualmente hasta cesar por completo.
            —Ya, ya, ya, mi niño. ¿Tienes hambre?
            Rogelio recargó su rostro contra el hombro de Juanita, se llevó el dedo pulgar a la boca y asintió en silencio. Entraron en la cocina, lo sentó en la periquera y enseguida preparó un biberón con leche de fórmula.
            —¡Juanita! ¡Ven, rápido!
            Cargó al niño. La leche todavía no alcanzaba la temperatura adecuada. Pero tuvo que salir. Doña Rosa volvió a gritar, llamándola. Subió las escaleras. Entró de nuevo en la habitación.
            —Juanita… —empezó, con tono severo—, te puedo tolerar muchas cosas, que seas mugrosa para todo lo que haces, y descuidada, pero me enoja que no tengas cuidado con las cosas. ¿Qué es esto?
            El buró de madera lucía en una esquina un tallón pequeño.
            —No sé cómo se hizo señora.
            —¡No mientas, Juana! Nadie excepto tú entra en esta habitación. Cuando el señor se entere, así te va a ir.
            Acarició la abolladura con el dedo, sin dejar de cargar a Rogelio. En verdad no recordaba el origen, haberlo dañado.
            —Se lo juro señora, a lo mejor ya así venía cuando lo compró.
            —¡Ay, ya! ¡Vete, gata mugrosa! Nunca reconoces nada. Mejor regrésate a la cocina. Llegas tarde y encima debo soportar tus reproches. Empieza a hacer la comida que ya es muy tarde.
            Rogelio reinició el llanto.
            —¡Y calla al niño, por favor, que me pone de nervios!
            Salió apurada para complacerla y alejar lo más posible de ella los berridos. La leche se calentó de más. Rogelio no quiso regresar a la periquera. Ante la tardanza continuó gritando de hambre.
            —Ya, ya, ya, mi niño. Ahorita te doy de comer, ora verás. Mi niño bonito.
            Puso el biberón en una olla expuesta al agua corriente. Después en otra puso agua a hervir. El niño no dejaba de llorar. Lo hizo minutos después cuando la temperatura de la leche se templó y comenzó a beberla. Puso tomates en una tabla y los partió. Miró el calendario: la siguiente semana cumpliría cinco años en esa casa. En dos días, se cumpliría uno del nacimiento de Rogelio. Lo sentó, ya tranquilo, bebiendo de su biberón. En sus primeros días de nacido lo amantó a escondidas. Doña Rosa se hubiera puesto como loca si la hubiera descubierto. En esos rincones apartados jugaba a olvidar con Rogelio prendido de su pezón.
            Estaba convencida de que antes del año ya debería haber aprendido a caminar. Dejó sobre la estufa todo cuanto necesitaba hervir, y salió con un Rogelio satisfecho. Lo tomó de las manos para que diera unos cuantos pasos. Reían, los dos reían hasta que al niño lo vencía la debilidad de sus rodillas. Subieron las escaleras, caminaron por el pasillo. De verdad sintió que en cualquier momento esas piernitas se sostendrían por sí solas.
            —¡Juana! ¡Ven! ¡Córrele!
            Tuvo que cargar al niño. Entró en la habitación. Doña Rosa se arreglaba frente al espejo.
            —Deja al niño en la cama. Ayúdame a cerrar el vestido.
            Juana se colocó detrás de la señora, y subió el cierre del traje. Le quedaba tan bien. Era una señora muy hermosa. En el fondo le hubiera gustado ser como ella, vivir en esa casa, tener un marido con tanto dinero. Pero no hubiera sabido qué hacer, ni qué decir a amigas como las de las señora.
            —Tengo que ver a Bety en media hora. Este es el único vestido que encontré que ella no me ha visto. ¿Cómo se ve? ¿Le ves arrugas?
            —No, señora. Se ve muy bien.
            —Perfecto. Ya puedes irte. Llévate al niño.
            Salió de nuevo al pasillo y reinició el ensayo de los primeros pasitos de Rogelio. El niño se doblaba sobre uno y otro lado. Pero llegó un momento en que los pasos parecían muy firmes. Inspiradamente lo soltó: dio dos pasitos completos, solo, y se detuvo, de pie. La miró, como única testigo de su logro, y rió poco antes de perder el equilibrio y caer el suelo. Se golpeó la cabeza. El llanto recibió a la señora Rosa que justo en ese momento salió al pasillo y lo vio tendido. Juana lo levantó.
            —¡Pero qué hiciste, gata desgraciada! ¡Lo dejaste solo!
            Fue hacia ella. Le soltó una bofetada y le arrebató al niño. Juana empezó a llorar.
            —Es que ya caminó. Caminó, señora, se lo juro.
            —¡Es un bebé! ¡Como quieres que ya camine!
            Rogelio aumentó la fuerza de los gritos y estiró sus brazos buscando retornar al regazo de Juana. La señora  Rosa se desesperó rápidamente, y permitió que regresara con ella.
            —Ya voy tarde. ¡Ahora con qué confianza me voy, india! Te la voy a pasar por esta vez, porque tengo prisa.
            La mujer bajó las escaleras. El golpeteo de los tacones contra el piso se fue haciendo cada vez más lejano, hasta que se perdió, seguido del motor del automóvil.
Se quedó sola, con el niño, su niño, como ocurría todos los días. Era el momento preferido de sus jornadas.
            Rogelio cayó dormido. Ella se puso a picar verduras. Sonó el teléfono. Era el patrón.
            —Juana, ¿cómo está el niño?
            —Bien, señor. Está dormidito.
            —Muy bien. No voy a poder ir a comer. Le avisa a la señora.
            —Sí, yo le digo.
            El resto del día se le fue en limpiar la inmensidad de esa casa que le parecía más desolada que la suya, pequeñita, en el campo. La señora Rosa tampoco llegó a comer. Todo cuanto preparó terminó en envases de plástico en el refrigerador. Cerca de las seis de la tarde bañó a Rogelio, lo secó, le puso la pijama, le dio avena con leche, y lo veló hasta que se quedó dormido. Se acostó junto a él. Le daba tanta ternura verlo dormir, inocente, sin más miedo que la improbable llegada del hambre o del frío. ¿Cómo era posible que algunos murieran? ¿Por qué Dios permitía que ocurriera?
Despertó en medio de la oscuridad. Salió a los pasillos y supo que los patrones ya habían llegado, y ahora dormían. Vio el reloj: tres de la madrugada. Era posible dormir un par de horas más. Fue a su habitación y puso el despertador para esa hora. Antes de acostarse, corrigió, y le quitó treinta minutos.
            Despertó. Puso en un morral todas sus cosas, y sólo dejó en sus manos una pequeña cobija. Calentó un biberón con leche de fórmula. Fue a la habitación de Rogelio. Lo envolvió en la cobija. Después salió al pasillo, bajó por las escaleras, pasó por la sala, el comedor, y salió al amplísimo jardín. Caminó hasta el portón, y ahí contuvo la respiración, liberándola hasta encontrarse en la calle. Caminó cuesta abajo, entre el frío de la mañana. Rogelio hasta entonces lloró de hambre. Puso el biberón en su boca.
            Esperó el camión, escondida tras un cartel que había en la parada. Se sintió aliviada cuando lo vio llegar, detenerse, permitir que subiera, pagar. Tapó el rostro del niño. Tenía miedo de que alguien sospechara de sus cabellitos rubios, de sus ojos claros. Recordó con tristeza la última vez que había viajado en autobús con un bebé en sus brazos.
            Entró en la casa. Su marido ya la esperaba, con el moisés empolvado sobre la mesa.
            —Te dije que lo sacudieras, Nico. Vamos a perder más tiempo. ¿Te prestaron la camioneta?
            —Sí, está afuera. ¿No la viste?
            —No, con esta angustia no le presto atención a nada.
            El niño se quejó un poco, apenas un quejido sin forma.
            —Se llama Rogelio, para que te vayas acostumbrando.
            —Ya sé. De una vez voy a calentar la camioneta.
            Y salió. Juana cargó al niño, que poco a poco, volvió a quedarse dormido recargado en su regazo.

 

José Juan Castañeda


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Mi Niño      
(Clase 18 – Nivel 1)       

     
                          

Mi  niño nació siendo un ser especial. Fue mi más grande deseo hecho realidad, mi sueño dorado.
Al cumplir seis meses, la ciencia de los hombres me dijo:..”Es factible, que no supere la afección”  que doloroso concepto encerraban esas palabras, palabras que fueron habladas con sutilezas.
No me dejé vencer por esa nimiedad. Mi corazón latía muy fuerte y pensé que ese latido, podía llevar los gritos de mis súplicas al infinito, más allá de la data. No soy muy creyente, pero pienso que existe una Sabiduría Suprema, a esa misma Sabiduría, le dije:
---Si Tú me diste a mi niño, por ser Suprema,  no se te permite quitar lo que has obsequiado.
Y esta meditación surgió de algo muy común: “si nosotros, siendo imperfectos, damos dádivas grandes, sin reclamarlas después” no cabía la menor duda de que la súplica ya había llegado a su máximo destino.
Así fue, que festejamos su primer año de vida con una gran fiesta infantil, donde el bullicio de los niños era infernal, no faltaron los globos, bonetes, golosinas, payasos y una gran torta de chocolate.
Porque mi niño, no es igual al tuyo, mi niño es especial, yo añado, único.
Al fin, llegó el día. Su primer día de colegio ¡El Jardín de Infantes…!
La noche anterior no concilié el sueño. Me levanté muy temprano, volví a acariciar su guardapolvo nuevo, su gracioso corbatín color rojo furioso, miré  en la bolsita de tela, por si faltaban algunos de sus utensilios. Me emocioné, pero mis lágrimas no eran saladas, eran tan dulces, como los besos de mi niño.
Diez minutos antes, estuvimos en el colegio. Volví a acariciarlo, le arreglé su guardapolvo, acomodé su corbatín, besé su regordeta carita, y agregué:
---Aquí encontrarás muchos amiguitos, escucharás muchos cuentitos.¡Te amo!---
Mi niño se quedó en su Jardín de Infantes, muy feliz.
El tiempo no se detuvo, mi niño creció al igual que su intelecto.
A mitad de año, tuve en mis manos su enorme carpeta, llena de coloridos dibujos, gruesos rayones, manchas multicolores. Mis lágrimas, corrieron el tinte de algunas manchas de temperas.
Al final de ese mismo año, mi niño cantó, bailó y dibujó sus primeras avecillas de colores, símbolo de libertad y autoestima.
El tiempo siguió su curso ¿Cuánto ha pasado? No lo sé. Sólo digo que hoy estoy en el acto de fin de curso, tengo en mis manos su carpeta, del primer año del ciclo primario donde con lápices de colores escribe:…”mamá – papá, los quiero mucho”. Esta vez, no lloro, río feliz. 
Muy pronto, mi niño comenzará su segundo año del ciclo primario.
Hoy, más segura que nunca, digo que aquella vez, mi corazón latió tan fuerte, que sus gritos de auxilio, traspasaron las barreras del infinito.
Hoy, más segura que nunca,  sé que mi niño es un gran ser humano,  que llegará a ser un gran hombre, lleno de ternura,  de inteligencia y de amor, por que mi niño, es fruto del amor. Por que mi niño, nació siendo especial, único. Por que mi niño creció  y a pesar de aquel diagnóstico cardiológico desalentador, mi niño llegó. Por que mi niño, no es igual al tuyo. Y no es igual a tuyo, por que mi niño nació, con el Síndrome de Dawn.

 


Lidia Zamora

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Megápolis de humo 
(Clase 13 – Nivel 1) 

 

Buenos Aires  vertiginosa, da vueltas y vueltas y encierra con su negra humareda y  olores nauseabundos a la pequeña plazoleta  que arrinconada, no permanece oculta para ciertos transeúntes que la descubren de la mano de algún pequeño.
Buenos Aires ruge. Imágenes fútiles se suceden fugaces en carteleras electrónicas, como  aparentes dibujos animados, que nadie entiende. Ciudad ávida, misteriosa y huidiza. Allí estaban, en la ínfima plazoleta, tomados de las manos, en ronda, mientras la ciudad  sacude hasta el paroxismo a los cientos de citadinos que por las inmensas aceras trazan líneas rectas, sin mirarse. Allí estaban, con sus sones al viento, mudos ante los gritos enfurecidos de los automóviles, que entre maniobras acrobáticas y tarjetas amarillas abarajadas por el oficial de turno, enarbolaban la bandera del sálvese quien pueda. Allí estaban, como en un tiempo de letargo, se miraban a los ojos, se devolvían sonrisas,  rodeando un anémico árbol de la plaza, allí  donde el vértigo callejero se asomaba con recelo para verlos. Aromas a manzanas acarameladas y a golosinas de frambuesa  se colaban en el aire, quitándole el sabor amargo a algún que otro avispado transeúnte que se detenía para oír sus risas de fresa, que resonaban como  latiendo en un cuerpo gastado y enfermo. Hoy, en  la plazoleta del centro de mi ciudad enrarecida, vi y oí a tres niñitos jugar.

 


Florencia Ducha Roca

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mamá

(Clase 1 – Nivel 1)

 

Allí estaba el niño, bajo la cama, solo en aquel cuarto oscuro y maloliente, sin más compañía que un trozo de pan duro que apretaba entre sus pequeñas manos. Apenas lloraba, ya no tenía fuerzas, la noche avanzaba y no se escuchaba un alma en aquel conventillo. Finalmente el sueño lo venció.
Mientras tanto a pocas cuadras de allí, una mujer camina con pasos vacilantes, da tumbos, la mirada perdida en la nada, la cubren harapos y el manto de estrellas de la noche silenciosa.
Avanza angustiada sin encontrar lo que busca, atraviesa rauda la calle en medio de la oscuridad, dos focos brillantes, veloces se acercan sin piedad y hacen estallar su frágil cuerpo.
Ella rápidamente se incorpora dejando tras de sí, aquel otro cuerpo macerado.
Se dirige etérea y muy segura a su casa, abre la puerta y busca. De pronto su vista se detiene en una manito que asoma bajo la cama, allí está el niño, frío, inerte, rígido sin aliento, con una última y brutal mueca de dolor en su bello rostro.
Dulcemente lo toma entre sus brazos, lo besa, lo abraza, le da abrigo y le murmura mimosas palabras, entonces el niño parece despertar lentamente de aquel sueño de dolor. Etéreo y muy seguro, el niño la mira con ternura y le dice “mamá”. Ella le sonríe, lo besa y emprenden el viaje entre la tenue niebla del amanecer.

María Teresa Roa Contreras
02-08-07

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Jacinto
(Clase 25 – Nivel 1)

 

   Apoyé el vaso de soda al lado del monitor, me senté, estiré la espalda hacia atrás, y me dispuse a terminar el cuento que hacía cuatro días había empezado a escribir.

   Jacinto seguía mirando las esquinas de esa habitación oscura. Sólo un rectángulo de sol entraba por una ventana a más de 2 metros de altura. Una pequeña ventana por la que sólo un niño podría pasar.
   La puerta de acero se veía impenetrable, y él, desnudo, atado a la silla, sin poder gritar y con los brazos acalambrados atrás de su espalda.

   Sonó el teléfono y me levanté a atender.

- Buenas tardes, señor –dijo la voz de una chica de unos 20 o 25 años –lo llamo para hacerle unas simples preguntas…

   No esperé a escucharlas, colgué el teléfono y volví  a  sentarme frente a la computadora.

   Hace días que está secuestrado. Cada tanto entran tres hombres y le dan algo para comer y un poco de agua, pero no le hablan. No le explican por qué lo eligieron a él, ni cuánto tiempo más lo van a tener así.

   Suspiro. No sé como seguir la historia. Me levanto. Camino un poco por la habitación. Me vuelvo a sentar.

   Alguien entra a la habitación donde está Jacinto, y él piensa que le van a dar algo para comer, o le van a pegar de nuevo. Pero es otra persona la que acaba de entrar. Nunca lo había visto. Trae un cuchillo.
-¿Quién sos? –pregunta Jacinto
- Callate –responde en voz baja el intruso mientras pone el dedo índice de la mano derecha debajo de la nariz, y formando una cruz con la boca.
- So… soltame, por favor.
- Shh –dice repitiendo la seña con el dedo índice.
El hombre corta la soga que ataba las manos del prisionero. Jacinto se ilusiona con la libertad. Ya puede verse abrazando a su familia…

   Me paro de nuevo. No me gusta la historia. Pateo una puerta y miro el monitor. Esta historia es una porquería, pienso. Apago la computadora sin ganas de volver a retomar el relato… y a Jacinto se le destruyen los sueños. Ya no piensa en volver a ser libre. No se ve abrazando a su familia, y supone que va a seguir encerrado hasta que alguien se decida a escribir su libertad. 

 

Gonzalo Figueroa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lluvia
(Clase 26 – Nivel 1)

 

                                           

Pucha llueve y no puedo salir, mi mamá no me deja.
Salgo y me mojo, me embarro y mi mamá me grita.
No sé que hacer. Voy a sacar las Barbys.
Miro por la ventana y toda la gente corre con sus paraguas. La calle se está inundando, los coches salpican todo.
Voy a sacar todas las figuritas. Seguro que mamá va a preparar tortas fritas, porque siempre que llueve, ella hace tortas fritas.
Me está dando sueño. Tengo rabia. A mi hermano que es más grande lo dejaron salir y a mí no.
A mi  me encantan los días de lluvia para mojarme, no para estar adentro de la casa, pero mi mamá no lo entiende, empieza con lo de las enfermedades y todo eso, como todas las madres, porque la de Ricardito dice lo mismo que la mía. Son unas pesadas.
Voy a jugar con la compu.
Papá tampoco está para pedirle que me deje salir, a mí me encanta mojarme.
Ya sé, me voy a la cocina para que mamá me de un poco de masa eso me gusta y de paso juego allá que está mas calentito y estoy al lado de ella, hasta que deje de llover.

 

Que mala suerte está lloviendo. Tengo un montón de cosas para hacer, pero mejor no salgo. Me voy a mojar toda. Voy a aprovechar el tiempo para limpiar esa caja de papeles que me vuelve loca, al final amontono las cosas para hacerlo después y nunca las hago. Hoy es el día justo, voy a poner una buena música y al lado del calefactor le voy a declarar la guerra a esos papeles.
Porque si salgo y me mojo, la bronquitis que tuve hace dos semanas, debe estar  agazapada para volver y tirarme otra vez a la cama.
Siempre me gustaron los días de lluvia. Cuando era chica me encantaba  mojarme, después en la adolescencia me encantaban cuando me encontraba con algún amigovio pero ahora, además de mirar las gotitas como rebotan en el suelo, disfruto los días de lluvia arreglando papeles, escribiendo o leyendo y tomando un chocolate caliente No sé si sacar la caja de los papeles o las carpetas de facturas pagas, para ordenar todo por fechas. Voy a sacar las dos.
Miro por la ventana y toda la gente corre con sus paraguas. La calle se está inundando, los coches salpican todo.
Voy a sacar todos los papeles. Mas tarde voy  a preparar tortas fritas, porque siempre que llueve, a los chicos les gusta que yo prepare tortas fritas.
Me está dando sueño. Voy a poner una música alegre. Todos salieron, pero sé que vendrán con hambre.
Pensar que hace años disfrutaba en los días de lluvia cuando me mojaba, no me quedaba  adentro de la casa, pero mi mamá no lo entendía, me acuerdo que empezaba a decirme lo mismo que le digo yo ahora a mis hijos, lo de las enfermedades y todo eso, como todas las madres, porque mis amigas dicen lo mismo que yo. La verdad es que somos unas pesadas.
Antes de mirar los papeles, voy a ver quien está conectado en la compu.
Mi esposo también salió, sino le pedía que me llevara él con el auto para no mojarme.
Ya sé, primero me voy a la cocina para hacer la masa de las tortas fritas allá  está más calentito y después comienzo con los malditos papeles, hasta que deje de llover.

 

Que bueno que  está lloviendo. Voy  a terminar de leer esa novela  que es tan romántica, el día es especial para la  lectura. Tengo un montón de cosas para hacer afuera, pero la lluvia es una buena excusa para quedarme en la casa, mejor no salgo. Me voy a mojar toda. Seguro que mi hija me llama para comprobar que no salí con la lluvia. Voy a aprovechar el tiempo para leer y contestar algunos correos que me han enviado, porque los dejo para después y nunca los contesto. Hoy es el día justo, para escuchar  un CD  de Adriana Varela y me voy a sentar al  lado del calefactor con  una taza del té importado que me regalaron para mi cumpleaños y listo.
Porque si salgo y me mojo, la bronquitis que tuve hace dos semanas, puede estar  agazapada para convertirse en algo peor.
Siempre me gustaron los días de lluvia. Cuando era chica me encantaba  mojarme, después en la adolescencia me encantaban cuando me encontraba con algún amigovio, en mi adultez, además de mirar las gotitas como rebotaban en el suelo, disfrutaba los días de lluvia arreglando papeles, escribiendo o leyendo y tomando un chocolate caliente. Ahora prefiero tomar un rico te con leche y que mi hija se preocupe por los papeles. Voy a tener varios CD a mano así no me levanto del sillón.
Miro por la ventana y toda la gente corre con sus paraguas. La calle se está inundando, los coches salpican todo.
Espero que más tarde aparezca mi hija con tortas fritas, porque siempre que llueve, ella viene y me trae de las que no tienen grasa por mi colesterol.
Me está dando sueño. Espero poder terminar la novela, aunque si me duermo un ratito en este sillón, me despierto enseguida.
Recuerdo cuando disfrutaba los días de lluvia para mojarme, ahora debo cuidarme mucho, especialmente de las neumonías, que cuando llegan a esta edad es para llevarnos al otro lado. Mi hija me tiene loca  con los consejos de las enfermedades, como cuando ella era chica y yo la atormentaba con los sermones. La verdad es que es una pesada, pero lo hace porque me quiere.
Antes de  empezar a leer, voy a ver quien está conectado en la compu.
Si viviera mi esposo, seguro que me llevaba con el auto a hacer las cosas  para  que yo no tuviera que mojarme.
Espero que mi hija venga en un rato, porque especialmente en estos días es cuando más la extraño. Le festejo lo de las tortas fritas, pero en realidad yo la espero a ella, para poder abrazarla y para que me mime como siempre…

 

 

Fernanda Cabrera

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La peluquería
(Clase 26 – Nivel 1)

Gladys levantó la vista del atiborrado escritorio que le servía de mostrador, salió del ligero sopor que la envolvía producido por el calor y la hora de la siesta, miró a las tres clientas que llenaban en ese momento su peluquería.
“La peluquería del pueblo”, había sido el sueño de toda su vida. Un rápido curso de seis meses en Buenos Aires, y luego la emoción de modificar el garage de la casa de sus padres con los que aun vivía, para convertirlo en la primera peluquería con local a la calle. Con el tiempo consiguió una manicura y una maquilladora que venía cuando había que peinar a alguna novia. Pero ella era la peluquera. Ese era su negocio. Aunque fuera en un garage, aunque fuera en un pueblo de tres mil habitantes. Si hasta de pueblos vecinos venían a peinarse y hacerse color. Su fama se iba extendiendo.
Pero esa tarde, el calor la hacía desear no haber abierto y haberse quedado tirada en la cama en camisón bajo el ventilador de techo. El calor de enero en el pueblo era insoportable. Tomó un poco de agua y para distraerse comenzó a prestar atención a lo que hablaban sus clientas. Primero pensó que conversaban de algún tema en particular, pero luego se dio cuenta de que los temas eran bastante dispersos. ¿ Sería el calor?, pensó.
Estaba Adela, una señora mayor que era la madre del nuevo odontólogo del pueblo, también estaba Chola, la verdulera de la vuelta y Solita, una adolescente que vivía a tres cuadras y que había venido a peinarse para ir a una fiesta de 15 que tendría esa noche.
Para entretenerse y no dormitar, comenzó a mirarlas y a prestar atención a lo que decían. Las tres tenían abierta una revista de las que semana tras semana Gladys renovaba en el revistero.

Adela: “Mi hijo se va a un Congreso a Estados Unidos la semana que viene”.
Chola: “Lo que se viene es un aumento en las frutas, las cerezas están por las nubes”
Adela: “Eso le digo yo a mi hijo, si vas a viajar en avión y hay nubes, ¿no será peligroso?.
Solita: “Acá en el pueblo nada es peligroso, yo vuelvo a casa a cualquier hora y nunca me pasó nada”.
Chola: “Y no va a pasar nada, nunca pasa nada, todo aumenta y nunca pasa nada, pero el problema es que si la fruta está cara la gente  no la compra”.
Adela: “ Mi hijo no tiene problemas si el pasaje y las comidas y el hotel adonde va son caros, porque la empresa que le vende los productos para los pacientes le paga todo, aunque sea caro, porque va a los mejores hoteles, y le ponen un auto con chofer que es caro, pero mi hijo es muy importante”.
Solita: “La fiesta de esta noche, la tarada de Melita se cree que va a ser la más importante del pueblo, pero se equivoca, no se imagina la fiesta que estoy preparando yo para mis quince, ¿vos me vas a peinar super, verdad Gladys?”.
“Si mi amor”, contestó Gladys, pensando que quizás se estuviera perdiendo algunas frases de esa conversación sin sentido.
Chola: “Y no se crean que el Super de los chinos que pusieron el mes pasado me afecta, la gente no les compra, son muy sucios la gente esta”.
Solita: “Gente va a ir a la fiesta porque como sabe que muchos van a faltar, invitó a más de los que entran en el salón, ¡ojalá vayan todos y se le pudra la fiesta!”.
Chola: “Y si, las verduras las venden podridas, no tiran nada, ya la gente se va a dar cuenta de lo  tramposos que son”.
Adela:” Mi hijo me estuvo contando las trampas que hacen con los turistas para sacarles plata, pero el es bien vivo, y no va a caer en ninguna trampa, además lleva todas las tarjetas que son de oro, ¿me escuchaste Gladys?”, levantó un poco la voz, “mi hijo con tarjetas de oro, ¿qué me cuentan?”.
Gladys quería contarle que no eran de oro las tarjetas, pero ya a esta altura, a lo único que atinaba era a revisar las cabezas de las tres mujeres para terminar los peinados y hacer que estas trastornadas se fueran de una vez. Ya no las soporto más, pensó.
Por suerte Adela estaba lista, y en un periquete terminó el mismo peinado que le venía haciendo todos los viernes desde hacía cinco años. Ya podía hacerlo con los ojos cerrados. La anciana seguía con su monólogo de la importancia de tener un hijo importante, mientras la mente de Gladys pensaba en las mil y una formas de matar a una vieja en una peluquería delante de dos testigos y como hacer para que estas no se dieran cuenta.
Terminó el peinado y como era habitual Adela le pagó los treinta pesos del peinado, y como siempre lo hacia le dijo: “Ay, Gladys querida, que bien que me dejaste te voy a dejar una  buena propina”, Y le dio cincuenta centavos. “No te malacostumbres mi amor, hasta el viernes querida”. Y dándole un beso se fue. Gladys se quedó pensando que Adela sin duda tenía un problema senil, cincuenta centavos de propina, pensó.  Si no fuera porque en ese pueblo todo se sabía la mandaba a la mierda.
Siguió con la Chola. Con ella fue más fácil y rápido. El pelo planchado, volumen en el flequillo. En diez minutos estaba lista. “Que difícil que esta todo, ¿verdad Gladys?” terminó su monólogo la Chola. “Si, Chola, está difícil, pero todo va andar bien”, Gladys no había escuchado una palabra de lo que la Chola en su verborrágico monólogo le  había dicho. A diferencia de Adela, Chola  le dio diez pesos de propina. Es un plomazo pero de buen corazón, pensó Gladys con un poco de remordimiento por haber sentido hastío con la conversación de la mujer. Siguió pensando en el calor. Y ahora encima le tocaba el peinado de quince de la chica que era más insoportable que el calor que aumentaba minuto a minuto. El año que viene pondría aire acondicionado se dijo. Pero por ahora…. “Solita pasa por acá, mi amor”, suspiró Gladys. Difícil la clienta, difícil el peinado. Insoportable la charla que solo consistió en críticas a todas sus amigas, que por supuesto Gladys ni escuchó. Habían pasado dos horas y Solita le había hecho rehacer el peinado tres veces ya. El calor era cada vez más intenso. Gladys, toda roja,  no hacía mas que tomar agua. Se sentía tan acalorada. No daba más. No sabía como complacer a esta chica. Ya no la aguanto, ya no la aguanto, Dios, pensó Gladys con desesperación. “¿Sabes Gladys, mejor deshace este peinado y probemos suelto y lacio, es mas juvenil, no te parece?”.  Sí, a Gladys le parecía y también le parecía que nunca iba a terminar esta sesión de peinado. Volvió a pensar en el confort de estar tirada en la cama bajo el ventilador de techo, miró por la ventana las negras nubes que se acercaban presagiando una refrescante tormenta. Y una tormenta recorrió su cuerpo. Soltó el peinado de solita. De un golpe agarró las tijeras y en tres fuertes tijeretazos le corto en tres mechones el largo pelo, que quedó todo desparejo. “¿Qué haces loca?”, gritó la chica. “Andate, andate de acá o te clavo la tijera”. Solita sollozando dio media vuelta y salió corriendo a la calle dando un portazo. Gladys se abalanzo sobre la puerta, cerró con llave y puso el cartel de CERRADO. Se dirigió a su dormitorio, se puso el camisón y se tiró sobre la cama bajo el refrescante ventilador de techo. Una fresca brisa comenzaba a entrar por la ventana, y las primeras gotas de lluvia comenzaron a escucharse sobre las baldosas del patio,  desperezándose con placer, se durmió.

 

Liliana Mammato

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Polimnia
(Clase 17 –Nivel 1)

 

 

 

Entonces abrió el cajón de su escritorio. Sacó un libro de cubierta roja, justo como yo había imaginado el diseño del mío. Lo puso en mis manos y leí el título. No pensé en coincidencias asombrosas; aunque los dos títulos coincidían, no eran precisamente, únicos. El autor, un tal Regino Luna, sonreía en la contraportada. Lo abrí, constreñido de suposiciones, y me detuve a leer el año de la edición: cincuenta años antes de que yo terminara, de esto hacía unos seis meses  y después de un proceso de dos, aquélla, mi primera novela. Seguí pasando las hojas, y me olvidé por completo de mi cigarro, cuya columna de papel se convirtió en una sísmica torre de ceniza. Me salté los agradecimientos y dedicatoria que ocupaban una cuartilla entera. Pasé a los primeros renglones, y los leí con calosfríos.
—¿Entonces?—preguntó Paolo.
No había respuesta ni medianamente maquinada, porque tras esa onírica lectura de frases al azar, ¿cómo explicar que cada una de esas palabras correspondían con las mías, que cada coma, fiel, se reproducía tras cada palabra exacta? No hubo más remedio que fingir, recluido por el sudor en el asiento.
—Me equivoqué de archivo—se me ocurrió decir—. Dame este día para mandarte el bueno.
Luego salí de esa oficina, presa de pequeñas convulsiones heladas que recorrían mi espalda. Caminé por el pasillo. A lo lejos me llegaban las notas ásperas de Stevie Wonder. Sin abandonar la editorial, entré en la sala donde Hilario manipulaba un programa de diseño. Me senté a su lado. Quería hallar respuestas pero no atinaba a armar la pregunta adecuada. Él fue el primero en decidirse a hablar.
—Te equivocaste de archivo, ¿verdad?
Asentí.
—Ya decía yo que en algún lado la había leído. Muy mala. Ni siquiera sé cómo fue que la leí. No le conozco nada más a ese Regino Luna. ¿Tú has leído otra cosa suya?
—No. Sólo ésta. Aunque… ya no estoy tan seguro.
Me puse de pie, decidido a hacer cualquier cosa menos quedarme en la editorial. Caminé hacia la puerta, pero poco antes me detuve, giré el rostro hacia Hilario y pregunté:
—¿Te parece muy mala?
—Malísima—respondió.
 Abandoné el edificio. Salí con la fervorosa idea de tomar un taxi. Las ansias de encerrarme en mi apartamento a comprobar el espejo de mi novela, me apuraban a tal grado que me descubrí trotando por la avenida. Finalmente detuve un taxi. Dentro esquivé todo intento de plática del chofer. Me embebí en comenzar la lectura de aquel texto que, al menos en su primer capítulo, coincidía íntegramente con uno que había borroneado y tachado, reescrito y corregido, en los últimos dos años.
Entré en el apartamento, aún tan oloroso a Poly. El desorden estaba principalmente constituido por miles de hojas impresas, rayadas, arrugadas. Fui directamente a la computadora, la encendí, y me senté a esperar impaciente a que el disco duro se despabilara. En mis manos el libro de Regino Luna hervía por ser comparado, renglón por renglón, con el mío. Finalmente la pantalla había carburado: abrí el ícono con el nombre de mi novela. La lectura fatigosa de unas palabras conocidas tan bien por mí, se extendió durante toda la jornada. A pesar de que, pocos capítulos antes de finalizar, ya no esperaba que algo diferenciara a los dos textos, continué leyendo hasta el último signo de puntuación.
¿Cómo era posible que algo así ocurriera? ¿Qué probabilidad hay en la historia de la humanidad, aun en los siglos por venir, de que a otro par, o tercia, o centena, de sujetos les ocurra semejante calamidad? Fue como sentir que en alguna estación del metro, alguien me robara un portafolios en el que llevara un texto que hubiera absorbido todo mi amor, dedicación, fatiga y desencanto. De pronto, capa por capa, todo se había ido al carajo.
Entonces rememoré, página por página, aquel proceso largo que había iniciado justamente cuando conocí a Poly. La historia existía en alguna oculta inspiración, y se negaba a salir. El teclado tenía que soportar mi inapetencia por usarlo, en parte por el miedo terrible que me inspiraba no conseguir escritas las exactas palabras que revoloteaban en mi cabeza. Pero la fogosidad recobró terreno cuando las piernas delgadas y blancas de Poly entraron de pronto en mi vida, todos los días, todas las mañanas en el café de la plaza. Ahí bebía ese sobrenatural y estimulante café, y sólo verla era suficiente para no dejar en paz el teclado de mi computadora portátil. Sentía sus miradas, dos mesas más allá de la mía, y el considerarme (o al menos así imaginarlo) admirado por mi titánica labor, me impulsaba a no dejar de escribir. De pronto los capítulos configurados, los esquemas tan manoseados por la mente, dejaron de convertirse en corchetes abstractos para constituirse en verdaderos mundos. Entonces las mañanas en que Poly no aparecía, la ansiedad por verla me bloqueaba al grado de estupidizarme con cinco tazas seguidas de café.
El acto de pretenderla fue muy natural, cursi, hasta torpe. Una servilleta le declaró mis intenciones por conocerla, por frecuentarnos fuera de ese establecimiento, ir al cine, al teatro, a cenar, cualquier cosa. Y eso hicimos, cualquier cosa, para conocernos, gustarnos, y terriblemente acostumbrarnos a amanecer encamados con la imperiosa e inevitable costumbre de acariciarla desnuda por las mañanas. Y esos alientos enmarañados, se convirtieron en el mejor de los estimulantes de mi inspiración. La computadora aguardaba mi voracidad, por cada palabra que parecía escurrir como un río  alimentado por las lluvias de todo un año. No había oración que se trabara, no había palabra que osara encapricharse.
Incluso recordé que la redacción de un capítulo fue rebatido por la inconformidad de Poly. No resultaba, de eso los dos estábamos convencidos, y por eso ella se había atrevido a señalarlo como una retahíla de líneas débiles. En aquel entonces, se tomó la molestia incluso de sugerir estilo, atmósfera, y hasta consejos que fortalecían el perfil del personaje. Entre esos recuerdos destazados que se me venían al azar, me concentré en aquella anécdota y fui por el libro de Regino Luna. Comprobar sus líneas fue por entera ociosidad, ya que conocía la exacta duplicidad de los dos textos. Pero la igualdad de aquellos pasajes resultaba aún más extraña, tomando en cuenta que de propia iniciativa esas palabras habían sido, al menos en su estructura, dictadas por Poly.
Como es previsible, me costó trabajo dormir aquella noche. En algún descuido mío de la madrugada lo conseguí. Al despertar recordé el sueño, nítido, que había tenido, de aquéllos en los que es posible  describir hasta los detalles más nimios. Yo me hallaba sentado sobre un sillón, mientras miraba, indiferente, a Regino Luna escribiendo en una Remington muy vieja. En ese momento descubrí que sentada a mi lado estaba Poly, tomada de mi mano. De pronto me soltó, fue hacia Regino, señaló algo en el papel, y le sugirió hacer algunas correcciones. Le detalló la conveniencia de cambiar ese estilo por este otro, atascar de pesadez la atmósfera, y reforzar el perfil psicológico del personaje con un prolijo pasaje intimista. Enseguida, tras agradecerle, Regino buscó y besó sus labios.
Y ese fue todo el sueño. ¿Qué habría sido de ella, de Poly? Las fantasías por reencontrarme con viejos amores, habían sido una terrible y molesta constancia desde de mi adolescencia. La necesidad de verlas, se había incrementado con los años. Lo de Poly era muy reciente; hacía apenas unos seis meses que habíamos dejado de frecuentarnos. Tenía ganas sinceras de verla, pero se oponía una fuerte resistencia en mí: ya había dejado de pensar en ella, de sufrirla, o al menos eso suponía. Tuve que reconocer que aún la amaba, pero eso no era excusa para verla: ella había decidido terminar, curiosamente, en coincidencia con la finalización del último capítulo de mi novela.
Al día siguiente, acudí a la editorial, pero no para entrevistarme con Paolo. No tenía absolutamente nada que presentar. Ahora que dos años de trabajo se habían hundido en inverosímiles casualidades, el tedio provocado por la idea de empezar algo nuevo se había convertido en una momentánea renuncia a los teclados. Además, ¿qué o quién me aseguraba no escribir algo ya publicado incluso siglos atrás?
Hilario martirizaba a sus demás compañeros con la música de Sinatra a todo volumen. Al menos parecía ya haberse olvidado de Stevie Wonder. Me acerqué a su cubículo. Poly  y él eran buenos amigos. Por eso pensé que no perdía nada al preguntarle por ella. Se distrajo de la pantalla de su computadora para atenderme. Pero no estaba siendo condescendiente: sonreía con malicia. Parecía saborear su inevitable respuesta, su chisme.
—Se me hacía raro que no preguntaras por ella. Vive con un tipo que conoció en no sé qué bar.
Entonces la curiosidad, típica de mis celos, me hizo tomar asiento. No pude fingir desinterés.
 —Ah… y… ¿cómo es?
Hilario abandonó por completo toda su concentración en el photoshop, para empatar su postura con la mía y seguir deleitándose con su gran bocota:
—Es como de tu tamaño, de tu edad. Y también… eso dice… escribe.
—¿Es escritor?
Asintió a todas luces divertido. No podía esperar menos de él.
—¿Dónde vive? Es que… creo que se llevó unos papeles míos.
Me dio la dirección sin vacilar. Después de despedirme, casi inmediatamente, me puse de pie, dejando en evidencia mi apuro. Pero antes de que abandonara la sala, me llamó para preguntar por el texto.
—Lo olvidé—contesté, eludiendo—mañana se los mando.
Salí a los pasillos, tratando de pasar inadvertido a los ojos de Paolo.
Aquel edificio de apartamentos lucía tan triste, que me obligó a reflexionar las razones por las que Poly escoge a sus hombres. Subí las escaleras destartaladas, llevando bajo el brazo el libro de Regino. Antes tuve que convencer a un vecino de que ahí vivía algún familiar mío. Pero su desconfianza pareció tornarse en pocos segundos en indiferencia, seguramente por culpa de mi apariencia inofensiva. Alcancé el tercer piso y busqué el número 7. Lo encontré, pero antes de tocar a la puerta, decidí fumar un cigarro. El vicio se había apoderado nuevamente de mis pulmones. Igual ocurrió con la nostalgia, por aquellas mañanas en las que despertaba enredado en el aliento de Poly. Aplasté el cigarro contra el piso, y toqué a la puerta.
Se tardó en abrir, y cuando lo hizo, dejó apenas un resquicio para asomar su rostro. Enmudeció ante mi hola, y sin buscar más razones, abrió la puerta en su totalidad. Estaba desnuda, únicamente envuelta en una sábana translúcida. Parecía haberse despertado minutos antes. El lugar olía a ella, y los escombros y papeles regados, parecían pertenecerme. Caminé entre los pasillos repletos de obstáculos, siguiéndola, mirando su piel que se asomaba invocando el deseo sinceramente amoroso que me provocaba su color. Se había pintado el pelo de rojo. Y lucía tan bien.
—¿Cómo estás?
—Bien, un poco desvelada—contestó, mientras se ponía una playera. Acomodó después el desorden que había arriba de un sofá. Me invitó a tomar asiento.
—¿Está…?
—No—me interrumpió—, salió a caminar. Todos los días lo hace a estas horas.
—Otro escritor.
Asintió ruborizada. No perdió más tiempo.
—¿A qué viniste?
—A verte. Quería platicar contigo, saber cómo estabas. Si quieres me voy, no quiero meterte en problemas.
—No, no es eso. Pero... me sorprendes. ¿Quieres un café?
—Sí, por favor.
Se levantó y caminó hacia la cocina. Interpreté que me lo había ofrecido por esquivar el encuentro, por retardar cualquier conversación. Los nervios evidentemente la estaban deshaciendo. Me levanté para caminar por la sala del apartamento, revisar libros, contraportadas, un montón de hojas impresas alrededor de una computadora. Me acerqué a ese lugar, con la esperanza de que estuviera encendida, por simple curiosidad. Pero no lo estaba. Tomé unos papeles del suelo, y comencé a leerlos. Leí apenas unas tres líneas. Inmediatamente las reconocí. Luego, gracias a una repentina iluminación, tomé el libro de Regino que llevaba conmigo. Leí el largo texto de agradecimientos y dedicatorias. Ahí, entre palabrerías y tantísimos nombres, descubrí el de mi musa.
—¡Polimnia!—grité, por instinto.
Llegó sosteniendo la taza, cuyo líquido se precipitaba al suelo por culpa de su mano temblorosa. Ella lo comprendió; naturalmente yo no lo hice al instante. Sólo conjeturé muchas cosas, todas relacionadas con su divina belleza, su divina capacidad para moverme a teclear sin descanso, pero ninguna alcanzaba a tener mayor sentido. 
—¿Cuántas veces se ha escrito este libro?—pregunté, sin saber exactamente qué significaba mi pregunta.
Tomó asiento, dejó la taza sobre el buró, se cruzó de piernas, y apenas murmuró:
—Las mismas veces que me he enamorado—contestó, y el corazón se me desgarró, no por culpa del desamor; en todo caso por haber perdido la fe entera en mi capacidad de volver a escribir sin su ayuda.

 

José Juan Castañeda

 

 


 

2007
 

 

Archivos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver>>>